• No results found

Effect of control system on energy consumption of central heating system

La visión —un tanto crispada— del existencialismo, se ha quedado en la angustia, el peligro, la necesidad de morir y la noche. Unas cuantas voces aisladas, sin que se les haya prestado la debida atención, señalan la posibilidad de una vida gozosa, de una plenitud diurna, de la alegría sustancial y de la seguridad y plenitud de valor personal a menudo unido con ellas, como "lo más decisivo'5. Pienso en los sentimientos o "talantes elevados" (de Bollnow) y en la

alegría que sobrepasa a la angustia y nos la muestra como inesencial (a la cual se refiere Fritz J. von Rintelen). Lo alegre tiene la profundidad de lo claro, de lo liberador. Toda dicha —que lleva el rasgo de lo permanente- remite a algo valioso. Y "lo valioso en el mundo parece desempeñar el papel del ángel elevador y

arrancarnos a las tinieblas. Los valores finitos, en virtud de su tendencia esencial íntima, remiten a la plenitud ideal del valor de todo valor: "Deus bonus omnis boni". El amor -cumbre de los valores personales— nos lanza hacia la patria eterna del espíritu. ¿Acaso no es alegre el verdadero amor?

En un bello libro, que tuve la honra de prologar, Fritz Joachim von Rintelen, nos ofrece una magistral caracterización de la alegría: "Todo cuanto es grande viene de la alegría, no de la turbación, la melancolía o la opresión; aquélla nos procura la fuerza del alma para sobreponernos a éstas. La alegría es distinta del gozo sensible, como la vivencia de los valores es distinta de la vivencia del placer. Tiene más plenitud de contenido que el miedo, nos distancia de las cosas, permite el despliegue de la mismidad y constituye el íntimo enriquecimiento del hombre. Tiene un carácter eminentemente positivo, liberador y confiado en vez de provocar una reacción de defensa frente i la angustia. Todavía es capaz de cumplir otra función decisiva al hacer posible que el amor se convierta en un valor. El amor posee una fuerza esclarecedora propia —(Agustín, Pascal, Scheler)— que posibilita la penetración profunda, nos abre a los demás hombres y permite a la mismidad alcanzar su meollo más íntimo. Sólo entonces podemos empezar a hablar, con perfecto derecho, de un amor existencial."56 Pero este alegrarse por los supremos valores, nunca es pleno en su "status viatoris". "La alegría remite a la auténtica intemporalidad, al umbral de la trascendencia."57 Es el caso del aforismo nietzscheano: "La alegría quiere la eternidad de todas las cosas: ¡Quiere la profunda eternidad!"58 Detengámonos a reflexionar un momento en esta sentencia de Nietzsche. Si la alegría pide eternidad, es porque la temporalidad punza. Oprime. Algo más: la alegría que vivimos en nuestro "status viatoris" tiene un carácter de preludio, de promesa. Más que alegrarnos en plenitud, esperamos vivir la verdadera alegría.

