4.4 Unobservable E¤ort
5.2.1 E¢ cient Allocations
En los apartados anteriores se ha señalado la importancia del trabajo como soporte de inscripción social, como principio ordenador y medio de construcción de identidad, y se ha hecho referencia a la condición asalariada como una de las modalidades concretas de la relación laboral en las sociedades capitalistas de Occidente, que encuentra su auge en el siglo XX. Se han desarrollado, asimismo, algunos hechos significativos en la construcción y evolución del trabajo asalariado en el contexto argentino. Durante al menos cuatro décadas (1930-1970), rigieron condiciones económicas y políticas generales que posibilitaron la persistencia en el imaginario social de un ideal de progreso económico y social basado en el trabajo y las protecciones a él ligadas, consideradas derechos de la ciudadanía.
Se ha hecho referencia a las estructuras institucionales, políticas y culturales del denominado Estado Social que, en el contexto de una economía basada en la industria, operaban como sostén del trabajo y, a su vez, de las relaciones de los sujetos entre sí y con el porvenir. Estas relaciones posibilitaban la construcción de instancias colectivas de pensamiento y acción de los trabajadores, a la vez que, en el plano individual, habilitaban y contenían a los sujetos en la planificación y concreción de una trayectoria de vida.
Hacia fines del siglo XX, no obstante, en el marco de la crisis del Estado Social, esta modalidad de organización del trabajo sufre cambios profundos y, de manera general, pierde su centralidad como mediadora en la construcción de vínculos sociales y de biografías individuales. La introducción de nuevas relaciones laborales y formas de organización o gestión del trabajo coincide, en Argentina, con la implementación de un modelo económico de carácter aperturista y neoliberal cuya principal consecuencia fue el aumento de la desigualdad y la polarización de la estructura social.
En el presente apartado se intentará recuperar los aportes de algunos autores acerca de las transformaciones recientes en el sistema capitalista y cómo estas transformaciones han afectado y modificado el trabajo y el empleo, la relación de los sujetos con el porvenir y la construcción de trayectorias vitales. Cabe aclarar que, si bien se trata de teorizaciones desarrolladas en otros contextos, las descripciones que se retoman aquí de distintos autores a nivel mundial se observan también en Argentina, aunque con matices vinculados a regiones y sectores de la producción; particularmente en el sector
industrial-empresarial que ha adoptado en las últimas décadas el modelo de gestión y organización de las empresas multinacionales.
Flexibilización y precarización constituyen, para muchos autores, las notas distintivas de la nueva fase del capitalismo en lo que respecta al empleo, entendido como la relación que se establece entre el trabajador y una organización que le garantiza una remuneración por su trabajo. Para Castells (1998), las nuevas formas de contratación flexibles, muy diferentes a las que regían en la denominada sociedad industrial durante la vigencia del Estado de Bienestar, introducen formas más individualizadas y diversificadas de la relación entre trabajador y empleador, lo que deriva, a su vez, en una creciente fragmentación de la fuerza de trabajo (Castells, 1998). Desde esta perspectiva, el carácter cada vez más heterogéneo del empleo –ya sea en términos de formas de contratación, agremiación o ingresos- se condice con una diferenciación cada vez mayor al interior del sector asalariado, que repercute en sus posibilidades de conformación de grupos y de construcción de organización política23
.
Las formas actuales de organización del trabajo se basan en la organización en redes, en el cambio permanente y en la planificación por objetivos que implican la conformación de alianzas circunstanciales y acotadas en el tiempo. Richard Sennet (2000) ha denominado flexible a una forma de organización de la producción originaria del mundo empresarial, pero con amplia difusión en otros ámbitos durante las últimas décadas, que se basa en el rechazo a la burocracia y en la valorización de la inmediatez y el corto plazo. La organización flexible ataca la rigidez y el formalismo, poniendo en su lugar estrategias de reinvención discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción y concentración del poder sin centralización (Sennet; 2000: 48). Frente a la estructura vertical y jerárquica que caracterizaba a las organizaciones del período industrial, surge y se expande hoy un tipo de organización que adopta la forma de nodos o redes. En ella, se delegan tareas y responsabilidades hacia estratos inferiores y se multiplican las unidades que componen la organización, aunque esto no implica necesariamente distribuir el poder, ya que las decisiones relevantes y los beneficios de ellas derivados continúan centralizados en una reducida cúpula jerárquica.
23Muchas de las conquistas logradas por los sectores asalariados habían estado ligadas justamente a su
condición de sectores, es decir, a la capacidad de organización colectiva para la negociación mediante instituciones como los gremios o los sindicatos. Con la llegada del capitalismo posindustrial se asiste a una re-individualización y descolectivización creciente. Hoy, en el marco de nuevas modalidades de organización del trabajo el colectivo puede ser completamente disuelto, como sucede en el trabajo en red, donde algunos individuos se conectan durante el tiempo de realización de un proyecto, y se desconectan cuando está terminado.
