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Veamos las dos tendencias principales que modelan nuestras reacciones instintivas: deseo y odio. Cuando trabajamos con la mente al nivel de

dhammas, estamos trabajando especialmente con estas dos fuerzas tan

poderosas. Nuestra meta es no sentirnos culpables ni reprimirlas ni aferrarnos a ellas. Nuestro objetivo es desbloquear la energía que reside ahí. Atención a dhammas está trabajando con nuestra mente para que podamos hacer el mayor bien y el menor daño, tanto a los demás como a nosotros mismos.

REFLEXIÓN: Encontrando nuestras necesidades

La mente es inteligente. Está tratando de hacer algo. Con nuestro diálogo interno sobre nuestra carrera profesional, nuestros amoríos o las estrellas de cine, la mente está tratando de —frecuentemente de un modo torpe e incoherente— satisfacer necesidades genuinas. Lo mismo sucede con nuestras fantasías catastróficas, nuestros deseos destructivos y nuestras reacciones a la crítica. Gran parte del sufrimiento que nos causamos nosotros mismos y causamos a los demás es debido a la naturaleza ignorante e inútil de muchas de nuestras estrategias, no por los impulsos subyacentes a ellas. Lo mismo es cierto con respecto a nuestros valores. Usualmente, no sentimos valores de forma directa o no los tenemos claramente articulados. Están influidos por nuestras acciones, palabras y preocupaciones. Pero la forma en que defendemos nuestros valores puede ser torpe, aburrida o intimidante. Nuestras necesidades y valores tienen que ser desentrañados, como si interpretáramos un sueño.

El modelo para explorarlo, lo proporcionó Marshall Rosenberg, el creador de la Comunicación no violenta (CNV). Para Rosenberg, el conflicto entre la gente, así como con uno mismo, es causado por no reconocer la diferencia entre nuestras necesidades y las estrategias que utilizamos para satisfacerlas. Cree que nuestras verdaderas necesidades son de conexión a la vida, universales, y promueven el crecimiento. Pero estas «necesidades» son frecuentemente, en realidad la mayoría de veces, subconscientes. Tienen que ser descubiertas por un examen honesto y, cuando las otras personas están involucradas, con una escucha empática y activa. Esta distinción básica, entre las necesidades y las diversas estrategias que utilizamos para satisfacerlas, es realmente muy útil.

A menos de que reconozcamos las necesidades básicas que impulsan nuestro comportamiento, estamos impulsados a continuar repitiendo nuestro comportamiento —incluyendo aquél que no satisface nuestras necesidades y que nos causa sufrimiento—. Teniendo reconocida la necesidad, encontraremos más fácil deshacernos de una estrategia inútil —un conflicto interior, agradar a la gente, comer muchas galletas—.

Mediante la reflexión, la imaginación y la intuición, trata de obtener un mayor entendimiento de los valores y necesidades que estás tratando de expresar. Entonces, observa si puedes encontrar formas más fructíferas de satisfacer esas necesidades. Todo esto requiere una delicada autoconciencia, que esté en sintonía con los sentimientos, las emociones y las sensaciones corporales. Trata de pensar en la experiencia, no de andarte por las ramas. Observa si puedes detectar bajo tu comportamiento las necesidades que este está tratando de expresar —y entonces trata de encontrar formas más productivas de satisfacer estas necesidades—.

Por ejemplo, si en una de tus meditaciones sigues pensando en un película que has visto, date cuenta de ello y trasciende las imágenes que ves en tu mente hasta el vedana subyacente. Pregúntate: ¿por qué quiero pensar en esta película?, ¿qué hay en ella que me interesa? Pongamos que piensas en ella porque te causa placer. Para usar el lenguaje de la CNV, repasar la película en tu cabeza es una «estrategia», placer es una «necesidad». Por lo tanto, trata de experimentarlo directamente y de satisfacer esa necesidad —en lugar de simplemente fantasear acerca de ella—. Trata de obtener placer en tu experiencia en este momento. La

experiencia directa de placer es intrínsecamente más placentera que pensar en algo asociado con el placer. Es posible que haya muchos aspectos de la película que expresan tus valores —valentía, amabilidad, belleza, goce—. ¿Puedes detenerte y ser consciente de ello?

