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Chapter 5: Effect of process parameters on bubble sizes

5.2 Experimental

5.3.3. Effect of parameters’ interaction on bubble size

nemos de esta manera, no sea todavía sino nuestro bien particular, no deja de ser un inmenso progreso sobre el estado primitivo en que no existe esta idea.

La observación y la experiencia de lo que pasa perpetuamente en nosotros, hace también comprender a la razón, que la satisfacción completa de la naturaleza humanas es imposible, y que por consiguiente es una ilusión contar con el bien completo; así como también, no podemos ni debemos pretender sino el mayor bien posible, es decir, la mayor satisfacción posible de nuestra naturaleza. Elévase ella pues de la idea de nuestro bien a la de nuestro mayor bien posible.

Pero la razón no se detiene aquí; comprende también que en la condición a que está el hombre sujeto naturalmente, el imperio sobre sí mismo o el gobierno por el hombre de las facultades o sea de las fuerzas que hay en él, es condición sin la cual no puede llegar a la mayor satisfacción posible de su naturaleza. Con efecto, en tanto que nuestras facultades están abandonadas a la inspiración de las pasiones, obedecen siempre a la pasión actualmente dominante, lo cual tiene un doble inconveniente. Y en primer lugar, no habiendo nada más variable que la pasión, el dominio de una pasión se reemplaza al instante por el de otra, de manera que bajo el imperio de las pasiones, no hay ninguna consecuencia posible en la acción de nuestras facultades, y por lo mismo, nada apreciable producen. En segundo lugar, el bien que resulta de la satisfacción de la pasión actualmente dominante, es a menudo la fuente deun gran mal, y el mal que resultase de su no satisfacción sería con frecuencia el principio de un gran bien; de manera que nada es menos a propósito para producir nuestro mayor bien que la dirección de nuestras facultades por las pasiones. E sto es lo que no tarda en descubrir la razón, infiriendo de aquí que para llegar a nuestro mayor bien posible, sería mejor que la fuerza humano no quedase entregada al impulso mecánico de las pasiones; sería mejor que en vez de ser obligada por su impulso a satisfacer a cada momento la pasión actualmente dominante, se librase de este impulso y se dirigiese exclusivamente a la realización del interés calculado y bien entendido de todas nuestras pasiones, es decir del mayor bien de nuestra naturaleza.Pues este mayor bien que nuestra razón concibe, concibe que está también en nuestro poder realizarlo. Depende de nosotros calcular el mayor bien de nuestra naturaleza; basta emplear para ello nuestra razón; y depende también de nosotros apoderarnos de nuestras facultades y emplearlas en servicio de esta idea de nuestra razón. Porque tenemos este poder, nos ha sido revelado, y lo hemos sentido en el esfuerzo espontánea por el cual para satisfacer la pasión, concentramos sobre un punto todas

las fuerzas de nuestras facultades. Lo que hasta aquí hemos hecho deun modo espontáneo, basta hacerlo voluntariamente, y se creará el poder de la voluntad. Desde elmomento en que se concibe esta gran revolución, se ejecuta. Un nuevo principio de acción se levanta entre nosotros; el interés bien entendido, principio que no es ya una pasión, sino una idea; que ya no sale ciego e instintivo de los impulsos de nuestra naturaleza, sino que desciende inteligible y motivado de los impulsos de nuestra razón; principio que no es ya un móvil, sino un motivo. Hallando un punto de apoyo en estemotivo, el poder natural que tenemos sobre nuestras facultades se apodera de éstas, y esforzándose a gobernarlas en el sentido de este motivo, comienza a ser independiente de las pasiones, a desarrollarse y a afirmarse. Desde entonces, la fuerza humana se sustrae al imperio inconsecuente, variable y turbulento de las pasiones, y se somete a la ley de la razón, calculando la mayor satisfacción posible de nuestras tendencias, es decir nuestro mayor bien, esto es, el interés bien entendido de nuestra naturaleza.

Hemos dicho que el estado egoísta es intermedio entre el apasionado y el moral. En la descripción que antecede, aparece sólo en la región en que se avecinda al último. El interés puede calcularse más o menos bien; cuando este cálculo es imperfecto, violamos el orden en provecho de un apetito; cuando es feliz, aceptamos el orden en provecho de nuestros apetitos moderados y conciliados, como lo explica el autor que acabamos de copiar. Pero en todo caso, siempre en este estado es la satisfacción personal la que buscamos, mediante un cálculo, ora sea que violemos el bien general, ya sea que lo beneficiemos. La “satisfacción personal”, bien o mal entendida, tal es el carácter distintivo del estado egoísta.

En resumen: el estado apasionado es el punto de partida de nuestra evolución moral.

