CHAPTER II ON CHARTER PARTIES
Section 3. On the duties of the charterer Article 229 Delivery of the goods for loading.
blemente, iban a agregarse todo género de habitacio nes posibles, que requerirían todo género de pasillos posibles. En el futuro, el hotel debía ser novedoso, en expansión y abierto. Pero Dewey, con sobria prescien cia, razonó que los hoteles abiertos no son hoteles en absoluto; y al prever el peligro de un derrumbe general de toda la estructura o su degeneración en un bajo fondo para solitarios, comenzó a echar abajo los endebles colmenares y a ampliar el pasillo. Puesto que la mejor socialización se produce en los pasillos, fueron abolidas las cámaras privadas; las habitacio nes debían tener ventanas, pero no puertas. Lo esen cial era el pasillo, y se lo restauró con parte del mo blaje peirciano del laboratorio y se lo llamó «inves tigación». De haber sido por Dewey, el hotel y el pa sillo se habrían convertido en una sola unidad.
Dejemos ahora de lado esta pintoresca mitología para tratar de lograr una visión menos fantasiosa y más incisiva de la formación del pragmatismo. En este punto, Peirce ha dejado una valiosa relación de los sucesos que condujeron a la primera expresión consciente del pragmatismo. Su relato parece indicar que el pragmatismo no fue considerado, en sus co mienzos, como una doctrina muy novedosa y que surgió y fue elaborada a través de una deliberación cooperativa. Así, la mención de Bain y la presencia de Chauncey Wríght son indicios de importantes in fluencias en la historia temprana del pragmatismo9. *
* Sobre Bain, véase el estudio de Max H. Fisch, «Alcxander Bain and the Genealogy of Pragmatista», en Journal of the
History o f Ideas, 15 (1954), págs. 413-414. Sobre el lugar de
Wright en la historia del pragmatismo, véase Philip P. Wiener,
Evoíution and the Founders of Pragmatism (Cambridge, Mass.,
1949), cap. 3; Gail Kennedy, «The Pragmatic Naturalism of Chauncey Wright», en Studies m the History o f Ideas, vol. III (Nueva York, 1935), págs. 477-503; M onis Cohén, Chance,
Lave and Logic (Nueva York, 1923), Prefacio; selección de
escritos y referencias bibliográficas en Chauncey Wright, Phi-
losophicai Writings, Representativa Selections, ed. por Ed-
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«A principios de la década de 1870, un grupo de jó venes de Oíd Cambridge acostumbrábamos a reunir nos a veces en mi estudio, a veces en el de William James. Nos llamábamos, a medias irónicamente y a medias en actitud desafiante, "El Club Metafísico", pues por entonces el agnosticismo estaba en su cúspi de y fruncía el ceño con soberbia ante toda meta física.» Entre los miembros del «Club» se contaban Oliver Wendell Holmes, hijo (futuro presidente de la Corte Suprema), y Nicholas St. John Green, abogado y discípulo de Jeremy Bentham, quien, en particular,
... a menudo insistía en la importancia de aplicar la definición de Bain de creencia, según la cual es «aquello por lo cual un hombre está dispuesto a actuar». A partir de esta definición, el pragma tismo es poco más que un corolario; por lo cual estoy dispuesto a considerarlo como el abuelo del pragmatismo. Chauncey Wright, que era por aque llos días una especie de celebridad filosófica, nun ca estaba ausente de nuestras reuniones... Wright. James y yo éramos hombres de ciencia y exami nábamos las doctrinas de los metafísicos más bien en su aspecto científico, en lugar de considerarlas como importantes espiritualmente. Nuestro tipo de pensamiento era decididamente británico. Sólo yo, entre todos, había pasado por Kant, pero aun mis propias ideas estaban adquiriendo el acento inglés.
Nuestras conversaciones metafísicas transcu rrían con aladas palabras... hasta que por último, para que el club no se disolviera sin dejar detrás de sí ningún souvettir material, escribí un pequeño artículo en el que expresaba algunas de las opi niones que había estado sosteniendo bajo el nom bre de pragmatismo. Este artículo fue recibido con tanta amabilidad, no buscada, que media do cena de años más tarde me sentí estimulado ... a publicarlo, un poco ampliado, en el Popular Scien
ce Monthly de noviembre de 1877 y enero de 1879 M.
