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3 Access control based on IEEE 802.1X

3.2 Extensible Authentication Protocol (EAP)

3.2.3 EAP methods based on RFC 3748

LAS DROGAS TRANQUILIZANTES, que se han hecho tan populares desde hace algunos años, producen la paz espiritual, la calma y reducen o eliminan los síntomas nerviosos mediante una “acción de sombrilla”. Lo mismo que un paraguas nos protege de la lluvia, los diversos tranquilizadores levantan una pantalla física entre nosotros y los estímulos perturbadores.

Nadie comprende totalmente cómo se las arreglan los tranquilizadores para formar esta “sombrilla”. Lo mismo que un paraguas nos protege de la lluvia, los diversos tranquilizadores levantan una pantalla física entre nosotros y los estímulos perturbadores.

Nadie comprende totalmente cómo se las arreglan los tranquilizadores para formar esta “sombrilla”, pero sí comprendemos por qué los mismos nos producen la tranquilidad.

Los tranquilizadores operan mediante la enorme reducción o eliminación de nuestras propias respuestas a los estímulos perturbadores que nos llegan desde afuera.

Los tranquilizadores no alteran el ambiente. Los estímulos perturbadores se quedan allí todavía. Aún nos mostramos capaces de reconocerlos intelectualmente, pero no respondemos a ellos de una manera emocional.

Recuerde que en capítulo en que tratamos de la “felicidad”, dijimos que nuestros propios sentimientos no dependen de causas externas, sino de nuestras mismas actitudes, reacciones y respuestas. Los tranquilizadores, pues, ofrecen una evidencia convincente de este mismo hecho. Esencialmente, estos reducen la tonalidad de nuestras super-reacciones a la retroacción negativa.

La superreacción constituye un mal hábito que debe ser curado

Vamos a suponer que mientras estamos leyendo este libro, nos quedamos pacíficamente sentados “en nuestro propio antro”. De súbito, suena el teléfono. Por hábito y por experiencia este repiqueteo forma una “indicación” o estímulo que hemos aprendido a obedecer. Sin pensarlo siquiera, ni adoptar una decisión consciente respecto al sonido del timbre, respondemos al mismo inmediatamente. Saltamos del cómodo sillón en que estamos sentados y salimos corriendo a atender al teléfono. El estímulo externo ha producido el efecto “de hacernos mover”. Ha alterado, pues, nuestra actitud mental o nuestra “disposición” de autodeterminar el curso de los hechos. Nos habíamos dispuesto a pasar una hora leyendo en paz y completa calma. Nos hallábamos interiormente preparados para ello. Ahora bien, todas nuestras disposiciones se alteraron de repente en el momento en que nos dispusimos a responder a los estímulos externos del ambiente.

Precisamente, el punto que deseo señalar es este mismo. Uno no tiene que contestar al teléfono. No tenemos por qué obedecerle. Uno puede, si quiere, ignorar por completo el timbre del aparato. Podemos, si así lo preferimos, continuar sentados en paz y reposo manteniendo nuestro primitivo plan de disposición mediante el rechazamiento de reaccionar a la señal que se nos ha dado. Procure captar claramente en su propio cerebro esta imagen mental porque puede servirle de ayuda extraordinaria en el caso de

que tenga que superar la fuerza de los estímulos externos que puedan producirle diversas perturbaciones. Contémplese sentado en calma y dejando que suene el teléfono, ignore las “señales” del aparato y no se mueva al oír la indicación de mando que el mismo le hace. Aunque el individuo se halla consciente de lo que el aparato trata de decirle ya que no piensa en el teléfono ni le obedece. Procure también que su mente capte, con toda claridad, el hecho de que la “indicación” exterior por sí misma no posee ningún poder sobre su persona, ningún poder para hacerle moverse del sitio en que se encuentra. En el pasado usted le había obedecido y había reaccionado a su llamada por puro hábito. Usted podrá, si quiere, formarse el nuevo hábito de no reaccionar a las demandas del aparato.