En el estado apasionado puede cumplirse la ley, o sea realizarse el orden, por el impulso ciego de privilegiadas inclinaciones.

En el estado egoísta se cumple la ley por consideraciones interesadas.

En el estado moral se cumple la ley por aceptación voluntaria del deber.

70 ESTUDIO SOBRE EL UTILITARISMO

El hombre apasionado a nadie sirve; la pasión lo domina, no hay allí voluntad ilustrada, ni orden moral.

El egoísta obra racionalmente; pero su razón no es sino administradora de sus pasiones. Se sirve a sí mismo por gusto, no por deber. No tiene la verdadera idea del deber. Sus acciones no son meritorias, porque nadie está obligado a pagarle lo que no le debe; y nadie le debe, porque él todo lo que hace es en su provecho propio. No hay allí deber, no hay mérito; en fin, no hay orden moral.

El hombre verdaderamente moral, no sólo procede por instinto, no sólo consulta el interés, sino que sirve también a la ley; la reconoce santa, la acepta, la cumple. La ley le debe sus servicios. Pero esa ley, corno veremos luego, es Dios mismo Dios pues le pagará esos servicios.

CAPITULO VIII

ESTADO MORAL

El utilitarista admite el estado egoísta, cuya descripción antecede, no sin incurrir en dos errores sustanciales: lo primero, no distingue este estado del apasionado; lo segundo, le considera como el non plus ultra de nuestra conducta, como su evolución definitiva, como el estado moral por excelencia. Error: las ideas de justicia, virtud, perfección pertenecen a una región más pura. A un hombre que calcula bien sus intereses le llamamos hábil, no virtuoso. ¿Cuál es pues el estado moral? Ensayaremos delinearlo.

El hombre no puede circunscribir su pensamiento a la evolución que en sí mismo se realiza; piensa también en el espectáculo que le rodea. Y así como comprende que los fines parciales, objetos de sus tendencias y aspiraciones, son integrantes de un fin total, así mismo puede llegar a comprender que este orden total, este fin íntegro de su existencia individual, concurre a la realización de un orden más vasto, a la consecución de un fin más general. Este orden o plan general existía antes que él apareciese en la escena. Adquirida esta noción, comprende que ni en su estado primitivo por sus tendencias naturales, ni en el egoísta por la dirección ordenada de dichas tendencias, desempeñaba cumplidamente su papel; ahora, ante su razón ilustrada, sus facultades se ensanchan, sus obligaciones se amplían. Conociéndose inteligente y libre, ve que puede cumplir o dejar de cumplir el papel que le toca: es miembro de una comunidad, a quien se ha dicho: “Vea usted lo que pasa, y ayude en lo que le corresponde”. En este momento aparece la idea del mérito, condición atractiva resultante de ver lo que se debe y resolverse en el mismo sentido; la de demérito, la repulsiva resultante de ver lo que se debe, y resolverse en sentido opuesto; y de ahí las demás nociones mora-

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VIII. ESTADO MORAL 73

les: virtud, justicia, rectitud, moralidad, las cuales entre sí, por una parte, lo mismo que por otra sus contrarias, vicio, injusticia, inmoralidad, sólo se diferencian en grado y aplicación, derivándose todas, como de una fuente común, de la primera idea del estado moral, es a saber, la concurrencia voluntaria a la realización del bien. Tal es el primer horizonte del estado moral.

Tan cierto es que estas ideas se generan así, que no creemos responsable de sus actos al bruto, por falta de los dos elementos razón y libertad; ni de una mala obra al hombre que la hace sin conocimiento de causa, por ausencia del primer elemento: el acto intelectual; ni de un mal pensamiento, al que lo tiene inopinadamente, por ausencia del segundo elemento: el asenso de la voluntad. Según esto, un carácter bueno, noble, produce actos meritorios, no tanto por haber sido privilegiado por la naturaleza, cuanto porque su dirección y definitiva conformidad con el bien ha dependido de libres esfuerzos personales.

Deber y derecho son ideas afines de las que acabamos de explicar. Entendemos por deber el haber uno de prestar algo, pudiendo no prestarlo, en realización del bien; derecho, el haber uno de recibir algo en el mismo sentido. El padre se cree llamado a alimentar, y educar a los hijos, manteniendo así el orden de la familia, y por su medio, el de la sociedad: éste le es un deber; reclama al mismo tiempo cooperación del hijo en obediencia y respeto: éste le es un derecho.

Tal es la generación de las ideas derecho y deber; como que allí desaparecen donde no vemos los elementos razón y libertad en los agentes, y orden preestablecido en sus relaciones. Derecho en sentido más lato se toma por la facultad de realizar el bien, o sea la evolución legítima de la humana actividad1.

