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Consumers' Ethical purhasing intentions

2. OBSTACLES TO ETHICAL CONSUMERISM

2.3 NEUTRALISATION TECHNIQUES

2.3.1 ECONOMIC RATIONALISATION

Merece que nos detengamos en algunos testimonios de los que tuvieron cierto protagonismo en la revista, no tanto por la revista en sí o por demostrar aspectos relacionados con su fundación, sino más bien por acercarnos al ambiente en que surgió y se desarrolló la revista. El contexto, claro está, es la guerra civil, pero a lo que nos referimos con ambiente, es a otra situación derivada de la guerra y sus circunstancias. Un ambiente que podríamos definir como de cierta fraternidad o comunidad entre dichos protagonistas, cuyo interés no sería más que anecdótico de no poder fundar la hipótesis de que ciertos aspectos de carácter intelectual pertenecen tanto a la revista como a la vivencia de sus protagonistas y lo que puede ser la pervivencia de esos aspectos comunes, de esas ideas, afinidades y sensibilidades compartidas en la dispersión del exilio, en un primer plano en el caso de María Zambrano y Prados, y en otro en el de algunos de sus fundadores como

Sánchez Barbudo o Serrano Plaja. Todo ello nos autoriza a hablar de un «espíritu de la revista» más allá, incluso, de su desaparición. Es por ello que queremos exponerlo ahora, antes de tratar los contenidos de la revista, en la medida que vienen también a darnos algo así como el presente, fragmentado, como la parte que permite la reconstrucción de la pieza. En este sentido, un testimonio excepcional nos parece el de Juan Gil Albert que vertió en su Memorabilia, y que trata de ese periodo entre 1934 y 1939. Por esos años, él, un joven poeta, que antes de la guerra había viajado a Madrid para tomar contacto con los poetas del momento, los mismos que poco tiempo después habitarían y pasarían por su propia casa:

«Valencia fue pues, durante año y medio, la capital de la República y el más importante foco intelectual de la nación. Los anales de mi casa registraron entonces, por así decirlo, su época áurea. Desaparecido, progresivamente, el servicio (...) íbamos a abrir la puerta cuando sonaba el timbre y era para encontrarnos con Cernuda que, flotante, venía a charlar o a cambiarse de ropa o con Manolo Altolaguirre, que se sentaba frente a mí cuando posaba para el retrato que Gaya mandó al pabellón de la Exposición Internacional de París y nos leía el romance que acababa de dedicar a un chico linotipista de su casa, caído, como se decía, en el Guadarrama; o bien con León Felipe, que estrujándose el pelo de su barbita, creía que vivíamos en una casa que no era la nuestra, requisada, como dijo; o con Rafael Dieste, con su greña sobre la frente y su aire iluminado, junto a su mujer pendiente de él como una alumna enamorada; o como Moreno Villa, que nunca adquirió manera bélicas y que continuó vistiéndose como si el espectáculo de la calle no hubiera cambiado de signo; o con María Zambrano, cuya miopía la hacía más concentrada dándole, por el gesto circunflejo de las cejas, ese aspecto entre inquieto y afligido que los tallistas tradicionales gustaron de imprimir a las vírgenes andaluzas. Y tantos otros: Emilio Prados, Serrano Plaja, Arturo Souto, Enrique Casal Chapí. Coincidentes por única y última vez, por así decirlo, bajo el techo patrio. Dos reuniones

merecen ser señaladas. De una de ellas surgió “Hora de España”: cuya idea mater se debe a Dieste; el título a Moreno Villa, que, con Bergamín, dio su asentimiento a la idea». 121

La otra reunión a la que se refiere es a la llegada de «los Alberti» que huyendo de Ibiza alcanzaron la capital levantina. Lo que nos cuenta Gil-Albert a lo largo de todas sus memorias, tiene un sentido evocador pero profundamente humano, como si entre sus recuerdos y vivencias de aquel tiempo se conservase cierta enseñanza sobre el hombre y sobre la vida misma. El hecho de que tomemos esta cita es para ver el grado de constante contacto y encuentro entre los miembros y colaboradores de Hora de España. El poeta valenciano recuerda como excepcionales dos de esos encuentros pero no quiere ello decir que lo fueran las reuniones mismas.

