Escapa a las pretensiones de este artículo realizar una genealogía de los dis- cursos legitimadores del sistema prostitucional5, si bien, nos resulta fundamental
incidir en el aire de familia que mantienen todos ellos. La nota común a todos estos discursos es omitir la violencia y opresión implícita en todo el sistema pros- titucional. Los discursos legitimadores nos ofrecen una imagen mixtificada de la prostitución: una imagen unidimensional en la que sólo podemos ver a las mujeres en situación de prostitución, únicas protagonistas y responsables de todo el entra- mado. Mediante esta estrategia, se puede trasladar a cada mujer individual el peso de todo el sistema y obviar que la prostitución forzada fue el único destino posible para muchas mujeres. Gracias a este ardid, podemos incidir en la elección indivi- dual, obviando que para poder elegir, no basta sólo con estar informadas sobre las desigualdades de poder. Para que un ser humano pueda ejercer su autonomía, para poder elegir, tiene que disponer de opciones.
Otro aspecto a destacar, es la lógica expansiva de los discursos legitimadores. Weininger, último bastión de la misoginia romántica, declaraba su simpatía por la figura de la prostituta a la que comparaba con el conquistador:
Como el conquistador, la prostituta posee el sentimiento de su poder, y no se intimida jamás frente a los hombres, mientras éstos se doblegan frente a ella o frente al hombre superior. Como el gran tribuno, cree que hace la felicidad de todos los individuos con quienes habla (Weininger, 1903: 299).
Esta imagen deformada resuena en los actuales discursos a favor de la prosti- tución. La resignificación da paso a nuevas mitologías en las que las mujeres en situación de prostitución son suplantadas por mujeres emprendedoras, poderosas, capaces de sacar provecho a lo que Catherine Hakim (2010) llama su «ventaja ne- gociadora». En Capital Erótico. El poder de fascinar a los demás, Hakim arremete contra las feministas e insta a las mujeres a utilizar su «capital erótico» para triunfar. Su tesis de partida es la existencia de un «déficit sexual masculino». Para Hakim (2010: 105) este «desequilibrio de interés sexual se vería resuelto por las leyes de la oferta y la demanda como ocurre en otros sectores del ocio». A Hakim no le importa en absoluto si esa demanda de sexo responde a condicionantes sociales o culturales, si sustenta relaciones de poder ni si perpetúa sistemas de dominación. Lo que le interesa a Hakim es mostrar que la demanda de sexo por parte de los hombres pro- porciona a las mujeres una ventaja negociadora.
La obra es una invitación a que salgamos de nuestras tediosas y aburridas vidas para introducirnos en el mercado de la prostitución, pues, «lo enigmático no es que haya mujeres inteligentes y atractivas dedicadas a la prostitución, sino que no sean más las que lo elijan, por la posibilidad de ganar mucho dinero trabajando relati- vamente pocas horas» (Hakim, 2010: 163). Las narrativas a favor de la prostitución
5 Utilizamos el término acuñado por Laura Nuño y Ana de Miguel (2017) por la capacidad de reconocer su dimensión calidoscópica y sistémica.
coinciden en propalar que estamos ante una actividad enormemente ventajosa para las mujeres: el nuevo sector del ocio –nótese el desplazamiento– nos reserva grandes oportunidades.
En esta imagen unidimensional y absolutamente mixtificada, sacamos de plano a los destinatarios y a todo el conjunto de relaciones y pactos que alimentan, sos- tienen y benefician al sistema. Los hombres quedan exonerados de todo tipo de responsabilidad; la responsabilidad, en última instancia, parece sólo nuestra6.
Veamos cómo operan las resignificaciones llevadas a cabo por el lobby de la prostitución para cambiar su imagen y que no recuerde en nada a lo que realmente es, una forma de violencia y opresión. En El ser y la mercancía (2013), Kajsa Ekis Ekman estudia este proceso.
El primer engaño sobre el que nos advierte Ekman es hablar de trabajadora sexual. Pues bien, en estos relatos la trabajadora sexual aparece como una heroína feminista que, por un lado, vendría a resquebrajar «las expectativas anticuadas del comportamiento femenino» (Ekman, 2013: 114); por otro, la trabajadora sexual estaría plenamente informada de las relaciones de poder –transitamos el sendero del postfeminismo.
En el relato de la trabajadora sexual, un relato que se transforma en una suerte de wéstern entre buenos y malos, el lado positivo lo encarnarán las trabajadoras sexua- les y tendrán como correlato conceptos como «liberación sexual, el libre albedrío, el derecho al trabajo y el derecho a tomar decisiones sobre el propio cuerpo, así como los derechos de los grupos oprimidos, la homosexualidad, la economía de mercado, el progreso y el comportamiento transgresor» (Ekman, 2013: 113). En el lado negativo de la balanza se situarían feministas y políticos (abolicionistas) a los que se asociarían «características densas y opresivas de la moralidad, la duplicidad, la estigmatización, la hostilidad sexual, el esencialismo, el control estatal, la victimización» (Ekman, 2013: 113-114). En estos relatos no aparece nunca el hombre, su papel, en tanto que repre- sentante del patriarcado, es trasladado a las feministas, que serán, en última instancia, las que castigan, censuran y estigmatizan.
