El colectivo con los prisioneros de Florida, entretanto, se ha dirigido al sudoeste. Cruza el límite del partido de Vicente López y entra en el de San Martín. La actitud de los vigilantes de la custodia es correcta o despreocupada. Algunos detenidos conversan entre sí.
–¿Por qué nos llevarán? –interroga uno.
–Y qué sé yo... –contesta otro–. Será por jugar a las cartas. –Me huele mal. El grandote dijo algo de una revolución.
Los más desconcertados son don Horacio y Giunta. Porque ellos ni siquiera jugaban a las cartas. Gavino, que no los conoce pero que podría ilustrarlos, guarda silencio. Desmelenado
36 y aturdido, enjugándose la sangre del labio, él sabe por qué los llevan.
Llegan a San Martín, dejan atrás la estación y la plaza y se detienen en la calle 9 de Julio, frente a un edificio con vigilantes armados en la puerta. Algunos ya se ubican. Están en la Unidad Regional de Policía. El viaje ha durado menos de veinte minutos.
Otros veinte minutos, acaso media hora, permanecen sentados en el colectivo antes de que los hagan bajar. Ven salir a la gente del cine más próximo. Los transeúntes los miran con curiosidad. No hay señales de agitación en ninguna parte.
A las 0.11 del 10 de junio de 1956, Radio del Estado reanuda sorpresivamente su transmisión, con la cadena oficial. Por espacio de veintiún minutos propala una selección de música ligera. Es el primer indicio oficial de que algo serio ocurre en el país.
Entretanto, la casa fatídica de Florida vuelve a cobrarse dos imprevisibles víctimas. Julio Troxler y Reinaldo Benavídez vienen en busca de algún amigo a quien suponen allí. No hacen más que recorrer el pasillo y llamar al departamento del fondo –extrañamente silencioso y obscuro– cuando la puerta se abre de golpe y aparecen un sargento y dos vigilantes que les apuntan con sus armas.
Julio Troxler apenas se inmuta, a pesar de la sorpresa. Es un hombre alto, atlético, que en todas las alternativas de esa noche revelará una extraordinaria serenidad.
Veintinueve años tiene Troxler. Dos hermanos suyos están en el Ejército, uno de ellos con el grado de mayor. Él mismo siente quizá cierta vocación militar, mal encauzada, porque donde al fin ingresa como oficial es en la policía bonaerense. Rígido, severo, no transige sin embargo con los “métodos” –con las brutalidades– que le toca presenciar y se retira en pleno peronismo. A partir de entonces vuelca su disciplina y capacidad de trabajo en estudios técnicos. Lee cuanto libro o revista encuentra sobre las especialidades que le interesan –motores, electricidad, refrigeración–. Justamente es un taller de equipos de refrigeración el que instala en Munro y con el que empieza a prosperar.
Troxler es peronista, pero habla poco de política. Cuantos lo trataron lo describen como un hombre sumamente parco, reflexivo, enemigo de discusiones. Una cosa es indudable: conoce a la policía y sabe cómo tratar con ella.
La descripción que podemos dar de Reinaldo Benavídez es aun más somera. Tiene alrededor de treinta años, es de estatura mediana, rostro franco y agradable. Por esa época es dueño de un almacén en sociedad, en Belgrano, y vive con los padres. A Benavídez va a sucederle algo increíble, algo que aun ubicado en esa noche de singulares aventuras y ex- periencias, parece arrancado de una exuberante novela. Pero ya volveremos sobre ello.
–Por singular coincidencia –que después va a repetirse– Julio Troxler conoce al sargento que le ha salido al paso y que le apunta con su arma. Tal vez por eso han quedado un instante inmóviles los dos, observándose.
–¿Qué hubo? –pregunta Troxler. –No sé. Tengo que llevarlos.
–¿Cómo me vas a llevar? ¿No te acordás de mí? –Sí, señor. Pero tengo que llevarlo. Es una orden que tengo.
Se aleja un instante el sargento. Va al departamento del frente, para pedir instrucciones por teléfono. Quedan solos los dos detenidos con los vigilantes. Es cierto que están de- sarmados, pero si se lo proponen pueden tal vez reducirlos y escapar. Horas más tarde, en circunstancias más difíciles, casi imposibles, obrarán ambos con prodigiosa decisión y san- gre fría. Ahora se quedan quietos. Es evidente que no sospechan nada grave.
37 Y se dejan llevar no más.
Los puestos policiales están en estado de alarma desde temprano. En la segunda de Florida, el comisario Pena tiene sintonizado un receptor en su despacho.
A las 0.32 en punto, Radio del Estado interrumpe la música de cámara y transmitiendo en cadena nacional anuncia que se va a dar lectura a un comunicado de la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la Nación, promulgando dos decretos.
Dice así el dramático anuncio:
“Considerando que la situación provocada por elementos perturbadores del orden público obliga al gobierno provisional a adoptar con serena energía las medidas adecuadas para asegurar la tranquilidad pública en todo el territorio de la Nación, así como el normal cumplimiento de las finalidades de la Revolución Libertadora, por ello, el presidente provisional de la Nación Argentina, en ejercicio del Poder Legislativo, decreta con fuerza de ley:
“Artículo 1o - Declárase la vigencia de la ley marcial en todo el territorio de la Nación.
“Art. 2o - El presente decreto-ley será refrendado por el Excelentísimo señor Vicepresidente Provisional de la Nación, y los señores ministros, secretarios de Estado, en los departamentos de Aeronáutica, Ejército, Marina e Interior.
“Art.- 3o - De forma.
“Fdo.: Aramburu, Rojas, Hartung, Krause, Ossorio Arana y Landaburu”.
El segundo decreto, considerando que la ley marcial “constituye una medida cuya aplicación debe ser reglamentada para conocimiento de la población” dispone las normas y circunstancias en que se llevará a la práctica.
Recién ha terminado de escuchar el anuncio el comisario cuando le traen a los dos detenidos. Y lo mismo que el sargento, tiene un movimiento de sorpresa al ver a Troxler, a quien conoce y aprecia.
–¿Qué haces vos por acá?
El otro sonríe, encogiéndose de hombros, y explica lo sucedido sin darle importancia. Seguramente un error... Conversan unos momentos. Después el comisario recibe una lla- mada telefónica.
–Te piden de la Unidad –y agrega–: Che, a ver si todavía te fusilan... Hace un momentito pasaron la ley marcial.
Se ríen los dos.
Pero el comisario se queda preocupado.