En la obra Stage Kiss [Beso de teatro], de la dramaturga Sarah Ruhl, un marido que sorprende a su esposa en la cama con otro hombre le dice: «Eso no
es amor. Eso es oxitocina». Es una frase cómica que refleja la percepción cada vez más generalizada de que la oxitocina es la hormona del amor o un elixir del amor. La verdadera historia es un poco más complicada. Nosotros preferimos creer que la oxitocina es el portero del amor.
La mayor parte de lo que el mundo cree saber acerca de los efectos «amorosos» de la oxitocina procede del estudio de los ratones de la pradera. A menos que los ratones de campo le estén llenando a uno el jardín de agujeros, resulta difícil no tomarles cariño. Son roedores, así que están emparentados con las ratas, pero en la escala de «monería» de los roedores, los ratones de campo están en lo más alto, junto con las tamias y las crías de ardilla. Son unas pequeñas bolitas peludas —de unos doce centímetros de largo cuando están extendidas y con unos ojos que parecen diminutas cuentas negras—.
Hace tiempo que los biólogos se subdividieron en distintos grupos: están los de la mosca de la fruta, los de las ratas, los de los ratones y los de las lombrices, dependiendo del animal que utilicen para sus investigaciones. (Al lector le sorprendería lo mucho que saben algunos científicos sobre las relaciones sexuales de la mosca de la fruta). «Los de los ratones de campo» no aparecieron hasta más o menos la década de 1980, cuando Lowell Getz, zoólogo de la Universidad de Illinois, contrató a una joven científica llamada Sue Carter. Getz llevaba mucho tiempo estudiando las poblaciones silvestres de ratones de campo, sobre todo porque los agricultores los consideraban una plaga. Pero tras la llegada de Carter, el laboratorio de Getz empezó a realizar experimentos con ratones de campo en cautividad, en un intento de comprender mejor los motivos de su insólita conducta.
Cuando capturaba a los ratones de campo para sus investigaciones en su hábitat de las praderas del medio-oeste de Estados Unidos, a menudo Getz cazaba a dos ejemplares en cada trampa: un macho y una hembra. Resultaba bastante curioso. Con el transcurso del tiempo, se dio cuenta de que a menudo capturaba las mismas parejas de macho y hembra. Intrigado, Getz centró su atención en sus hábitos de apareamiento y descubrió que, una vez que las parejas macho-hembra se apareaban, hacían el nido y permanecían juntas. Eso sugería que los ratones de la pradera eran monógamos.
Las relaciones de los ratones de la pradera se asemejan mucho a las de los humanos. Incluso «quedan para salir». Cuando un macho encuentra a una hembra atractiva, la corteja. A diferencia del estilo directo de las ratas macho, que consiste en hacerle unas cuantas caricias en los costados a la hembra en celo,
darse un rápido revolcón sobre un colchón de virutas de madera, y una rápida despedida con la pata antes de ir en busca de otra hembra, el ratón de la pradera macho es prácticamente un Maurice Chevalier. Acaricia a su compañera con el hocico y la acicala, dedica un tiempo a la estimulación previa, y a continuación da comienzo a una serie de bailes de acercamiento que puede durar un día o dos. La hembra se lo pone difícil. Los circuitos de conducta sexual de la hembra obligan al macho a cortejarla para convencerla de que se aparee con él. A diferencia de otros roedores, que entran en celo, casi con puntualidad suiza, cada cuatro días, la ratona de la pradera se parece un poco a aquellas lagartijas que estudiaba Larry en la Universidad de Texas, que no desarrollaban los huevos hasta que las cortejaban. La ratona de la pradera no entra en celo hasta que su estrógeno se activa a causa de los aromas de feromonas de un macho que la corteje. El olor del macho es lo que excita a la hembra.
Si se tratara de una pareja de ratones de campo comunes (Microtus pennsylvanicus), el macho eyacularía y, sin siquiera prometerle a la hembra que ya la llamará, se marcharía en busca de otra hembra. Mientras tanto, su antigua amante se iría por ahí hasta encontrar un nido donde poder parir y cuidar de las crías, ella sola. Y cuando decimos «cuidar», queremos decir lo mínimo imprescindible. Las madres de Microtus pennsylvanicus son unas mamás minimalistas. Dan de mamar, pero al cabo de más o menos dos semanas se hartan y abandonan a sus crías. Tienen serios problemas de apego.
Por el contrario, los ratones de la pradera (Microtus ochrogaster) crean una familia de verdad. Las crías utilizan unos dientes especializados para la lactancia a fin de aferrarse con seguridad a los pezones de mamá, mientras que papá no anda lejos y colabora en los cuidados y la protección de los cachorros.
