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Econometric Approaches to Productivity and Productive Efficiency

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4 Manufacturing Productivity and Efficiency in the 1990s

4.3 Econometric Approaches to Productivity and Productive Efficiency

No hay nada de sobrenatural o misterioso en el conocido caso que indujo a Mozart a la composición de su última obra. Fue la simultánea coyuntura de raras circunstancias lo que le dio un carácter siniestro y trágico para el propio compositor.

Un día, un hombre alto y flaco apareció en la casa de Mozart y le entregó una carta, en la cual una persona de alto rango le encargaba que escribiera, en el plazo de un mes y por el precio que el mismo compositor debía fijar, una misa de Réquiem a la memoria de un amigo fallecido. La única condición que se exigía en el encargo era que nunca, bajo ninguna circunstancia, intentaría el compositor averiguar la identidad de quien había escrito la carta. En esa época, Mozart se encontraba en un estado de gran depresión nerviosa, agotado por el trabajo excesivo, enfermo y cargado de deudas. Contempló al visitante... "¿Es la Muerte —pensó—, que me encarga que escriba la música para mis propios funerales? ¿Habrá sonado mi hora? ¿Deberé morir, a los treinta y cinco años de edad?"

—Tenga la amabilidad de decirme el precio, señor. —La voz del desconocido sonó como si llegara de otro mundo.

"El precio —pensó Mozar—, ya sé: el precio será mi vida, pero debo aceptar. Necesito el dinero desesperadamente. Tengo que pagar al tendero y al casero. Quisiera enviar a mi Stanzi a Baden..., necesita un cambio de aires. ¡Qué loco estoy! Este hombre que tengo frente a mí es ni más ni menos que un ser humano corriente. Tiene un aspecto algo marchito... tal vez sea eso lo que me ha impresionado. Estoy fatigado, exhausto; veo fantasmas..."

Y, dirigiéndose al visitante, dijo con voz firme: —El precio será de cincuenta ducados.

El desconocido aceptó y, abriendo una pequeña bolsa de cuero, contó el dinero sobre la mesa. Luego se dirigió lentamente a la puerta, prometió volver al cabo de un mes y desapareció.

Transcurrió el mes y Mozart no había terminado el encargo. Frecuentes desmayos e hinchazón de sus piernas y manos le impedían la necesaria concentración. Tuvo que pedir al desconocido un nuevo plazo de cuatro semanas.

Perseguido por funestos pensamientos, Mozart escribió una página tras otra... El "Requiem Aeternam", el "Dies Irae" el "Kyrie", el "Domine Jesu"..., toda la gigantesca visión del Juicio Universal, algo de lo más sublime que en música haya jamás concebido la mente humana.

En la tarde del domingo 4 de diciembre de 1791, llamó a algunos amigos junto a su lecho; repartió las particellas vocales de la nueva obra, que fue cantada y tocada mientras Mozart, con fatigado gesto, dirigía. Cuando llegaron al "Lacrimosa" Mozart lloró convulsivamente. Luego habló con su alumno Süssmayer. En voz muy tenue, pero firme, le dio amplias instrucciones para completar la partitura. A medianoche perdió el conocimiento. En pleno delirio, intentaba cantar frases del Réquiem; cerca de la una de la madrugada abrió los ojos un momento, sonrió débilmente y murió.

Al día siguiente, el barón Von Swieten, rico amigo de Mozart, visitó a la viuda y le aconsejó no despilfarrar el dinero para el entierro. Así Mozart fue sepultado en la fosa común. Cuando el coche fúnebre llegó, completamente solo, al cementerio, una vieja mendiga, sentada junto a la puerta, preguntó al sepulturero:

—¿Quién os traen ahí?

—No es más que un kapellmeister —contestó el hombre.

Stuppach, confesó poco antes de morir que en una ocasión, estando al servicio del conde de Walsegg, había sido enviado a Viena por su amo para entregar una carta al compositor Wolfgang Amadeus Mozart. El conde, aficionado a la música y extraordinariamente rico, había ya utilizado a Leutgeb en muchas otras ocasiones para entrar en contacto con compositores renombrados y encargarles la composición de distintas obras. Cuando las partituras terminadas llegaban, el conde solía copiarlas de su propio puño y letra y luego las hacía publicar y ejecutar bajo su propio nombre. Al principio del año 1791 había muerto la mujer del conde y Walsegg decidió encargar a Mozart que escribiera un Réquiem. Hacía mucho tiempo que admiraba las obras de Mozart. Pero hasta que no se enteró de las difíciles condiciones financieras en que se desenvolvía el compositor, no se atrevió a dirigirse a él. Así fue como

Leutgeb se dirigió a Viena y negoció con Mozart. Después de la muerte de éste fue a ver a su viuda, quien le entregó la partitura del Réquiem.

El conde, como de costumbre, copió cuidadosamente la obra y escribió en su primera página: "Réquiem compuesto por el conde Walsegg." Dos años más tarde hizo ejecutar la obra en Wiener- Neustadt. Pero Constanze Mozart, en flagrante incumplimiento del acuerdo entre Walsegg y su difunto marido, organizó al mismo tiempo una ejecución del Réquiem en Viena, bajo el nombre de su verdadero compositor.

El conde inició un pleito contra la viuda de Mozart. La causa, sin embargo, fue sobreseída y Walsegg, disgustado y desilusionado, salió del desagradable asunto vencido y humillado; pero fue él quien provocó la composición de una de las más grandes obras maestras de la música.

