III.4.1. El espacio: realidad textual y soporte de la acción.
Contreras ha tratado de reflejar la realidad de unos hechos dentro de un tiempo histórico que, para alcanzar la veracidad soñada, ha de valerse de unos espacios concretos e igualmente reales, pues los índices temporales están irremediablemente condenados a ir de la mano de los lugares y espacios mencionados. A juzgar por las veces que Contreras utiliza el verbo ‘caminar’, podría decirse que el cronotopo del
camino es determinante en el relato de sus aventuras y hazañas: “caminamos a Zaragoza” (6v); “y de allí [Milán] tomamos el camino a Flandes” (7r); “andábamos de hostería en hostería y de casa en casa” (12v). Él es un protagonista que da al lector la
verdadera sensación de movilidad vertiginosa de sus propias actuaciones, viéndole en muchas ocasiones subido en las naves: “de partencia para Levante [...] y en
veinticuatro días fuimos y vinimos” (20v); y en muchas otras podemos verle a pie: “había un pinar grande y yo fui uno de los soldados que saltaron a tierra en seguimiento de los turcos [en cabo Silidonia]” (16r); o también cuando narra otros
momentos de apuro: “salí una noche al anochecer de Madrid, camino de Alicante” (99v); “Caminamos a Madrid y en el camino fui regalado, pero con mis prisiones y
doce hombres de guarda con escopetas” (91r). Toda esta correlación entre topografía y
personaje, propio del movimiento realista, se aprecia también cuando se realiza una jornada a Berbería y deciden echar gente a tierra para, a través de unos arenales, llegar a la ciudad de la Mahometa (74r). Temeroso de lo que allí va a ocurrir, nos presenta un espacio con altas murallas, pero, sobre todo, con calles “tan angostas como caña y
media”, todo era premonición de los fatales sucesos posteriores: “comenzaron a salir de los silos los moros escondidos y de la muralla nos acribillaban con la artillería”
(75r).
En ocasiones, el espacio funciona como metonimia o metáfora del personaje y nos refleja su estado anímico, como ocurre en la descripción que hace de un ‘camino’ que recorre en Madrid cuando –según aclara el narrador omnisciente– es prendido por la justicia y llevado a Hornachos: “Salimos de casa que vivíamos a la rinconada de San
calle de Toledo y Puerta Cerrada, calle de los ajusticiados. Verdad es que era camino de la Puente Segoviana, por donde habíamos de ir para Hornachos” (93v). El
comentario ‘por donde van los ahorcados’ da cuenta de su estado de ánimo al ser conducido a un lugar que ignoraba y temiendo, a cada momento, que ocurriera el peor desenlace para él.
El espacio de Contreras, en cuanto realidad textual, es el espacio literario correspondiente a esa otra realidad que alberga el universo exterior en el que está inmerso nuestro protagonista. Son tantos los lugares mencionados, que roza lo inverosímil. El texto que nos otorga Contreras, consigue representar todos esos espacios a través de la mención sucesiva de los mismos, pero optando siempre por la concisión y, en muchas ocasiones, por el ‘trayecto rápido’116. En ocasiones se detiene en algunos, pero casi nunca se excede en detalles. Sin embargo, hay lugares, como la isla de la Tortosa, que describe y detalla con una generosidad no habitual en su Manuscrito:
Está en frente de la costa de Galilea, poco distante; es una isla chica y llana y florida todo el año. Dicen estuvo en ella escondida Nuestra Señora y San Josefe, de Herodes; yo me remito a la verdad. Aquí despalmé mis fragatas y comimos muchos palominos, que hay infinitas palomas y tienen los nidos en unas que debieron ser antiguamente cisternas (45r-45v).
