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consecuencia, respetable, equivale a cometer la falaqia naturalis­

ta; pero nadie probablemente estaña tentado, a cometerla, a. me­ nos de que algo que fuera respetable; se presentara pomo ley de la naturaleza,. Si se hubiera reconocido con claridad que no hay evidencia en apoyo de que la naturaleza está del lado de lo bue­ no, habría probablemente una menor inclinación a sostener la opinión, que.eii otro terreno es demostrablemente falsa, de que no se requiere tal evidencia. Sería claro que la evolución tiene muy poco qué ofrecer a la ética, si se viera claramente, que am­ bas opiniones son falsas,. .

35. En este; capítulo he iniciado la crítica de ciertas concep­ ciones éticas;que parecen deber su influencia a la falacia natu­ ralista, principalmente; a; la falacia que consiste en identificar la. noción simple que damos a entender con ‘bueno’, con alguna otra. Hay concepciones que pretenden decirnos qué es bueno en sí. Mi crítica de ellas se encamina principalmente (1) 'a extraer el resultado negativo de que no tenemos razón para suponer que lo que ellas declaran ser el único bien lo sea realmente, (2) a ilustrar ulteriormente el resultado positivo, ya establecido en el capítulo i, de que los principios fundamentales de la ética deben ser proposiciones sintéticas, que declaren qué cosas, y en qué grado, poseen esa propiedad simple e inanalizable que puede denominarse ‘valor intrínseco’ o ‘bondad’. E l capítulo se inició (I) con la división de las concepciones criticables en (a) aque­ llas que, por suponer que ‘bueno’ ha de definirse con referencia a 'cierta realidad suprasensible, concluyen que lo único bueno ha de' encontrarse en tal realidad, y pueden llamarse concepciones ‘metafísicas’, y en (b) aquellas que asignan un puesto similar a algún objeto natural, y pueden —en consecuencia— denominar­ se ‘naturalistas’'; De las concepciones naturalistas, la que consi­ dera el ‘placer’ como lo único bueno es la que ha recibido el más amplio y serio tratamiento, y reservamos, por tanto, su examen para el capituló ni. Todas las otras formas de naturalismo pue­ den desecharse en primer término, con sólo tomar ejemplos típi­ cos (24-26). (2): Como concepción típica del naturalismo, dis­ tinta de la del hedonismo, se consideró primero la alabanza co­ mún de lo que es ‘natura?. Se mostró que por ‘natural’, puede darse a entender lo ‘normal’ o lo ‘necesario’, y que no puede seriamente suponerse que ninguno de éstos sea siempre bueno o la única cosa buena (27-28). (3) Pero encontrados un tipo más importante en la ‘ética evolucionista’, porque pretende ser capaz de sistematización. Se ilustró; con el examen de la ética

LA ÉTICA NATURALISTA 55 n ]

de Herbert Spencer, el influjo de la opinión falaz acerca de que 'mejor* significa estar 'más evolucionado’, y se mostró que, si no fuera por el influjo de esta opinión, difícilmente podría darse por supuesto que la evolución tenga alguna conexión im­ portante con la ética (29-34).

Ca p í t u l o I I I

E L HEDONISM O

36. En e s t e capítulo nos ocuparemos con el que es, quizá, el más famoso y más ampliamente propugnado de todos los prin­ cipios éticos: el principio de que nada es bueno sino el placer. La razón principal para tratarlo aquí es que el hedonismo, tal como he dicho, se presenta principalmente como una forma de la ética naturalista. En otras palabras, el que tan generalmente se haya sostenido que el placer es lo único bueno se debe, casi por entero, al hecho de que parezca, en cierta forma, implicarlo la definición de ‘bueno’, indicarlo el mismísimo significado de la palabra. Si es así, entonces, la aceptación del hedonismo se debe principalmente a la comisión de lo que he llamado falacia na­ turalista, a la falla en distinguir claramente esta cualidad única e indefinible que damos a entender con bueno. Tenemos una fuerte evidencia de que es así, en el hecho de que Sidgwiclc, de todos los escritores hedonistas, sea el único que haya claramente reconocido que con ‘bueno’ damos a entender algo inanalizable, y haya sido el único que ha destacado el hecho de que, si el he­ donismo es verdadero, su pretensión de serlo no tiene más base que su propia evidencia, esto es, que se debe mantener que el juicio ‘el placer es lo único bueno’ es una mera intuición. A Sidgwiclc le parece un nuevo descubrimiento que lo que llama ‘método’ del intuicionismo deba conservarse como válido al lado, y como fundamento, de los que llama ‘métodos’ alternativos del utilitarismo y del egoísmo. Que es un nuevo descubrimiento, difícilmente puede ponerse en duda. En hedonistas anteriores no encontramos el reconocimiento, claro y consistente, del hecho de que su proposición fundamental implique el supuesto de que puede directamente verse el que un cierto y único predicado

58 EL HEDONISMO [cap.

pertenezca sólo al placer entre los entes. N o destacan cuán in­ dependiente debe ser esta verdad de todas las otras, cosa que difícilmente habrían dejado de hacer si la hubieran percibido.

