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Educators as Teachers: Practices and Pedagogy and the Development of New

Chapter 2-A Review of the Literature

2.5 Educators

2.5.4 Educators as Teachers: Practices and Pedagogy and the Development of New

Para comprender la relevancia que adquiere la idea de “vida” en los debates en torno a las políticas sexuales contemporáneas, es necesario considerar el contexto general en el que la vida biológica ha adquirido protagonismo dentro del terreno de la política. El enfoque teórico que probablemente más énfasis ha puesto en la relación entre vida y política es el que se conoce bajo el concepto de “biopolítica”. Si bien esta noción ha atravesado por diversas conceptualizaciones teóricas, el desarrollo foucaultiano ha sido uno de los más útiles para analizar las formas que adquiere la vida en su relación con el poder desde encuadres no naturalistas, esencializantes o deterministas (Esposito, 2011; Lemke, 2011). Siguiendo a Paul Rabinow y Nikolas Rose (2006), pese a que suele ser un concepto escurridizo, es posible pensar en la biopolítica como las estrategias y disputas en torno a las problematizaciones de la vitalidad, morbilidad y mortalidad humana, y las formas de conocimiento, regímenes de autoridad y prácticas de intervención sobre estas que son deseables, legítimas y eficaces.

A través del concepto de biopolítica, Michel Foucault (2008a; 2008c) graficó en los años setenta el modo a partir del cual lo político comenzó a ocuparse con cada vez más intensidad por la regulación de la vida biológica durante la modernidad. Según el autor, la administración de la vida y sus procesos, esto es, la salud, la enfermedad, la natalidad, la mortalidad, la longevidad, la esperanza de vida, entre otros, comenzaron a ocupar el centro de las preocupaciones y el cálculo político a partir del siglo XIX. En la modernidad, la política comenzaría a ocuparse de la vida de las poblaciones, del ser humano en tanto especie, transitando desde un poder soberano cuya modalidad se resumía en una política de “hacer morir y dejar vivir” hacia un poder biopolítico orientado a “hacer vivir y dejar morir” (Foucault, 2008c):

Durante milenios, el hombre siguió siendo lo que era para Aristóteles: un animal viviente y además capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente (Foucault, 2008a: 135).

Pero, como indica Vanessa Lemm (2008), el ingreso de la vida bio- lógica en la política moderna no debe interpretarse únicamente como

una nueva modalidad en que los procesos biológicos de las poblaciones entran en la arena de la administración política. Siguiendo a Thomas Lemke (2011), el vínculo que encadena en la modernidad a la vida biológica con la política no se establece en base a una relación jerárquica entre ambos términos, sino en función de una mutua penetración, una relación que gesta una transformación tanto del poder político mismo, como de la biología. Así, según la propuesta teórica de Foucault, en la era de la biopolítica la biología ingresa a la política no solo como metáfora (como lo era la analogía del cuerpo-Estado en Hobbes, por ejemplo), sino bajo la forma de una serie de criterios a partir de los cuales se comienzan a tomar las decisiones políticas. En palabras de Roberto Esposito:

Lo que siempre había sido una metáfora vitalista se torna realidad, no en el sentido de que el poder político pase directamente a manos de los biólogos, sino en el sentido de que los políticos adoptan los procesos biológicos como criterio rector de sus acciones (2011: 179).

El concepto de biopolítica captura el modo en que en la era moderna el saber biomédico va ocupando un lugar cada vez más central en la política, haciendo que las distintas esferas de la vida social como la economía, el derecho, la administración, etc., dependan del bienestar y el desarrollo de las cualidades biológicas de la población (Foucault, 1977). En otras palabras, la biopolítica refleja la emergencia de una política que comienza a ser colonizada por un saber biomédico experto que instituirá los criterios rectores de la gestión de las poblaciones: “la vida se vuelve en todos los sentidos asunto de gobierno, así como este deviene antes que nada en gobierno de la vida” (Esposito, 2009: 197).

En este sentido, la relación que establece la biopolítica entre los dos términos que componen el concepto, vida y política, refleja la emergencia tanto de una vida que empieza a ser gestionada políticamente, como de una política que comienza a ser biologizada (Esposito, 2009). Como indica Thomas Lemke (2011), la vida no es solo el objeto de la política, ni es un componente externo al proceso de toma de decisiones políticas, sino que afecta el núcleo mismo de lo político.