Procure advertir, también, que su abstención a la “respuesta” no consistió en “hacer algo”, en esforzarse, en resistir o en luchar, sino en “el no hacer”, en la alteración del descanso por “el hacer”. Usted sólo guardó reposo ignorando la señal y dejándola producirse pero sin atenderla ni en una mínima parte.

Disposiciones que se deben adoptar para adquirir la ecuanimidad

Exactamente lo mismo que obedecemos o respondemos automáticamente al timbre del teléfono, nos volvemos susceptibles –nos “condicionamos”- de responder, en cierto modo, a los diversos estímulos del ambiente en que nos hallamos.

La palabra “condición” apareció en los círculos de los expertos en psicología luego que Pavlov, mediante sus famosos experimentos, hubo logrado “acondicionar” a un perro a que salivase al oír el sonido de una campanilla, agitándola precisamente segundos antes de alimentar al animal. Este proceso lo repitió multitud de veces el célebre sabio. Primero, el repiqueteo de la campanilla. Unos segundos después, la aparición de la comida. El perro “aprendió” a reaccionar al tañido de la campanilla salivando poco antes de que le fuera dado el alimento. Originalmente, la respuesta formó el sentido. El repiqueteo de la campanilla significaba que se aproximaba el momento de recibir la comida y el perro salivaba disponiéndose a comérsela. No obstante, luego que el proceso se repitió numerosas veces, el perro continuó salivando cada vez que oía tocar una campanilla, estuvieran o no dispuestas las gentes que le servían a traerle, en seguida, el alimento. El perro había llegado a convertirse en un sujeto “condicionado” a la salivación mediante el simple tañido de la campanilla. Su respuesta no tenía sentido y no servía a ningún buen propósito, pero continuó reaccionando del mismo modo a causa del hábito.

Existen multitud de campanillas o estímulos perturbadores en las diversas circunstancias de nuestro ambiente a las que hemos llegado a “condicionarnos” y a las que constantemente respondemos debido a los hábitos que hemos contraído, tengan o no sentido las respuestas que producimos.

Muchas personas han aprendido a desconfiar de las gentes extrañas debido a las numerosas admoniciones que recibieron de parte de sus padres, para que no tuviesen trato con individuos desconocidos y, sobre todo, “no aceptar dulces de las manos de éstos”, “no subir a un automóvil con un extraño”, etc. La reacción de evitar a los extraños cumple con un excelente propósito si se trata de niños pequeños, pero, sin embargo, hay mucha gente que continua sintiéndose mal con facilidad en presencia de cualquier sujeto desconocido, inclusive cuando saben que viene como amigo en vez de llegar como adversario. Las gentes extrañas se convierten en “campanillas” y la respuesta aprendida se transforma en “temor”, en ganas de evitarlas o en deseos de rehuirlas.

Aún hay personas que pueden reaccionar ante las multitudes, los espacios cerrados o abiertos, a los individuos revestidos de autoridad, tales como “el patrón”, con sentimientos de miedo o de ansiedad. En cada uno de estos casos particulares, el espacio abierto o cerrado, el patrón, etc., desempeña el papel de la “campanilla”, que advierte “hay peligro, corre, huye, siente miedo”. Y así, debido al hábito contraído, continuamos respondiendo del modo acostumbrado. Obedecemos, pues, a “la campanilla”.

Cómo extinguir las reacciones condicionadas

Podemos, sin embargo, extinguir las respuestas condicionadas si nos proponemos practicar el reposo en vez de ejercitar la reacción. También podremos, si así lo deseamos, lo mismo que en el caso del teléfono, aprender a ignorar el repiqueteo del timbre y a continuar sentados calmadamente “dejándole sonar”. La idea clave que debemos llevar siempre consigo para emplearla en cualquier momento en que nos enfrentemos a los estímulos perturbadores es la siguiente: “El teléfono está llamando, pero no tengo por qué contestar. Voy a dejarle que suene cuanto quiera”. Esta idea debe servirle de clave en su imagen mental, ya que mediante ella, se verá sentado tranquilamente sin responder, sin hacer nada y dejando que siga sonando el teléfono sin prestarle atención, y ello cada vez que las circunstancias le exijan evocar esta actitud.

