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2 Sample Preparation and Instrumentation

2.3 Electrons for Imaging

2.3.1 Electron Matter Interactions

Así como en el hogar el Dogo Argentino se parece en mucho a los de otras razas de perros de compañía o de trabajo, en el campo es totalmente distinto de los perros comunes, ordinarios u ovejeros y por lo común bastardos, que suelen haber en nuestras estancias. A estos perros el peón de campo o quien los maneja, los "chumba" de continuo contra vacas u ovejas, porque sabe que se limitarán a ladrar y ahuyentar la hacienda, sin morderla. Y ello es así porque los bastardos no tienen instinto cazador, y los ovejeros porque así cumplen su misión desde hace siglos. Pero el Dogo Argentino ha sido creado para dar alcance y caza a fieras del bosque. Para eso tiene olfato, mandíbula apropiada y un valor que llega hasta la temeridad. Si se los "chumba" contra una vaca, como se hace con los ovejeros, correrá hasta el animal y, respondiendo a su instinto atávico, no titubeará en pren- derse de la nariz u oreja del vacuno y ya no lo soltará más.

Muchos estancieros, sobre todo en la cordillera, donde hay montes impenetrables de a caballo y aún de a pie, por la proliferación de lengas, calafates y cañas coligues, utilizan sus dogos para dominar a los vacunos rebeldes, pues mordidos así, se acobardan y terminan por entregarse y marchar hacia los corrales.

Por eso, lo primero que debe enseñárseles es a "ignorar" por completo a los animales domésticos. Cuando el dogo sabe, desde cachorro, que la vaca, oveja, cabrío o cerdo doméstico forman parte -diremos así- del bien familiar, jamás morderá a ninguno de esos animales, y cuando cazando entre las majadas, lo animemos con gritos o silbidos, buscará empeñosamente la alimaña, pero nunca pensará en atacar la hacienda que se le cruce en el camino. En mi hogar tenemos un puma manso, Napoleón, a quien nuestros Dogos lo tratan amigablemente, como si fuera uno de ellos, duermen juntos y hasta lo cuidan y defienden, mientras pelean a muerte con los pumas bravos enjaulados y persiguen con tenacidad a los salvajes. Todo es cuestión de educación. Por eso insisto en que lo primero que debe hacerse, es inducirlos a comprender que deben prescindir por completo de la existencia de vacas u ovejas, así como ignora el caballo que montamos, y por lo tanto jamás animarlos contra la hacienda o animales domésticos en el intento de arriarlos, como se hace con los ovejeros.

Esta enseñanza es de primerísima importancia en el futuro del dogo. Nunca será suficiente lo que insistamos al respecto. No debemos olvidar que el Dogo Argentino es un perro cazador y todo perro cazador está dominado por el instinto de la sangre que corre por sus venas y que lo lleva adelante, como si tuviera anteojeras, y depende del amo el que ese instinto sea bien encaminado. Por eso un dogo no puede ni debe ser confiado a manos inexpertas o dejado librado a su suerte en el campo.

Librarlo a su suerte significa librarlo a su instinto, abrirle las puertas a su ancestro, que es cazar, es decir, rastrear, perseguir, dar alcance y sujetar a la fiera hasta que venga el amo en

su ayuda, si dejamos a un dogo para que haga lo que él quiera en una majada, es como si dejamos un Pointer, un Setter, un Spinone o un Brack en un gallinero para que haga lo que

Fotografía tomada en 1953 durante una cacería de jabalíes en la estancia San Huberto, de don Antonio Maura, en la provincia de La Pampa, la que posteriormente fuera adquirida

por el gobierno de dicha provincia, para coto de caza. En ella aparece el Dr. Antonio Nores, su hijo el Dr. Agustín Nores Martínez --autor del libro- y el nieto del primero Agustín Nores Martínez hijo. Junto a ellos tres generaciones de Dogos Argentinos: Inca de

Santa Isabel (RGDA. V. 98) Nahuel de Santa Isabel (RGDA. V. 101) y Naicó de Santa Isabel (RGDA 111).

quiera, o un Terrier dentro de una conejera para que también dé rienda suelta a su instinto. El dogo debe ser manejado en el campo por una persona que tenga cariño a los perros y que le preste atención los primeros días que sale al campo. Cuando desde cachorro se ha

acostumbrado a ver los animales domésticos, nunca los acometerá, y si por jugar o llevado de su instinto cazador, los persigue o intenta morderlos, debe ser severamente reprendido y aun castigado. Cuando los peones salen .al campo a trabajar con los ovejeros, el dogo debe ser enseña do a marchar a la par del caballo y no permitirle que su aleje. Con unas cuantas lecciones, pronto aprenden y saben que arrear ovejas o vacas no es su cometido.