La evacuación a Valencia, en torno a finales de 1936, de algún modo, vino a aliviar la situación que vivía Madrid: bombardeos, una línea del frente situada casi a las puertas de la ciudad, represalias en la retaguardia, escasez de víveres, etc. Lo que vino a representar para las circunstancias personales algo así como un paréntesis, como nos cuenta José Moreno Villa:

«En Valencia no se oían los cañones ni las bombas. Las calles estaban concurridas, funcionaban las tiendas, los cafés, los teatros, podía uno comer ricas paellas en los restaurantes a la orilla del mar. Todos los Ministerios se habían trasladado allí, con sus numerosos funcionarios, y se encontraba uno a cada paso con amigos y caras conocidas». 122

Al menos fue así en los primeros momentos, pero nos interesa resaltar esa especie de anomalía en que una ciudad se ve «superpoblada» por habitantes y actividades de la capital, convertida en una «urbe promiscua» que no sólo recibió el «alud madrileño» sino

121 Juan Gil-Albert. Memorabilia, Ed. Tusquets, Barcelona, 1975, p. 213

también de zonas como Andalucía que obligó a «ejercitar una hospitalidad de tipo excepcional»123.

Por lo que respecta a los intelectuales y a su labor el espacio se vio también, diríamos, reducido a un mismo lugar que forzaba a la convivencia: La Casa de la Cultura, antiguo hotel y que fue popularmente bautizado como els casals dels sabuts de tota mena, la casa de los sabios de toda clase, como cuenta José Moreno Villa en su autobiografía. Un mismo espacio compartido pero de forma total: el alojamiento, los lugares y las mismas tertulias, los mismos actos a los que acudir y en los que participar debió ser tónica general de la vida intelectual en Valencia. Así si esta situación de convivencia permanente puede fomentar aún más las antipatías y los desencuentros tan propios del mundo literario, también puede soldar y modelar de un modo excepcional las afinidades igualmente propias de la vida cultural. Este es el caso de los escritores que formaron el núcleo y colaboraron en Hora de España. «compañeros de profesión, camaradas de guerra y peregrinos de exilio» como se refiere a ellos Juan Gil-Albert, son unos vínculos especialmente sólidos y entrañables como para que no queden de un modo u otro reflejados en sus obras, tanto durante la guerra, como después. Y más al vivir un tiempo, sin duda terrible, pero en que:

«Todo entonces había roto sus moldes y el trato humano, desligado de convencionalismos, se expandía en unas formas nuevas que parecían presagiar una holgura que no lo era sólo del proceder sino también

de sentimiento. Éramos, además, jóvenes, y el estallido de la tragedia española, naturalmente que nos

afectaba, pero acercándonos unos a otros con una efusión civil, por no llamarla patriótica, que, sin tales trastornos no hubiéramos conocido» 124

Efusión civil, fraternidad en la forma del trato de unos con otros, especialmente entre aquellos que más tenían ya de por sí en común, la juventud, la poesía, las ideas

123 Juan Gil-Albert, O.C. Ed. Tusquets, Barcelona, 1975, p. 204 124 Ibíd., p. 203 (los subrayados son nuestros)

políticas, etc. Este aspecto es fundamental a la hora de hablar de ese espacio compartido (la Casa de la Cultura, o el domicilio de Gil- Albert) y poblado de conversaciones, tertulias, y puede que monólogos en una especie de «mundo oral» de trasmisión de sensibilidades e ideas que vino entretejiendo una especie de telón de fondo, de raíz o de sedimento que si puede ser más o menos frecuente en una vida cultural normal, tiene aquí el carácter excepcional y extremo de la vida y de la cultura en situación de guerra y evacuación. Podemos hablar incluso de una comunidad de inquietudes y preocupaciones que pueden ir desde los órdenes más elementales del existir, pasando por el orden afectivo, y desde luego en el orden de la vida intelectual y aún espiritual, y todo en ese mismo plano que se mueve entre la provisionalidad de la circunstancia y la efusión civil, la fraternidad en la forma de trato de unos con otros.

Esto que decimos se mueve en una especie de terreno hipotético y más aún puede parecer propio de cierto utopismo de la vida cultural, pero no deja, y teniendo en cuenta lo apuntado por los testimonios, de sugerirnos que sea una especie de sustrato activo en la persistencia de ciertos elementos. Por ejemplo, en María Zambrano se desarrolla la mística como uno de los pilares de su pensamiento, que ya se había anticipado en las páginas de Hora de España y la mística está también presente como lectura e incluso como postura poética en Emilio Prados, pero también interesa a Bergamín o a Altolaguirre o, al menos, dejan algún artículo sobre ella. Arturo Serrano Plaja recopila antologías de místicos y escribe ensayos sobre lo mismo, uno de los cuales tiene el llamativo título de El realismo español (ensayo sobre la manera de ser de los españoles) y cuya consideración del realismo podría aproximarle al de María Zambrano en tanto que cierta forma de expresión hispánica mucho más honda y de cierta raíz ontológica, más allá del movimiento literario del XIX. Por otra parte a autores como Galdós, Unamuno o Machado, pudieron leerles y conocerles, con Machado compartieron sus páginas de la revista en cada número, o Begamín tiene una ascendencia unamuniana desde sus años de formación, pero es María

Zambrano la que nos habla del pensador Antonio Machado y Sánchez Barbudo el que no sólo dedica un ensayo al poeta titulado El pensamiento de Antonio Machado sino que escribe también, al igual que nuestra autora, sobre los otros dos. Y no sólo Sánchez Barbudo, Rosa Chacel, aunque de breve paso por la revista ya que comenzó su exilio durante la guerra, lo que le ocasionó una severa crítica de María Zambrano, escribe en un ensayo titulado La Confesión, no sólo sobre Galdós o Unamuno, sino también sobre San Agustín y sobre Kierkegaard.