Si no es posible la respuesta, demórela

En el proceso de extinguir las actitudes “condicionadas”, el sujeto puede enfrentarse a diversas dificultades que le impidan, especialmente al principio, ignorar en absoluto el rentintineo del timbre, sobre todo cuando éste suena inesperadamente. En estos casos el individuo puede lograr el mismo resultado final –la extinción de la actitud condicionada- adoptando el principio de la dilación de la respuesta.

Cierta mujer, a quien llamaremos Mary S., se llenaba de angustia y enfermaba fácilmente cuando se hallaba entre grandes multitudes. No obstante, mediante la práctica de la mencionada técnica, logró el dominio de la tranquilidad y la inmunidad, en la mayoría de las ocasiones, contra los estímulos perturbadores. No obstante, algunas veces, los deseos de correr y de huir le resultaron, sencillamente, imposibles de dominar.

“¿Recuerda usted a Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó?” – le pregunté. “Esta era su filosofía: ‘No quiero preocuparme acerca de eso ahora; ya tendré que preocuparme mañana’.” Y así fue capaz de mantener su equilibrio interno y adaptarse completamente al ambiente a pesar de la guerra, el fuego, la pestilencia y el amor no correspondido, y todo ello mediante la demora de la relación.

La dilación de la respuesta interrumpe e interfiere el funcionamiento automático de la actitud condicionada.

“El contar hasta diez” cuando el sujeto está dispuesto a sentirse enfadado se basa en el mismo principio y constituye un consejo estupendo: si cuenta con lentitud, retardará de hecho la verdadera reacción y ello evitará el enfado que habría de expresarse dando algunos soberbios puñetazos sobre la mesa del despacho. La “respuesta” de la ira consiste en algo más que en ponerse a dar gritos o en sacudir puñetazos al “buró”. El sujeto no podrá experimentar “el sentimiento” de la emoción, de la ira o del miedo si los músculos del mismo se hallan en perfecto reposo. Por lo tanto, si el individuo logra retardar, durante unos diez segundos, “el sentirse enfadado”, la

moratoria habrá de responder de todo y la persona afectada logrará extinguir el reflejo automático que produce la ira.

Así, Mary S. Logró extinguir su miedo condicionado a las multitudes mediante la detención de la respuesta. Cuando sentía que, simplemente, tenía que echarse a correr, solía decirse: “Muy bien, pero no en este mismo instante. Dejaré pasar dos minutos antes de abandonar la habitación ¡Sólo puedo resistirme a obedecer durante dos minutos!”

El reposo forma una pantalla psíquica produciendo un tranquilizador

Estaría bien que procurase ver claramente en su cerebro el hecho de que nuestras emociones perturbadoras –la ira, la hostilidad, el miedo, la angustia, y la inseguridad- son producidas por nuestras propias reacciones y no por respuestas externas. Reacción significa tensión. Carencia de respuesta indica reposo. Ha sido comprobado mediante experimentos científicos de laboratorio que el sujeto no puede sentir en absoluto ira, temor, angustia, inseguridad, etc., en tanto los músculos permanecen en perfecto reposo. Todo ello representa, en esencia, a nuestros propios sentimientos. La tensión muscular “dispone a la acción” o, para decirlo con otras palabras, “nos prepara para que respondamos”. La relajación de los músculos produce “el reposo mental” o “una pacífica actitud de calma”. De tal modo, la relajación constituye nuestro más apropiado tranquilizador natural y forma o construye una pantalla psíquica o una sombrilla que nos separa de los estímulos perturbadores.