Lo diferente no es solo la formación de las familias: los ratones de la pradera ansían el contacto social. Si pueden, se pasan la mayor parte del día con un compañero. Los ratones de campo comunes, por otra parte, son solitarios, errantes, como Clint Eastwood en la película Infierno de cobardes11, de acá para allá, y de un encuentro sexual a otro.
También existen importantes diferencias de conducta entre los individuos de la especie del ratón de la pradera, dependiendo de si se han apareado o no. En estado silvestre, los ratones de la pradera vírgenes de ambos sexos se relacionan libremente y pasan un rato con individuos de ambos sexos sin mostrar un apego particular por ningún compañero. Van haciendo amigos. Sin embargo, después
de aparearse, la nueva pareja explora en busca de un hogar seguro y confortable y seguidamente lo acondiciona para criar a su familia. El macho, a pesar de que tiene que salir de su nido para encontrar comida, siempre regresa, una y otra vez. Los miembros de la pareja se vinculan, dando muestras de lo que, a juicio de Larry, es un antecedente evolutivo del amor humano. Su vínculo es tan fuerte que, en la mayoría de los casos, si el macho acaba convirtiéndose en el aperitivo de un halcón, su compañera permanece soltera el resto de su vida, rechazando a todos los futuros pretendientes.
Esa conexión emocional y social hace que los ratones de la pradera sean un caso extraordinario entre los mamíferos. La monogamia entre los roedores es extremadamente rara, y se estima que tan solo entre el 3% y el 5% de todas las especies de mamíferos viven de forma monógama. Los ratones de campo comunes (Microtus pennsylvanicus) y los de montaña (Microtus montanus) son lo que los científicos califican, como lo haría una hermana de la caridad, de «promiscuos». Se aparean con múltiples parejas y no suelen sentar la cabeza. Los ratones de la pradera son un modelo a seguir de monogamia.
(Pero no son exactamente el modelo en que algunos han pretendido convertirlos. Contrariamente a lo que dice la propaganda de algunos sectores conservadores en materia social y religiosa y de los partidarios de la educación sexual centrada exclusivamente en la abstinencia, y que a menudo han utilizado el nombre de Larry para avalar sus proclamas mal concebidas, engañosas o incluso rotundamente falsas, para un biólogo la palabra «monogamia» no significa necesariamente una estricta exclusividad sexual. Aunque a menudo se considera monógama a la especie humana, por lo menos de acuerdo con la definición de los biólogos, algunas sociedades, tanto del pasado como de nuestros tiempos, no cumplen los requisitos: Abraham, del Antiguo Testamento; los primeros mormones; los varones musulmanes en algunos países; la comunidad de Oneida del siglo XIX en Estados Unidos, el pueblo toda de la
India, donde las mujeres son poliándricas; algunos cultos religiosos dispersos en Estados Unidos; los círculos bohemios; los campus universitarios; la discoteca Studio 54 a finales de la década de los setenta. En la cultura de relaciones informales de pareja del siglo XXI, la mayoría de los seres humanos pasa por lo
menos una parte de su vida sin ser sexualmente monógama. Eso puede ser cierto aunque una persona esté emocional y socialmente unida a otra. Me vienen a la mente los casos de algún jugador de golf profesional, de un montón de políticos
y de muchas mujeres maduras desinhibidas que llevan tangas de lycra. Más adelante examinaremos los encuentros extramonógamos. Por ahora, a efectos de comprender cómo en una determinada especie la hembra establece un vínculo de pareja con el macho, estamos hablando de una conexión emocional y social y no necesariamente de exclusividad sexual. Ese vínculo de pareja es lo que tienen en común los ratones de la pradera y las personas). Se trata de una enorme diferencia entre los ratones de la pradera y los ratones de campo comunes, en materia no solo de conducta, sino también de sistema social. Sin embargo, ambas especies son casi idénticas en su aspecto físico y extraordinariamente parecidas en el aspecto genético.
Para averiguar lo que desencadena ese vínculo de pareja, en 1994 Carter ideó un experimento que resultó ser tan asombroso que se convirtió en la piedra fundacional de todo el campo del apego social. Inspirándose en los estudios realizados por Cort Pedersen y Keith Kendrick sobre el cuidado de las crías por parte de las ratas y las ovejas, Carter inyectó oxitocina en el cerebro de las ratonas de la pradera que no tuvieran ganas de sexo. Habitualmente, esas hembras no receptivas habrían rechazado cualquier aproximación para aparearse, y tampoco habrían creado ningún tipo de vínculo emocional con un macho. Como era de esperar, cuando Carter colocaba a un macho en compañía de aquellas hembras, estas no se apareaban. Aún así, establecían un vínculo con el macho como si se hubieran apareado. El aumento de un compuesto químico en el cerebro alteraba completamente la vida de una ratona de campo, precipitando la versión ratonil del amor y, sin quererlo, iniciando la moda de la oxitocina en la cultura popular. (Más adelante comentaremos algo sobre ese mito exagerado).