El ingreso de lo biológico en lo político supone la consolidación de una matriz de normalización de los cuerpos y subjetividades: “Una sociedad normalizadora fue el efecto histórico de una tecnología de

poder centrada en la vida” (Foucault, 2008a: 136). El poder que toma a su cargo la vida necesita recurrir a mecanismos de control que vayan más allá de la amenaza de muerte característica del poder soberano y los sistemas jurídicos clásicos. La biopolítica implica, en este sentido, una profundización de las tecnologías de regulación, administración y vigilancia sobre los cuerpos de las poblaciones:

… un poder que tiene como tarea tomar la vida a su cargo necesita mecanismos continuos, reguladores y correctivos. Ya no se trata de hacer jugar la muerte en el campo de la soberanía, sino de distribuir lo viviente en un dominio de valor y de utilidad. Un poder semejante debe cualificar, medir, apreciar y jerarquizar […] realiza distribuciones en torno a la norma (Foucault, 2008a: 136).

Al tornarse la biología el criterio de conducción de lo político, el control del poder/saber sobre la vida se profundiza y expande, generándose las pautas de lo normal y lo anormal, lo natural y lo anti- natural, lo sano y lo patológico. Ya no es la amenaza de muerte que desplegaba la leyen el antiguo poder soberano la que ejerce el control de los sujetos. Ahora es la normala que fija las pautas de lo deseable e indeseable. A través de la norma y de sus técnicas de control y vigilancia médica, epidemiológica, administrativa, etc., es que la biopolítica moderna gestiona la vida de las poblaciones.

Siguiendo esto, la vinculación entre la vida y la política permite observar los modos en los que la biopolítica ha impactado directamente sobre las políticas sexuales modernas. La creciente importancia que adquirió a partir del siglo XIX la vida biológica en el afán de la política por controlar y administrar la natalidad, la salud, la enfermedad, la longevidad, y en su vinculación con las ideas demográficas que conectaban el bienestar nacional y económico con la “calidad” biológica de las poblaciones, indujeron a situar la sexualidad en el centro de la biopolítica moderna. Las tecnologías de la sexualidad instituyen inter- secciones entre el control, la vigilancia y el disciplinamiento de los cuerpos, por un lado, y la gestión biológica de las poblaciones, por otro:

Sobre ese fondo puede comprenderse la importancia adquirida por el sexo como el “reto” del juego político. Se sitúa en el cruce de dos ejes, a lo largo de los cuales se desarrolló toda la tecnología política de la

vida. Por un lado, depende de las disciplinas del cuerpo: adiestramiento, intensificación y distribución de las fuerzas, ajuste y economía de las energías. Por el otro, participa de la regulación de las poblaciones, en razón de todos los efectos globales que induce. (…) El sexo es, a un tiempo, acceso a la vida del cuerpo y la vida de la especie (Foucault, 2008a: 137-138).

La biopolítica se presenta en este sentido como un concepto útil para entender la centralidad que adquieren las disputas políticas en torno a la idea de vida en el mundo contemporáneo, y en particular en las políticas sexuales. Precisamente, la inscripción de la idea de vida en el campo de lo político, entendida como uno de los ejes centrales que han adoptado los movimientos que defienden una moral sexual restrictiva, puede explicarse en este contexto biopolítico. Parafraseando a Foucault, en la era de la biopolítica “[l]a vida, pues, mucho más que el derecho, se volvió entonces la apuesta de las luchas políticas, incluso si éstas se formularon a través de afirmaciones de derecho” (Foucault, 2008a: 137). Así, si una de las características de la biopolítica es la adopción de criterios biológicos por parte del campo de lo político, este concepto permite observar cómo la específica noción de vida sostenida por el activismo autodenominado “Pro-Vida” busca ser inscrita en los procesos de toma de decisión precisamente como un criterio rector de la política sexual contemporánea, disputando otros criterios o comprensiones críticas que subyacen muchas veces a las políticas defendidas por los feminismos y colectivos LGBTI.