El descanso físico, por la razón mencionada más arriba, sirve de poderoso desinhibidor. Según vimos en el capítulo anterior, la inhibición es sólo el resultado del exceso de la retroacción negativa, o mejor aún, nuestra super-reacción a la retroacción negativa. La relajación indica que no hay reacción. Por consiguiente, con la práctica diaria del reposo uno no sólo aprende a desinhibirse sino también a proveerse del tranquilizador que elabora la propia naturaleza de la persona y la cual debe acompañar al sujeto en cada una de sus cotidianas actividades. Protéjase, pues, de los diversos estímulos perturbadores procurando mantenerse en permanente actitud de reposo.

Constrúyase en su propio cerebro una “sala de reposo”

“Los hombres buscan diversos lugares a donde poder retirarse: casas en el campo, en las playas y en las montañas; y tú estás demasiado acostumbrado a desear tales cosas”, decía Marco Aurelio. “Mas ello es sólo una muestra del carácter de los hombres más comunes, porque está en tu poder el que puedas retirarte dentro de ti mismo. Porque no hay nada que nos calme y libere mejor de nuestras inquietudes cuando el hombre se retira dentro de su propia alma, particularmente cuando siente dentro de él tales ideas que al mirarse dentro de sí se halla inmediatamente en perfecta calma; y yo afirmo que la tranquilidad no es otra cosa que el buen ordenamiento de la mente. Busca tu retiro constantemente en ti mismo y renuévate…” (Meditaciones de Marco Aurelio).

En los últimos días de la II Guerra Mundial alguien, en todo de comentario, dijo al Presidente Harry Truman que parecía haber soportado el presión y la tirantez del poder mejor que ningún otro de los presidentes anteriores; que las funciones que había desempeñado no parecían haberle “envejecido” o minado la vitalidad, y que ello resultaba bastante notable teniendo en cuenta, sobre todo, los diversos y tremendos problemas a que tuvo que enfrentarse como presidente de tiempos de guerra. A lo cual

Truman contestó: “Tengo una cueva de zorro en mi mente”. Prosiguió diciendo que lo mismo que el soldado se refugia en su chabola para protegerse, descansar y recuperarse, él también se retiraba periódicamente a su propia chabola mental donde no permitía que nada le molestase.

La Cámara de liberación de presiones

Cada uno de nosotros necesitamos un compartimiento tranquilo dentro de nuestra propia mente igual a las profundidades del mar que nunca son perturbadas por el oleaje ni el movimiento de las aguas, estén como estén éstas de agitadas en la superficie.

Este calmado espacio mental, que nos construimos con la propia imaginación, opera como una cámara de liberación de las presiones mentales y emotivas. Esta libera al sujeto de las tensiones, las preocupaciones, las violencias y los esfuerzos, la refresca y le capacita para retornarle a su trabajo cotidiano y a acoplarse mejor con el mundo.

Creo firmemente que cada personalidad posee algún centro calmado dentro de ella misma, el cual nunca siente las perturbaciones y es inamovible lo mismo que el punto matemático del centro exacto de la rueda que permanece estacionario. Lo que necesitamos haber es hallar este centro lleno de paz, que existe dentro de nosotros, y retirarnos al mismo con el objeto de descansar, recuperarnos y renovar nuestro vigor.

Una de las recetas más valiosas que haya dado nunca a mis pacientes consiste en la recomendación de que aprenda a retornar, de vez en cuando, a este centro lleno de calma balsámica. Ahora bien, uno de los mejores medios que he descubierto para entrar a esta región pacífica consiste en que nos construyamos en la imaginación un pequeño gabinete mental. También debemos amueblar esta “habitación” con cualquiera de los elementos que más contribuyan al descanso y al refrescamiento de la persona: quizás unos hermosos paisajes, si gusta de la pintura; un volumen de poemas favoritos, si le gusta la poesía. Los colores de las paredes deben ser los que le produzcan mayor placer, pero debieran seleccionarse entre los que mayor grado contribuyen al logro del reposo: azul, gris claro, dorado, amarillo. El lugar de retiro es sencillo y está amueblado simplemente y no existen en el mismo, elementos que distraigan al sujeto. Se halla muy limpio y todo permanece en perfecto orden. La simplicidad, la calma y la belleza constituyen las claves definitivas para el logro de lo que nos proponemos. Al través de la pequeña ventana, el individuo puede contemplar una hermosa playa. Las olas ruedan de allá para acá y de aquí para allí, mas el sujeto no puede oírlas ya que el pequeño gabinete de retiro está muy tranquilo y es muy silencioso.