Otros autores del campo de la sociología han analizado otro proceso social estrechamente vinculado a la creciente diversificación y complejización de las sociedades industriales: la individualización. La individualización, que es independiente de la voluntad de los sujetos y, al mismo tiempo, posibilitada por sus relaciones mutuas, nos invita a pensar las particularidades que adquieren los procesos de construcción de trayectorias en las sociedades capitalistas actuales. Siguiendo a Zabludovsky (2013), las sociedades atravesadas por la individualización se caracterizan por nuevas formas de constitución de la identidad y nuevas modalidades de relación entre los sujetos, que implican una reconfiguración de las relaciones tradicionales. En una sociedad cada vez más individualizada, “la existencia es vivida como una biografía reflexiva y electiva” (Beck citado en Zabludovsky, 2013: 240), predomina una tendencia al aumento de los márgenes de elección individual y a la multiplicación de las opciones posibles, de manera que la propia elección se convierte, para los individuos, en un imperativo de “ser independientes” y “llevar una vida propia”, al tiempo que cargan con la responsabilidad por las consecuencias y resultados de sus elecciones.
En el marco de estas tendencias, el trabajo, al igual que otras esferas de la vida, se reorganiza y se modifica. A las ya mencionadas nuevas formas flexibles de contratación –evidentemente más individualizadas- con amplia vigencia en Argentina, se suma una organización de los procesos de trabajo cada vez más centrada en el individuo -en sus elecciones, metas y capacidades individuales-, en la que la interacción entre los sujetos tiende a reducirse y en su lugar se incentiva la competencia (Dejours, 2014). El sentimiento de incertidumbre y soledad derivado del proceso de individualización de la vida se ve así reforzado por las reglas de juego impuestas en los espacios de trabajo que promueven una imagen del semejante como adversario. Por otra parte, el carácter precario y acotado en el tiempo de las nuevas formas de contratación impide la construcción de una pertenencia al espacio institucional y/o a la comunidad de inserción. Esto se refleja en una menor predisposición por parte de los trabajadores para establecer vínculos con los colegas, comunicarse entre sí y compartir la experiencia y los saberes construidos que, ante la inminencia de perder el puesto laboral, pasan a adquirir un valor de “moneda de negociación” para próximas relaciones laborales. El deterioro de la interacción social en los espacios de trabajo afecta, asimismo, los procesos de construcción de identidades individuales y colectivas. Espacios de contención como los partidos políticos, gremios o sindicatos, que constituían anteriormente instancias de discusión, debate y organización en un intercambio
presencial “cara a cara”, parecen estar siendo suplantadas en gran medida por espacios de otra índole, como las comunidades virtuales de trabajo o las “redes sociales”, cuyas modalidades de interacción plantean nuevos límites –a la vez que desafíos- a la comunicación y la organización colectiva de los trabajadores.
En las nuevas condiciones económicas y sociales derivadas de la crisis de la sociedad salarial -afirma Dubar (2011)- las instancias colectivas, de manera general, se desdibujan, dando lugar a nuevas coordenadas de diferenciación y a nuevas condiciones de construcción de la identidad24. Las antiguas identidades, basadas en el puesto laboral o la carrera, estallan, y, en su lugar, son las biografías y trayectorias individuales, así como también los vínculos en el espacio de trabajo, los que sostienen y posibilitan a los sujetos la construcción de una identidad profesional.
De acuerdo a Sennet (2000), la flexibilidad constituye no sólo una modalidad de las organizaciones sino un rasgo de época, cuyas principales aristas son el dinamismo, la versatilidad y la no-linealidad. Según este autor, en la actualidad el cambio, antes integrado de manera coherente a un relato lineal, aparece como ruptura, determinando la discontinuidad entre presente y pasado y afectando la construcción de relatos -vale decir, la capacidad narrativa de los sujetos. Esto conlleva grados cada vez mayores de incertidumbre.
Por otra parte, la flexibilidad también comporta mayores márgenes de variación en la acción de los individuos. En la organización flexible el tiempo -en especial, el tiempo de trabajo- se define de manera más libre y personalizada, quedando en muchos casos supeditado a las decisiones individuales la forma en que se cumple con los resultados esperados. Esta doble cualidad de la flexibilidad demanda a los sujetos nuevas destrezas en el manejo del propio tiempo, mayor versatilidad y capacidad de asumir riesgos, independencia de criterio, relativa libertad respecto a los reglamentos y procedimientos formales. Sin embargo, estas nuevas condiciones que aparentan mayores grados de libertad, tienen en muchos casos efectos contrarios a los esperados. Por un lado, para una amplia parte de la fuerza de trabajo estas nuevas capacidades o competencias demandadas no son fácilmente “adquiribles”, puesto que involucran habilidades que no tienen un carácter técnico y que no se encuentran disponibles en forma de capacitación profesional. Por otra parte, la flexibilidad del trabajo comporta nuevas y más complejas
24 En los apartados subsiguientes se incluye una definición breve del sentido que adquiere el concepto de
formas de control y monitorización por parte de los empleadores, que implican igualmente altos grados de presión y de competencia por el logro de resultados.
