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Dynamics of the distribution system: sales experiments & promotion

La ambigüedad de fondo que oscurecía el argumento de las «divinas proporciones», derivaba de la ignorancia de la dinámica del proceso de la visión. La idea de que las

proporciones espaciales de un edificio construido según un canon proporcional suscitan una respuesta perceptiva adecuada, se apoya sobre el hecho de que estas proporciones puedan, de algún modo, ser analizadas en el espacio interno. Un concepto similar corresponde bien a la interpretación del ojo como cámara oscura, sobre cuyo fondo se proyecta la imagen del edificio proporcional, empequeñecida e invertida. En realidad, el ojo barre la imagen con una serie de movimientos que analizaremos en seguida y nunca está prácticamente inmóvil. El fin de esta secuencia ininterrumpida de actos de fijación, que duran, cada uno de ellos, breves instantes, es el de llevar ciertas porciones de la imagen directamente a una zona especializada de la retina llamada fóvea. Esta zona, una leve depresión de la retina

directamente en contacto con el humor vitreo, está casi exclusivamente poblada por conos (la cantidad de conos foveales es de cerca de 20.000 unidades) y, en particular, existe una subpoblación de conos ordenados exactamente en el centro de la fóvea misma. Estos conos, cerca de 2000, tienen un diámetro de apenas un milésimo de milímetro. Cuanto más se alejan de este «puñado» central más aumenta el diámetro de los conos hasta llegar a más de tres milésimas de milímetro. Puede ser interesante recordar que el radio de la fóvea es de 0,4 milímetros y por lo tanto tiende un arco de 1 grado y 20" (Polyak, 1941; Rodjeck, 1973).

Los conos son fotorreceptores especializados para la visión de los colores y responden sólo a la luz relativamente intensa. Por lo tanto, la fóvea es una zona retínica especializada para el análisis fino de los detalles. La «grana retínica» llega en el «puñado central» al máximo de fineza, lo que permite esperar la mejor percepción de los detalles. Sobre la base de estos datos, se intentó recientemente la construcción de una imagen que simularía la visión puramente foveal, o sea lo que se percibiría si el ojo no pudiera moverse de un punto al otro de una escena. El procedimiento adoptado en este truco didáctico es la toma de una serie de fotografías de una pintura con sucesivos niveles de enfoque, partiendo de una zona central perfectamente en foco. Las zonas tienen aspecto anular, mostrando en el centro el pequeñísimo círculo «en foco» rodeado de una familia de anillos desenfocados progresivamente. Un fotomontaje de todos estos anillos nos da un interesante ejemplo visual de las relaciones entre el área foveal y no foveal de la retina. El procedimiento es sustancialmente ingenuo e incorrecto en cuanto ignora todos los procedimientos de

elaboración de la información implementados en la retina, pero es interesante como primera aproximación al fenómeno perceptivo (Kelly, 1980).

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En consecuencia, los continuos movimientos del ojo nos sirven para llevar a la fóvea los detalles más «importantes» de la escena que estamos observando. Esta serie ininterrumpida de movimientos oculares destruye, obviamente, la idea de las relaciones proporcionales estáticas, en cuanto su percepción no tiene nada que ver con la imagen que la ha generado. Se trata de un continuo ir y venir del ojo sobre este punto y sobre aquel otro, y las líneas ideales, las trayectorias seguidas por el ojo, no son rectilíneas para nada. De ahí que no se mantenga ni siquiera la posible relación espacio-tiempo. Los movimientos exploratorios son en efecto, de tipo impulsivo o balístico y no continuados, movimientos rectilíneos de «barrido», como sucede en la escanción televisiva de las imágenes. Una clasificación simplificada de los movimientos oculares los divide en tres categorías:

- Movimientos lentos y continuos de amplio radio, ligeramente encorvado. Duración, un segundo: amplitud, un sesentavo de grado por segundo. Derivas oculares.

- Movimientos rápidos de tipo balístico, de trayectoria fuertemente curvilínea a veces, y radio de acción más restringido. Duración, 10-20 milésimas de segundo, 50 sesentavos de grado y frecuencia de uno al segundo. Sacudidas.