Nos pasea por espacios exteriores abiertos e inmensos: rurales (murallas, fuentes, casas, mesones...), urbanos (calles, palacios, iglesias y plazas) y marítimos (islas, puertos, carenas, escollos, grutas...); pero también por otros espacios interiores, más o menos reducidos, como embarcaciones, cárceles, puterías, posadas, hosterías, estancias reales o grandes salas de Consejos. Todos ellos cumplen su misión, que no es otra que la de otorgar el ‘efecto de realidad’ ya que actúan como signo del personaje, esto es, cumpliendo un cometido en su caracterización y no escapando a su capacidad simbolizadora; hay dos ejemplos que lo revelan claramente: uno lo hallamos cuando visita la putería de Córdoba en la que se simboliza el desconocimiento de la tal ‘casa’, con su confesada inexperiencia ante tales ‘empresas amorosas’, pues dice: “quédeme
dueño de la calle, que era angostísima, y no sabiendo qué hacerme, porque era la primera vez que entraba...” (58v). El otro es su retiro al Moncayo, donde también la
majestuosidad de tal paraje es símbolo de la libertad que en ese lugar disfrutaría lejos 116 “Caminamos a Zaragoza, donde hubo muchas fiestas, y de allí a Monsarrate y Barcelona” (6v).
“de cortes y palacios” (84r) y nos dice: “a Moncayo, que es lo más fuerte de España y se comunica con Aragón y Castilla, siendo la raya de lo uno y lo otro” (89v).
No podemos pasar por alto otros espacios relacionados con el campo léxico de la justicia y, en especial, los referidos a cárceles o lugares de tormento. De las referencia hechas por Contreras de todos ellos, hacemos mención especial en el apartado II.2 que llamamos ‘Precoz delincuente’.
Villalba Pérez117 nos cuenta, al hablar de la Cárcel de Corte:
Al parecer la primitiva cárcel de Corte estuvo ocupando unos caserones en la calle del Salvador, que se ampliaron al adquirirse el convento y el oratorio de los padres del Salvador, según Julio de Ramón Laca, aunque, desde luego, su destino no fue, ni mucho menos, el de cárcel de nobles y sujetos distinguidos, como ese autor afirma. (Ramón Laca, Julio de, Las viejas cárceles madrileñas.
(Siglos XV a XIX), Madrid, Instituto de Estudios Madrileños del CSIC, 1973, pp.
19-20.) El conocido edificio de la plaza de Santa Cruz destinado a tal fin no se comenzó a construir hasta 1629, terminándose en 1634, sin que sepamos con exactitud dónde se ubicaba con anterioridad, si bien probablemente existió desde aproximadamente 1565.
El espacio de la cárcel es de suma importancia, más aún porque los alcaldes –en aquel tiempo sinónimo de jueces– trataron de controlar el funcionamiento de las mismas, puesto que de ellos dependía el nombramiento de su personal y la administración de su economía, así como las decisiones judiciales de la mayoría de los presos. Por tanto, frecuentemente indicaban sus obligaciones a los oficiales de ellas o les señalaban que habían de someterse a su parecer.
Añade Villalba Pérez que:
Estos alcaldes de casa y corte celebraban sus reuniones y audiencias en la cárcel real y la supervisión era controlada directamente por el Consejo que, semanalmente, visitaba la cárcel de Corte con la obligación de informarse «en particular del cuidado que en aquella semana se aya tenido por las nuestras justicias de la guarda y execucion dellas y de las denunciaciones que aya avido 117 Villalba Pérez, E., ed. cit., pág. 314.
de los que huvieren contravenido a lo por ellos dispuesto, y como se ayan sentenciado y executado las penas de las dichas leyes premáticas, y aviendo avido falta o remissión en ello, lo remedien o castiguen» (N[ueva].
R[ecopilación]., II,1,8, Pragmática de Felipe III, 1610).
Y este mismo autor sigue diciendo118:
Por su parte, la cárcel de la Villa estuvo desde su origen vinculada institucionalmente al Ayuntamiento y físicamente a las casa de los corregidores. Puede situarse la primera «en la acera izquierda de la calle Mayor, esquina a la actual Plaza de San Miguel y la calle, entonces llamada de la Chamberga, que daba entrada a ésta –que hoy no existe– quedando dentro de la Plaza de San Miguel» (Ramón Laca, op. cit., p. 13). Su construcción se inicia, probablemente, hacia 1541.