En 1994, bajo la dirección de Thomas Insel (que en el momento de escribir estas líneas es director del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos), Larry y su colega Zuoxin Wang utilizaron unos ratones de campo apresados en Illinois para iniciar una colonia en la Universidad Emory. Desde entonces se ha convertido probablemente en la colección de ratones de campo más famosa de todo el mundo, y hay muchísimos ejemplares. Cuando Brian visitó la colonia por primera vez, le pareció que sus habitantes eran todos exactamente iguales (un ratón es un ratón es un ratón)12, pero la colonia de Larry también contiene ratones de campo comunes. La búsqueda de lo que origina las enormes diferencias de conducta entre ambas especies sirve para esclarecer por qué María Marshall mira a la gente con unos ojos inexpresivos, o
cómo se forma el vínculo normal entre una madre y su bebé, o por qué la gente se enamora.
Tanto Larry como Insel se preguntaban en qué lugar del cerebro podía estar actuando la oxitocina para generar el impulso de la conexión emocional en las ratonas de la pradera. Como hemos visto, los receptores de la oxitocina de los circuitos de recompensa del cerebro contribuyen a motivar la vinculación entre madre e hijo. De este modo, el equipo de la Universidad Emory sospechaba, en primer lugar, que los ratones de la pradera debían de tener en su cerebro más células y fibras de oxitocina que los ratones de campo comunes. Wang demostró que no era así. Por el contrario, Insel descubrió que las zonas del cerebro que contenían los receptores de oxitocina eran radicalmente distintas en las dos especies. Y Larry descubrió que el núcleo accumbens de los ratones de la pradera era mucho más sensible a la oxitocina. El núcleo accumbens se convirtió en un nuevo sospechoso. El córtex prefrontal, que está conectado directamente con el núcleo accumbens, estaba, igualmente, repleto de receptores, de modo que también parecía un buen candidato. Larry y su equipo inyectaron o bien un antagonista de la oxitocina (un bloqueante de los receptores) o bien un producto inocuo en ambas estructuras, así como en una región de control que suponían que no intervenía en absoluto.
A continuación, provocaron que las hembras fueran receptivas poniéndolas en celo mediante inyecciones de estrógeno, y entonces organizaron una cita de veinticuatro horas de duración con un macho experimentado. Después, los investigadores realizaron un test de preferencia de pareja. Ataron al macho en un extremo de una caja rectangular de tres compartimentos, ataron a otro macho en el extremo opuesto y depositaron a la hembra en medio. En conjunto, las hembras a las que se había inyectado un producto inocuo o antagonista de la oxitocina en la región de control pasaban más del doble del tiempo acurrucadas a lado de su pareja original. Habían formado un sólido vínculo con su amado. Pero las hembras a las que se les habían bloqueado los receptores de oxitocina en el núcleo accumbens o en el córtex prefrontal pasaban la misma cantidad de tiempo en compañía de cada uno de los machos. No habían desarrollado una preferencia.
Eso demostraba que era preciso que se activaran los receptores de oxitocina de los centros de la recompensa del cerebro de las ratonas de la pradera para que desarrollaran vínculos con un macho. Pero eso no demostraba que el apareamiento en sí provocara dicha activación.
Posteriormente, Larry y Heather Ross, otra colega, crearon un método para muestrear de forma continua la liberación de oxitocina en el núcleo accumbens de las ratonas de campo adultas mientras interactuaban con los machos. Predisponían a las hembras mediante estrógenos para que fueran receptivas. Antes de las presentaciones, Ross tomaba una medición basal de oxitocina y el resultado era, bueno, casi nulo. La cantidad de oxitocina presente en el núcleo accumbens era tan minúscula que el medidor por microdiálisis que utilizaban, que era capaz de olfatear cualquier rastro superior a 0,05 picogramos por cada 25 microlitros (un picogramo es una billonésima de gramo), no detectaba nada.
