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A dynamic framework to guide the implementation and evaluation of educational technologies

5. Chapter 5: Preliminary framework

5.3 A dynamic framework to guide the implementation and evaluation of educational technologies

«Mi dulce putita Nora, he hecho como me decías, mi niñita guarra, y me la he meneado dos veces mientras leía tu carta. Estoy encantando que te guste que te joda por el culo. Sí, ahora me acuerdo de la noche en la que te follé tanto tiempo por detrás». Carta de James Joyce a su esposa Nora Barnacle del 8/12/1909.

Si el culo aparece ligado con el mundo de los varones quienes lo y se lo rompen trabajando y copulando, la cola, una forma metonímica más elegante y delicada del ano, se asocia con las mujeres. «Hacer» o «dejarse hacer la cola» son enunciados que aparecen integrados de maneras diferentes en los guiones culturales que organizan el erotis- mo heterosexual. Como parte de las partituras de las performances (hetero)sexuales, el sexo anal posee un valor diacrítico capaz de esta- blecer fuertes diferencias.

La práctica del sexo anal receptivo separó (y continúa hacién- dolo) a las mujeres «decentes» de las «putas» de modo tal que las primeras no lo harían mientras que las segundas sí. Cabe destacar la relatividad de esa separación propia del sentido común en tanto la práctica formaba parte del erotismo de algunas de las primeras, como recuerda Joyce, mientras el servicio «básico» o «normal» de las pros- titutas no suele incluir el sexo anal.

En las últimas décadas, especialmente entre mujeres jóvenes urbanas de camadas medias, esas representaciones fueron perdiendo valor en la nueva organización de una sexualidad femenina. En el contexto de un «mayor equilibrio de poder entre los sexos» (Elias, 1998) el sexo anal se democratizó en tanto dejó de ser propiedad de las «chicas malas» o «King Kong» en términos de Virgine Despentes (2007). Ahora también las chicas «decentes» daban (y debían dar) la cola. El tema se discutía en revistas femeninas como Cosmopolitan y se incorporaba a las conversaciones íntimas entre amigas. Parecería que ciertas mujeres empezaron a «entregar la cola» y hacerlo ya no constituía una práctica perversa sino parte de los juegos eróticos posibles y deseables entre los amantes7.

La pornografía y su popularización contribuyeron en esta nue- va distribución de prácticas que perdieron parte de su carácter infa- mante y se incorporaron a un guión heterosexual «normal». En esta nueva economía sexual la cola/ano de la mujer se transformó en un nuevo agujero a conquistar por su compañero sexual. Como parte de esa dinámica, en torno al ano se reedita un nuevo mito de la virginidad que obliga a las mujeres a administrar su uso con fines eróticos y a los varones a desear y empeñarse en «hacerles la cola» a sus amantes. Bajo esta nueva situación, pareciera que acaban restau- rándose en relación al sexo anal las mismas performances de seduc-

ción que rodean al sexo vaginal. Una vez más el varón debe posicio- narse como un conquistador y la mujer, más allá de sus deseos, debe ser quien resista los embates masculinos. De acuerdo a ese relato los varones tienen la capacidad de producir, «hacer», una zona erótica en las mujeres quienes no la tendrían si no fuera por la mediación de un compañero sexual. El pene, una vez más, deviene falo.

Como parte de esa incorporación al guion heterosexual «nor- mal», el sexo anal se transformó en motivo de preocupación pedagó- gica. En este contexto aparecieron especialistas dedicados a transmi- tir los secretos de la práctica. Por ejemplo, en la última «Sexpoeróti- ca. Córdoba 2015» observamos la performance didáctica sobre sexo anal de Paola Kuliok donde enseñaba a las mujeres cómo «dar la cola».

