La Iglesia nos pide: "Guárdese a su debi- do tiempo un silencio sagrado" (SC 30).
Los momentos de silencio alimentan el recogimiento y la consciencia de lo que se eptá haciendo. No son para evadirse un momen- to, sino todo lo contrario, para tratar de pe- netrar mejor en la celebración.
Un espacio de silencio me da la posibili- dad de hacer mío lo que está pasando, y de introducirme un poco más en la celebración. Puede ser bueno preguntarme: ¿Qué estoy haciendo? ¿Para qué estoy aquí? Entonces, puedo volver a elevar el corazón al Señor, re- conocer que no estoy solo, que es la fiesta del Señor, que él quiere transformar mi vida y que a él lo estamos adorando. Porque la misa es comunitaria, pero eso no significa que no sea también personal Es cierto que casi todo lo que hacemos es uniforme, y eso destaca el sentido comunitario; pero los momentos de silencio, donde cada uno entra un poco más en su intimidad, ayudan a que la misa no sea un acto meramente masivo, sin nada perso- nal, donde hacemos las cosas mecánicamen- te. Si Dios nos ha regalado la intimidad del corazón y la posibilidad de encontrarlo en el silencio, eso también tiene un lugar en la misa.
El verdadero silencio interior provoca un efecto de apertura, porque al que sabe hacer silencio todo le habla, todo le enseña algo, todo lo motiva y nada le molesta, nada le pa- rece inútil, superficial o vacío. Sólo en el si- lencio puede resonar la palabra. En ese senti- do, la verdadera participación en la misa es una adecuada combinación de expresiones comunitarias (que hacemos todos juntos) y espacios de intimidad.24
Pero lo importante no es que haya mu- chos momentos de silencio, porque la misa no está para eso. No sería correcto que sólo valoremos los momentos de silencio de la misa y nos moleste todo lo demás. Lo impor- tante es procurar que todo lo que hagamos y digamos en la misa brote de un silencio inte- rior, nos salga de adentro, sea bien personal Si los silencios de la misa no nos bastan para lograrlo, será necesario que nos preparemos mejor "antes" de la misa. No podemos olvi- dar que los efectos de la gracia también de- penden de nuestra disposición, y para prepa- rarnos mejor suele ser necesario un momen- to de soledad con el Señor antes de la celebra- 24 No es un intimismo antisacramental, pero tampoco es un ritualismo sacramental sin experiencia ni profundidad personal.
ción, al menos mientras vamos caminando hacia el templo.
11. Escuchar
Lo más importante en el silencio es escu- char. Por eso, en el silencio podemos decirle al Señor: "habla Señor, que tu siervo escucha" (1 Sam 3,10), o como Isaías: "Señor, despier- ta mi oído para escuchar como un discípulo" (Is 50,4).
Pero sería un error pensar que sólo escu- chamos a Dios en los momentos de silencio. Ni siquiera deberíamos pensar que Dios ha- bla sólo en las lecturas. Durante toda la misa Dios está hablándonos, y por eso durante toda la misa deberíamos tener una actitud recepti- va, la actitud del que quiere escuchar a Dios.
Otro error sería pensar que cada uno tie- ne que estar atento a lo que Dios le dice en su interior al margen de lo que está sucediendo en la misa. Porque en la misa Dios nos habla principalmente a través de la celebración mis-
ma, en los signos, los gestos, las acciones que
se realizan. Es necesario afinar nuestra sensi- bilidad espiritual para reconocer y escuchar interiormente el mensaje de Dios a lo largo de cada misa.
12. Arrodillarse
La oración de rodillas suele tener tres sen- tidos:
a) Penitencia y arrepentimiento, reconociéndo-
se muy pequeños, limitados y débiles ante la grandeza del Santo (ver Éx 34, 8) b) Adoración (ver Mt 14, 33; 28, 9; Ef 3, 14).
Este es el sentido de ponerse de rodillas en la misa en el momento de la consagración.
c) Expresar nuestra súplica en una situación muy
difícil, cuando necesitamos una especial
ayuda de Dios. En realidad es este tercer sentido el que más aparece en la Biblia (ver Lc 22, 41; Hech 9, 40; 20, 26).
13. Caminar
En la misa no se camina mucho, pero el sacerdote y los demás ministros suelen hacer una procesión de entrada, que todos pode- mos acompañar con una actitud interior de "éxodo": salimos de la comodidad de nues- tra casa y de nuestros planes y trabajos, para ir al encuentro del Señor y de los hermanos en la misa.
Cuando vamos a comulgar hacemos to- dos una especie de peregrinación para recibir
al Señor. Sería importante que tomemos ese momento como una verdadera peregrinación. Así no nos molestará tener que trasladarnos hasta que nos toque el turno de recibir la co- munión. Hay que recordar que estamos en una comida comunitaria, y debe ser impor- tante para mí que los demás también comul- guen. Caminamos juntos, así como caminamos juntos por la vida, hacia el encuentro pleno con el Señor.
Pero también es importante que, en ese corto tiempo en que voy caminando para re- cibir la comunión, vaya abriendo mi corazón a Jesús, vaya despertando mi deseo de recibir- lo, vaya invocando al Espíritu Santo para que prepare mi interior, y sobre todo vaya cantan- do con fuerza y con ganas, porque el canto nos une a todos en una misma oración, en una misma peregrinación.