Este nuevo relato tiene, al menos, dos consecuencias inmediatas: por un lado, idealizar la prostitución, por otro, demonizar al feminismo y presentarlo como con- tradictorio. En última instancia, la idealización de la prostitución, o si se quiere, la versión edulcorada planteada por los grupos de presión, acabará planteando serios debates entre las feministas. Ante un relato tal, muchas llegarán a plantearse la posibilidad de la prostitución como actividad emancipatoria. Estamos ante un argumento en el que convergen, de manera inquietante, autores y autoras antife- ministas (pensamos en Catherine Hakim), la industria de la explotación sexual, autoras feministas pro-sexo y los discursos misóginos.
El relato sobre la trabajadora sexual omite que la prostitución es «la situación más destructiva en que pueda encontrarse una mujer» (Ekman, 2013: 115). Escapa
6 No es baladí señalar que esta atribución exclusiva de la responsabilidad responde a un modo de proceder misógino. Ya lo decía Weininger (1903: 284), si las mujeres se prostituyen no es culpa de los hombres, «radica en la naturaleza de la mujer; lo que no se es, no se podrá ser». El desplazamiento de lo social (en sentido amplio) a lo personal es una constante.
a los objetivos de este artículo adentrarnos en los riesgos que la prostitución de mujeres tiene para la salud psicosocial de las mismas, no obstante, conviene recor- dar que, aunque sean muchos los esfuerzos de resignificación, la realidad manda. Como ha puesto de manifiesto Miguel Llorente (2017), el abuso físico, psicológico, el consumo de sustancias o las enfermedades de transmisión sexual, forman parte del día a día de las mujeres que se encuentran en situación de prostitución.
El hombre, decíamos, es el gran ausente en estos discursos. La prostitución, has- ta nuestros días, es un «asunto de mujeres». Como ha puesto de manifiesto Beatriz Ranea (2017: 135): «la prostitución tiende a identificarse únicamente con las mujeres en prostitución. En el imaginario colectivo prostitución es sinónimo de prostituta, como si la prostituta encarnase en sí misma una institución tan compleja». El hom- bre, el demandante, el consumidor y usuario, es el que hace posible la prostitución y siempre ha permanecido invisible (Salazar, 2017; De Miguel, 2015, Gómez Suárez, Pérez Freire y Verdugo, 2015). El nuevo relato de la trabajadora sexual, correlata con el relato del cliente que asegura que la identidad colectiva e individual de los puteros y la generización de la prostitución, permanezcan ocultas7. Esta estrategia
invisibiliza que nos movemos en un terreno de profundas desigualdades, opresión y violencia. María José Guerra (2017), Laura Nuño y Ana de Miguel (2017), insisten en la resignificación que se produce en el lenguaje para enmascarar un fenómeno generizado y globalizado. Siguiendo las aportaciones de Guerra:
La deriva neoliberal impone hablar de «clientes», empresarios de la industria del sexo y de provisión de servicios, pero justo esta pretendida asepsia mercantil es la que se levanta ante nosotros para enmascarar la opresión ejercida por un sistema prostitucional ahora globalizado y mediado por la movilidad de sus agentes, ya sea la de la «demanda» ya sea la de la «oferta» (Guerra, 2017: 2).
En esta línea, el interés por marcar el carácter aséptico de lo que supuestamente son «meras relaciones comerciales», es reforzado por el discurso que incide en ha- blar de clientes en lugar de puteros o prostituidores. El discurso del «cliente» intro- duce otro nuevo giro de opresión característico de la nueva alianza neoliberalismo y patriarcado. Bajo este discurso la relación de poder será doblemente marcada: por un lado, la incorporación del lema (neo)liberal «el cliente siempre tiene razón» –donde el cliente es siempre un hombre. Por otro, la patriarcal disponibilidad de las mujeres para satisfacer los deseos de los hombres, en este caso, de los hombres dispuestos a pagar.
En el nuevo discurso de la trabajadora sexual ya no se vende «el cuerpo», el cuerpo es algo demasiado personal, lo que se vende es un servicio sexual (Ekman, 2013). Esta resignificación es de vital importancia en tanto que nos traslada a un nivel cada vez más elevado de abstracción. En el primer nivel de abstracción se produce una asimilación-escisión entre yo/cuerpo: no se vende el «yo», se venden «cuerpos». En el segundo nivel, se produce una asimilación-escisión entre cuerpo/
7 El 99,7% de las personas que demandan prostitución son hombres (Gómez Suárez, Pérez Freire y Verdugo, 2017).
sexo, de tal manera que tampoco es el cuerpo lo que se vende, lo que se vende es «sexo». En el tercer nivel de abstracción, el sexo acaba reducido a un servicio. Y en tanto que servicio «puede convertirse en divisas, intercambiables en el mercado y, por tanto, socialmente aceptado» (Ekman, 2013: 133).