Es por esto que, tal como refiere Sennet, en la mayoría de los casos la flexibilidad termina trayendo aparejados, antes que un mayor nivel de libertad individual, mayores niveles de incertidumbre y dificultades para la planificación del futuro. La inestabilidad, ambigüedad y falta de predictibilidad que caracterizan al mundo del trabajo –tanto en el plano de la relación del trabajador con su tarea como en el mercado de empleo- se reflejan, en última instancia, también en la planificación y organización de la propia vida (Sennet; 2000: 88).
En este sentido, uno de los rasgos de la época actual es el desdibujamiento de los patrones universales –o, al menos, mayoritarios- que orientaban y regulaban la planificación de la propia vida. Guillemard (2009) sostiene que, durante los Estados de Bienestar, uno de los principales ejes de la organización social y cultural era la secuencia tripartita en la que se estructuraba la vida, constituida por las etapas de la niñez, la adultez y la vejez, cronológicamente ordenadas y jerarquizadas en función del período activo del individuo dentro del mercado del trabajo. El tránsito de los individuos por cada una de estas etapas estaba resguardado por un conjunto de instituciones específicas destinadas a garantizar la preparación, entrada y salida del mundo del trabajo de acuerdo a criterios estandarizados como la edad. Los marcos legales, por su parte, legitimaban dicha estandarización y su aplicación al conjunto de la población, lo cual posibilitaba, a su vez, una planificación anticipada de la vida, incluso en el largo plazo. En dicho contexto, la juventud fue concebida como una etapa vital de “moratoria social”, durante la cual los sujetos se preparaban –principalmente mediante la educación- para una posterior entrada en el mundo del trabajo. La masificación de la escolarización y la progresiva ampliación del acceso a los estudios superiores posibilitaron que esta representación de la juventud fuera, en gran medida, apropiada y compartida por una amplia parte de la sociedad25.
En la actualidad son otras las coordenadas de estructuración del ciclo vital. Esto responde, en gran medida, a las nuevas condiciones de trabajo que se imponen como
25Es de rigor aclarar que no se está afirmando aquí que la juventud como moratoria fuera una condición
de acceso mayoritario. Si bien la posibilidad de experimentar la juventud se amplió, la juvetud nunca fue una, siempre existieron “juventudes” determinadas en gran medida por el sector socioeconómico de procedencia de cada individuo. Sí es posible afirmar que en países como la Argentina, con un sistema educativo gratuito hasta en sus niveles superiores, más inclusivo y democrático que los de otros países, la posibilidad de acceso a la educación formal como preparación para el mundo del trabajo alcanzó a sectores mayoritarios de la población joven.
parte de la nueva configuración económico-social. El ciclo vital tripartito característico de la sociedad industrial tiende a desaparecer y, como consecuencia, se evidencia una creciente desestandarizacióndel transcurso de las edades, de las trayectorias laborales y vitales, que se vuelven cada vez más imprevisibles, contingentes y arrítmicas. Las etapas de la vida ya no se presentan ordenadas linealmente en forma de una secuencia – estudiar, obtener un título, ingresar al mundo del trabajo, formar una familia-, sino que se superponen y confunden determinando conjuntos de acontecimientos heterogéneos, diversos y des-cronológicos. Es frecuente hoy, por ejemplo, que los sujetos transiten alternadamente desde el mundo del trabajo hacia el estudio en distintos momentos de la vida o retornen a la convivencia en el núcleo familiar de origen luego de haber iniciado una pareja. Una mayor flexibilidad caracteriza a la organización biográfica determinando, como afirmáramos previamente, una mayor incertidumbre y, a la vez, un mayor grado de soberanía sobre el tiempo y un margen de elección más amplio para los sujetos, motivando la construcción de trayectorias biográficas cada vez más negociadas y diversas (Guillemard; 2009).