Más aún, es fácil ver cómo hubo de asignársele al placer este puesto único, sin tener conciencia clara del supuesto implicado. El hedonismo, por razones suficientemente obvias, es la primera conclusión a que naturalmente llega cualquiera que empieza a reflexionar en la ética. Es muy fácil caer en la cuenta de que nos placen las cosas. Las cosas que gozamos y las que no, constituyen dos clases inconfundibles, a las que constantemente se dirige nuestra atención. Pero es comparativamente difícil distinguir el hecho de que aprobamos una cosa, del de que estamos compla­ cidos con ella. A pesar de que, cuando observamos los dos estados psíquicos, tenemos que ver que son diferentes, a pesar de que generalmente se dan a una, es muy difícil ver en qué respecto son diferentes, o ver que esta diferencia pueda, en alguna cone­ xión, tener más importancia que aquellas tantas otras —tan patentes y, con todo, tan difíciles de analizar— que median entre una clase de goce y otra. Es muy difícil ver que con ‘aprobar’ una cosa, damos a entender un sentimiento que posee un cierto pre­

dicado, a saber, el predicado que define la esfera particular de

la ética, mientras que en el goce de una cosa no queda implicado tal objeto único del pensamiento. Nada más natural que el error vulgar que encontramos expresado en un libro reciente de ética:1 “El hecho ético primario es —como hemos dicho— que se aprueba o desaprueba algo, esto es, para decirlo con otras palabras, la representación ideal de ciertos sucesos en el modo de la sensa­ ción, la percepción o la idea, se presenta acompañada de un sentimiento de placer o dolor.” Dicho en lenguaje ordinario, ‘deseo esto’, ‘me gusta esto’, ‘me importa esto’, se usan constante­ mente como equivalentes a ‘pienso que esto es bueno’. De este modo es muy natural llegar a suponer que no hay distintas clases de juicios éticos, sino sólo la clase de las ‘cosas gozadas’, a pesar del hecho muy claro, si no muy común, de que no siempre apro­ bamos lo que gozamos. Es, claro, muy obvio que del supuesto de que ‘pienso que es bueno’ sea igual a ‘estoy complacido de esto’, no puede inferirse lógicamente que sólo el placer es bueno. Pero, por otra parte, es muy difícil ver qué podría inferirse lógicamente de. tal supuesto. Y parece lo bastante natural que tal inferencia deba ofrecérsenos como aceptable. Bastará un breve examen de lo que se ha escrito corrientemente sobre el asunto, para mostrar

E L HEDONISMO 59 m ]

que esta confusión lógica es una cosa muy común. Más aún, la comisión misma de la falacia naturalista implica que todos aque­ llos que la cometen no reconocen con claridad el sentido de la proposición ‘esto es bueno’, implica que no son capaces de dis­ tinguir esta proposición de otras que parecen asemejársele. Cuan­ do esto ocurre, es, en verdad, imposible que se perciban clara­ mente sus relaciones lógicas.

37. Hay, pues, amplias razones para suponer que el hedonismo es, en general, una forma del naturalismo; que su aceptación se debe generalmente a la falacia naturalista. Sólo cuando la des­ cubrimos y llegamos a percatarnos claramente de ese objeto único que damos a entender con ‘bueno’, estamos autorizados a dar la definición de hedonismo ya utilizada: ‘Nada es bueno sino el placer.’ Puede objetarse, sin embargo, que al atacar esta doctrina bajo el nombre de hedonismo, estoy atacando una doc­ trina que nunca se ha sostenido. Pero es muy común sostener una doctrina sin caer en la cuenta de lo que se sostiene. A pesar de que admito que, cuando los hedonistas arguyen en favor de lo que llaman hedonismo —a fin de suponer válidos sus argu­ mentos—, deben tener en mente algo distinto de la doctrina que he definido, es menester, sin embargo, que deban tener también en mente, a fin de extraer las conclusiones que extraen, esta doctrina. De hecho, mi justificación para suponer que haya refu­ tado al hedonismo histórico, al refutar la proposición ‘nada es bueno sino el placer’, consiste en que, aunque los hedonistas rara vez han establecido su principio en esta forma y, aunque, en esta forma, no se desprende su verdad de sus argumentos, su

método ético, con todo, no se deduce lógicamente de nada. Toda

la pretensión del método hedonista de descubrirnos verdades prácticas que no podríamos conocer de otra manera, se funda en el principio de que el curso de la acción que acarree el mayor saldo de placer es, ciertamente, la correcta. Careciendo de una prueba absoluta de que el mayor saldo de placer coincida siempre con el mayor saldo de otros bienes —prueba que no se ha dado generalmente—, este principio sólo puede justificarse si el placer es lo único bueno. Difícilmente puede ponerse en duda que los hedonistas se han distinguido por razonar, en cuestiones prácticas sujetas a discusión, como si el placer fuera lo único bueno. Que es justificable —por ésta entre otras razones— tomarlo como el principio ético del hedonismo, se hará evidente, como espero, en su examen completo a lo largo del capítulo.