1 3 4 LA FILO SO FIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
Presenta cierto interés comparar esta descripción con la que hizo Locke de la ocasión que estimuló su redacción del gran Ensayo y en la cual nos habla del grupo de amigos que se reunían a principios de la dé cada de 1670, exactamente doscientos años antes del nacimiento del «Club Metafisico» El «Club de Loc ke discutía los principios de la moralidad y la religión, pero sus miembros pronto hallaron que sus pláticas chocaban con diñcultades. Lo que se necesitaba, como continúa explicando Locke, y lo que el Ensayo trató de lograr, era una clarificación, lingüística y concep tual, del entendimiento, de sus operaciones y de los tipos de «objetos» con los que opera y que «es apto para tratar». La recepción popular que tuvo el Ensayo hicieron de él una de las fuentes más influyentes del tipo de problemas que han dominado la filosofía mo derna desde entonces: su espíritu era crítico (aspira ba a eliminar «los escombros que yacen en el camino hacia el conocimiento»), consciente de los usos y abu sos intelectuales del lenguaje y preocupado por la naturaleza del conocimiento.
Peirce llegó a la filosofía a través de Kant, pero debe observarse que, en lo concerniente a este filoso far crítico acerca de los límites y la certeza del cono cimiento, Locke y Kant son afines. El modesto punto de partida de Peirce, su artículo —hoy famoso— «Cómo dar claridad a nuestras ideas», es el heredero espiritual de esta misma búsqueda crítica.
LA TEORIA DE LA INVESTIGACION D E PE IR C E
La tesis de Peirce sobre la función del pensamiento —en términos aproximados, qué hacemos y por qué lo hacemos cuando podemos decir que pensamos— es notable por varías razones. Ya la novedad misma 11
11 El tercer párrafo de «Epístola al Lector», en Ensayo
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de su construcción presenta gran interés, aunque no es lo único importante.
Buena parte de la forma externa de la teoría pre senta afinidades con un idealismo anterior: aquel se gún el cual el pensar es un medio de establecer un equilibrio y restaurar nuestras conexiones, momentá neamente suspendidas, con la «realidad»; todo pensa miento (o creencia) sólo es una semiverdad parcial, que no capta la totalidad de la Verdad; el objetivo del pensamiento es la cesación del pensamiento, cuando nos identificamos con el Todo. Pero debajo de la cubierta de estas respetables influencias, cono cidas y antaño atrayentes, Peirce efectúa una refun dición radical de la interpretación relativa a la fun ción del pensamiento. Lo más notable al respecto es el intento de ubicar el pensamiento dentro de una teoría más vasta de la conducta orgánica.
La hipótesis resultante, y el núcleo de la teoría, es que el pensamiento consiste en una fase intermedia de un único proceso conductal, entre una fase de es timulación sensorial y otra de resolución intencional. Como proceso cuya aparición, duración y terminación variará según diferentes condiciones de estímulos y según la capacidad humana heredada para la res puesta, la sucesión de fases presentará variaciones en su manifestación y en su graduación de una a otra. Sin embargo, dentro de la fase del pensamiento apa recen operaciones específicas y descriptibles, que per miten la clasificación y el análisis de la «fijación de la creencia» y de la lógica, en sentido amplio *.
En resumen y en general, para Peirce la duda es una situación irritante, que por lo habitual se origina independientemente de la sorpresa11. La duda es un estado de inquietud y de vacilación: los hábitos de acción —y, por ende, en algunos casos, la acción mis-
* Esto es. como teoría general de los signos, semiótica, la «filosofía de la representación» u.
“ CP. 1.539. ■ CP. 5.443.
ma— chocan contra un obstáculo interferente. La re solución de una duda, o la eliminación de un obstácu lo, se logra mediante la creencia. Así, la duda da origen a una lucha por alcanzar un estado de creen cia. Peirce llama a esta lucha «investigación». La in vestigación, o el pensamiento, «es excitada por la irritación de la duda y cesa cuando se logra la creen cia; de modo que la única función del pensamiento es producir creencias»14. La creencia no sólo pone ñn a la duda, sino que también contiene una referencia a la acción. Esto no significa que la creencia sea acción ni que la creencia siempre produzca acción. La creen cia, dice Peirce, es el establecimiento de un hábito, esto es, una regla para la acción. La creencia tiene tres características: es un elemento de conciencia (esto es, somos conscientes de nuestras creencias); destruye la irritación de la duda; y engendra un hábito.
Debe aclararse que, según esta concepción, la duda no es una condición cuya existencia podamos provo car. En este respecto, la duda y la creencia son como el dolor físico: aparecen o no, independientemente de nuestros deseos. Así, cuando los filósofos nos pi den que abriguemos dudas acerca de la existencia del mundo, nos están pidiendo lo imposible, si se entien de «duda» en el sentido de Peirce. Llama a esto el «error cartesiano». Las dudas escépticas de Descar tes no eran en absoluto casos genuinos (peircianos) de duda. La mayoría de las llamadas dudas filosófi cas poseen a lo sumo un valor heurístico, al indicar lo que podría aprenderse si examináramos con es píritu independiente algunas de nuestras convicciones más arraigadas e inertes. Pero la duda peirciana tiene poco en común con tales reflexiones elaboradas, y si un hombre abrigara tales dudas acerca de la existen cia del mundo o de su mente, sus patológicos resul tados estarían más allá de su recuperación por las «pruebas» cartesianas.