Ponga tanto cuidado en la construcción de este gabinete imaginativo como pondría en la construcción de una verdadera casa. Trate de mostrarse profundamente familiar con cada uno de los detalles.

Disfrute a diario de una pequeñas vacaciones

En cualquier día que disponga de unos instantes de sombra, entre dos citas, al ir en autobús, etc., retírese a su “pacífico gabinete”. En el mismo minuto en que comience a sentir una tensión de cualquier clase, se sienta con prisa o lleno de ansiedad, retírese, por unos segundos, a su “habitación” en la que reina la calma. Por pocos que sean los minutos que emplee de esta manera en un día muy agitado, éstos le recompensarán con creces. Piense que no es tiempo perdido, sino tiempo que invierte en su propio beneficio. Dígase; “Voy a descansar un momento en mi tranquilo gabinete”.

Luego, procure verse en su imaginación cómo asciende las escaleras que le conducen a su habitación. Dígase: “Ahora estoy subiendo las escaleras; ya abro la habitación. Bien; ya me encuentro adentro del gabinete”. Procure tomar nota imaginativamente de todos los detalles de quietud y de descanso que hay en el mismo. Véase sentándose en un sillón favorito, en maravilloso descanso y en paz con todo el mundo. Su habitación es segura. Nadie le podrá tocar mientras usted se halla allí. No existe, pues, nada por qué preocuparse. Usted dejó sus preocupaciones al pie de la escalera. Aquí no hay decisiones que adoptar ni nada que dé prisa ni le moleste.

Todos necesitamos cierta dosis de escapismo

Sí, esto es “escapismo”. También el sueño lo es. Llevar un paraguas cuando llueve también es “escapismo”. La construcción de una verdadera casa que ha abrigarnos contra las inclemencias del tiempo es la misma cosa. También lo es la decisión de tomarse unas vacaciones. Pero, ciertamente, nuestro sistema nervioso necesita de cierta dosis de escapismo. Necesitamos alguna libertad y cierta protección contra el continuo bombardeo de los estímulos externos. Tenemos necesidad de unas vacaciones anuales para “vaciarnos” físicamente de las viejas escenas, los viejos deberes y las viejas responsabilidades. Todo ello “tenemos que enviarlo de vez en cuando al viento o al mismísimo diablo”.

Tanto su alma como su sistema nervioso necesitan un gabinete de descanso, un gabinete en donde pueda recuperar y proteger cada pedazo de ellos exactamente lo mismo que su cuerpo físico necesita de una casa real por razones idénticas. El gabinete mental le ofrece a su sistema nervioso un breve descanso cada día. Por un momento usted “se vacía” de todas sus obligaciones de trabajo, de sus responsabilidades, decisiones y presiones, y todo ello lo manda mentalmente al viento, mediante el sencillo procedimiento de retirarse a su “cámara” de reposo.

Los cuadros mentales impresionan al mecanismo automático mucho mejor que las palabras. Especialmente si esos cuadros contienen un fuerte sentido simbólico. Uno de los grabados mentales que ha hallado más efectivo es el siguiente:

En una visita que hice a Yellowstone National Park, hallábame esperando pacientemente a que el géiser “Old Faithful” arrojase una bocanada de vapor, lo que suele suceder, aproximadamente, en intervalos de una hora. De súbito, el géiser eruptó una gran masa de silbante vapor igual que una gigantesca caldera en la que hubiese reventado su válvula de seguridad. Un niño pequeño que permanecía cerca de mí, preguntó, entonces, a su padre: “¿Por qué hace eso?”

“Mira”, le dijo el padre. “Yo creo que la vieja Madre Tierra es igual que cada uno