O quizá estás experimentando pensamientos de enojo con relación a algunos compañeros del trabajo. Quizá no hicieron algo con el suficiente esmero, o no ayudaron a los otros miembros del equipo. Pregúntate qué valores estás tratando de proteger. Quizá valoras la dedicación y el esmero, aprecias la excelencia y el trabajo en equipo. De esta manera, trata de establecer contacto con los valores que subyacen detrás de tu enojo. Trata de experimentar directamente esos valores en tu cuerpo y tu corazón. Entonces, piensa en una estrategia más creativa para expresarlos. ¡Pelearte con tu compañero no va a fortalecer el espíritu de

trabajo! Quizá los dos necesitéis hablar e intentar llegar a un entendimiento más profundo.

Cuando queremos algo intensamente, lo vemos de modo distorsionado. Distorsionamos nuestra percepción de, por ejemplo, la ropa de lujo, las comidas exquisitas o las vacaciones exóticas concentrándonos solo en los aspectos placenteros mientras ignoramos o negamos los desagradables. Hacemos lo mismo con los sueños de éxito, ascenso, fama, dinero e influencia —recordamos la suculenta comisión, pero olvidamos las largas horas enclaustrados en el despacho—. Pasa lo mismo con la gente. Cuando alguien nos atrae profundamente, tendemos a ignorar o a justificar los aspectos que no nos gustan de esa persona. Esto explica las agrias peleas que muchas veces jalonan el final de una relación romántica. Intentamos montar nuestra vida eliminando los trozos de película que no nos gustan, pero, por supuesto, no desaparecen, siguen allí para atormentarnos. Como no vemos las cosas como son en realidad, nos causamos sufrimiento a nosotros mismos y a los demás. Cuanto más distorsionamos las cosas, más dolorosas parecen ser las consecuencias.

Y cuando dirigimos nuestra vida de esa manera, nos olvidamos de la ley de los rendimientos decrecientes. Nos olvidamos que la experiencia del placer pronto se convierte en «dar-por-sentado». Una vez que nuestro placer comienza a bajar, queremos repetirlo, queremos algo más, algo nuevo, y necesitaremos un poco más para que nos proporcione la misma emoción.

A veces somos levemente conscientes de ello, pero tendemos a poner la conciencia a un lado. De hecho, cuanto más queremos algo, más tenderemos a no hacer caso de nuestra conciencia. Podemos llegar al punto de actuar sin tener en cuenta las consecuencias —algunas veces con efectos catastróficos—. En ese estado mental, nuestro deseo es más y más poderoso ante la creencia de que el objeto añorado (pareja sexual, trabajo nuevo, casa nueva) es el único modo de ser feliz. Sentimos que «moriremos si no lo obtenemos». Por supuesto, no pensamos así de manera consciente, pero, en un nivel más profundo, es lo que pasa.

Por ello, parte de nuestra práctica necesita recordarnos que la vida tiene este doble aspecto —un aspecto placentero, que nosotros sobreenfocamos cuando queremos algo, y un aspecto desagradable que tendemos a justificar o a disminuir como si no fuera importante—. Las decisiones fructíferas son aquellas que toman en cuenta ambos aspectos de la vida mental.

El odio es en realidad deseo frustrado. No obtener lo que queremos es doloroso. Es doloroso desde el principio. Nuestra reacción instintiva al sufrimiento es la aversión —desde la frustración y la irritación a un lado del espectro hasta los celos y la rabia al otro—. No queremos sufrir. Queremos liberarnos de lo que pensamos que nos está causando dolor. Para la mayoría de nosotros, gran parte del sufrimiento es social y emocional. Y a la larga, creemos que la aversión funciona. Creemos que, de algún modo, enfurecernos contra de algo pondrá las cosas en su lugar.