56 Fritz J. von Rintelen, Humanidad y Espíritu Occidental, pág. 39, Centro de Estudios

Humanísticos de la Universidad de Nuevo León

57 Opus cit., pág. 40.

58 Nietzsche, Asi habla Zaratustra, -El encanto de la embriaguez, XI, pág. 279, Ediciones

En 1921, Max Scheler dio, en el "Almanach des Verlags der Bücherfreunde", un grito de alarma: "La traición a la alegría." Formulaba Scheler en este ensayo —que más tarde recogió en su libro "Amor y Conocimiento"— un cargo contra la tendencia dominante del espíritu alemán en el siglo XIX, que nosotros nos permitimos extender al espíritu general de la época. Un falso heroísmo o una falsa e inhumana idea del deber han pretendido suplantar a la alegría. La espontánea y profunda alegría "brotante" no debe confundirse con la comodidad y complacencia burguesa. El penetrante gozo de la actividad espiritual, que supone una "recta y hermosa configuración del alma" ("eudemonía"), está amparado en Dios. Y esta actividad espiritual no puede ser reducida a meros sentimientos sensibles. "La alegría —observa Max Scheler— es fuente y necesario fenómeno concomitante, no fin y meta de toda vida y todo ser buenos y nobles. Ella es tanto más "profunda" y tanto más indestructible por el destino exterior, cuanto mayor sea el carácter de gracia con que brota de nuestro yo- mismo más central o íntimo. El goce "querido" de los sentidos es siempre ya el signo y la consecuencia de la desventura de los centros más profundos de nuestra alma. Pero la alegría es y seguirá siendo un momento esencial de toda vida y todo ser buenos. "Sólo los hombres felices son buenos", ha dicho acertadamente en una oportunidad María Ebner-Eschenbach."59 Como no hay hombres enteramente felices —comentamos nosotros— no hay hombres enteramente buenos. Sólo Dios es absolutamente bueno y máximamente feliz.

No cabe una eternidad alegre entre las cosas mudables. De ahí esa arrebatada y nostálgica frase del Fausto: " ¡Párate, tiempo, eres tan hermoso…!" (Fausto, I, 1699). Pero el tiempo no se para. Los instantes alegres — "sit venia verbo”— van muriendo. Mucho antes que Heidegger, y con mayor precisión, San

Agustín advirtió: "Desde el instante en que comenzamos a existir en este cuerpo mortal, nunca dejamos de tender hacia la muerte. Esta es la obra de la mutabilidad durante todo el tiempo de la vida (si es que vida debe llamarse): el tender hacia la muerte. No existe nadie que no esté más cercano a la muerte después de un año que antes de él, y mañana más que hoy, y hoy más que ayer, y poco después,

más que ahora, y ahora, poco más que antes. Porque el tiempo vivido es un pellizco dado a la vida, y diariamente disminuye lo que resta: de tal forma, que esta vida no es más que una carrera hacia la muerte."60 ¿Cómo tener alegría en esta carrera hacia la muerte?

Iluminando escatológicamente nuestro destino, podemos llegar a la acción valiosa, a la paz interior y, finalmente, a la alegría ante la muerte. Alegría ante la muerte porque la muerte es, para el hombre bueno, un paso hacia la verdadera vida. El impulso teotrópico de la vida —verdad, amor, bien, belleza— debe triunfar sobre todo lo que se opone a él; error, odio, maldad, fealdad. Vivir teotrópicamente es superarse, sobrepasarse, transmundanizarse. Sólo con este vivir teotrópico me explico la frase del poeta Gauthier Ferrieres (muerto durante la guerra de 1914- 1918): "Espero la muerte y es la muerte quien me ayuda a vivir."

Hablo de una alegría profunda, no bullanguera, ante la cercanía de la muerte. Porque la idea de la muerte es una compañera austera, no frívola, del hombre. Pero se trata de una compañía bienhechora y segura que ilumina nuestro destino. Se trata de una libre y cordial adhesión a los designios del Señor de la vida y de la muerte. Se trata de un homenaje amoroso a la soberanía de Dios. "Si la muerte nos aterra en su desnudez austera, miremos al amor que puede transfigurarla y hacer de ella la hora más hermosa y, sobre todo, la más rica de nuestra vida", ha dicho H. Perreyve. ("Elevations, prieres et pensées", recogido por Claudio Peyroux, p. 54) Para el impulso teotrópico de la vida la muerte no es una frustración sino un cumplimiento, una transfiguración. Oigamos al poeta Michel Moncarey:

Todo el pasado se hunde; y es un placer intenso saber que para mí el mundo todo ha huido y cual pájaro joven, al pie de viejo nido,

siente mi alma dos alas, que anhelan cielo inmenso. Se acabó el arrastrar el cuerpo con dolor,

60 San Agustín, La Ciudad de Dios, XLII, 10, pág. 871, Editorial bilingüe, Biblioteca de

se acabó de luchar, cesaron las alarmas. Puede al fin deponer la voluntad las armas, y el corazón al fin lanzarse hacia el Amor.

("Mi Muerte.”)

Capítulo 5