7.3 Sensitivity analysis
7.3.6 The effect of ESD rating on load cycle
Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Y cuando Pedro subió a Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión, diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos? Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido, diciendo: Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión; algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. Cuando fijé en él los ojos, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. Y he aquí, luego llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: ¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida! (11:1-18)
Mientras Pedro aún estaba ministrando en Cesarea, la noticia de los extraordinarios sucesos que habían ocurrido llegó a la comunidad de Jerusalén. Lucas nos informa que el resto de los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea oyeron que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. En consecuencia, cuando Pedro subió a
Jerusalén, disputaban con él los que eran de la circuncisión, diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos? La frase los que eran de la circuncisión parece describir a los creyentes judíos
que conformaban la comunidad de Jerusalén (cp. Hch. 10:45). Asustados por las consecuencias sociales evidentes, muchos no dudaron en sostener que si los gentiles iban realmente a vivir como cristianos, primero tendrían que convertirse en prosélitos (cp. Hch. 15:5). Muchos aún estaban celosos de la ley y las costumbres judías. El templo era su principal lugar de reunión. No es de extrañar que mostraran su desacuerdo con Pedro, diciéndole indignados: has
entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos. Reconocer que Jesús era su Mesías y Señor era
una cosa, aceptar que Él era igualmente Señor de gentiles era otra.
En lugar de ponerse a reprocharles acaloradamente sus prejuicios, Pedro simplemente relató los extraordinarios acontecimientos que llevaron a la conversión de los gentiles (Hch. 10:1-48). Comenzó a contarles por orden lo
sucedido, diciendo: Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión; algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. Cuando fijé en él los ojos, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. Y dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda entró jamás en mi boca. Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. Y he aquí, luego llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un varón, quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel, que se puso en pie y le dijo: Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo.
Pedro entonces concluyó su reiteración y resumen (v. 17) con la intencionada observación: Si Dios, pues, les concedió
también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios? ¿Quién desea polemizar con lo que el Señor ha hecho? Era incuestionable que Dios estaba salvando a los
gentiles, como lo evidencia la venida del Espíritu Santo con el mismo fenómeno vinculado en Pentecostés. En el recuento que Pedro hiciera de los acontecimientos, los judíos debieron haber observado dos puntos clave. Primero, que el apóstol no actuó solo sino que llevó consigo a seis hermanos de la iglesia en Jope. El testimonio de ellos, además del de Pedro, hizo el caso aun más convincente. Segundo, lo que sucedió en la casa de Cornelio encajaba con las Escrituras. Pedro les recordó a sus acusadores lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, mas
dicho el más grande profeta de todos (cp. Hch. 1:5). Los fenómenos milagrosos que señalaban la llegada del Espíritu Santo, el testimonio de corroboración por parte de testigos poco comprensivos pero confiables, y la promesa de las Escrituras declarada por el Señor mismo fueron suficiente evidencia para acallar las protestas. Cuando los acusadores de Pedro oyeron estas cosas, callaron. Difícilmente podían discutir con el Espíritu Santo, con el testimonio de siete testigos, o con las Escrituras. La realidad de que los judíos llegaran a admitir que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida fue una de las admisiones más increíbles en los anales de la historia judía. Porque a menos que los cristianos hebreos comprendieran eso, nunca habrían comenzado la tarea de evangelizar a los gentiles.
Este fue el inicio del esfuerzo divino por sentar las bases de la primera iglesia gentil. Al menos siete años transcurrieron desde Pentecostés hasta la fundación de esa iglesia en Antioquía. Hubo varios motivos para dicha tardanza. Primero, la autoridad apostólica debía establecerse. Se necesitó tiempo para que los creyentes se cimentaran en la enseñanza de los apóstoles (cp. Hch. 2:42) y para desarrollar líderes. Durante esos siete años, los apóstoles establecieron el fundamento doctrinal de la Iglesia. Segundo, fue necesario llevar a los creyentes individuales a un nivel suficiente de madurez antes de poderlos enviar. Creyentes inmaduros no serían misioneros eficaces. Tercero, se necesitaba tiempo para derribar los arraigados muros de prejuicios. Eso se estaba comenzando a lograr (cp. Gá. 2:11-14), por lo que era el momento de dar a luz a la iglesia en una tierra gentil y pasar a la última fase del plan de nuestro Señor a fin de evangelizar “hasta lo último de la tierra” (Hch. 1:8).