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Aquello que ha sido concebido como una conside ración característicamente pragmática fue introduci do por Peirce en su teoría de la investigación del si guiente modo. La creencia es, o contiene, una resolu ción a actuar de determinada manera en ciertas con diciones. Así, los hábitos, o reglas de acción, sumi nistran el criterio para dos tipos de determinaciones concernientes a las creencias: 1) las creencias dife rirán o no según que las reglas de acción que brin den sean o no diferentes; 2) la significación de una creencia está determinada por la regla de acción que prescribe. Un análogo de (1) es la doctrina de Peirce según la cual las diferencias entre signos consisten en las diferencias entre los interpretantes lógicos de los signos; y un análogo de (2) es su doctrina de que el interpretante lógico «último» de un signo, concepto o proposición («el verdadero significado») es un há bito «.
La justificación de (1) y (2) no está limitada necesa riamente a las creencias y hábitos. En verdad, (1) y (2) son aplicaciones especiales de dos principios que son los precursores históricos de éstos: 1) es un caso del venerable principio llamado por Leibniz la «iden tidad de los indiscernibles», utilizado aquí por Peirce para sustentar su afirmación de que las creencias sólo difieren si difieren algunas de sus propiedades o de sus consecuencias prácticas o experimentales; y 2) es un caso del dicho «por sus frutos los conoce réis», el cual, observa Peirce, forma parte de la his toria antigua del pragmatismo.
Como los hábitos suministran el criterio por el cual podemos distinguir entre creencias diferentes o evi tar hacer distinciones falsas (o meramente verbales), un procedimiento similar se aplica a los hábitos. Se distinguen los hábitos, y se comprende su significa ción, por la acción.
...toda la función del pensamiento es producir hábitos de acción... Para establecer su significa do, pues, simplemente debemos determinar el há bito que produce, porque lo que una cosa signifi ca es simplemente el hábito que supone... Cuál sea el hábito depende de cuándo y cómo nos lleve a actuar. Con respecto al cuándo, todo estímulo a la acción deriva de la percepción; con respecto al cómo, el propósito de toda acción es producir algún resultado sensible. Así, llegamos a lo tan gible y concebiblemente práctico como raíz de toda distinción real del pensamiento, por sutil que sea; y no hay ninguna distinción de signifi cado tan fina que no dé origen a una posible dife rencia de carácter práctico1*.
1 3 8 LA FILOSOFIA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX
Peirce ilustra estas observaciones, o «el principio» que tratan de determinar, con un esbozo de la dispu ta medieval sobre la doctrina de la transubstancia- ción. ¿Podemos suponer correctamente que los obje tos del caso son «realmente» carne y sangre, aunque poseen las cualidades sensibles del pan y el vino? Entendemos por «vino» aquello que tiene determina dos efectos sensibles, y decir que algo tiene las pro piedades sensibles del vino pero que es, realmente, sangre «constituye una jerigonza sin sentido». Esto no significa sostener, como hizo un dialéctico del si glo xi, Berengario de Tours, que los accidentes del pan y del vino no puedan permanecer cuando las sustancias cambian enteramente. Pues Peirce no ha bla de sustancias subyacentes en los accidentes, sino más bien de situaciones en las que se usa el lenguaje correctamente o sin sentido. Caemos en la falta de sentido cuando, dado un cierto conjunto de estímulos que (sin ninguna diferencia notable o especificable con respecto a situaciones pasadas) han provocado el uso correcto de la palabra «vino», cambiamos este uso por otro —a saber, el de la palabra «sangre»—
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sin ninguna razón o justificación evidente para apar tarnos de la uniformidad en el uso de la palabra.
Aunque puedan hacerse objeciones a los detalles del ejemplo de Peirce y a su asignación poco rigurosa de significados y de carácter significativo a objetos (vino), palabras («vino»), conceptos e ideas por igual, su intención general es clara. La claridad del pensa miento y nuestro uso del lenguaje es una función de ciertos tipos de hábitos de conducta en ciertos tipos de situaciones que conducen a ciertos tipos de re sultados sensibles. Un comentario críptico y muy ci tado de Peirce es: «nuestra idea de algo es nuestra idea de sus efectos sensibles»17. Y de esta frase de cuño berkeüano al principio del pragmatismo de Peir- ce sólo hay un paso.