manejo del dogo. No debe ser confiado en su enseñanza a cualquiera, sino a alguien que lo aprecie, que sepa usar de sus cualidades e instinto de cazador nato. Que sepa que tiene en sus manos un animal fino, y que como tal hay que cuidarlo. Exacta mente como se hace con las máquinas delicadas o con las buenas armas, Son mejores que las ordinarias, pero hay que saber manejarlas. Quien no tiene capacidad, inteligencia, habilidad o cuidado para manejar un automóvil moderno de buena marca, un arma automática fina o un reloj cronómetro, debe resignarse a manejar un carro de bueyes, cazar con una antigua escopeta y calcular la hora por la altura del Sol. Con ello se ahorrará muchos disgustos Una vez que el dogo aprendió a ignorar los anima domésticos, todo el resto del aprendizaje corre por cuente del perro. Mientras más a menudo se lo saque al campo, más pronto estará en condiciones de prestar utilidad Comenzará desde cachorro, dando caza por sí solo a peludos ,hurones, zorrinos, comadrejas o iguanas. Después seguirán los zorros, gatos del monte, etc., y si en el campo hay pumas y jabalíes, será a ellos a quienes dedicará, cuando adulto, todas sus energías.

El cazador profesional Jesús López de Abechuco con su Dogo Nihuil y el jabalí obtenido en los bosques de Naicó en la provincia de La Pampa

. Si es posible, es menester sacarlo diariamente al campo, aprovechando para ello las distintas recorridas que suelen realizar los peones. El diario ejercicio no sólo conserva su salud y lo fortifica, sino que contribuye a desarrollar su olfato.

Cada yuyo tiene un olor distinto y aun en la misma planta su aroma varía en cada estación del año. En tiempo seco o húmedo, en verano o en invierno, el olor del campo es distinto y el impacto que recibe la sensible pituitaria del perro es diferente. Las emanaciones de las plantas, el polen de cada flor silvestre, la brisa del prado o del bosque, el viento de las montañas, hiere el sentido olfativo del perro de distinta manera.

El Dr. Máximo Mackinlay Zapiola y el autor con el Dogo Micheo del Chubut y un buen trofeo

El señor Alfredo Anchorena, con tres de sus dogos y el trofeo obtenido.

"Ningún perfumista ha podido imitar el olor a tierra mojada"; dijo alguien, y eso que es verdad para los que amamos el campo y nos sentimos felices corriendo a caballo por

nuestros montes y valles, seguidos o precedidos por dogos y galgos, es también verdad para el perro.

En cuanto nos ven ensillar el caballo, entran los perros en una alegría inusitada, preludio de los felices momentos que les deparará la naturaleza, para ellos y nosotros tan pródiga en

emociones. Por eso resulta la enseñanza un doble placer: para el amo y para nuestro fiel compañero.

Conociendo bien por la práctica los diferentes olores del campo, el dogo sabrá distinguir mejor aquéllos que provengan de animales. Así iremos notando cómo cada día se afianza en su olfato, aprendiendo a no correr liebres y a dar muerte instantáneamente a los pequeños roedores que encontrará en sus diarias correrías, lo que hace sin darle mayor importancia y sin pérdida de tiempo, para en seguida alcanzar al jinete y seguir camino adelante en busca de mayores presas.

Será muy común que el dogo se nos quede atrás unos instantes y en seguida lo veremos alcanzar el caballo trayendo en su boca un hurón o un peludo, que si no se lo quitamos o se lo hacemos dejar, lo llevará hasta el final de la marcha. Su gran olfato lo lleva a ventear perdices y martinetas desde muy lejos y las corre hasta hacerlas volar. Con unas cuantas llamadas de atención y viendo que el ave vuela, no insistirá. El señor Mucio, de La Pampa, enseñó a su dogo Lihuel a cazar perdices y hemos podido verlo parando y trayendo casi con la perfección de un perdiguero. Eso es prueba de la ductilidad de su olfato, pero tampoco es el destino de la raza, que fue hecha para la caza mayor, y de pelo, no de pluma, para lo que ya tenemos los Pointers, Bracos, Setters y Spaniels, que son insuperables por el ancestro y la gimnasia funcional de tantas generaciones sin intervalos hasta nuestros días.

Yo soy particularmente enemigo de esas razas que "sirven para todo", porque en realidad y al final de cuentas, nos convencemos de que no sirven bien para nada. La humanidad marcha hacia la especialización en las ciencias, artes, industrias, oficios, etc., porque es la mejor forma de dominar una materia. Es el viejo principio de dividir las dificultades para vencerlas mejor.

El perro no puede escapar a ese sabio principio, ya que cada raza debe especializarse en un trabajo determinado y, si es de caza, en un tipo de caza: pluma o pelo. El perro "orquesta" es como el hombre-orquesta, que cree o dice saber todo y al final no sabe bien de nada.