ORIGEN
Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor. (11:19-21)
Este pasaje empieza donde quedó 8:4, analizando el efecto de la persecución que hubo con motivo de Esteban. Dicha persecución, dirigida por Saulo de Tarso, esparció por todas partes a la comunidad de Jerusalén. Aunque algunos fueron a Samaria (8:5, 25) y Cesarea (8:40; 10:24ss), Damasco (9:10), Lida, Jope y Sarón (9:35-36), al mismo tiempo en el lejano norte comenzaba a plantarse una iglesia entre gentiles. Algunos de los judíos esparcidos pasaron hasta Fenicia,
Chipre y Antioquía. Fenicia era la región costera inmediatamente al norte de Judea, donde estaban situadas las
ciudades de Tiro y Sidón. Desde allí podían embarcarse hacia la importante isla de Chipre, a cien kilómetros de la costa. También podían subir por la costa hacia Antioquía, a trescientos kilómetros aproximadamente al norte de Sidón.
Adondequiera que iban, los refugiados que salieron de Jerusalén no hablaban a nadie la palabra, sino sólo a los
judíos. Ellos no pudieron haber sabido que el evangelio se había extendido a los gentiles, ya que huyeron de Jerusalén
antes de que ese fenómeno ocurriera. Al faltar el conocimiento de tal precedente, los esparcidos seguían suponiendo que el evangelio solo era para el pueblo judío.
Sin embargo, con el tiempo ese molde para la iglesia se rompió. Había entre ellos unos varones de Chipre y de
Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Siendo judíos de habla griega, predominantemente de regiones gentiles, estaban más abiertos a predicar a
los gentiles que los judíos palestinos nativos. A través de sus esfuerzos nació la primera iglesia gentil.
Antioquía era una de las principales metrópolis antiguas, la tercera más grande del Imperio, detrás únicamente de
Roma y Alejandría. Antioquía se destacaba por su cultura y comercio, ya que la cruzaban muchas rutas comerciales romanas. El escritor romano Cicerón la describió como un lugar de hombres cultos y estudios liberales. También era un lugar vil, lleno de adoración pagana e inmoralidad sexual. Cuando el escritor satírico romano Juvenal quiso lanzar una puya a Roma, escribió que el río Orontes (cerca de Antioquía) vació su basura en el río Tíber (cerca de Roma). La desenfrenada prostitución del templo de Dafne estaba a solo ocho kilómetros de distancia.
Parece obvio que los griegos estaban anunciando el evangelio del Señor Jesús, junto con los hechos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, como Pedro lo había hecho con Cornelio y su casa. Haberlo presentado como el Mesías judío habría tenido poco significado para audiencias predominantemente gentiles.
En el Antiguo Testamento, la frase la mano del Señor tenía dos significados. En primer lugar, indicaba el poder de Dios expresado en juicio (cp. Éx. 9:33; Dt. 2:15; Jos. 4:24; 1 S. 5:6; 7:13). También se refería al poder de Dios
expresado en bendición (Esd. 7:9; 8:18; Neh. 2:8, 18). En este caso se relacionaba con la bendición de Dios, por lo que
gran número creyó y se convirtió al Señor. Una vez más, como casi en todos los lugares en que se predicaba a
Jesucristo, la respuesta fue fabulosa (cp. Hch. 2:47; 4:4; 5:14; 6:1, 7; 9:31, 35, 42; 11:24; 14:1, 21; 16:5; 17:12). Gran cantidad de personas no solo creyó intelectualmente sino que también se convirtió de sus pecados al Señor (cp. 1 Ts. 1:9). Como siempre, creer es algo inseparable del arrepentimiento que se manifiesta en una vida cambiada.
