CHAPTER 6. STRUCTURAL EVALUATION OF IOWA HOLDING STRATEGY
6.8. Effective Structural Number and Layer Structural Coefficient
LA GUERRA
"No matarás", nos dice el Mandamiento divino. Mas entonces ¿qué diremos de la guerra? La moral cristiana sólo permite la llamada «guerra justa» como recurso extremo en casos de legítima defensa, lo cual, aunque no lo parezca, no está en pugna con el Mandamiento divino.
En ciertos casos existe el derecho de la guerra14. Si es lícito al individuo defenderse contra el agresor, también ha de poder hacerlo la nación,
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CIC 2308: Todo ciudadano y todo gobernante está obligado a trabajar para evitar las guerras. Sin embargo, "mientras exista el riesgo de guerra y
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pues ésta, por muy pacífica que sea, no podrá vivir en paz, si no lo son también las naciones vecinas. Una nación tiene derecho a defender su integridad, e incluso a reconquistar los territorios que le fueron usurpados.
A veces la guerra estalla entre dos países tras un periodo de tensión
creciente, y es difícil muchas veces decir quién fue el responsable de la misma.
Los horrores de la guerra denigran a toda la humanidad y manifiestan una gran falta de espíritu cristiano. El que ha vivido una guerra, lo sabe por
experiencia y no necesita más explicaciones.
Toda guerra es espantosa, es una desgracia terrible, incluso cuando es en legítima defensa...
Los pueblos han de ser educados de tal manera que nunca lleguen al trance de que sea necesaria la propia defensa ni la venganza. Cuanto
más profundamente vaya penetrando el espíritu cristiano en los pueblos, tanto menos frecuentes serán los casos en que se imponga la necesidad de una guerra.
Tras dos mil años de cristianismo todavía persisten las guerras. ¿Qué prueba esto? Prueba lo increíblemente difícil que es hacer progresar moralmente a la humanidad un solo paso. Prueba que los pueblos todavía son poco cristianos. Prueba que el Evangelio está aún por ponerse en práctica en muchos sectores de la sociedad. falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa" (GS 79,4).
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La guerra es una desgracia terrible. En casos extremos, los pueblos tienen derecho a tomar las armas, para defenderse y no ser agredidos injustamente15. Pero nunca los particulares tienen derecho
a coger las armas para resolver por sus propios medios alguna disputa o litigio. Para eso están los tribunales y los centros de reconciliación.
II EL DUELO
La Iglesia considera el duelo como una infracción del quinto Manda- miento y excomulga a todos los que intervienen en el mismo. El
duelo es ilícito en sí mismo; y nunca puede resarcir el honor ultrajado. El duelo es ilícito en sí mismo, en primer lugar porque pide una satisfacción excesiva por una ofensa recibida.
Por ejemplo, la esposa de un militar es ofendida, sin dar ella motivo, por un hombre grosero. El oficial le llama al orden, contesta el otro desafiándole a un duelo; al día siguiente se procede al desafío. «Tuve que desafiarme —dice el militar—, porque de lo contrario perdía mi honor a los ojos del mundo.» Así, pues, se baten. Y es posible que uno de ellos salga mal herido, inutilizado para toda la vida, o hasta fallezca en el duelo, sufriendo también la desgracia los que deja huérfanos la viuda...
¿Por qué hubo de morir uno de los dos? ¿Tan grave fue la ofensa
que debía ser pagada con la sangre y con la muerte? ¿Era menester el sacrificio de una vida humana? Nunca será lícita la venganza, nunca es lícito matar al que me ha ofendido.
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CIC 2309: Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
– Que el daño infringido por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
– Que los restantes medios para ponerle fin hayan resultado impracticables o ineficaces.
– Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
– Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
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Por muy cruel que haya sido el insulto, es una exageración reprobable, es pecado grave exigir en satisfacción la vida de un hombre, es decir,
exigir el mayor bien natural que Dios nos pudo dar.
El duelo no es tan sólo un medio ilícito para la defensa del honor o de la propia dignidad, sino también un medio insuficiente para resarcir el
honor ultrajado.
No es posible saber por medio del duelo cuál de los dos litigantes es el honrado, cuál de los dos tenía razón. La cosa es clara. Si llega
uno a herir al otro, prueba únicamente su mayor habilidad para la lucha..., pero ¿demuestra también así su mayor honradez? No vencerá el que tenga razón, sino el que domine más los nervios, o se haya ejercitado más en las armas.
Pueden darse tres desenlaces:
a) Salen heridos ambos litigantes... ¿Quién es entonces el que recibe satisfacción?
b) Queda herido el inocente, ¿Dónde está la satisfacción?
c) Es el ofensor quien sale mal parado. Pero ¿esto satisface de verdad la ofensa recibida o el honor ultrajado?
Porque el honor, la propia dignidad, más que algo exterior al hombre, es un valor moral; y por tanto, cualquier ofensa que nos hiere desde fuera nunca puede despojarnos del honor. Éste sólo lo puede perder una persona cuando actúa de forma inmoral. Este es el verdadero sentido del honor, la propia virtud, la moralidad de nuestros actos.
No se nos puede quitar el honor mediante un insulto, como tampoco podemos recobrarlo por vía de desafío.
Respetemos el honor del prójimo y no habrá duelos.
Si no hay insultos ni desafíos tampoco habrá duelos. Y si surge una discusión, respetemos a los demás y busquemos la reconciliación, lo que nos une y no lo que nos separa.
Errar es cosa propia del hombre. Estemos dispuestos a perdonar y a dar la debida satisfacción si hemos ofendido a alguien, empezando por pedir perdón.
¡Pedir perdón! ¡No hay mayor magnanimidad que cuando el hombre
pide u otorga perdón!
El duelo es una costumbre que nos vienes de tiempos remotos, de aquellas épocas en que —por falta de leyes— cada cual se veía obligado a tomarse la justicia por su propia mano. Pero ahora tenemos leyes y así ya no es lícito erigirse en juez de su propia causa.
A nadie se le puede tildar de cobarde por rechazar un duelo o desafío. Pues a fin de cuentas, ¿quién es el cobarde? ¿Quién sabe
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perdonar y no se toma la justicia por su mano, o quien por respeto humano, por miedo al “que dirán” acepta el duelo?