Lince del Chubut trayendo a su amo un ganso salvaje (abutarda)

Por ahí leemos del Weimaraner (Braco de Weimar), por ejemplo, que caza lo mismo perdices o faisanes que leones o tigres. Yo tengo mis dudas, pues los he visto

Nippur del Totoral.

en pruebas prácticas de caza en Estados Unidos, Europa y Canadá, y no tenían para la perdiz o el faisán la agudeza del olfato de un Pointer, un Setter o un Brack Alemán, y su contextura física, su delicada y lustrosa piel, tan atrayente a la vista, su finísimo pelo y su débil mandíbula me hacen pensar que no aguantará mucho las garras de un león, puma o jaguar, ni los colmillos de un jabalí o un aguará-guazú.

Por eso insisto en que el Dogo Argentino es un."hound", es decir, un perro que caza por sí y con la ayuda de quien lo maneja. Que es solamente para la caza de pelo, especialmente jabalíes, zorros y pumas, o los aguará-guazú, carpinchos, antas, pecaríes, osos hormigueros, etc. del norte, pero no para la caza de perdices. Que aprende solo a cazar y que lo único que debe hacer su amo es sacarlo al campo de continuo y enseñarle a ignorar los animales domésticos, sin animarlo Jamás contra ellos.

Mientras un cazador recorre el monte en busca de rastros, con algunos dogos, el resto, permanece desde lo alto, en compañía de otro cazador, atento a cualquier indicio.

Nunca olvidemos que su instinto es morder, no ladrar. Insisto en lo que dije anteriormente, de que aquello de que "perro que ladra no muerde" puede aplicarse al Dogo Argentino por la contraria, puesto que muerde sin ladrar, o ladrando apenas hasta que se prende y desde ese momento ya no emitirá más sonido que el del aire saliendo por las comisuras labiales. Y entonces se pondrán de relieve todas sus potencias, se revelarán todas sus virtudes. Mostrará en el crudo realismo de sus carnes desgarradas y de la potencia de sus

mandíbulas, de lo que es capaz un dogo criollo cuando la vida lo enfrenta con su destino. Su tenacidad, su guapeza, sus energías, su insensibilidad para el dolor, su decisión

irresistible para luchar hasta vencer o morir, para cumplir su misión de perro de presa hasta las últimas consecuencias, aunque le cueste la vida.

Estimo que nunca deben cazarse grandes carniceros o súnidos con menos de dos dogos, siendo a mi entender y experiencia la jauría de cuatro o seis dogos la ideal aunque cuatro es suficiente, no siendo para la caza de yaguareté o tigre americano.

Chala del Chubut, aguarda en "muestra" como un pointer ante el venteo de un jabalí cercano.

Siendo uno solo, su valor lo llevará a una muerte segura o al menos a ser herido gravemente si otro dogo no colabora en la lucha. Recordemos que la fiera pelea en su ambiente, donde los troncos o la maleza lo ayudan, ya que el perro se enrieda, se ve trabado en su libertad de movimientos y no puede morder donde es más vulnerable la pieza.

Es conveniente llevar algún otro ejemplar, que puede ser un ovejero y aun cualquier bastardo, que por su cobardía no se prenderá de la presa pero que, con sus continuos ladridos orientará al cazador en la espesura del bosque, siempre que ese perro no ladre porque sí o al rastro -como los hounds europeos-, pues así ahuyentará la presa antes de tiempo y hará imposible la cacería.

Pareciera que el dogo sabe aquello de que "los lamentos hacen perder las fuerzas", pues guarda todas sus energías para morder en silencio.

A veces son necesarios hasta seis dogos, para rendir en la cordillera un jabalí como el que muestra la foto, obtenido en Esquel, Chubut.

Como complemento de este capítulo sobre la enseñanza del dogo como perro de estancia o para cazar, debo agregar que jamás debe ser criado a la cadena, siendo esa la mejor forma de anular todas sus condiciones, crearse problemas para el futuro y hacer de él un perro inútil. La psicosis carcelaria, que a cualquier animal desespera, al dogo lo hace muy bravo, tanto que al soltarlo de pronto, saldrá desesperado, con todas sus energías acumuladas, apareciendo ante nosotros como un tanque de guerra incontrolable, como un robot o un satélite que ha perdido su base de control.

En cambio, criado suelto, es uno de los perros más tranquilos entre todas las razas, pareciéndose en ese sentido a un Spaniel. Puede pasar horas viendo jugar a los niños, participando de sus juegos o presenciando como tranquilo espectador el trabajo de corrales. Cuando está a nuestro lado, se siente feliz apoyando su pesada cabeza sobre nuestras rodillas, cuando descansamos al lado del fuego o cuando nos sentamos frente a la máquina de escribir a llenar carillas.

No creo que necesite más explicaciones el estanciero poseedor de un Dogo Argentino, o el que lo usa para caza mayor, a fin de obtener de él la utilidad que garanten su ancestro cazador de siglos y la gimnasia funcional de muchos años, que tipifican su atavismo.

CAPITULO OCTAVO