El último acto de la muerte del Rey son los funerales. Dividido en dos partes, la primera es inmediata al entierro y consiste en un novenario, es decir, Misas y Oficios celebrados durante nueve días consecutivos. La segunda se lleva a cabo varias semanas después, sin fecha cierta, y concentra la mayor parte de la pompa ceremonial; las honras fúnebres o exequias, y debían celebrarse dentro de los seis meses de riguroso luto.
245 VARELA, Javier, La muerte del rey…, Op. cit., pp. 37-38. 246
CHALMETA, Pedro, CHECA, Fernando (eds.). Cultura y culturas en la historia. Salamanca: Universidad de Salamanca, 1995, p. 58.
Ciudades, castillos, universidades, ayuntamientos y otras corporaciones organizarían a sus expensas magníficas ceremonias por el alma del Monarca. Y no sólo en España, sino en América, Filipinas y las posesiones italianas se harán también costosos y lúcidos funerales.
Se entiende por «aparato funeral», entre otros temas logísticos, al conjunto de la decoración de la iglesia y puede dividirse en tres partes: la del pórtico, la de las naves y la del túmulo. En primer término la de la fachada principal, que acostumbraba a taparse con colgaduras negras, jeroglíficos y epitafios latinos o enmascararse bajo arquitecturas pintadas, bajo doseles también negros se colocan las armas reales o los emblemas de la corporación organizadora247. Todos estos elementos eran para dar noticia de la muerte del Rey, explicar el sentido de la función que se iba a celebrar y proclamar el dolor y la pérdida sufrida. La nave o naves centrales y el presbiterio se enlutaban con colgaduras negras, desde lo alto de las cornisas hasta el suelo. Sobre las paredes se colocaban se colocaban distintos aderezos, medallones, cornucopias con luces, escudos, jeroglíficos, calaveras, etc. La nave de la iglesia denota tránsito, lugar de paso, como fugaz es la vida del Monarca. Desde finales del siglo XVI se colocan en ella cuadros alusivos a sus hechos más sobresalientes, montados en artificiosas mamparas, hasta formar una auténtica calle, símbolo de la existencia terrenal. Así, por ejemplo, se hizo en la Catedral de Sevilla en 1598, en las exequias de Felipe II, representándose la reducción de Inglaterra, la renuncia del Emperador en Felipe II y varias escenas de batallas248.
A finales de siglo XVI la cultura simbólica era algo tan vivo que a veces era difícil distinguir entre signo y significado. Esto que se observa en los programas iconográficos del aparato fúnebre real, salpica de igual forma la polifonía renacentista, llena de simbolismo y cargada de mensajes. El aparato fúnebre de las exequias se agrandó conforme avanzaba el siglo XVI, y conforme crecía el poder de aquellos a las que iban destinadas, alzando el máximo despliegue en las exequias reales como es obvio. En España el paso decisivo se dio en las décadas centrales del siglo, justo
247 PINA POLO, Francisco. “La celebración de la muerte como símbolo de poder en la Roma
republicana”. En: Ceremoniales ritos y representación del poder. Heinz-Dieter Heimann, Silke Knippschild, Víctor Mínguez (coords.). Castellón: Universitat Jaume I, 2004, pp. 143-180.
248 Semanario pintoresco español, tomo IV, Madrid, 1842, pp. 177-179. Con fecha de 5 de junio de 1842
aparece en esta publicación un apartado titulado “Túmulo levantado en la catedral de Sevilla, y suceso muy notable acaecido en las honras fúnebres de Felipe II año de 1598”, se narra la edificación del túmulo, aparece un grabado del mismo y el soneto satírico que dedicó Cervantes a él.
coincidiendo con la muerte del Emperador. Entonces se transforma la envergadura y el estilo del monumento efímero, introduciéndose en la decoración los recursos visuales de la emblemática, hasta llegar a 1572 cuando Felipe II prohíbe que hubiese túmulos en las iglesias o paños en sus paredes, exceptuándose las personas reales249
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Las exequias trataban de narrar la vida, muerte y bienaventuranzas del Monarca; supremo paradigma del destino de todo ser humano. Pero también venían a ser un medio de propaganda política. La pompa fúnebre era una ocasión única para exaltar la grandeza de la majestad en su mayor desdicha, encareciendo su proximidad con el ámbito sagrado. Desde el siglo XVI era costumbre que el Monarca se mostrase en algunos momentos del ceremonial. Normalmente despedía el cuerpo de su antecesor o de sus familiares más cercanos a la puerta del palacio, así que la participación de Felipe III en el entierro de su padre, Felipe II, fue un hecho excepcional. Luego, se retiraban hasta el día de las exequias, asistiendo a ellas desde detrás de una cortina. Normalmente la presencia del Monarca era discreta, y con el paso de los años lo fue siendo aún más. De hecho, el Rey no debía mostrarse en público cuando su ánimo estaba enturbiado por la desgracia, y por supuesto no debía mostrar tristeza alguna. Así las lágrimas en los mortuorios pasaron a ser cosas de mujeres, y no reales, sino de damas y dueñas.
A medida que se codificaba la etiqueta en la corte, y consecuentemente la etiqueta funeraria, el comportamiento público del soberano irá perdiendo espontaneidad. Los Austrias hispanos hicieron de la más intransigente circunspección el rasgo dominante de su palacio, en contraste con los europeos, sobre todo el francés. Fue por esto, por la distante gravedad que el Rey se alejó cada vez más de las exequias de sus familiares, previniéndose así de toda contaminación del dolor. El Monarca se manifestaba sobre todo en las devociones que ostentaba; canonizaciones, procesiones varias, adoración de imágenes, etc…pero cuidándose mucho de no mostrarse en exceso. El Rey vivo se muestra cada vez menos entre la muerte y las exequias de su predecesor.
La etiqueta tan sumamente elaborada, rígida y jerarquizada ya en el reinado de Felipe II, reforzaba este alejamiento mayestático. El ceremonial funerario se organizó asimismo bajo los mismos principios de gravedad, sencillez y recato. La corte española
impuso en el duelo la sobriedad y la represión de los afectos, algo que se reproduce en la música que se eligió para acompañar estas ceremonias.