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Tal como lo entendía Max Weber, y al parecer lo entiende también Castells, la dominación

es un caso especial del poder4. Por lo tanto, es menester contar con una definición más o

sentido en que lo venimos tomando, como la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta de otro. Consiguientemente, existe un cierto consenso –también basado en Weber y hecho suyo por Castells– en entender por dominación un estado de cosas por el cual una

voluntad manifiesta del sujeto dominador influye sobre los actos de otros sujetos (dominados),

de tal manera que en un grado socialmente relevante estos actos tienen lugar como silos do-

minados hubieran adoptado por sí mismos y como máxima (legítima) de su obrar el conte- nido de dicha voluntad. Aquí es fundamental la cláusula de reserva “como si”, que expresa la deficiencia de la coacción simple pues (tal como lo sugerimos en (ii) en el parágrafo anterior, supra), no serían suficientes para el cumplimiento de los fines del dominado los meros resul- tados externos o el cumplimiento efectivo del mandato –sin más–, pues no es indiferente para el sujeto dominado –y esto nos permite hablar con cierta especificidad de dominación– el sentido de su aceptación en cuanto norma válida por la razón que sea, apareciendo dicha norma ante un tercero analista, que se interesa por el sistema social o bien por el discurso

que lo objetiva, como resultado de una estrategia discursivao bien, de un proceso ideológico.

Jamás hay que perder de vista que los enlaces causales que ligan el cumplimiento del mandato

a una norma válida se perfilan de modos muy diferentes: una cosa es el desempeño relacional

estratégico del privado(el discurso estratégico, la manipulación o la acción estratégica orientada

a fines)5y otra cosa es el consumo ideológico(el discurso ideológico), ya resulte este último de

un proceso de cristalización o institucionalización de la manipulación humana (con el con- siguiente paso de la influencia a la dominación) o bien, dependa de una base de imperativos sistémicos autonomizados. El cuadro de la página 65 resume lo dicho.

Valores y beneficios se reparten en forma desigual en las diversas sub-esferas de la produc- ción y recepción artística en un estado de cosas por el cual una voluntad manifiesta de ciertos

oficiantes dominantes (productores de 1er., 2do.y ngrados que asocian pretensiones de validez

a sus obras de arte) influye sobre las acciones de una feligresía (consumidores dominados), de

tal manera que en una medida socialmente relevante dichas acciones tienen lugar como silos

creyentes hubieran adoptado por sí mismos y como norma legítima de su obrar el contenido de esa voluntad manifiesta. En este caso ejemplar de dominación, la reserva “como si” impide nuevamente hablar de mera coacción porque el cumplimiento efectivo del mandato (interesado

o ideológico) del oficiante (es decir: el respeto de la voluntad del dominante de asentir –por parte del dominado– acerca del valor de ciertas prácticas y productos) no son suficientes para

el parroquiano6, pues desea que su devota o aparentemente “crítica” aceptación de dichos va-

ciente) será capaz de retener una parte relativamente suculenta de los beneficios puestos en juego (en el marco de la economía política típica del signo artístico).

Pero, ¿en qué se fundamenta la creencia en dicha norma? ¿Acaso en la presión que el propio despliegue histórico de las artes ejerce sobre los procesos de entendimiento racional cuando a partir de finales del siglo XV se liberan del consenso tradicionalmente consagrado, contradi- ciendo empírica y permanentemente toda axiología sustantiva? ¿Tal vez en el hecho de que la acción artística, desligada –a partir del 1500– de los patrones de comportamiento concretos heredados, haya requerido que su coordinación comenzase a estribar más fuertemente en los mecanismos de entendimiento? ¿Hablamos aquí de una norma válida que surge de un proceso moderno de secularización en el que la carga de la integración social al interior de la esfera del arte se desplazó de un consenso originario de base religiosa-metafísica hacia procesos lingüís- ticos o artísticos de formación del consenso? En verdad, nada de esto es lo que sucede, aun cuando podamos localizar en algunas de estas preguntas, ya al final de este ensayo, una manera de comprender un cierto potencial (de ilustración) de las artes contra la dominación.

