El fenómeno de fragmentación del califato musulmán afectó también al Occi- dente musulmán, al Magreb y a al-Ándalus.
• Los principados jariyíes. Desde finales del siglo VIII se habían estableci- do en el Magreb central y occidental unos principados jariyíes indepen- dientes en localidades como Siyilmassa (al sur de Marruecos), Tremecén y Tiaret (en la actual Argelia). El más importante fue este último, donde su fundador, Ibn Rustem, de origen persa, creó una monarquía electiva que más tarde se trasformó en hereditaria, los Rustemíes. Ganó para su causa a los bereberes y a los árabes anti-Aglabíes (ver más abajo). Su ideario era jariyí, de la secta ibadí, la más pacifista y moderada de las sectas jariyíes, tolerante hacia los no musulmanes y dedicada al desa- rrollo del comercio de caravanas. El ibadismo, una de las escasas sec- tas jariyíes que perduran hasta la actualidad, cuenta en las ciudades del Mzab (en el desierto argelino) con comunidades de fieles reconocidas oficialmente.
• La dinastía Idrissí (789-985) fue fundada por un descendiente de Alí que se desplazó al Magreb. Los Idrissíes son la primera dinastía jerifiana del reino marroquí, que adoptará el nombre de imperio jerifiano por el carácter noble de los fundadores de varias de las dinastías que se suce- dieron en Marruecos. Los Idrissíes crearon la capital de Fez y contribu- yeron también a expandir la cultura islámica más allá del Sahara. Pero finalmente fueron perdiendo influencia frente al empuje de los Omeyas cordobeses y de los Fatimíes de Ifriquiya.
• Los Aglabíes (800-909) fueron una dinastía de gobernadores de Ifriqui- ya (más o menos en la región del actual Túnez, con capital en Qairuán) que se independizaron del poder califal, aunque formalmente siguieron manteniendo la soberanía abbasí, hasta que fueron eliminados por los Fatimíes. Su fundador procedía del Jurasán, Ibrahim ibn al-Aglab. Incor- poraron a su pequeño Imperio tanto Sicilia (832) como Malta (868) y lograron una soberanía plena sobre el Mediterráneo central. Su perío- do se caracteriza por un crecimiento económico, gracias al comercio y a la mejora de los sistemas de explotación agrícola y minera. Con ellos la zona recuperó el esplendor de la época romana y Qairuán se convirtió en un gran centro de distribución de comercio por mar y tierra.
Decíamos en el capítulo 1 que los chiíes ismailíes jugarían un papel funda- mental en la historia del mundo arabo-islámico medieval. Si decíamos esto era porque será a partir de esta escisión del islam chií de donde surja una de las más importantes dinastías de la época, la primera que disputó la dignidad califal a los Abbasíes. Se trata de la dinastía Fatimí.
El origen de los Fatimíes tuvo lugar en Yemen y se remonta a los años finales del siglo IX, cuando un hasta entonces desconocido personaje, Ubayd Allah, se au- toproclamó descendiente del hijo del séptimo imam, Muhamad ben Ismail, y, por tanto, descendiente del Profeta por la línea de su hija Fátima, de donde procede el nombre de Fatimíes. El hincapié sobre esta ascendencia fatimí se realizó sobre todo como una forma de legitimar un derecho a la dirección de la comunidad, por encima del de los Abbasíes, cuya descendencia con respecto a Mahoma no era directa. Ubayd Allah tuvo éxito entre algunos de los predicadores ismailíes de Yemen, aunque otros lo rechazaron. Uno de esos predicadores que le siguieron, Abú Abdallah, fue enviado a Ifriquiya para predicar en favor del ismailismo y de Ubayd Allah. Allí Abú Abdallah consiguió el apoyo de algunos grupos de berebe- res, sobre todo de la Kabilia (en la actual Argelia), descontentos con el gobierno aglabí. El apoyo de los bereberes le sirvió a Abú Abdallah para iniciar una serie de campañas militares contra los Aglabíes que terminaron con la conquista de Qairuán en el 909. Al poco tiempo el propio Ubayd Allah se trasladó a Ifriquiya y se puso al frente de su movimiento.