Nuestra reacción al sufrimiento es valiosa: si alguien nos pisa, apartamos el pie. Si una avispa se posa en nuestro brazo, rápidamente la alejaremos. La energía de la aversión nos ayuda a actuar. Enfoca nuestra atención y nos mueve. Pasa lo mismo con el sufrimiento emocional. Nos dice cosas importantes acerca de nuestras necesidades y valores. Frecuentemente, nos apunta a un problema que tenemos que resolver —y puede que requiramos toda la energía de nuestra atención para resolverlo—. Quizá necesitamos tener el coraje de levantarnos por nosotros mismos, discutir con alguien, pedir algo o hacer una crítica constructiva. El mismo acto de resolver problemas tiene un aspecto agresivo. La agresividad puede hacernos avanzar hacia nuevos niveles de habilidad o entendimiento. Los atletas la necesitan; los artistas la necesitan; aquellos que practican la vida con atención plena, ciertamente la necesitan.

Pero cuando reaccionamos de ese modo, tendemos a dejar de ver las cosas como realmente son. Mientras que el estado mental en «modo edición» observa el mundo del lado soleado —centrándose en lo que deseamos mientras apartamos lo que no queremos—, con el odio exageramos, agrandamos y sobreenfocamos lo que no nos gusta. A menudo lo hacemos hasta excluir cualquier cosa posible positiva del objeto de nuestro disgusto.

El estado de ánimo negativo consiste en aislar un problema y eliminarlo. Aunque puede ser útil y servir a un propósito, su mecanismo de actuación nos hace obviar soluciones más creativas —tiende a polarizar a la gente y a ponerla a la defensiva—. A menudo significa que no alcanzamos a ver las cosas positivas que alguien está haciendo porque estamos obsesionados con los aspectos en los que no estamos de acuerdo —y esto afectará de manera adversa nuestra capacidad de tomar decisiones bien formadas—.

Tendemos a acumularlo. Vemos a una persona difícil como irremediablemente mala, sin cualidades que se puedan salvar, o hacemos

del objeto de la aversión la causa de la infelicidad. Cuando odiamos a un persona, o simplemente nos disgusta, es casi imposible que veamos algo bueno en ella. Distorsionamos nuestra experiencia centrándonos en aspectos negativos, mientras nos negamos a ver los aspectos positivos. Llegamos al punto de no poder imaginar que pueda gustar a nadie. Y no solo eso, sino que casi deseamos que esos pequeños patrones de comportamiento irritantes aparezcan. Si se presenta alguien que nos disgusta en la oficina, en realidad estamos deseando que se comporte como esperamos. Es un pensamiento constante que comparemos nuestra «rectitud» con la persona que inevitablemente está haciendo algo mal. Una gran parte de cómo creamos nuestro sentido del «yo» es a través de la comparación. El odio, nos dice el Buda, es como meter una mano en el fuego para tomar una brasa y lanzársela alguien. Nuestra intención es lastimar. Pero ese estado mental nos lastima a nosotros. El odio no nos beneficia. Queremos felicidad. Casi todas nuestras acciones tienen esta finalidad. Pero cuando estamos maldiciendo a alguien en nuestra mente, cuando estamos enojados por algo o con alguien, en ese preciso instante, nos estamos lastimando a nosotros mismos.

En Occidente, tendemos a pensar acerca de la ética en términos legales: nuestras acciones son juzgadas, castigadas o recompensadas por algún agente exterior —una actitud consecuente con la creencia en un Dios creador—. Pero en el budismo, el castigo es el crimen. Cuando actuamos con animadversión, rencor, resentimiento o deslealtad, estamos creando nuestra propia infelicidad. No necesitamos algo o alguien que nos castigue —sucede naturalmente—. Es una ley natural, como la gravedad. Esta verdad, tan desafiante por sus implicaciones, es autoevidente. Cuando odiamos a alguien, nuestro deseo, expresado de manera más o menos clara, es verlo eliminado de la superficie del planeta —o por lo menos, tan lejos de nosotros como sea posible—. Y en ese momento, la realidad es que está más cerca de nosotros que nada: es justamente el centro de nuestra mente. Algunas veces nuestros pensamientos negativos son tan compulsivos que pasamos más tiempo pensando en la gente que odiamos que en la gente que amamos.

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