Es una característica de las generaciones literarias leer a los mismos autores, hacerlo de un modo semejante y preocuparse más o menos por los mismos temas o atender a ciertas épocas. En esto no diferiría el grupo de Hora de España de cualquier otra generación. Pero nos parece que el momento en que todos esos aspectos comunes se comparten y aún más se descubren, por tener un carácter tan excepcional como la guerra y la derrota civil, adquieren un sentido mucho más vinculante no sólo porque se haya compartido esa experiencia, sino porque acaso esos autores y esos temas, acaso conocidos de antes, han cobrado un nuevo sentido a raíz de la experiencia vivida.

Podemos afirmar, pues, que la persistencia de ciertos temas y ciertos autores en trabajos como los mencionados puede responder a esa circunstancia de maduración intelectual que supone para muchos la época de Hora de España y el participar de una vida cultural en la circunstancia de la guerra, lo que aporta elementos como los señalados: convivencia casi continua caracterizada por ese sentimiento fraterno del que hablaba Gil Albert, que bien puede ser una desbordante necesidad de comunicación –y recepción- de ideas y sensibilidades, vertidas acaso también con la extremosidad emocional, propia del momento.

Habrá que profundizar, pues, en estas relaciones, que si hemos anticipado ya, es porque tienen su origen en este momento y porque bien pueden preceder al examen de la revista como tal, pues tanto temas como autores aparecerán allí. Por otra parte, es evidente,

que hemos buscado los temas y escritores que tienen distintos grados de relación con el pensamiento de nuestra autora. Claro es que en cada autor aparecerán con matices y diferencias. Aquí no queremos sugerir que María Zambrano ejerza un magisterio sobre el grupo o sea deudora de sus ideas. Probablemente, y dado el ambiente descrito, cada uno fuera a su modo «maestro» y «alumno». La necesidad de indagar en estas –de momento- coincidencias, está en el origen de este trabajo, a saber: la experiencia de la guerra y del exilio son determinantes en el pensamiento de María Zambrano, incluso allí donde menos aparece el tema de España, casi podríamos decir que es el pensamiento de esa experiencia. La originalidad crítica y filosófica de nuestra autora merece ser ubicada en una «tradición» si se quiere, y en un horizonte cultural –entre otras cosas para poder afirmar esa originalidad- y la búsqueda de estas relaciones lo permite.

Pero como decíamos antes, el primer lugar en que hemos de empezar a buscar es en la revista, antes que en la dispersión del exilio en la que cada autor siguió ya una trayectoria propia. Hemos querido ofrecer aquí los testimonios que pueden justificar la cohesión, amistad y comunidad del grupo de Hora de España como el telón de fondo de la experiencia y la vivencia de la realización de la revista. Llega, el momento pues, de entrar en sus páginas.

2.2. «El mayor esfuerzo literario nacido de una guerra»

Fue Waldo Frank el que definió la revista con las palabras que hemos elegido para título: «Hora de España fue en mi opinión el mayor esfuerzo literario nacido de una guerra, y prueba de que la lucha de España contra la traición del mundo dio nacimiento a una cultura que no debe morir» (Death of Spain´s poet: Antonio Machado, The National, New York, 15 de abril de 1939).125

De la «cultura» que nació de ella ya hemos apuntado algo en el pasaje anterior y a ello volveremos. Por lo que se refiere a la revista es muy justo definirla como un esfuerzo literario, el mayor surgido de una guerra, lo que ha de hacernos pensar también en la actitud que encierra ante el hecho de una contienda como la que vivió España. Ya en el primer número, en el Propósito –que pudo redactar Sánchez Barbudo- se advierte ese esfuerzo y la actitud moral que encierra en la voluntad de la revista por diferenciarse de otras:

