Excavando en el suelo históricamente más rico que exis te, los arqueólogos israelíes son los más activos del mun do. En 1990 el Samaritan News anunciaba un descu brimiento sorprendente, al menos para sus lectores de Holon: en Masada, lugar donde los últimos zelotes ju díos del año 70 se suicidaron para no caer vivos en ma nos de los romanos, se acababa de descubrir una pie za de barro cocido cubierta de caracteres samaritanos; se supone que un antepasado, o quizá varios, habría par ticipado en el último sacrificio. Es posible que esto ha ya dejado indiferentes a los samaritanos de Nablus, ya que podría decirse que la no violencia ha llegado a ser para ellos una segunda naturaleza.
La arqueología es una ciencia dinámica: una ins cripción nueva puede desmentir un punto de vista tra
dicional y perfectamente asentado; así, excavaciones recientes han arrojado el resultado de que a principios de nuestra era los samaritanos escribían en caracteres hebraicos y los judíos en caracteres samaritanos. En la propia Tel Aviv, bajo el portal del museo Haaretz, el arqueólogo H. Kaplan rescató una inscripción en samaritano, de la que un trazo -«reconozco el tras pasado»- le ha hecho llegar a la conclusión de que se trataría de un reconocimiento de Jesús, y de que el em plazamiento habría pertenecido a una sinagoga sa- maritano-cristiana. Esta interpretación pronto fue re batida. Sin embargo, en conjunto, estos hallazgos permiten concluir que la separación entre judíos, sa maritanos y cristianos no fue tan rígida como gene ralmente se suponía.
En el territorio de la antigua Samaría, donde prosi guen las excavaciones bajo la dirección del arqueólo go Y. Magen, han tenido lugar otros descubrimientos. En 1979, aparecieron al oeste de Nablus los vestigios de un burgo samaritano que subsistió hasta el siglo VIII
y, en él, junto a una cisterna, se encontraron tres mik-
vot (baños rituales), que satisfacían perfectamente las
prescripciones de los tratados talmúdicos. En la propia Nablus el padre Magen descubrió poco después un hi pódromo construido en el siglo III, así como un teatro
que, con sus siete mil plazas, era casi tan amplio como el de Cesarea, testimonios de la prosperidad de los sa maritanos helenizados de aquella época.
Pero la mayor sorpresa fue la que esperaba a este in vestigador en el monte Garizim. Ya en 1964 R. J. Bull había hallado, en las proximidades de la cima, en la me seta Tell er-Ras, vestigios de un templo griego, bajo los cuales creyó percibir los restos de un templo samarita no. En 1984 el equipo de Magen se dedicó sistemáti camente al estudio de la cima. Exhumaron allí una ciu dad samaritana sepultada, de unas treinta hectáreas de superficie, rodeada de un recinto dotado de torres de guardia. Monedas con efigies de los reyes tolemaicos permiten una datación precisa y confirman las indica
ciones de Flavio Josefo y de otros historiadores anti guos; se trata, claramente, de la ciudad destruida en 128 a.C. por Juan Hircano. En cuanto a las crónicas sama- ritanas, se contradicen: según Abu Fat, el sumo sacer dote Abdal habría mandado construir en la cima del mon te Garizim un templo, pero todas las demás crónicas sólo dan cuenta de un altar. El samaritanólogo Rein- hard Pummer se inclina por la segunda tesis: «De to do ello cabe concluir que los samaritanos jamás erigieron un templo propiamente dicho, sino solamente un altar, frente al tabernáculo que habría desaparecido en tiem pos del “mal sacerdote” Elias. Pero también puede sos tenerse perfectamente que todas las menciones de un templo fueron suprimidas por la tradición samaritana en beneficio de una ideología: es decir, después de Elias no podía haber allí un templo y, en consecuencia, no lo hubo. Hay que esperar que las excavaciones que pro siguen arrojen luz sobre esta cuestión»10.
Quizá entonces se sepa lo que realmente pasó en el monte Garizim en la época en que los samaritanos se convencieron de haber ofendido al Dios de Israel y de haber entrado en su «era de desgracia» infinita...
Conclusión
Como ya hemos visto, los samaritanólogos opinan de modo casi unánime que el monte Garizim es el primer lugar santo, coronado por el altar donde el Dios de Is rael ordenó a los hebreos que le ofrecieran sacrificios, lo cual confirmaría las creencias de los samaritanos. Pe ro actualmente ellos no son más que un puñado frente a más de dos mil millones de seres humanos para quie nes ese lugar es Jerusalén. Su verdad, surgida, como he mos visto, de un conflicto arcaico, se fundaría enton ces en un mito grandioso de demostrada fecundidad, pues ha sido en el seno de la sociedad cristiana donde han nacido los hombres más convencidos de sus ver dades, como Copémico, Galileo o Descartes, quienes empedraron el camino de las ciencias y de las tecno logías. Sin embargo, sus émulos contemporáneos tie nen que enfrentarse, por el contrario, a «incertidumbres» de todo tipo.
