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La tarea de la educación no es impartir asignaturas, sino enseñar a los alumnos. Ninguna escuela es mejor que sus profesores. Cuando uno piensa en sus años escolares, de lo que se acuerda es de las personas: de los compañeros y, en especial, de los profesores, de los que le entusiasmaban y de los que le aburrían, de los que le estimulaban y de los que le atosigaban. En el debido contexto, una observación informal del profesor, incluso un pequeño gesto o un tono de voz, pueden poner a la persona en una vía que la lleve a un descubrimiento continuo a lo largo de toda la vida o, al contrario, estacarla en el sitio incapaz de dar el primer paso.
En el capítulo 5, distinguía entre las dos tradiciones del individualismo: el racional y el natural. En cierta medida, ambos se han asociado a estilos diferentes de enseñanza. Los llamados métodos tradicionales se suelen asociar a la instrucción formal a toda la clase y al aprendizaje memorístico. Son
métodos que por lo general se consideran esenciales para promover los estándares académicos convencionales. El aparente declive en el uso de estos métodos se vincula a menudo con el aparente declive de estos estándares. Los métodos progresistas se asocian al aprendizaje basado en la indagación, a un alumno que trabaja individualmente o en grupo para explorar sus propios intereses y expresar sus propias ideas. No defiendo que se sustituyan la instrucción formal y los sistemas tradicionales por métodos de enseñanza exclusivamente «progresistas». Ambos tienen un sitio importante en la educación creativa. A veces lo adecuado es que el profesor dé una instrucción formal sobre destrezas y técnicas, o para transmitir ideas e información concretas; en otros momentos lo apropiado será que sea el alumno, solo o en grupo, quien explore las ideas. Algunos de estos métodos ponen un auténtico énfasis en la creatividad; otros, no. Algunos de estos tipos de trabajo son excelentes; otros, no. Un fallo habitual es la tendencia a interpretar erróneamente la naturaleza de la actividad creativa, no sólo en la educación, sino en un sentido más general. Muchas veces se tiene por creatividad lo que no es más que un proceso indisciplinado y nada exigente. Pero, en general, en las escuelas el énfasis se pone en el aprendizaje académico, que ha tendido a valorar únicamente un modo de saber y, con ello, ha desplazado otros, algo que ha ido en detrimento de todos ellos.
La creatividad depende de las interacciones entre el sentimiento y el pensamiento, sin limitarse a las fronteras disciplinares ni a los campos de ideas. La competencia docente es como cualquier otra competencia profesional. Los profesionales expertos de cualquier campo —médicos, abogados, chefs, artistas, científicos— cuentan con todo un repertorio de técnicas y amplios conocimientos y experiencias prácticas de los que disponer. Saber a cuál recurrir para satisfacer las necesidades en una determinada situación es un proceso propio de entendidos que también los profesores comparten.
Hay una diferencia entre enseñar mediante la creatividad y enseñar para la creatividad. Los buenos profesores saben que su función es implicar e inspirar al alumno. Es un proceso creativo en sí mismo. El filósofo de la estética Louis Arnaud Reid hacía una distinción lingüística entre el uso de un verbo para describir una tarea y su consecución. «Enseñar» es un buen ejemplo. Si preguntamos qué está haciendo una determinada persona, nos pueden decir que está «dando clase (enseñando) en el aula B». Es posible que así sea en el sentido de la tarea de enseñar, pero si no hay algún tipo de aprendizaje, esa persona no logra lo que se propone. Se contrata a muchos profesores por los conocimientos que poseen de su disciplina, más que por el interés que puedan tener por los alumnos. La buena enseñanza exige tanto tener conocimientos personales como la capacidad de implicar a los demás.
Enseñar para la creatividad consiste en facilitar el trabajo creativo de otras personas. La destreza que se requiere puede ser creativa en general o específica para un determinado ámbito; por ejemplo, para aprender a tocar un instrumento, o técnicas de danza o gimnasia. Enseñar para la creatividad implica hacer a las personas preguntas abiertas que puedan tener múltiples respuestas, trabajar en grupo en proyectos colaborativos, emplear la imaginación para explorar posibilidades, establecer conexiones entre diferentes puntos de vista, y analizar las ambigüedades y las tensiones que pueda haber entre ellos. Enseñar para la creatividad conlleva enseñar de forma creativa. La enseñanza para la creatividad implica tres tareas relacionadas: animar, identificar y fomentar.
Animar
Muchas personas no creen que sean creativas y carecen de confianza para dar incluso los primeros pasos. La primero que hay que hacer al enseñar para la creatividad en cualquier campo es animar a las personas a creer en su potencial creativo e infundirles confianza para que lo intenten. Otras actitudes importantes para el aprendizaje creativo son una alta motivación e independencia de juicio, y la
disposición a asumir riesgos y a emprender, a ser constante y a reponerse de las salidas fallidas, los giros equivocados y los callejones sin salida.
Identificar
Una segunda función es ayudar al alumno a descubrir sus propias cualidades creativas. Todas las personas pueden aprender las destrezas del pensamiento creativo. Además, todos poseemos nuestra propia capacidad creativa. Un músico creativo no es necesariamente un científico creativo, ni un escritor creativo es necesariamente un matemático creativo. Los logros creativos suelen nacer del amor de la persona por un determinado instrumento, por la textura de un material, por la pasión que le despierta una forma de trabajar que le atrapa la imaginación. Identificar las capacidades creativas de la persona incluye ayudarla a encontrar sus cualidades creativas: a estar en su elemento.