La nueva cárcel de villa se edificó «en el extremo izquierdo final de la fachada principal de nuestro Ayuntamiento –la que da a la Plaza de la Villa– y su dedicación carcelaria hacia la parte posterior del edificio lindante con las calles de Madrid y del Rollo, con vuelta a la del Duque de Nájera» (Ibidem, p. 19). Esta nueva ubicación estaría terminada hacia 1620 y perduró con tal dedicación hasta 1831.
Hay otros espacios capaces de crear una memoria activa en el lector, de vital importancia para el desarrollo de la acción ya que, la sola mención directa o indirecta del espacio, permite justificar determinados acontecimientos o situaciones; tal ocurre con Hornachos, Mahometa, la isla de Lampadosa, los sucesos en la isla de Estampalia o la mismísima isla de Malta, entre otros.
Hornachos es uno de los espacios rurales especialmente importante; su nombre
se deriva de “horno” por los muchos que había en las explotaciones mineras que abundaron en aquella zona. Situado en la sierra de su nombre, tiene un castillo en ruinas que debió de ser una fortificación importante; atalaya y defensa de la región que se extiende a sus pies, que es la Tierra de Barros. Dicho castillo, en alta pendiente, separa dos pequeños valles con sendas fuentes llamadas, una “Fuente de los Moros” y otra, 118 Villalba Pérez, E., ed. cit., pág. 324.
“Fuente de los Cristianos”. Al lado de la primera existe una peña que los vecinos llaman el “desbautizadero”. Según la tradición, los moriscos celebraban allí ceremonias para borrar de los fieles el carisma del bautismo cristiano.
En Hornachos apenas si hubo cristianos viejos hasta que, tras la pragmática (1502) que obligara por aquel tiempo a bautizarse, llenase de falsos cristianos sus calles. Los hornacheros no dejaron por ello de ser musulmanes y la comunidad siguió viviendo de sus tradiciones sociales y religiosas durante mucho tiempo. En el año en que nació Contreras (1582) se estudiaba muy a fondo el problema morisco y sus posibles soluciones, y en un informe dado por la Inquisición de Valencia en ese año se decía “los tales moriscos han sido siempre moros y no hay esperanza de que dejen de serlo”, pero los inquisidores no eran partidarios de enviarlos a Berbería, “porque, al fin, son españoles como nosotros”. Este era el problema en Hornachos, que los vencidos guardaban como un tesoro sus tradiciones religiosas y eran vanos los esfuerzos de los monarcas y prelados para llevar a aquella comunidad al seno del catolicismo. Carlos I hubo de dar orden de demolición del castillo para que desalojaran y vivieran en las laderas, al mismo tiempo que ordenó fueran a vivir a Hornachos cristianos viejos. Hacia 1530 el arzobispo de Sevilla, don Alonso Manrique, promueve la fundación de un convento con el fin de ir aumentando el número de cristianos viejos en el pueblo; sin embargo, el esfuerzo evangelizador fue inútil:
En los datos que guarda la parroquia de Hornachos insiste en que como no habían recibido el bautismo y fe de Cristo con ánimo verdadero, en todas las obligaciones de cristianos faltaban o acudían forzados, como nos dice un escrito de la parroquia de Hornachos. Pero había algo peor y es que los cristianos viejos, sus nuevos vecinos, los descubrían o reprendían. No era, como se ve, una situación muy agradable, ni se procuraba la necesaria convivencia que se practicó anteriormente durante largos siglos. Los hornacheros formaron una Junta secreta para defenderse y rechazar las intromisiones a sus formas de vida. Se llegó, según se afirma en diversas acusaciones, a dar muerte a los ofensores119.
Con Felipe III se inició el drama final de la expulsión de los moriscos españoles y todo lo que despertase sospechas era perseguido por la ley. Es muy interesante la 119 Gonzálvez Busto, G, Una república andaluza en el siglo XVII, Univ. de Granada, (Tesis doctoral).