Hemos de admitir que, también en el marco de dominación específico de la institución

arte, ahora para el analista, la falsa creencia en el valor intrínseco de la obra, es decir, en la va- lidez intrínseca del mandato del oficiante se sigue ya de una estrategia discursiva (influyente o dominante) o bien, del proceso ideológico en el que cuajan o se institucionalizan –a su vez– las estrategias discursivas de los privados en compleja relación con la estructura social, vale decir: dependiendo en parte o completamente –según la formación histórica a la que nos refiramos– de las coacciones sistémicas impuestas por la reproducción y la autopreserva- ción material de la sociedad.

Inclusive al reconstruir los lazos entre fenómeno arte y poder, siempre debemos distinguir (i) el discurso como parte de una teoría de la acción estratégica (uno de los sentidos relacionales de “poder”) guiada técnicamente de medios a fines, del (ii) discurso como parte de una teoría de sistemas (uno de los sentidos de “dominación”). Es menester distinguir un ejercicio del poder (i) que se apoya en las orientaciones de acción mismas (basada en un cálculo técnico, estratégico, egocéntrico, de medios a fines) del poder (ii) que circula como parte de la integra- ción y autopreservación del sistema social (empíricamente persistente) que opera mediante

una suerte de entrelazamiento funcional y selectivo de consecuencias de la acción que perma- necen latentes (ocultas) sobrepasando el horizonte de orientación por parte de los implicados (de la feligresía del caso). Una cosa es el consenso, la coacción o la resistencia normativamente asegurados o postulados y otra cosa es el triunfo de una organización o hábito social que persiste principalmente por apuntalar exitosamente la integración del subsistema (económico político

[inclusive del signo]) en el que se inscribe7. Estando ahora en tema, cabe decir que Manuel

Castells dejaría escapar o no consideraría suficientemente –por ejemplo al otorgarle dinamismo

al sentimiento de indignación(por exclusión, etc.)– las restricciones de una economía política

concernientes a las relaciones sistémicas anónimas, en relación a sus enunciados y presuposi-

ciones que lo son –sin más– acerca de contextos de acción estructurados en términos de mundo

de vidade los agentes, ya sean estos individuos o colectivos. La creencia de que los sujetos ex- cluidos actúan movidos o guiados por la indignación no habría superado aún el dilema utili- tarista que pesa sobre el concepto de acción racional con arreglo a fines.

En este mismo orden de cosas, Castells propone la idea de que una pura imposición por la fuerza no sería ya una relación social, pues si una relación de poder se ejerce tan solo con- tando con la dominación estructural, conduce a la obliteración del actor social dominado, lo que equivaldría a destruir la capacidad relacional de los actores que podrían –de otro modo– resistirse (2009: 34). La pregunta es: ¿Qué sucede con esta capacidad relacional o de resis- tencia, no ya en la imposición de la fuerza sino en el consumo de una ideología o falsa creencia como se ha dado –inclusive institucionalmente– en las artes? ¿En qué medida un tipo de ma- nipulación no violenta, que no indigna y que –por el contrario– distingue positivamente, como el consumo artístico, permite algún tipo de resistencia?

A este respecto, la dominación todavía podría presentar las configuraciones más diversas. Motivo por el cual, junto a otras formas posibles, Weber distingue dos orientaciones radical- mente opuestas de dominación que podrían sernos de alguna utilidad para saber qué sucede en la esfera de la producción y valoración artística. En primer lugar, [a] la dominación me- diada por cierta autoridad (poder de mando y deber de obediencia); en segundo lugar, [b] la dominación mediada por constelaciones de intereses (especialmente mediante situaciones de competencia). La manifestación más pura de la primera configuración [a] es el poder ejercido

por el funcionario. Esta clase de dominación se basa en el hecho de recurrir al deber de obe- diencia (aceptado como legítimo) con cierta independencia de toda suerte de posibles motivos e intereses. La manifestación más pura de la segunda configuración [b] es el dominio mono-

polizador del mercado8, tal como se daría –según nuestro argumento– también en las artes

ya del todo secularizadas de la sociedad-red, inclusive en las que se ofrecen como contrapoder en un mercado artístico harto sofisticado y distinguido como el que domina la esfera del arte una vez que este ya se ha desencantado, dejando de ser una acción axiológicamente enderezada y pasando a ser un tipo de manipulación profana (acción estratégica orientada al éxito). Este segundo tipo de dominación se basa, principalmente, en las influencias que, a causa de cual- quier capital (o de los valores fijados en el mercado), se ejercen sobre un tráfico formal y apa- rentemente “libre” de los dominados, que se inspiran en su propio interés.

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