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Chapter 5: Job Allocation Scheme for Computational Grids with Communication

6.4 Dynamic Load Balancing

6.4.1 Dynamic Global Optimal Scheme (DGOS)

«Señor, que no me afane por los bienes terrenos, sino que busque, sobre todo, tu Reino» (Lc 12, 22, 31).

1.— El Concilio señala como lacra propia de nuestro tiempo el que muchos —aun entre los cristianos— «incurren como en una idolatría de los bienes materiales, convirtiéndose en siervos en lugar de señores de ellos» (AA 7); y propone como remedio una vuelta sincera al espíritu de pobreza propuesto por Cristo a todos sus seguidores. «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que Corroen, y ladrones que socavan y roban; amontonad más bien tesoros en el cielo..., porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 5, 3; 6, 19-21). Estas palabras no están reservadas a un grupo de elegidos, sino dirigidas a las muchedumbres, a cuantos quieren seguir la doctrina de Jesús; y es interesante notar que el discurso de la Montaña se abre justamente anunciando la bienaventuranza de la pobreza. El hombre, en efecto, está tan ávido de bienes terrenos, tan preocupado de poseerlos y acumularlos y tan sujeto a ellos, subyugado por ellos, que sólo cuando logra deshacerse de sus lazos, puede comenzar el camino a la santidad o Reino de los Cielos. «Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?» (Mt 16, 26). Es evidente que no todos están llamados a profesar el voto de pobreza, pero todos están obligados a vivir según el espíritu de pobreza evangélica. Por otra parte, para

que ese espíritu no sea una utopía, es preciso practicar la renuncia y priva- ción al menos de las cosas no estrictamente necesarias y tanto más de las superfluas. El que no sabe privarse de nada, no sueñe tener el espíritu de pobreza: Por eso al que quiere tender a la perfección, Juan de la Cruz propo- ne procurar siempre «no andar buscando lo mejor de las cosas, sino lo peor y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo» (S I, 13, 6).

2.— El Evangelio no condena el uso ordenado de los bienes terrenos y tampoco el esfuerzo honesto por con; seguirlos según la propia condición y necesidad. Jesús mismo ha elegido para sí la vida de obrero y ha querido ganarse el pan con el sudor de su frente; y así era considerado comúnmente como el «hijo del carpintero» (Mt 13, 55). Un padre, una madre de familia tienen el deber de proveer a las necesidades de sus hijos y de asegurarles los medios convenientes de subsistencia. Pero deben evitar engolfarse en los negocios hasta el punto de no tener tiempo ni libertad suficientes para atender a las cosas del espíritu, al culto y servicio de Dios. Antes, los laicos, que por vocación viven implicados «en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo», están precisamente llamados a «tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios», valiéndose para este fin de su profesión u oficio, que deben desempeñar «guiados por el espíritu evangélico» de pobreza y desasimiento. De este modo contribuirán «a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» (LG 31).

Otro aspecto del espíritu de pobreza inculcado por el Señor es el deber de la limosna. Al joven rico no le pidió Jesús sólo vender sus bienes, sino también dar lo recabado a los pobres; y lo mismo propuso a todos sus segui- dores. «Vended vuestros bienes y dad limosna» (Lc 12, 33). El concepto de pobreza evangélica no incluye sólo el desasimiento de los bienes temporales, sino la privación de los mismos en favor de los indigentes. El egoísmo y la avaricia son diametralmente opuestos al espíritu de pobreza, el cual sólo es auténtico cuando se abre a la caridad con los hermanos. Sobre este punto se alzó con energía la voz del Concilio recordando «que la mayor parte de la humanidad sufre todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para des- pertar la caridad de sus discípulos» (GS 88); y por otra parte., todos «los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos» (ib 69).

Señor Jesús, que te halle a ti, el verdadero pobre..., que siendo rico, hízose, por nosotros pobre... Te contemplo cuán rico eres: todas las cosas fueron hechas por ti. Te contemplo en tu pobreza: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y envuelto en pañales de niño, es colocado en un Pesebre.

¡Oh pobreza la de mi Señor! Nace en un estrecho aIbergue tespués tú, Señor de cielos y tierra, Creador de lo ángeles, autor y ordenador de todas las cosas

visibles e invisibles, mamas, lloras, te nutres, creces, toleras la edad y ocultas la majestad... ¡Oh pobreza! (Serm. 14, 9).

No me sacian los bienes caducos, Dios mío, ni me sacian los bienes temporales; dame lo que es eterno, concédeme algo de eterno. Dame tu Sabiduría, dame tu Verbo, Dios cabe Dios, y a ti mismo, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Estoy a tu puerta como un mendigo. Tú, Señor a quien invoco, no duermes..., antes estás deseoso de dar; pero no das sino a quien pide, para no dar a quien no sabría recibir... Tú no duermes, pues; haz que no se duerma mi fe. Mi alma, deseando saciarse de algún bien excelso e inefable..., sintiéndose impedida por la pesadez del cuerpo y comprendiendo que no puede ser saciada en esta vida, te dice: …he descubierto el bien que deseo, conozco lo que puede bastarme, lo reconozco en el deseo de Felipe: Muéstranos al Padre y nos basta... Sé lo que deseo, pero ¿cuándo seré saciado» (In Ps 102, 10).

Señor, mientras vivimos en el cuerpo estamos desterrados lejos de ti... Nos ama la patria el que encuentra dulce el destierro: yo siento ya la dulzura de la patria y la amargura del destierro... Cualquier cosa que tenga aquí que no seas tú, no me es dulce. No quiero nada de cuanto me has dado si no te me das a ti mismo, dador de toda cosa. No caiga de tus oídos esta mi oración, escucha la voz de mi plegaria (In Ps 85, 11. S. AGUSTIN).

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