Velocísimas vibraciones locales con una amplitud de 5 segundos de arco y

frecuencia de 150 Hz. Temblores. Los valores numéricos varían mucho según la literatura y deben ser tomados como valores intermedios, más-adecuados para proporcionar un

intervalo que un verdadero dato cuantitativo (Pritchar, 1964; Shaknovic, 1977).

Entonces, durante la exploración visual, el ojo barre la imagen sobre todo con tres técnicas: una oscilación lenta, saltos bruscos y veloces, y pequeñas, muy veloces

vibraciones locales. Lo que sorprende inmediatamente es que las imágenes aparezcan quietas no obstante este continuo movimiento. Existen pruebas de que la visión de alguna manera está prensada durante la sacudida, y lo que se percibe es el estado de cosas al comienzo y al final de ella.

Lo que interesa realmente es ser consciente de que el ojo se mueve activamente durante la visión. Existen técnicas para registrar estos movimientos oculares. La más simple consiste, solamente, en registrar con una telecámara los movimientos oculares durante la exploración de una escena compleja. De esta manera se obtienen las trayectorias seguidas por la pupila al «leer» la imagen. Si este reticulado de líneas se superpone luego a la escena que lo generó, se tiene una información inmediata sobre la modalidad exploratoria y se puede reconstruir cuáles fueron los puntos de mayor interés, cuántas veces fueron observados, la densidad de la observación en diversas partes de la escena. Y así sucesivamente.

Hemos visto que la razón esencial de los movimientos oculares está en la necesidad de llevar sucesivamente a la fóvea las zonas de mayor densidad de información. Pero existe también otra razón igualmente importante que se está descubriendo con la técnica de la «imagen estabilizada». Supongamos que se ubica sobre la córnea una lente de contacto común, pero dotada de una minúscula luz suspendida exactamente delante de la apertura de

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la pupila. En esta forma, la imagen de la luz permanecerá vinculada a la retina, a pesar de los movimientos oculares. En efecto, la posición recíproca de la luz de la pupila y de la retina, permanecen fijas. Imaginemos estar mirando una imagen (estabilizada respecto a la retina) compuesta de trazos breves curvilíneos, distribuidos sin orden, completamente al azar. Se trataría, entonces, de una imagen completamente «carente de significado».

La percepción que se establece en estas condiciones experimentales es de una gran «actividad» del campo visual. Aquellas pequeñas curvas aparecen y desaparecen

continuamente. Se cree estar viendo un verdadero «hormiguero». La desaparición de sectores del campo visual, la aparición y desaparición de ciertas familias locales de curvas, no parece seguir ninguna ley particular.

Si en cambio la imagen estabilizada tiene un «significado», por ejemplo un perfil humano, la aparición y desaparición de panes de la imagen no se producirá casualmente sino por «zonas organizadas». Por ejemplo, desaparecerá primero todo el perfil y quedará sólo la forma de la cabeza y los cabellos, o desaparecerá todo menos el perfil. La

conclusión que parece desprenderse de este experimento de psicofísica es que la imagen no parece desmembrarse casualmente en partes, sino que aparece en bloques grandes, lo suficiente para que tengan un significado autónomo. Este fenómeno muestra que ciertas imágenes que hemos conocido como entidad autónoma tienden a mantener esta autonomía y resisten a la erosión bioquímica de la visión estabilizada (adaptación, ya sea de los receptores como de las otras células retínicas, incluso las ganglionares. Para no hablar de una adaptación de las células corticales mismas). Esto lleva, como es de imaginar, a las gestálticas y a su regla del buen contorno. El ojo, expuesto en ciertas fases precoces de la visión, reconoce en «grandes términos» algunas estructuras físicas y se cuida de los detalles.

Esta lectura de imágenes, no en el caso de la visión estabilizada sino en el caso de la libre exploración de la escena, permitió a Yarbus, hace cerca de veinte artos, publicar las primeras impresionantes imágenes de la trayectoria de un ojo absorbido en la

contemplación de una escena compleja (Yarbus. 1967).

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