Cédula de este rey, fechada en 1610, acerca de la expulsión de los moriscos120, que reproducimos en el ANEXO VII.2. Esta era la situación cuando, por azares de la guerra, le tocó a Contreras pasar por este pueblo (1603) del que dice “que toda era entonces de
moriscos, fuera del cura” (62v) y en el que hubo de defenderse de la más grave
acusación en aquella época: ser rey de los moriscos (capítulos IX y X). La descripción que Contreras nos da de este espacio rural es escasa, pero lo suficiente para confirmar la orografía de esta tierra descrita más arriba: “póngame vuesa merced en una calle que
hay cuesta arriba donde hay una fuente” (94v). En este espacio rural, de tan especiales
consecuencias para el protagonista, hemos de reconocer la relevancia que tienen otros espacios interiores como: la ‘casa’, y en ella el ‘aposento’ y en éste el ‘silo’, que a su vez contiene a los ‘sepulcros’, que disimulados con cal no son otra cosa que ‘cajas de madera’ llenas de armas. Todos ellos, a modo de caja china, se van insertando cada cual en el anterior. Aparecen mencionados en el párrafo siguiente: “entré en un aposento
que estaba a lo último de la casa, donde había un tapador en el suelo, redondo, como silo. Escarbé y hallé que era postizo[...] había tres sepulcros muy blancos[...], y era una caja grande, hecha aposta, de madera, y por defuera estaba de cal, que parecía sepulcro.” (62v-63r). El autor se está refiriendo al lugar que tantos problemas le
acarrearía años más tarde, y cuya denominación genérica es la de “cueva de armas de
Hornachos”, que contiene todos los subespacios que acabamos de señalar.
Malta es, sin duda, otro de los espacios más mencionados por el autor del
Manuscrito Contreras llegó por primera vez a esta isla a finales de 1598 en una galera de la Religión, tras abandonar, en Palermo, al capitán Felipe de Menargas cuando era su paje de rodela. En la misma galera que le transporta se acomoda con el Recibidor del Gran Maestre, don Gaspar de Monreal. Pasado un año, le pide licencia para volver con su anterior amo a Sicilia. Sienta la plaza en Italia y realiza desde allí incursiones de corso hacia Berbería; en esta empresa oye por vez primera el silbido de las balas cerca de sus orejas. Tras una pelea en Nápoles, y por temor al castigo del virrey, duque de Maqueda, huye alistándose en la compañía de don Francisco de Castro; pero también ahora tendrá problemas al verse envuelto en una pelea de taberna que le hubiera llevado ante la justicia de no haberle admitido y escondido su amigo, el capitán Betrián, que había llegado de Malta con la intención de montar un galeón para corsear en Levante. Con él se alista y, cuando de nuevo vuelve a Malta, comenta –con el laconismo que le 120 AHN, Diversos Reales, Cédula nº 5.124.
es característico– que “se holgó el Comendador Monreal de verme” (16r). Después de llevar a cabo muchas otras empresas de envergadura, aquel mozalbete madrileño se había convertido en un hombre maduro que capitaneaba alguno de los bajeles corsarios que, bajo el pabellón de la Orden de San Juan, devastaba los dominios del turco, que interceptaba su comercio, y se quedaba con la mercancía y otras ganancias siempre que la suerte le era propicia.
A este ritmo tan vertiginoso estaba sometida la vida de Contreras en Malta, desde donde alternaba los lances de guerra con los más dulces del amor y del juego. No se para en ningún momento a describirnos la isla, pero sí la menciona en ochenta y cinco ocasiones desde el folio 8v, en que lo hace por vez primera, hasta el 192v, última ocasión en la que hallamos escrito este topónimo. No es de extrañar la relevancia de este lugar, vanguardia marítima de la cristiandad, dada la situación estratégica de dicha isla en el Mediterráneo.