E L PRAGMATISMO DE PEIRCE
Consideremos los efectos, que podrían tener con cebiblemente consecuencias prácticas, que conce bimos como propios de los objetos de nuestra concepción. Entonces, nuestra concepción de es tos efectos es toda nuestra concepción del objeto “. Irónicamente, esta famosa y frecuentemente repe tida declaración de pragmatismo de Peirce es, quizá, la recomendación menos clara sobre cómo aclarar nuestras ideas de toda la historia de la filosofía. El mismo Peirce señala que «utiliza cinco veces deri vados de concipere»w, y explica que esta repetición constituye un enfático intento por indicar que tiene en vista aquí un «contenido intelectual». Los conceptos deben ser explicados por conceptos, no por imágenes o acciones. Aunque esto no justifica la falta de ele gancia de la formulación, constituye, sin embargo, un
” CP. 5.401.
“ CP. 5.402. •* CP. 5.403.
agregado digno de ser tomado en consideración. El conocimiento del significado de los conceptos sólo se obtiene a través del trato con conceptos.
La «claridad de aprehensión», para usar las pala bras de Peirce, o significado, se obtiene reemplazan do (o traduciendo) conceptos por conceptos. Es un reemplazo, podríamos agregar, de conceptos oscuros por conceptos claros. Pero este agregado es trivial, a menos que se llegue a un acuerdo sobre un criterio de claridad (o significado). La frase citada sugiere uno de tales criterios: reemplazar nuestra concepción inicial de un objeto por una concepción de las conse cuencias o efectos prácticos de ese objeto. Pero este consejo, para ser efectivo, requiere la elucidación de «concepto», «efectos prácticos concebibles» y «con cepción de los efectos prácticos concebibles». Pero, desgraciadamente, no se encontrarán en los escritos de Peirce las elucidaciones requeridas. Hay comenta rios dispersos concernientes a estas cuestiones, pero a menudo son confusos y, aparentemente, entran en conflicto unos con otros. Tratar de ensamblarlos se ría una tarea valiosa y loable, pues podría contribuir a nuestra comprensión de Peirce, pero no podemos embarcarnos en ella aquí. Con todo, valdrá la pena re gistrar algunas observaciones concernientes al prin cipio del pragmatismo.
1. El pragmatismo de Peirce, del que se dice a menudo que es una «teoría del significado», fue con siderado por el mismo Peirce como una máxima, una regla y un método para discernir el significado de los signos. Pero el pragmatismo no se ocupa del signi ficado de los signos; se ocupa «meramente (de esta blecer) un método para determinar el significado de los conceptos intelectuales, esto es, de aquellos a los cuales pueden dirigirse los razonamientos»30. No es claro cuáles son exactamente los límites de esta cla se de conceptos. Peirce excluye los «nombres de sen-
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saciones», como «rojo» y «azul», al parecer porque las sensaciones son subjetivas, indeterminadas y sus efectos prácticos no son más que otras sensaciones. También deben excluirse del análisis pragmático otros términos, como los que designan objetos individua les21, junto con los componentes lógicos no descrip tivos de las oraciones, tales como «y», «o», «si-enton- ces», etc.
A pesar de las muchas incertidumbres acerca de «i el análisis pragmático del significado se aplica a una parte considerable del lenguaje, y cómo, hay dos pun tos que son evidentes. El significado pragmático no es ubicuo, ni la aplicación de la regla pragmática es válida para toda especie de comunicación. Peirce tiende a sustentar una concepción según la cual hay varios tipos de significado, uno de los cuales es el pragmático. En segundo término, la determinación pragmática del significado no se aplica a palabras o al uso de palabras en general, sino más directamente a conceptos, o lo que Peirce llama «el contenido inte lectual» de las palabras. Para Peirce, la más amplia categoría de instrumentos de comunicación es la de los signos. Las palabras, los conceptos y ciertas for mas típicas de conducta manifiesta son otros tantos tipos de signos. Podemos decir, pues, como descrip ción general del pragmatismo, que éste es una teoría, o un conjunto de reglas de procedimiento, para acla rar (o determinar) el significado de ciertas clases de signos.
Si bien el principio pragmático apunta a una clari ficación general de las «ideas», su aplicación más in mediata y sus resultados más valiosos pertenecen al ámbito del lenguaje y del uso lingüístico.
2. Al decir que nuestra concepción de un objeto equivale a concebir sus «consecuencias prácticas» o «efectos», Peirce no pretendía presentar una doctrina toscamente utilitarista. Algunas de las formulaciones
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más incautas de James también se prestan a esta interpretación, que podría llevamos a afirmar que el «significado» de un concepto o de un objeto es su uso práctico para algún individuo. Tampoco era la inten ción de Peirce sugerir que todo pensamiento (o con cepción) desemboca en la acción o que el «contenido» (o «interpretación») de los conceptos consiste en hechos. El pensamiento, dice Peirce, puede aplicarse