«Es cierto que esta hora se viene reflejando en los diarios, proclamas, carteles y hojas volanderas que día por día flotan en las ciudades. Pero todas esas publicaciones que son en cierto modo artículos de primera necesidad, platos fuertes, se expresan en tonos agudos y gestos crispados. Y es forzoso que tras ellas vengan otras publicaciones de otro tono y otro gesto, publicaciones que, desbordando el área nacional, puedan ser entendidas por los camaradas o simpatizantes esparcidos por el mundo, gentes que no entienden por gritos como los familiares de casa, hispanófilos, en fin, que recibirán inmensa alegría al ver que España prosigue su vida intelectual o de creación artística en medio del conflicto gigantesco en que se debate.»126

Los «tonos agudos» y los «gestos crispados» bien pueden leerse como una alusión a la mera propaganda bélica bajo la retórica de «la cultura», o el mero hacer del «intelectual

125 Francisco Caudet, o.c. Ed. Turner, Madrid, 1975 nota 33, p. 26

126 Hora de España, nº I, Valencia, enero de 1937 (Facsímil). Vol I. Ed. Laia- Topos Verlag, Barcelona-

orgánico». Lo que «en papel» significaba la proliferación, desde los primeros días de la guerra, de toda clase de hojas volantes y revistas cuyo destino era tanto el frente como la retaguardia. Por otra parte –y en su momento lo veremos con mayor amplitud- hay que destacar la voluntad de proyección internacional de la revista, que bien responde al sentimiento y a la convicción de que lo que estaba sucediendo en España entre 1936 y 1939 anticipaba de alguna manera el destino de Europa. El continente, tarde o temprano, tendría que acometer una lucha semejante a la que desgarraba a los españoles. El contexto político de la guerra civil en el escenario internacional es algo que merecerá cierto análisis en la medida que forma parte de la conciencia de este grupo.

Dado, pues, este clima de lo que podemos llamar proliferación de retórica bélica y de encendida propaganda -los «platos fuertes» según el propósito de la revista- surgió pronto en ciertos espíritus inquietos la necesidad de continuar con la labor cultural que la guerra había interrumpido, sin que por esa circunstancia se perdiera en rigor, valor y altura intelectual. Al tiempo que pudieran reunirse toda clase de voces cuyo espectro político bien puede ir desde un liberalismo del tipo de la Revista de Occidente; o bien al estilo católico de Cruz y raya –de algún modo Hora de España fue heredera de las publicaciones de los años 30 y habría que mencionar publicaciones literarias como Caballo verde para la poesía- un republicanismo liberal, el socialismo, o hasta posturas revolucionarias afines al comunismo e incluso al anarquismo, que la revista fue capaz de acoger. Pluralidad que subraya una vez más su independencia y su actitud tolerante con las distintas posturas y matices políticos que se deduce de esto. Ante los acontecimientos derivados del golpe de Estado del 18 de julio de 1936, de algún modo los intelectuales se vieron conminados a «tomar partido», lo que si en ocasiones obligaba a plegarse a ortodoxias políticas en otras –como es el caso- era una decidida voluntad de afirmar la lealtad al gobierno y a la «causa popular» sin abdicar por ello de la elevación cultural.

Confirma esto, e incluso, sorprende que tratándose de una revista que podría calificarse «de guerra», hay una escasa presencia de textos propiamente políticos o bélicos. Bajo la sección de «Testimonio» menudea la descripción de escenas de combate o de épicas resistencias como los bombardeos de Madrid. Por el contrario son el ensayo, el artículo y la creación literaria en todos sus géneros, así como las recensiones y la crítica literaria lo que ocupa el mayor espacio de la revista. Dado el interés de nuestro estudio nosotros nos centraremos fundamentalmente en los ensayos y artículos.

Invariablemente, todos los números de la revista se abrían con la colaboración de Antonio Machado, que siguió dando allí su Juan de Mairena. Cabe recordar que el libro del heterónimo de Machado se publicó en 1936 lo que explica, junto a la honda meditación civil, filosófica y literaria que supone esta obra, su continuación en las páginas de la revista. En el primer número encontramos estas palabras que parecen como si vinieran a completar lo que se decía en el propósito:

«Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario. Sin embrago, no hay guerra sin retórica. Y lo característico de la retórica guerrera consiste en ser ella misma para los beligerantes, como si ambos comulgasen con las mismas razones y hubiesen llegado a un previo acuerdo sobre las mismas verdades. De aquí deducía mi maestro la irracionalidad de la guerra, por un lado, y de la retórica por otro.»127

Una vez más Juan Gil Albert nos da el testimonio de Antonio Machado en Valencia, junto a su hermano José y a su madre, alojado en una casa de campo en Rocafort, pueblo a las afueras de la ciudad a donde acudían los jóvenes de la revista a visitarle y a recoger cada mes su colaboración para la revista:

127 Ibíd. p. 8-9

«Hacia él nos volvimos sin embargo para que presidiera, con su colaboración, cada