60 EL HEDONISMO [c a p. Por hedonismo, pues, entiendo la doctrina de que sólo el placer es bueno como fin; ‘bueno’, en el sentido que he tratado de mos­ trar como indefinible. La doctrina de que el placer, entre otras

cosas, es bueno como fin no es hedonismo; su verdad no la dis­

cuto. Ni, a su vez, la doctrina de que otras cosas, aparte del placer, sean buenas como medios está en desacuerdo absoluto con el hedonismo. El hedonista no está obligado a mantener que ‘sólo el placer es bueno’, si dentro de bueno incluye, como hacemos generalmente, lo que es bueno como medio para un fin, tanto

como el fin mismo. Al atacar al hedonismo, ataco pura y simple­

mente la doctrina de que ‘sólo el placer es bueno como un fin o en sí mismo’. No ataco la doctrina de que ‘el placer es bueno como un fin o en sí mismo’, ni cualquiera otra acerca de cuáles sean los mejores medios que podamos emplear para obtener placer u otro fin. Los hedonistas, en general, recomiendan un curso de conducta muy similar al que yo recomendaría. No les discuto mu­ chas de sus conclusiones prácticas, sino sólo la mayor parte de las razones en las que parecen creer que se apoyan sus conclusiones. Niego enfáticamente que la corrección de sus conclusiones cons­ tituya ninguna base de donde inferir la corrección de sus prin­ cipios. Siempre puede obtenerse una conclusión correcta por medio de un razonamiento falaz. La vida buena o las máximas virtuosas de un hedonista no hacen presumir, en absoluto, que su filosofía ética sea también buena. Lo que me interesa única­ mente es su filosofía ética. Lo que discuto es la excelencia de su razonamiento,, no la excelencia de su carácter como hombres o incluso como maestros de moral. Puede pensarse que mi dis­ cusión no tiene importancia, pero esto no ofrece base para pensar que no estoy en lo cierto. Lo que me interesa es sólo el conoci­ miento; que pensemos correctamente y lleguemos a alguna verdad, sin que nos importe cuán importante sea. No afirmo que un conocimiento tal nos transforme en miembros más útiles de la sociedad. Si hay alguien que no se preocupe del conocimiento, por lo que toca a sus intereses, entonces, no tengo nada que decirle; sólo que no debe pensarse que la falta de interés, en lo que he de decir, sea una base para mantener su carencia de verdad.

38. Los hedonistas, pues, sostienen que todas las cosas, excepto el placer —sean la conducta, la virtud o el conocimiento, sean la vida, la naturaleza o la belleza—, son sólo buenas como medios para el placer o en razón de él, nunca en razón de ellas o como fines en sí. Esta concepción fue mantenida por Aristipo, el dis­

EL HEDONISMO 61 n i]

cípulo de Sócrates, y por la escuela cirenaica que fundó. Tiene conexiones con Epicuro y los epicúreos. Y, en la época moderna, ha sido sostenida principalmente por aquellos filósofos que se dan el nombre de ‘utilitaristas’; por Bentham, verbi gratia, o por Mili. Herbert Spencer —como hemos visto— afirma también sos­ tenerla. Sidgwick —como veremos— la sostiene igualmente.

Sin embargo, todos estos filósofos, como se ha dicho, difieren más o menos entre sí, tanto en lo que entienden por hedonismo, cuanto en las razones por las que ha de aceptarse como verda­ dera su doctrina. El asunto, por eso, no es tan obvio como pare­ cería a simple vista. Mi objetivo será mostrar muy claramente qué debe implicar la teoría, si es que se precisa y se despoja de todas las confusiones e inconsistencias. Y, una vez hecho esto, me parece que se hará patente que todas las razones dadas en apoyo de su verdad son realmente inadecuadas; que no son ra­ zones para sostener el hedonismo sino sólo otras doctrinas que se han confundido con él. A fin de lograr este objetivo, me pro­ pongo examinar primero la doctrina de Mili, tal como ha sido expuesta en su libro Utilitarianism. En Mili encontraremos una concepción del hedonismo y argumentos en su favor que repre­ sentan, con justeza, los de una amplia clase de escritores hedo- nistas. Contra estos argumentos y concepciones, Sidgwick ha enderezado graves objeciones que me parecen definitivas. Tra­ taré de exponerlas con mis propias palabras y, entonces, proce­ deré a la consideración y refutación de las concepciones y argu­ mentos más precisos propios de Sidgwick. Con esto, creo que habremos recorrido el campo entero de la doctrina hedonista. Se hará patente, en su examen, que la tarea de decidir qué es o no bueno en sí no es de ningún modo fácil. De esta manera, su examen ofrecerá un buen ejemplo del método que es necesario seguir para intentar llegar a la verdad en relación con esta clase primaria de principios éticos. Se hará patente, en particular, que deben tenerse siempre presentes dos principios metódicos: (1) no cometer la falacia naturalista y (2) observar siempre la distinción entre medios y fines.