La antigua capital de Malta es Mdina, ciudad amurallada, que los árabes hicieron inexpugnable cuando la ocuparon hacia el año 870 rodeando parte, incluso, con un profundo foso. Es llamada ‘la ciudad silenciosa’ y, adosado a su muralla hay un palacete (hoy día restaurado y convertido en hotel) en el que, cuenta la leyenda, Napoleón I pasó bajo su techo una noche, durante su nefasta estancia de ocho días en la isla. La ciudad ha visto desfilar por ella a sicilianos, fenicios, cartagineses, griegos árabes, normandos, suevos, angevinos, castellanos, Caballeros de San Juan de Jerusalén; a este constatar de la aceptación de la isla por parte de todas las culturas y pueblos, hemos de añadir a los turcos, franceses y, finalmente, británicos. Todos ellos reconocieron la singular y estratégica situación de la isla y, en particular, el privilegiado enclave, en una meseta, de su primitiva capital. Sin embargo, Mdina dejó de serlo con la llegada de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, quienes juzgaron más adecuado un lugar costero para fondear sus galeones; y así surgió La Valetta, como capital de la isla en 1571 –que toma su nombre del Gran Maestro Jean Parisot de la Vallette121–.
Franco Mª Ricci ofrece también algunos datos acerca de la génesis de dicha capital122:
121 Parisot de la Vallette, Jean: gran Maestre de la Orden de Malta (1494-Malta 1568). Impuso su autoridad a los comendadores de Venecia y Alemania, y realizó una expedición contra la isla de Gelves que volvió a perderse muy pronto. Solimán II reaccionó enviando contra Malta un ejército de 40.000 hombres (1565). La Vallette resistió hasta ser liberado por el virrey de Sicilia. En marzo de 1566 fundó la ciudad que lleva su nombre, ‘La Valetta’. (Larousse.)
122 Véase Ricci, F. Mª., La Enciclopedia del Arte, siglo XVIII, t. III; “Sepulcros de Malta. El sueño de los caballeros”, texto de Gianni Guadalupi, págs.213 a 231; y “Lectura de Alonso de Contreras”, págs. 232 a 238.
El Gran Maestre Pietro de Monte el 8 de marzo de 1571, salió en procesión de su palacio de San Ángel en Birgu, la pequeña ciudad hoy llamada Victoriosa después de la feliz resistencia opuesta a los turcos durante el gran cerco de 1565. El solemne cortejo descendió hasta la iglesia de San Lorenzo, a orillas del mar, donde se celebró la misa. Después el Gran Maestre fue acompañado a lo largo de la playa hasta el muelle donde estaba anclada la nao capitana de la Orden [...]. Los caballeros y toda la población de Birgu, sin exclusiones, colmaron hasta lo inverosímil galeras, galeazas, jabeques, lanchas, caramuzales y todas las embarcaciones disponibles. Repicó la campana de la capitana [...], para cruzar las breves aguas del Puerto Grande, y atracar al poco tiempo en la orilla de la península frontera; ahí el Gran Maestre subió una escalinata y penetró [...] en la neonata Civitas Humilissima Valettae, una La Valeta todavía fantasmal y esquelética [...]. Pero el Gran Maestre se había mostrado porfiado en sus prisas por instalar la Orden en la nueva capital de Malta, y sonreía satisfecho al entrar en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde su predecesor, Jean de la Valette, había puesto cinco años atrás la primera piedra de la ciudad [...].
La Valette emprendió de inmediato la transformación de toda una península monstruosa que dominaba los dos grandes puertos de Malta en la ciudad que llevaría su nombre y que sería la mayor fortaleza del Mediterráneo [...]. La Valeta construida enteramente con bloques de caliza blanca local, estaba ceñida por bastiones a plomo sobre el mar por tres de sus lados, y defendida por la parte de tierra por un gran foso tallado en la caliza, que fue ensalzado como el más ancho nunca excavado por el hombre [...]
Malta, una roca desolada incapaz de mantener a sus propios habitantes, se convirtió en una especie de El Dorado insular y el máximo emporio de esclavos de la Europa cristiana.
Añade que en la ciudad se alza la iglesia votiva dedicada al patrono de la orden, San Juan Bautista. Su construcción se inició en 1573. El altar mayor, de gran riqueza en piedras preciosas, dicen que fue diseñado por Bernini. Los