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1 Derecho en moral significa especialmente la facultad interna; en jurisprudencia, la

realización externa. Estas dos nociones, aunque distintas, están íntimamente relacionadas. El moralista define la justicia; eljurista su cumplimiento.

El conocimiento profundo de estas verdades es en el hombre un motivo poderoso para reformar y dirigir su conducta.Penetrado de su destino, en general, lo primero alo que aplica la noción de deber así adquirida es a conocer las leyes a cuyo cumplimiento va, por libre elección, a concurrir, como otros seres concurren por impulso inevitable, fatal. Trata pues de perfeccionar las ideas primero confusas del bien y del mal, esfuerzo que conceptúa como un deber. El empeño que aún algunos utilitaristas toman por fijar la esencia del bien, está indicando claro que la realización de éste por la cooperación voluntaria del individuo, se presenta al entendimiento como la primera y más obligación.

Así pues, la noción del deber y su aceptación voluntaria es lo caracteriza la esfera moral.

Hemos dicho en otro lugar que la moral se compone de principios connaturales2 y de ideas adquiridas. Demos nueva luz a

este pensamiento. Todos poseen el principio del deber, pero no todos se forman una misma idea de las aplicaciones de aquel principio, o sea, de sus deberes especiales. Aquél es connatural, ésta adquirida. No obstante, la adquisición de ésta, como acabamos de explicar procede de aquél; porque es el principio connatural el que nos enseña que debemos cumplir nuestros deberes y por lo mismo investigarlos, para poderlos cumplir. En el hecho de investigar nuestros deberes, cumplimos nuestro deber. Sabemos a virtud de aquel principio, o lo que es lo mismo, por ley natural, que debemos cooperar a la realización de la justicia, del orden natural. Pero ¿quién nos dice cuál es el orden natural? El estudio, la ciencia. Así el principio religioso, connatural, del deber sirve de cimiento a la ciencia de los deberes. Puede haber un hombre moral ignorante y uno inmoral sabio, quien cumpla su deber sin conocer bien sus deberes, y quien sabiéndolos, no los cumpla. Por esto dice Fichte con mucha razón, en nuestro juicio: “No hay más que un deber fundamental y es procu-

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rar uno cumplir su deber”. La fórmula parece paradójica, pero es exacta. Como se ve, en lo moral, la intención sana es lo principal; la exactitud científica, lo accesorio.

El deber es, pues, quien nos hace conocer y cumplir nuestros deberes. Sin aquél principio, la idea de éstos perdería su valor, desaparecería. Y con todo, el principio del deber y la ciencia de los deberes no son una misma cosa. Valiéndonos de una comparación ya empleada a otro respecto, podemos decir que aquel principio se ingiere en esta ciencia sin absorberla, como en el cuerpo humano el sistema: nervioso se ingiere por medio de

filamentos en los otros sistemas:

Pongamos un ejemplo. ¿Qué diferencia moral hay entre pasión y prostitución?. Mal puede el utilitarista explicarlo

satisfactoriamente: las causas, como arriba manifestamos, no pueden derivar carácter de sus consecuencias; éstas lo derivan de aquéllas. Pues bien, es lo cierto que naturalmente, ignorando resultados, nos inclinamos a reprobar el goce sin pasión, lo juzgamos una degradación, una indignidad. Estos calificativos entrañan una significación que descubrimos desde un principio más o menos confusamente. La razón ilustrada descubre más a fondo la base de un fallo tan severo como justo. El placer, se dice, es un don del objeto amable: he aquí una ley; el disoluto hace al objeto amable ministro del placer, luego trastorna el orden, viola el pensamiento divino. El amor de lo bello, de lo noble, de lo bueno, es una relación natural, tanteo más perfecta cuanto más directa y estable; el amor de la entidad placer es una relación artificial, violatoria de la primera. El hombre sencillo ama el objeto amable como objeto exterior distinto de él mismo; el hombre depravado despoja de su afecto al objeto externo para ponerlo en sí mismo, supuesto que el placer, a que se convierte, es una abstracción sacrílega que no tiene más realidad que sensaciones propias suyas, fenómenos puramente sujetivos. Ahora bien: mediante consideraciones como éstas es como llegamos a comprender toda la deformidad del hecho; pero al reprobarlo moralmente, al evitarlo, no obedecemos a esta

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análisis sino al principio inmanente del deber, a quien ella sirve. La doctrina utilitaria, según esto, es una doctrina altamente inmoral cuando sustantivando al placer, que no essino un complemento del bien, lo coloca en lugar de éste, ofreciéndole así divinizado, como objeto de nuestro culto: “Y del RESIDUO labró un dios y lo adoró”3.