Orgullo

"El Condestable de Castilla posee ciertamente más territorios que todos los señores de la Corte; pero como no se preocupa de sus intereses, se abandona, como la mayoría de sus iguales, a una molicie negligente, y se halla con frecuencia sin dinero. Las pensiones que le asigna el Rey por ser Decano del Consejo de Estado, Condestable de Castilla y Primer Halconero son tan considerables, que bastarían para cubrir sus gastos; pero el Condestable de Castilla es tan altivo que no las admite. Dice, para razonar su proceder, que cuando un hombre tiene lo bastante para vivir, no debe cobrar los oficios que desempeña en servicio de un príncipe, y se juzga pagado y dichoso con la satisfacción que servir le ocasiona, porque poner voluntad por dinero es convertirse de servidor en esclavo.

"El duque de Arcos pretende que el rey de Portugal ha usurpado la Corona que a él correspondía por derecho, y cuando habla del Rey de Portugal le apellida sólo duque de Braganza. Tiene cuarenta mil escudos de renta en Portugal, y no los disfruta, porque no quiere someterse a besar la mano del Rey, cuyo imperio no reconoce, ni a rendirle homenaje. El Rey de Portugal le hizo saber que le dispensaba su servicio en la Corte mientras enviara para representarle a uno de sus hijos, el menor o el mayor, como bien le pareciere, y de este modo podría pagarle su renta y satisfacerle sus atrasos, que formaban ya sumas considerables. El duque de Arcos no quiere ni oír hablar de tal asunto, y dice que después de haber perdido la Corona sería vergonzoso para él someter a la autoridad del usurpador individuos de su familia, sin más objeto que cobrar cuarenta mil escudos de renta; que los grandes males hacen olvidar los pequeños, y que más gloria sería para el Rey de Portugal rendirse a su

poderío que provecho para él cobrar una renta cuantiosa; y no quería ponerse en el caso de reprocharse alguna vez a sí mismo por haber otorgado al usurpador honores que no le debe.

"El príncipe Scigliano tiene derecho a dar oficios y comisiones en la Contratación de Sevilla por valor de treinta mil escudos anuales, y prefiere perder esta fortuna considerable a firmar de su puño y letra los documentos necesarios, porque dice que no es propio de un caballero como él tomarse la molestia de poner su nombre para tan poca cosa, pues los treinta mil escudos figuran repartidos en más de treinta diferentes asuntos; y cuando su secretario le presenta un nombramiento para que lo firme, que le valdría dos mil escudos, alega su altísima calidad, lo rechaza y repite siempre con desprecio: "Esto es una niñería." El Rey se deja convencer más fácilmente y aprovecha lo que rechaza el príncipe, provee la plaza y se sirve de un rendimiento. Esto basta para indicar hasta qué punto entre los españoles domina la locura de su grandeza.

"Los extranjeros acuden a Madrid con menos frecuencia que a otras capitales, y obran cuerdamente, porque cuando no hay alguien que les procure hospedaje en casa particular, corren mucho riesgo de vivir incómodos, instalados en insoportables posadas; y los españoles no se apresuran mucho a ofrecer sus aposentos a nadie, a causa de lo extremadamente celosos que se muestran de sus mujeres. No conozco en toda la villa más que dos posadas decorosas, en una de las cuales se come a la francesa; pero en cuanto están llenas de viajeros, y con frecuencia lo están, porque son reducidas, no saben qué hacer los que llegan a la Corte. Súmase a esto las dificultades que se ofrecen a quien busca un carruaje algo cómodo, porque las carrozas de alquiler son escasas, y si bien las sillas de mano abundan, es costumbre que los hombres no se hagan conducir en ellas, a no ser que sean ya muy viejos o estén enfermos.

"¿A qué vendrán los extranjeros a Madrid? Lo más bello y lo más agradable se oculta siempre; me refiero, sobre todo, a las damas, con las cuales nadie puede tener amistad ni relación, pues

aquellas cuyo trato es fácil son mujeres tan perjudiciales y dañinas para la salud, que se necesita estar poseído por el demonio de la curiosidad para arriesgarse a satisfacer con ellas un deseo despreciando inminentes peligros.

"Con todo esto, el único goce y la sola ocupación de los españoles consiste en sostener una afición; los jóvenes aristócratas que tienen dinero empiezan desde muy temprana edad (los doce o catorce años) a tener manceba, es decir, una querida; y por atenderla no sólo descuidan sus estudios, sino que se apoderan en la casa paterna de todo lo que puedan atrapar. Esas criaturas no pasan mucho tiempo sin que sus desgracias les hagan arrepentirse de su vicioso proceder.

"Es deplorable que sean pocas las personas de uno y otro sexo, en este país, libres de tan maléficas influencias. Los niños heredan la enfermedad de sus padres o la adquieren en el pecho de la nodriza. Una virgen se ve pocas veces libre de semejantes padecimientos, y rara vez alguien se cura, temeroso de adquirirlo nuevamente; pero, sin duda, en España son menos peligrosas las consecuencias del mal, ya que la mayoría de la gente conserva hermosos cabellos y blanquísima dentadura. Se habla sencillamente de tan crueles dolencias en las habitaciones del Rey y en los salones de las más nobles y encopetadas señoras, como se habla de tercianas o jaquecas, y todos aguantan pacientemente la desdicha sin avergonzarse ni un momento."