CHAPTER 5: SERVICE RULES AND REGULATIONS RELATING TO THE PROVISION
5.4 ELECTRICAL INSTALLATION AND RESPONSIBILITIES
Dejando de lado esa descorazonadora posibilidad, una mirada atenta al declive de Estados Unidos muestra que China, de hecho, desempeña un papel importante, como ha venido haciéndolo durante los sesenta últimos años. El declive, que ahora suscita tanta preocupación, no es un fenómeno reciente. Se remonta al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos contaba con la mitad de la riqueza del mundo y un incomparable poder en la seguridad global. Los estrategas, por supuesto, eran bien conscientes de la enorme desigualdad de poder y pretendían mantenerla.
El punto de vista fundamental fue subrayado con admirable franqueza en un documento oficial de 1948, cuyo autor era uno de los arquitectos del nuevo orden mundial de entonces: el jefe de planificación política del Departamento de Estado, el respetado estadista e investigador George Kennan, un moderado dentro de las personas que se dedican a la planificación política. Observó que el objetivo político cen- tral de Estados Unidos debería ser buscar el mantenimiento de la «posición de desigual- dad» que separaba nuestra enorme riqueza de la pobreza de otros. Para lograr ese objeti- vo su consejo fue el siguiente: «Deberíamos dejar de hablar sobre objetivos vagos e [...] irreales, tales como los derechos humanos, el aumento del nivel de vida y la democratiza- ción [y en cambio] ocuparnos de conceptos de poder [sin vernos] obstaculizados por es- lóganes idealistas [sobre] altruismo y beneficencia mundial.»15
Kennan se refería específicamente a la situación en Asia, pero sus observaciones pueden generalizarse, con excepciones, a otros participantes en el sis- tema global dirigido por Estados Unidos. No obstante, quedó claro que los «eslóganes idealistas» tenían que exhibirse de manera prominente al dirigirse a otros, como las cla- ses intelectuales, de las que se esperaba que los difundieran.
Los planes que Kennan ayudó a formular y poner en marcha daban por sentado que Estados Unidos controlaría el hemisferio oeste y el Lejano Orien- te, el antiguo Imperio británico (incluidas las incomparables fuentes de recursos de ener- gía de Oriente Próximo) y la mayor parte posible de Eurasia, fundamentalmente sus cen- tros comerciales e industriales. Los objetivos no eran poco realistas, dada la distribución de poder en aquel momento. Sin embargo, el declive comenzó enseguida.
En 1949, China declaró su independencia, lo cual provocó en Estados Unidos amargas recriminaciones y conflictos sobre quién era responsable de esa «pérdida». Se suponía tácitamente que Estados Unidos «poseía» China por derecho, así como la mayoría del resto del mundo, tal y como dieron por sentado los planificadores de la posguerra. Por tanto, la «pérdida de China» fue el primer paso significativo en el «declive de Estados Unidos» y tuvo consecuencias políticas graves. Una fue la decisión inmediata de apoyar a Francia en el intento de reconquistar su antigua colonia de Indo- china, para que no se «perdiera» también. Indochina en sí no constituía una preocupa- ción fundamental, a pesar de las afirmaciones sobre sus ricos recursos del presidente Ei- senhower y otros. La preocupación era más bien la «teoría del efecto dominó». A menu-
do ridiculizada cuando las fichas no caen, la teoría del efecto dominó sigue siendo un principio político básico porque es muy racional. Por adoptar la versión de Henry Kissin- ger, una región que cae fuera del control de Estados Unidos puede convertirse en un «vi- rus que extenderá el contagio» e inducirá a otras a seguir el mismo camino.
En el caso de Vietnam el temor era que el virus del desarrollo independiente infectara Indonesia, que sí es rica en recursos. Y eso podría conducir a Ja- pón —el superdominó, como lo llamó el destacado historiador de Asia John Dower— a «adaptarse» a un Asia independiente, lo que haría de su centro tecnológico e industrial un sistema que escaparía del alcance del poder de Washington.16 Eso habría significado, en la práctica, que Estados Unidos perdiera el episodio del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, acometido para impedir el intento de Japón de imponer un nuevo orden de esas características en Asia.
La manera de tratar con un problema así está clara: destruir el virus y «vacunar» a aquellos que podrían infectarse. En el caso de Vietnam, la elección racional consistía en destruir cualquier esperanza de desarrollo independiente e imponer dictaduras brutales en las regiones circundantes. Esas labores se llevaron a cabo con éxi- to; aunque la historia tiene su propia astucia y algo similar a lo que se temía ha estado desarrollándose de todos modos en el este de Asia para consternación de Washington.
La victoria más importante de las guerras de Indochina se produjo en 1965, cuando un golpe del general Suharto, respaldado por Estados Unidos, en Indonesia inició una época de terribles crímenes que la CIA comparó con los de Hi- tler, Stalin y Mao. Los medios del sistema informaron con precisión y euforia irrefrenada de la «impresionante carnicería de masas», como lo describió The New York Times.17
Era un «destello de luz en Asia», como el célebre periodista li- beral James Reston escribió en The Times.18 El golpe acabó con la amenaza de democra- cia, destruyó el partido político que agrupaba a las masas pobres e impuso una dictadura responsable de uno de los peores historiales contra los derechos humanos en el mundo; además, dejó las riquezas del país en manos de inversores occidentales. No es de extra- ñar que, después de muchos horrores, entre ellos la casi genocida invasión de Timor Oriental, Suharto fuera recibido por la Administración Clinton en 1995 como «uno de los nuestros».19
Años después de los grandes acontecimientos de 1965, McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional de Kennedy y Johnson, concluyó que habría sido sensato terminar con la guerra de Vietnam en aquel momento, con el «virus» casi destruido y el dominó principal bien colocado, reforzado por otras dictaduras respal- dadas por Estados Unidos en toda la región. Ha sido habitual aplicar procedimientos si- milares en otros lugares; Kissinger se refería, concretamente, a la amenaza de la demo- cracia socialista de Chile; una amenaza que terminó con «el primer 11-S» y la consiguien- te dictadura brutal del general Pinochet en el país. Los virus habían despertado profundo interés también en otros sitios, entre ellos Oriente Próximo, donde la amenaza de nacio- nalismo secular ha preocupado a menudo a los estrategas británicos y estadounidenses, y nos ha llevado a apoyar el fundamentalismo islámico para contrarrestar el nacionalis- mo.