Dentro del mundo del trabajo, en las organizaciones actuales el concepto de carrera ha entrado en crisis. En esto influyen la reducción de la duración efectiva de la vida laboral, en términos cuantitativos, durante las últimas décadas (OCDE, 1981, citado en Guillemard, 2009), pero también la rotación cada vez mayor en el empleo –algunas investigaciones estiman que una persona cambia de profesión aproximadamente cuatro veces a lo largo de su vida (Castells, 1998). Las trayectorias26 se fragmentan en períodos de formación, de trabajo y de inactividad, entradas y salidas alternadas del mercado laboral, fluctuaciones entre empleo seguro y empleo precario, demandas contrapuestas de tiempo en el plano del trabajo, la familia y el sujeto mismo. Se puede hablar, entonces, de un “modelo biográfico” (Beck, 1998) para darle un nombre a la exigencia que se plantea a los sujetos de hacerse cargo de su propio recorrido profesional, de tomar decisiones, hacer elecciones y afrontar cambios de manera permanente. Las trayectorias tienden, cada vez con mayor intensidad, a presentarse como construcciones individuales en el marco de las posibilidades y contingencias contextuales, y los ámbitos de acción –público y privado, laboral y doméstico- cada vez más difíciles de delimitar y separar.
26 En los apartados subsiguientes se incluye una definición breve del sentido que adquiere el concepto de
La inserción ocupacional de los jóvenes en el marco de las nuevas condiciones sociales
En el marco de los mencionados cambios en el trabajo y el empleo, y las transformaciones que estos traen aparejadas en las trayectorias vitales, el sector de los jóvenes –en el que se ubican los graduados universitarios recientes- presenta particularidades que es preciso señalar. En lo que respecta al contexto argentino, cabe señalar algunas tendencias generales que estructuraron y caracterizaron la relación de los jóvenes con el mundo del trabajo a lo largo del siglo XX y hasta el momento actual. En primer lugar, siguiendo la perspectiva de Miranda (2006), en la historia de la inserción laboral de los jóvenes se ponen de manifiesto dos aspectos diferentes y, en algún sentido, complementarios. Por un lado, las transformaciones generales del mercado laboral y el empleo, que afectan a la totalidad de la población pero frente a las cuales algunos grupos -como los jóvenes, los ancianos, las mujeres, los inmigrantes, entre otros- presentan mayor vulnerabilidad. Por otro lado, los cambios que sufre la condición juvenil misma, en tanto categoría sociológica o antropológica, es decir, cómo se va transformando a lo largo del tiempo el significado atribuido socialmente a la juventud. En este sentido, durante mucho tiempo la juventud fue una condición a la que accedían de manera casi exclusiva los hombres de clase alta, es decir, representaba un privilegio asociado a la clase social. Sólo posteriormente a 1930, como consecuencia de la consolidación de la economía argentina basada en la industria y el trabajo asalariado, la progresiva ampliación del acceso a la escolarización media y la difusión del modelo de familia nuclear posibilitaron que nuevos sectores de la población comenzaran a acceder a la condición de joven –no así los grupos sociales más vulnerables, cuyo destino inmediato luego de la escuela primaria siguió siendo durante mucho tiempo el mundo del trabajo (Miranda, 2006).
Como se ha mencionado, en la sociedad industrial el ciclo vital estaba organizado según una secuencia tripartita cuyo centro era la edad adulta, en la que los hombres y, en menor medida, las mujeres participaban activamente del mundo del trabajo. La juventud era concebida entonces como el período de transición entre la niñez-adolescencia y la adultez, transición marcada por dos procesos principales: el acceso a un puesto de trabajo, que habilitaba un ingreso económico estable, y la conformación de un núcleo familiar independiente de la familia de origen. En tanto este pasaje se concretaba, estaba habilitado a los jóvenes un período de relativa inactividad, destinado a la preparación para la entrada en el mundo del trabajo y el matrimonio.
Siguiendo la periodización propuesta por Torrado (2003), pueden distinguirse tres momentos significativos en lo que respecta al empleo y los jóvenes, que se corresponden con los cambios en los modelos económico-productivos de la Argentina. El primer período corresponde al modelo económico agroexportador, que se extiende aproximadamente desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1930. Durante esta etapa se registra una alta participación en la economía, tanto de los jóvenes en general como de la población femenina, en un contexto en el que predominaban las actividades agrícolas y era frecuente la participación de todo el grupo familiar en el sostenimiento de la economía doméstica. Un sector mayoritario de la población femenina desempeñaba trabajos vinculados a la producción agrícola o artesanal, dentro del ámbito doméstico, como el tejido a telar. Hacia principios del siglo XX, las modificaciones en la organización del sistema productivo conllevaron una pérdida de protagonismo de estas actividades, lo que impactó directamente en la participación de las mujeres, cuya tasa de actividad se vio reducida de 41,9 en 1895 a 27,4 en 1914 (Torrado, 2003) y, en su lugar, comenzaron a surgir nuevos rubros vinculados al espacio urbano y a la incipiente producción industrial. Al igual que la de las mujeres, aunque en menor medida, la tasa de participación económica de los jóvenes de entre 20 y 29 años también