A través del humor, y apoyándose en una supuesta experiencia personal, Kuliok se dirigió a las mujeres para explicarles técnicas que facilitarían la inserción del miembro masculino en su ano y el control de los movimientos, darles consejos higiénicos, advertirles sobre los peligros. Con sus palabras y gestos la especialista desplega- ba ciertas claves que permitirían a las mujeres reinterpretar determi- nadas sensaciones corporales como placenteras. También les habló a los varones a quienes buscaba educar en un ethos que sostenía el control de sí y el cuidado de la otra que podía resumirse en el enun- ciado: «Para cogernos a la noche, los hombres deben hacernos el amor durante el día».

Esos mismos discursos pedagógicos se realizaban a través de otros medios. Por ejemplo, en la sección reservada para experiencias heterosexuales del ya citado foro, un participante afirmaba que: «Para que ella te de la cola, vos primero tenés que saber hacerla, si no, cagás. Lo que le llamamos en la jerga fiestística: cadena de favores». Posicionado como un experto y a partir de un saber construido en la práctica, el sujeto ofrecía a los lectores un método de 25 pasos para cultivar el arte del sexo anal8.

En esos discursos se desarrolla toda una techné del sexo anal donde la violencia parecería haberse evaporado en tanto las colas se «hacen» pero no se «rompen». Como parte de un nuevo orden sexo- erótico los varones heterosexuales deben aprender a «hacer la cola» y las mujeres, una vez más ocupando una posición «pasiva», deben

«dejarse hacer». La violencia presente en el enunciado «romper el culo» se volvía disciplina. La guerra, las formas de dominación y sumisión expresadas a través de la sodomía, se hacía política, cadena de favores. El cuerpo/ano ya no se produciría a partir de la violencia de la rotura sino a partir de la administración regulada de los gestos, los movimientos y las emociones.

Esas transformaciones en el valor atribuido al sexo anal en el erotismo heterosexual indicarían ciertas modificaciones en las rela- ciones de poder en el mundo social. A modo de hipótesis podría pensarse que la integración de prácticas sexuales consideradas «per- versas» en los guiones definidos como «normales» se relaciona con el reforzamiento de la pareja conyugal y el amor marital y la disminu- ción del desequilibrio de poder entre varones y mujeres. Esa «nor- malización» de la sodomía podría considerarse parte de la expansión de una «sociedad del espectáculo» (Debord, 2001) donde discursos y performances como las de Kuliok formarían parte de los dispositivos de regulación placentera de los cuerpos.

Como parte de esos mismos procesos, el binarismo sexo-ge- nérico, el machismo, la dominación masculina y el patriarcado pare- cían continuar reproduciéndose. La nueva sodomía conyugalizada y la espectacularización del sexo anal mantenían el régimen de domi- nación heterosexual en tanto, una vez más, asociaba la capacidad de penetrar con los varones y la posición receptiva con las mujeres. La «cadena de favores» de la que hablaba el forista no incluía el ano del varón el cual debía permanecer intocable y por fuera de los inter- cambios (hetero)sexuales.

El enunciado «hacer la cola» también se presentaba en el habla de varones homosexuales. Según algunos entrevistados, existía una diferencia entre «romper el culo» y «hacer la cola» tanto en la voz pasiva como activa. Más allá de las técnicas, prácticas y cuidados que suponían, las maneras de referirse al sexo anal describían dos formas de interacción. El primero enunciado se reservaba para los encuentros eróticos anónimos como los que se producían en saunas, cines o a partir de citas generadas en páginas web mientras que el segundo se usaba para describir prácticas que suponían relaciones afectivas más comprometidas y con un mayor conocimiento inter- personal. Según nos explicaba Raúl, un entrevistado autodefinido

como «gay activo», de 45 años y profesional universitario:

«Por ahí lo que hacés es lo mismo, como que no hay diferencia. Pero lo que sentís es diferente. ¿Cómo explicarte…? Si te rom- po el culo (risas) es con fuerza, con ganas, como que me preocupo por mí. Vos no me interesás tanto. Sos un agujero. En cambio cuando hago la cola es como que me entrego y busco que goces. Quiero que me envuelvas la pija con tu culo. Es muy distinto. Esa diferencia se llamaba amor (risas)».