CRECIMIENTO
Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Porque era varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Y una gran multitud fue agregada al Señor. Después fue Bernabé a Tarso para buscar a Saulo; y hallándole, le trajo a Antioquía. Y se congregaron allí todo un año con la iglesia, y enseñaron a mucha gente; y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía. (11:22-26)
Ni la salvación del eunuco etíope ni la de Cornelio y su casa prepararon a los creyentes de Jerusalén para las ampliamente generalizadas conversiones de gentiles en Antioquía. Cuando llegó la noticia de estas cosas a oídos de la
iglesia que estaba en Jerusalén, decidieron mandar un representante para que investigara. Por tanto, enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Bernabé apareció por primera vez en el capítulo 4, cuando vendió una propiedad
para suplir las necesidades de otros creyentes. Por medio de su influencia, finalmente la iglesia de Jerusalén aceptó a Pablo (Hch. 9:27). Él era un maestro dirigente en la iglesia y un hombre amoroso, tierno y generoso, de acuerdo con su nombre, que significa “hijo de consolación”.
La elección de un representante era crucial. Enviar a un individuo rígidamente legalista pudo haber sido desastroso. Sin embargo, Bernabé contaba con los requisitos necesarios para el trabajo. El versículo 24 lo describe además como
varón bueno, y lleno del Espíritu Santo y de fe. Poseía las cualidades espirituales indispensables para quien iba a
discernir lo que estaba sucediendo.
Bernabé también era el hombre indicado para ser enviado porque, así como algunos de los fundadores de la iglesia en Antioquía, era judío chipriota (4:36-37). No lo irían a señalar como un extraño sino como uno de ellos.
La gracia de Dios puede ser invisible, pero sus efectos se ven fácilmente. Cuando Bernabé llegó a Antioquía y vio la
gracia de Dios por medio de la cual esos gentiles se habían salvado, se regocijó. Otros judíos pudieron haberse
disgustado por la conversión de gentiles, pero no Bernabé. Ver almas gentiles perdidas añadirse al reino le produjo inmenso gozo.
Después exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor. Esa exhortación refleja la preocupación que todo pastor siente por los nuevos convertidos a fin de que estos continúen en la fe. En Hechos 13:43, Pablo y Bernabé animaron a nuevos creyentes “a que perseverasen en la gracia de Dios”. En 14:22 exhortaron a los cristianos de Listra, Iconio y Antioquía “a que permaneciesen en la fe”. La única manera de permanecer fieles al Señor es continuar en su Palabra, donde Él se le revela al creyente. El apóstol Juan escribió: “Lo que habéis oído desde el principio, permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1 Jn. 2:24). Jesús declaró: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Jn. 8:31). Es por medio de la Palabra que el Espíritu Santo, verdadero maestro interior (1 Jn. 2:27), instruye a los creyentes. Una vez más, Lucas narra el progreso de la iglesia en expansión mediante la actualización de su crecimiento. A través del persistente ministerio en Antioquía, una gran multitud fue agregada al Señor. La cosecha era demasiado grande para que Bernabé la manejara solo, así que buscó ayuda. Inmediatamente pensó en el mejor hombre posible para la tarea, y fue a Tarso para buscar a Saulo. Sin embargo, encontrarlo no fue algo fácil. Habían pasado varios años desde que Saulo huyera de Jerusalén hacia su hogar en Tarso (Hch. 9:30). Al parecer lo habían desheredado por sus creencias cristianas (Fil. 3:8) y lo obligaron a salir de su casa. Anazeteō (buscar) sugiere una indagación laboriosa de parte de Bernabé. Los lexicógrafos griegos Moulton y Milligan informaron que anazēteō se usaba “específicamente con relación a la búsqueda de seres humanos con una insinuación de dificultad” (citado en G. Abbott-Smith, A Manual Greek Lexicon of the New Testament [Manual griego del léxico del Nuevo Testamento] [Edinburgh: T. & T. Clark, 1977], p. 29). Finalmente Bernabé se encontró con Saulo, y hallándole, le trajo a Antioquía. Estos dos hombres dotados formaron un poderoso equipo ministerial. Enfrentaron la desalentadora tarea de pastorear a gran cantidad de nuevos creyentes en un ambiente pagano hostil. Para eso se congregaron allí todo un año con la iglesia, tiempo durante el cual enseñaron a
mucha gente. A diferencia de muchos en la iglesia de hoy, ellos sabían que la necesidad más urgente de esos nuevos
creyentes era que se les enseñara la Palabra de Dios. Bernabé y Saulo hicieron precisamente eso en grandes reuniones de creyentes en Antioquía.