El objetivo final de Ubayd Allah era acabar con el poder de los califas ab- basíes, que él consideraba unos usurpadores, por lo que inició una política de expansión económica que permitiera la creación de una gran fuerza militar. Esta política, que implicaba un aumento de los impuestos, creó cierto malestar entre los grupos bereberes. Algunos de ellos se levantaron en armas contra los Fati- míes, pero sin mucho éxito.
Como forma de demostrar su intención de convertirse en un poder alter- nativo al de sus enemigos abbasíes, los Fatimies adoptaron el título de califa e
iniciaron una serie de campañas militares para conquistar Egipto, como paso previo a su expansión hasta el centro del Imperio abbasí. En el 969 consiguieron su propósito y eliminaron toda oposición a su invasión de Egipto. La zona de Ifri- quiya fue abandonada por los Fatimíes en favor de Egipto, y en su lugar dejaron a los grupos bereberes que les habían apoyado, los cuales fundaron una nueva dinastía, la zirí.
Una vez en Egipto, los Fatimíes no tardaron en emprender su avance hacia Siria, parte de la cual consiguieron mantener en su poder. Sin embargo, su avance se vio detenido y nunca pudieron amenazar los dominios abbasíes en Iraq.
Con el califato fatimí Egipto vivió muchos años de auténtica independencia y prosperidad. En sus formas de gobernar los Fatimíes adoptaron muchas de las formas de sus enemigos abbasíes; es decir, crearon una corte impenetrable, llena de funcionarios, esclavos, guardias y eunucos, que les alejaba del pueblo; fun- daron una nueva capital, El Cairo, en las proximidades de la antigua, Fustat; y revistieron su gobierno de un halo de religiosidad. Para fundamentar sus princi- pios religiosos y extenderlos por el mundo arabo-islámico crearon una auténtica universidad, al-Azhar, que se mantiene hasta hoy día como una de las mezquitas- universidad más importantes del mundo islámico. Además, con la misma finali- dad crearon un cuerpo de predicadores que fueron repartidos por todo el mundo islámico con el objetivo de hacer más adeptos al ismailismo.
A pesar del marcado carácter religioso del califato fatimí, los califas no em- prendieron ninguna política religiosa de cara a la población egipcia, que conti- nuó manteniendo sus creencias sunníes, al igual que los judíos y los cristianos continuaron manteniendo las suyas. Sólo el califa al-Hakim (996-1021), según algunos en un arranque de locura y convencido de estar cercano a la divinidad, emprendió una política de persecución de los comportamientos tenidos por in- morales y persiguió a judíos y cristianos, a los que les prohibió que comieran cerdo y bebieran vino. Después de su muerte una parte de sus seguidores consi- deraron que en realidad no había muerto, que se había ocultado y que volvería al final de los tiempos como mahdí. Este grupo de fatimíes formaron una pequeña secta, los drusos, que pervivieron en las montañas libanesas constituyendo una de las minorías tradicionales de la población del Líbano hasta la actualidad.
En materia económica los Fatimíes dieron un impulso definitivo al comer- cio de Egipto con el resto de países islámicos, pero también con la India, a través de las rutas del Mar Rojo y el océano Índico. Muy importante fue en esta época el comercio que empezó a surgir entre Egipto y las ciudades italianas, sobre todo Amalfi, una pequeña república de la costa napolitana que vivió un periodo de extraordinario crecimiento mercantil hasta que fue eclipsada por Génova y Venecia.
Los imanes alíes y la dinastía fatimí
Después de al-Hakim, el poder de los califas fatimíes comenzó a decaer, pues, al igual que sucedió con sus rivales abbasíes, el poder real empezó a ser acapa- rado por los generales turcos, armenios y negros que habían sido introducidos en el ejército. Estos militares extranjeros que ocuparon uno tras otro el poder se llamaron a sí mismos sultanes. Mientras los sultanes gobernaban, los califas entraban en disputas sucesorias sin sentido. Una de ellas, la que surgió tras la muerte de al-Mustansir (1036-1094), enfrentó a los partidarios de los dos he- rederos, al-Mustali y Nizar. El sultán ejerció su poder para colocar a al-Mustali, pero los seguidores de Nizar no lo aceptaron y se separaron del núcleo fatimí del ismailismo, formando una secta conocida como la de los “asesinos” asentada en Persia, al sur del mar Caspio, y dirigida por Hassan i-Sabbah.
Los años siguientes vieron cómo el poder fatimí disminuía, hasta que en el siglo XII Saladino acabó con la dinastía.