A continuación, introdujeron a un macho sexualmente apetente en una jaula de rejilla y pusieron esa jaula dentro de la jaula de la hembra, de modo que los futuros amantes pudieran interactuar y hacer algunas de las cosas que hacen los ratones de campo, como olfatearse y tocarse. Pero los ratones no podían aparearse. Al cabo de dos horas, algunas hembras empezaron a registrar una minúscula cantidad de oxitocina. No obstante, desde un punto de vista estadístico, no existía una diferencia real entre los niveles registrados durante aquella interacción limitada y las mediciones basales anotadas al principio del experimento. Las hembras no tenían unos niveles medibles de oxitocina antes de encontrarse con los machos y prácticamente tampoco tenían oxitocina después de un encuentro sexualmente restringido.
Por último, Ross dejaba libre al macho para que la hembra y él pudieran hacer lo que quisieran, incluido aparearse. Varios de los machos, por el hecho de serlo, realizaron valerosos intentos. No todas las hembras eran igual de receptivas. Pero entre las que sí accedieron a aparearse, casi un 40% produjo unas cantidades medibles de oxitocina durante la cópula. Cuando Larry y Ross analizaron las mediciones de oxitocina de las hembras que se habían apareado y las compararon con las mediciones de las que no lo habían hecho, tan solo el grupo de hembras que se habían apareado presentaba un número significativo de ejemplares que hubieran producido cantidades apreciables de oxitocina en el núcleo accumbens. El apareamiento liberaba oxitocina, y esta llegaba al núcleo accumbens, que forma parte del centro de recompensa del cerebro que interviene en la sensación placentera que se deriva de cuidar de un bebé, de esnifar cocaína o de llevar puesta una diminuta chaqueta de cuero cuando uno es un ratón fetichista de los experimentos de Jim Pfaus.
Pero había un posible fallo: los ratones de campo comunes también reciben una recompensa cerebral por el sexo y, sin embargo, no establecen vínculos.
Wang, que para entonces estaba en la Universidad Estatal de Florida, zanjó la cuestión haciendo con la liberación de dopamina y la creación de vínculos lo mismo que habían hecho Larry y Ross con la oxitocina y los vínculos. Las hembras que se habían apareado presentaban un aumento del 50% en su nivel de dopamina en el cerebro. Por supuesto, el simple hecho de que el sexo elevara la producción de dopamina no demostraba necesariamente que la dopamina fuera imprescindible para la creación de vínculos. De modo que Wang utilizó fármacos en diferentes grupos de ratones de campo que incrementaban el número de receptores de dopamina activos, que aumentaban la activación de los receptores de dopamina, pero que bloqueaban los receptores de oxitocina, o bien que no tenían ningún efecto (un placebo). A continuación, realizaba un experimento similar al que había llevado a cabo Larry con los ratones de campo gigolós. Demostró que la dopamina era necesaria para crear vínculos. Wang llegó incluso a colocar hembras que no estaban en celo en una jaula durante tan solo seis horas —que no es un período suficiente como para crear un vínculo entre los ratones de campo sin que haya sexo entre ellos, y aquellos ratones no se aparearon— y logró unos fuertes vínculos en las hembras a las que se había administrado el activador de los receptores de dopamina, igual que el que había logrado Carter con las hembras que no se aparearon, pero que habían recibido dosis extra de oxitocina.
En resumen, tanto la oxitocina como la dopamina son necesarias para que las ratonas de campo creen vínculos, y ambos compuestos se liberan cuando la hembra se aparea. Si recordamos lo que veíamos en el capítulo anterior, tanto la dopamina como la oxitocina son necesarias también para la conducta maternal.
No obstante, lo que provoca la vinculación de pareja no es la presencia de esos dos compuestos neuroquímicos en sí mismos. Los ratones de la pradera, los ratones de campo comunes, las ratas y los ratones tienen todos ellos neuronas emisoras de oxitocina que se originan en el hipotálamo —principalmente en el núcleo paraventricular—. Unas fibras que aparentemente no están asociadas con dichas neuronas se esparcen por otras estructuras cerebrales como pajas que el viento se lleva de un pajar. Algunas de esas fibras acaban en el núcleo accumbens. La distribución de la oxitocina y de las fibras nerviosas no difiere mucho entre todas esas especies. De este modo, las ratas, los ratones, los ratones de campo comunes y de montaña que no establecen vínculos monógamos también tienen dopamina, oxitocina y receptores de ambas cosas en la cabeza, e, igualmente, todos ellos liberan esos compuestos químicos cuando se aparean.
Sin embargo, los ratones de la pradera tienen muchos más receptores de oxitocina en su núcleo accumbens. Pero hay otra molécula que resulta esencial para la formación del vínculo de