CHAPTER 5. QUALITY MANAGEMENT APPROACHES IN THE CASE
5.2 FRAMEWORK DEVELOPED THROUGH IN-DEPTH CASE STUDIES
5.3.7 Effectiveness of CI approaches
Las diferentes corrientes teóricas que pueden inscribirse bajo esta denominación tienen como objetivo fundamental la consideración del fenómeno literario desde el pun- to de vista de su dimensión metaformal, o acaso más exactamente, preformal, tratando de identificar el sentido y la trascendencia de la obra literaria desde orientaciones anti- positivistas y antihistoricistas, afines a una práctica interpretativa que U. Eco ha defini- do como “modo simbólico”.
Abordamos una tendencia teórica de gran amplitud, por lo que toda generaliza- ción ha de ser muy cuidadosa: baste tener en cuenta la renovación que estas corrientes han experimentado a lo largo del presente siglo, con el myth criticism del formalismo norteamericano, la escuela de Ginebra en la nouvelle critique de tradición francesa, o el desarrollo experimentado por las poéticas de lo imaginario en el seno de los postestruc- turalismos, lo que para autores como J. Burgos (1982: 398) demuestra “la faillité des structuralismes et des analyses formalistes”.
El tema tratará de ofrecer, en primer lugar, una exposición de los fundamentos históricos de estas corrientes. No debe olvidarse que el concepto de imaginación desig- nó siempre una actividad referida a y preocupada por la apariencia de las cosas. Para Platón designaba una facultad intermedia entre el sentir y el pensar, entre la evidencia de la sensación directa y la coherencia de la lógica especulativa o abstracta. Su dominio era el parecer, y no el ser. Aristóteles, por su parte, consideraba que lo imaginario con- servaba el poder que tiene la realidad para estimular y provocar pasiones en el ser
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Cfr. G. Bachelard (1939; 1957, trad. 1965, reed. 1992; 1960, trad. 1982), A. Béguin (1937, reed. 1939, trad. 1954), D. Bergez (1990), M. Bodkin (1934, trad. 1978), V. Brombert (1975), J. Burgos (1982), C. Calame (1990), J. Campbell (1949, trad. 1959), E. Cassirer (1923-1929, trad. 1995), G. Durand (1960, reed. 1963, trad. 1981; 1964, trad. 1971; 1979, reed. 1992, trad. 1993; 1979; 1989), N. Frye (1957, trad. 1964 y 1977; 1963; 1968; 1971, trad. 1986; 1976, trad. 1980; 1976a), A. García Berrio (1985, 1989, 1994), C.G. Jung (1930, trad. 1984; 1936, trad. 1990 y 1991; 1984, trad. 1987, reed. 1996), G.S. Kirk (1970, trad. 1985), V.B. Leicht (1988), J.H. Miller (1963, 1966), C. Pérez Gallego (en J.M. Díez Borque [1985: 391-415]), J.M. Pozuelo (1994), M. Praz (1930, trad. 1969), J.D. Pujante (1990), E. Raimondi y L. Bottoni (1975), J.P. Richard (1954; 1961, 1964), M. Rubio Martín (1987, 1988), J.K. Simon (1972, trad. 1984), J.Y. Tadié (1987), A. Verjat (1989), J.B. Vickery (1966), H. Weinrich (1970), Ph. Wheelw- right (1954; 1962, trad. 1979). Vid. los siguientes números monográficos de revistas: Méthodologie de
l’imaginaire, en Circé, 1 (1969); Thématique et thématologie, en Revue des langues vivantes (1977); Imaginaire et idéologie. Questions de lecture, en Littérature, 26 (1977); Morphogenèse et imaginaire, Ciercé, 8-9 (1978).
humano. El acontecimiento representado puede no ser real, pero las pasiones que pro- voca en el espectador sí lo son. Se consigue de este modo un efecto catártico mediante la imaginación.
Durante la época medieval se observa que la imaginación no dispone de sus imágenes con entera libertad, sino que se impone al ser humano con una especie de espontaneidad, de autonomía, como una fuerza que el hombre no es dueño de rechazar. Por otro lado, la imaginación comienza a designar tanto la facultad de imaginar como su resultado, el objeto imaginado.
En la Edad Moderna, con el Renacimiento y el neoplatonismo, la imaginación se sitúa en el tránsito entre lo sensible y lo suprasensible, a través del cual se pueden percibir las inquietudes internas del espíritu. Jordano Bruno la considera como una fa- cultad que designa el conjunto de los sentidos interiores. En el ámbito de la medicina, Paracelso se suma a esta corriente filosófica y gnóstica, al considerar la imaginación como un cuerpo invisible que domina al cuerpo visible.
Estas teorías se difundirán a través de Van Hedmot, Fludd, Digby Boehme, Stahl, Mesmer, y llegarán hasta los filósofos y pensadores del Romanticismo. Ha de insistirse, en este sentido, en las teorías románticas afines a las poéticas expresivas y antimiméticas, el antecedente que constituye el pensamiento de G. Vico (el mito como fundamento de conocimiento), así como la obra de Nietzsche (El nacimiento de la tra- gedia), donde se expone la oposición que este autor establece entre ciencia y mito. Por su parte, los prerrománticos ingleses considerarán la imaginación (fancy, según Cole- ridge) como una potencia unificadora, como un principio de organización. Para los ro- mánticos, la imaginación tendrá poderes demiúrgicos, al ser una facultad de creación y conocimiento de mundos.
En el siglo XX hemos de referirnos a los diferentes autores que se han ocupado del pensamiento mítico y simbólico, en sus diversas variantes y aplicaciones, como C.G. Jung, E. Cassirer, C. Calame y Cl. Lévi-Strauss, entre otros, sin olvidar la impor- tancia de la tradición francesa, representada fundamentalmente por la obra de G. Bache- lard (Poulet, Durand, Richard...), y la tradición anglosajona (myth criticism), que dará lugar a planteamientos tan relevantes como los de Ph. Wheelwright, y especialmente a la concepción organicista de N. Frye. Por último, ha de prestarse la debida atención al énfasis puesto por los estudios de A. García Berrio en el denominado “espesor imagina- rio de los textos literarios”, orientado al análisis del fundamento de su universalidad poética, en la que se concilian expresividad y ficcionalidad.
Las poéticas de lo imaginario han encontrado en la imaginación el concepto que permite establecer una relación necesaria entre las teorías generales sobre la conciencia y la teoría de la literatura. Relacionada con la percepción, la proyección y la memoria, la imaginación es un poder de divergencia frente a la realidad, mediante el que el ser humano se presenta las cosas distantes y se distancia de las realidades presentes.
J. Starobinski ha escrito a este respecto, en el contexto del siglo XX, que el ob- jetivo primordial del psicoanálisis consiste en distinguir, “entre las representacioines
mentales, un cierto número de imágenes que no son reminiscencias neutras, sino figuras fuertemente cargadas de afectividad. A este nivel, la imaginación no es una simple ope- ración intelectual, sino una aventura del deseo. La actividad fantasmática, la Phantasie freudiana, no es ni un ‘reflejo’ intelectual del mundo percibido, ni un acto de participa- ción metafísica en los secretos del universo: es una dramaturgia interior animada por la ‘libido’” (J. Starobinski, 1970/1974: 149-150).
La imaginación actúa sobre los datos de la experiencia afectiva, es decir, se re- fiere a un pasado vivido, resulta de una situación presente y responde a un futuro posi- ble; la labor del analista es la de identificar la historia, vivencias y motivaciones de las pulsiones primarias, por encima de las formas y expresiones literarias. La imaginación debe ser, pues, analizada como discurso y como comportamiento.