La Iglesia contemporánea debería seguir el ejemplo de estos hombres. La enseñanza de la Palabra de Dios es fundamental para el ministerio de la Iglesia. Los apóstoles en Hechos 6 clarificaron que esta es la prioridad máxima de los líderes de la iglesia. Bernabé y Saulo hicieron bien su trabajo. Es probable que los líderes de la iglesia en Antioquía mencionados en el capítulo 13 fueran sus discípulos.
Después Lucas añade la acotación histórica de que a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en
Antioquía. El término significa “del grupo de Cristo” y se utilizaba en tono de burla. Pedro animó a todo aquel que
sufría “como cristiano” a que “no se avergüence, sino [que] glorifique a Dios por ello” (1 P. 4:16). Sin embargo, el que fue un término de burla pronto se convirtió en una insignia para la iglesia primitiva. El historiador Eusebio narra el relato de una mártir, quien replicó a las preguntas de sus torturadores diciendo simplemente: “Soy cristiana” (Historia
eclesiástica V, I [Barcelona: Clie], p. 162).
GENEROSIDAD
En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea; lo cual en efecto hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo. (11:27-30)
La primera iglesia gentil no solo era sana en doctrina sino también fuerte en amor. En aquellos días unos profetas
descendieron de Jerusalén a Antioquía llevando preocupantes noticias. El término profetas no se refiere a personajes del Antiguo Testamento como Isaías o Juan el Bautista sino a los predicadores del Nuevo Testamento (cp. 1 Co. 14:32; Ef. 2:20). Uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada. Igual que los apóstoles, los profetas no fueron una orden permanente. Después de cumplir su propósito fundamental desaparecieron gradualmente del escenario para ser reemplazados por los evangelistas y pastores-maestros (Ef. 4:11). La profecía de Agabo sucedió en tiempo de Claudio (41-54 d.C.). En los años 45-46 se experimentó gran hambre en Israel. Varios escritores antiguos atestiguan este hecho, entre ellos Tácito (Anales XI.43), Josefo (Antigüedades XX.ii.5), y Suetonio (Claudio 18).
La respuesta de la iglesia en Antioquía a la solicitud de dinero para ayudar a los creyentes en Judea fue inmediata.
Cada uno conforme a lo que tenía, los discípulos determinaron enviar socorro a los hermanos que habitaban en Judea. Decididos a ayudar a la iglesia madre en Jerusalén, los cristianos en Antioquía les enviaron socorro. Muy
parecida a la generosidad de la iglesia en Jerusalén (Hch. 4:34-35) fue esta expresión de amor por parte de sus hermanos gentiles. Cada uno dio conforme a lo que tenía, y la iglesia envió la contribución a Jerusalén por mano de sus dos mejores hombres: Bernabé y de Saulo. El regreso de ellos a Jerusalén se observa en Hechos 12:25. La etapa final de la orden del Señor registrada en Hechos 1:8 se había alcanzado. La iglesia, originalmente judía, se había expandido de Jerusalén y Judea a Samaria y los gentiles en los confines de la tierra. La iglesia en Antioquía, que