Opuesto a esta impía violación, el pensamiento moral que admira y respeta el orden, la ley divina, inspira los más bellos sentimientos. El hombre de elevadas ideas ve en la mujer amada no sólo una presunta consorte, sino su predestinada compañera; se hace de su amor un deber; lo ennoblece y espiritualiza. Dios ha presidido a su amor, Dios lo favorece y lo consagrará. Hay algo de misterioso y santo en sus sentimientos, nacido todo de la idea más o menos embellecida, del orden y el deber. Muestras de este noble espiritualismo abundan en la poesía cristiana.

Para mejor patentizar la distinción entre el estado egoísta y él moral, observaremos que en el primero el hombre funciona dentro de su existencia, digámoslo así, individual, que es propiamente su yo; en el segundo, dentro de la esfera de su persona moral, que propiamente no es su yo. Expliquémonos. El hombre se siente a sí mismo; pero ¿qué es ese él mismo, ese yo que siente? Un individuo, un ser no clasificado, dotado de poderes y necesidades solitarias; armonizarlos y satisfacerlas es proceder en sí y para sí. Pero ¿a eso nos limitarnos? No, no sólo procedemos como seres no clasificados; procedemos también como hombres; como sujetos a deberes genérales. Ahora bien, si es cierto, como observa un comentador de Bentham ya citado, que “en la naturaleza no existen sino seres individuales; siendo las clases, géneros y especies creaciones del espíritu”4,es evidente que un

individuo no es el hombre, y que, al proce-

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3 Isaías, 44, 15.

4 Adviértase que no es menester llevar el nominalismo al extremo a que lo lleva el

autor de esta proposición, para probar la verdad de la observación que hacernos. Aunque exista en cierto modo la clase “hombre”, sus individuos no se imponen deberes humanos sino por aceptación voluntaria.

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der en calidad de hombre, no procede dentro de su yo, que es netamente individual. Este carácter, digámoslo así, genérico, lo inviste el hombre por aceptación voluntaria, por deber. La conveniencia no basta para admitirlo, al contrario, el puramente egoísta se circunscribe en cuanto puede a su naturaleza individual.

Pero ¿qué mucho, si dentro de la esfera egoísta misma, la razón empieza a independizar, a abstraer en cierto modo la noción del bien? En efecto, cuando decimos que el bien es el placer, vinculamos el bien en nosotros mismos, porque el placer, según dijimos arriba, reside en nuestra organización personal. Pero este juicio es pronto abrogado por otro: el bien está en nuestras conveniencias. Las conveniencias; aunque las miremos por el lado que nos tocan, no están, no, íntegramente en nosotros: la conveniencia es una relación natural y benéfica entre dos objetos. Por último, adelantando la razón, no solamente admite como un bien la conveniencia actual sino la futura: un egoísta vulgar busca el bienestar presente; un egoísta mejor informado, más sensato, busca también el bienestar venidero. Aquí se nota ya una mayor abstracción. Cuando yo sirvo a mi naturaleza futura, me sirvo, es verdad, a mí mismo; pero ese yo futuro, es digámoslo así, un yo menos mío que mi yo presente. El que obra bien sólo por ganar la vida eterna, cosa que está más allá del sepulcro y que concibe confusamente, es menos egoísta que el que busca una utilidad que tiene a los ojos, presente y tangible. Aquel pisa los umbrales del estado moral: cuando uno se cree en cierto modo obligado a servir a su naturaleza futura, admite aunque no en toda su pureza, la idea del deber; siéntese predispuesto a admitirla sin reserva; concibe la posibilidad de creerse obligado a servir a algo distinto de su yo, pues ya se allana a servir a algo que no es enteramente su yo, con detrimento de su bienestar sensible, real, del bienestar verdaderamente suyo.

En suma: en el estado egoísta no hay verdadero mérito ni verdaderas nociones morales; pero parte límites con el estado moral; la razón, desarrollándose en ese estado, se vie-

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ne acercando a éste; la idea de conveniencia, independizándose, abstrayéndose, se va asimilando a la del deber; el interés bien entendido se da la mano con la justicia. No es inmoral el egoísta que sigue esta carrera natural; así va moralizándose; es inmoral el que habiendo adquirido nociones morales, como no puede menos de obtenerlas naturalmente el que ejercita su razón, anticipadas además, si es que ha nacido de padres honrados y “vive en una sociedad civilizada, se resiste a su aceptación, reniega de ellas y se hace egoísta reconcentrado, por sistema, por perversión.

Ofrece pues el estado egoísta pruebas internas de que el