A lo largo del año, se agregan otras pere- grinaciones dentro de la Liturgia: el Viernes Santo, cuando vamos a besar la cruz; o la pro- cesión con ramos de olivo del Domingo de Ramos; o la procesión con las velas en la Pre- sentación del señor (2 de febrero).
14. Tocar
En realidad, en la misa no hay muchas oportunidades de tocar, pero este es un gesto necesario, porque nos permite tomar contac- to con la realidad y nos ayuda a "estar aquí" sin divagar con la mente por otras partes.
Hay un primer contacto que sería muy sano si nos habituáramos a hacerlo: dar la mano a las personas que estén más cerca cuan- do nos sentamos en el templo para la misa. Este saludo nos ayuda a salir de nuestro ensi- mismamiento. Tocar a los demás ayuda a no ser indiferente ante ellos, a no convertir la misa en "mi" oración. Tocarlos me ayuda a unirme a ellos de corazón.
Este contacto se repetirá en el momento del saludo de la paz, muy importante antes de recibir la comunión; porque la eucaristía es el sacramento de la unidad, y si la recibi- mos con el corazón abierto a los demás, pro- ducirá mayores frutos en nuestra vida.
En algunas celebraciones se nos permite también acercarnos a tocar una imagen. El Viernes santo, por ejemplo, nos acercamos a besar la cruz.
Pero hay un contacto de particular impor- tancia, cuando nos acercamos a recibir la co-
munión. Ya que este contacto es una comida, nos detenemos en esto a continuación.
15. Comer
Este es el gesto que completa el banquete de la eucaristía. Esto es tan grande que es ver- daderamente secundario si la comunión se recibe con la mano o en la boca. Es más, se corre el riesgo de darle excesiva importancia al gesto de recibir la comunión en la mano, olvidando que lo que interesa no es tomar la hostia consagrada, sino "comer" a Jesucristo. La costumbre de recibir la comunión en la mano es muy antigua. San Cirilo de Jerusa- lén, en el siglo IV, decía a los fieles que no había que acercarse con las manos extendi- das, sino haciendo un hueco en la mano iz- quierda para que sea como un trono que reci- be a Jesús.
Pero no habría que poner el acento en la dignidad del fiel, como si por recibir a Jesús con su mano fuera más digno. Lo que mani- fiesta su dignidad es el amor de Jesucristo que se le ofrece como comida. Recibirlo en la mano no vale más que esa inmensa posibili- dad de comerlo.
Por otra parte, recibirlo en la mano debe ser más bien un gesto de humilde acogida, de agradecida receptividad; como si fuera la sú- plica del pobre, que no se siente dueño ni merecedor de la eucaristía. Esa actitud recep- tiva se expresa muy bien al recibirlo en la boca; pero si lo hacemos con las manos, tendría- mos que alimentar esa misma actitud. Ir a co- mulgar no es "atrapar" la comunión, sino re-
cibirla.
Recordamos la importancia que tiene co- mer, en el evangelio. En Jn 6, entre el versícu- lo 51 y el versículo 58 aparece 6 veces la pala- bra "carne" y siete veces la palabra "comer". Esto nos permite decir que en la eucaris- tía se produce la unión con Cristo más plena que puede haber en esta vida, porque es ver- daderamente comerlo a él para que se quede con nosotros: "El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (6, 56). Aquí se nos pide algo más que escuchar a Jesús y hablarle. Se nos pide que hagamos el gesto de comerlo. Ese gesto sensible indica que entra en nuestra vida Cristo entero, y que se realiza así la unión más íntima que poda- mos esperar.
Con él, lo más profundo de nuestra vida queda saciado; no el hambre del cuerpo, sino
la necesidad de amor, de seguridad, de paz, de fortaleza, de esperanza, de verdad.
Pero no hay olvidar que la misa es un banquete, es decir, una comida comunitaria. No soy yo individualmente quien voy a co- mer, sino que estamos comiendo juntos: Jesús se entrega a la comunidad. Por eso, aunque es bueno que haya momentos de especial re- cogimiento, nunca deben convertirse en un aislamiento. Para que la misa tenga su verda- dero sentido, siempre es necesario alimentar el sentido comunitario, el espíritu de comu- nidad que celebra, la alegría de los hermanos que comen juntos. Las siguientes palabras pueden ayudarnos a descubrir este sentido fraterno de la comunión eucarística:
"Jesús Eucaristía, con su sola existencia, pue- de decirnos así hasta donde tiene que llegar nues- tro amor, abriéndonos a la fraternidad universal... ¿Qué significa amar? Quiere decir hacerse uno con todos. Hacerse uno en todo lo que los otros desean, aun en las cosas más pequeñas e insignifi- cantes, en las que uno tal vez ni pone atención, pero que para los otros son importantes. Jesús ejemplificó este modo de actuar precisamente ins- tituyendo la eucaristía... ¡Hacerse uno hasta el punto de dejarse comer! Eso es el amor. Hacerse uno de manera que los demás se sientan nutridos
por nuestro amor, confortados, aliviados, compren- didos".25
Cuando comemos a Jesús, él no se com- porta pasivamente. Es algo mutuo. Al comer a Jesús él de algún modo nos come a noso- tros. Por eso, en cada comunión tenemos que dejar que Jesús nos transforme en él. Así, nos brota el deseo de actuar como él y de alimen- tar a los demás con nuestra vida.
25 Ch. Lubich, La Eucaristía hace la Iglesia, en ¿Qué
significa la Eucaristía para nuestro tiempo?, Buenos Aires