39. Me propongo, pues, comenzar con el examen del Utilita-

rianism de Mili. Este es un libro que contiene una clara y justa

revisión de muchos principios y métodos éticos. Mili expone no pocos errores simples, muy fáciles de cometer por quienes se acercan a los problemas éticos sin mucha reflexión previa. Pero lo que me concierne son los errores que el mismo Mili parece haber cometido, y ésto sólo en cuanto tienen que ver con el prin-

62 EL HEDONISMO [c a p. ripio hedonista. Permítaseme repetir en qué consiste este principio. Consiste —he dicho— en que el placer es la única cosa a la que debemos tender, la única cosa que es buena en cuanto fin y por mor de ella. Ahora volvamos a Mili y veamos si acepta esta descripción del tema en discusión: “El placer —dice al principio— y la liberación del dolor son las únicas cosas deseables como fines” (p. 1 0 ),2 y una vez más, al final de su argumen­ tación: “Pensar que un objeto es deseable (por lo menos respecto a sus consecuencias) y pensar que es placentero, son una y la misma cosa” (p. 58). Estas proposiciones, tomadas conjunta­ mente, aparte de ciertas confusiones obvias en ellas, parecen implicar el principio que he expuesto. Y, si logro mostrar que las razones en que las apoya Mili no los prueban, deberá admi­ tirse por lo menos que no he estado luchando con espectros o con molinos de viento. *

Debe observarse que Mili añade a ‘placer’ ‘ausencia de dolor*, en su primera proposición, aunque no en la segunda. Hay, en esto, una confusión, de la que, sin embargo, no es necesario ocuparse. Hablaré del ‘placer’ sólo, por mor de la concisión; pero todos mis argumentos se aplicarán a fortiori a ‘ausencia de dolor’. Muy fácil será efectuar las sustituciones necesarias.

Mili sostiene, pues, que “la felicidad es deseable —y la única

cosa deseable— 3 como fin; todas las demás lo son sólo como

medios para alcanzar un fin” (p. 52). A la felicidad la ha ya definido como “placer y ausencia de dolor” (p. 10). No pretende que ésta sea algo más que una definición verbal arbitraria, y en cuanto tal no tengo nada que decir contra ella. Su principio es, pues, que ‘el placer es la única cosa deseable’, si se me permite incluir, cuando diga ‘placer', dentro de esta palabra (hasta donde sea necesario), ‘ausencia de dolor’. Ahora bien, ¿cuáles son las razones para sostener que este principio sea verdadero? Ya nos ha dicho que “las cuestiones acerca de fines últimos no son capaces de demostración directa. Cualquier cosa de la que pueda probarse que es buena, debe serlo mediante la mostración de que es un medio para algo que se admite como bueno sin

prueba alguna” . Estoy perfectamente de acuerdo con esto; el

principal objetivo, sin duda, de mi capítulo i fue mostrar que esto es así. Debe admitirse que todo lo que es bueno como fin es bueno, sin necesidad de prueba alguna. Hasta este punto

2 Mis citas están tomadas d é la 138 edición (1897).

* La edición original dice: . . . or demolishing a man of straw. (Nota del editor.)

EL HEDONISMO

63

III

estamos de acuerdo. Mili incluso usa los mismos ejemplos puestos por mí en el capítulo 11. “¿Cómo es posible —dice— demostrar

que la salud es buena?” En el capítulo iv, en donde se ocupa de la prueba de su principio utilitarista, Mili repite la proposición anterior con estas palabras: “Ya se ha hecho notar que las cues­ tiones acerca de los fines últimos no son susceptibles de demos­ tración en la acepción ordinaria del término” (p. 52). “ Las cues­ tiones acerca de los fines —sigue diciendo— son, en otras pa­ labras, cuestiones acerca de qué cosas son deseables.” Cito estas repeticiones, porque aclaran lo que de otra manera podría ponerse en duda: que Mili utiliza los términos ‘deseable’ o ‘deseable co­ mo fin’ como absoluta y precisamente equivalentes a ‘bueno

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