Efectivamente, ya no estamos en la época en que Newton declaraba que la verdadera recompensa de su teoría era ser testigo de la armonía de la creación di vina; ni en la de Einstein cuando decía que Dios no jue ga a los dados con el mundo. Los sabios contemporá neos, cualesquiera que sean sus convicciones personales, no se atreven a profesar públicamente otra cosa que el pacifismo y la ecología. Y por eso los samaritanólogos se abstienen cuidadosamente de tomar partido en el an tiguo conflicto judeo-samaritano. Esta imparcialidad científica llega muy lejos: así, en la obra colectiva The
Samaritans, a la que tantas veces nos hemos referido,
este conflicto se da por sobreentendido o se evoca ses gadamente. En cuanto al padre Crown, director de la publicación, ya en la introducción general trata sólo de los progresos de los estudios samaritanos y de la luz que proyectan sobre temas relacionados, en primer lu gar, con los estudios bíblicos. Y él mismo lamenta que la recopilación no contenga ningún estudio sobre la teo logía de los samaritanos, lo que justifica por el estado actual de las investigaciones. En realidad, ¿un capítu lo referente a las creencias religiosas no sería demasiado escabroso?
Sea como sea, los veinticinco samaritanólogos que colaboraron en la obra dan muestras de una erudición que pretende ser impasible, glacial, hasta el punto de que sólo uno, el padre Macuch, ha tenido la intención de expresar su agradecimiento a los sujetos de su es tudio: puesto que los samaritanos han propiciado el avan ce en los conocimientos históricos, «debemos estudiar sus tradiciones con gratitud y respeto». Otro colabora dor de The Samaritans, el padre Schur, también ha lle gado más lejos pero no en esta obra, a la que quizá su tesis no se adecuaba, sino desarrollándola en su His-
toire des Samaritains, la cual también hemos citado en
varias ocasiones, tanto más destacada cuanto que ha si do redactada, como el párrafo siguiente, antes de la con moción del otoño de 1989 en la Europa del este y en la Unión Soviética: «Vivimos en una época en que la nacionalidad y el nacionalismo son los fenómenos po líticos más cargados de consecuencias para nuestra ci vilización y para nuestras vidas». Y para perfilar me jo r los fenómenos que realmente afectan hoy día a las relaciones humanas con más intensidad que nunca, Nat- han Schur observa que su estudio es tan fecundo apli cado a los casos de pueblos pequeños como cuando se trata de grandes estados. Pues bien, «los samaritanos son probablemente el pueblo más pequeño que haya con servado, durante tantos siglos, su propia conciencia na cional».
Otros espíritus libres llegaron a interesarse por el «pue blo más pequeño de la tierra» por muy distintos cami nos. Tal es el caso del politólogo inglés Anthony Smith, que, en el marco de la actual reacción contra las cien cias humanas todavía tachadas de antihistoricidad (es pecialmente la sociología), dedica sus investigaciones al significado de los mitos de origen arcaico para las historias nacionales. Lo que lo lleva a subrayar el pa pel, a decir verdad indisoluble, de la religión y de la na cionalidad en el caso de diversos pueblos del Oriente Próximo, que han conservado su identidad nacional gra cias a sus «textos sagrados». Por una parte, los maro- nitas y los coptos cristianos, así como esos disidentes musulmanes que son los drusos; y por otra, las «sectas judías», empezando por los samaritanos, «el estrato más antiguo del judaismo». Ciertamente las lenguas euro peas carecen de términos para designar a los grupos hu manos que en algunos casos se han constituido, en tiem pos precristianos; por ello, a falta de algo mejor, el padre Smith propone un término francés, ethnie, para defi nirlos. Y al preguntarse sobre las causas que subyacen a la sorprendente supervivencia del judaismo, logra re sumir en pocas palabras la significación del Talmud, «marco único en su género para satisfacer todas las ne cesidades sociales y religiosas de una comunidad ci mentada sobre su modelo de vida y su ética
¿Acaso es necesario recordar que la historia del pue blo judío siempre ha dado motivo para la reflexión? En un impulso inspirado Jean-Jacques Rousseau atri buía su supervivencia a la excelencia de las leyes de Moisés:
Él concibió y llevó a cabo la sorprendente empresa de constituir en forma de nación a un enjambre de infe lices fugitivos, sin oficios, sin armas, sin talentos, sin virtudes, sin valor y que, no teniendo un ápice de tie rra propia, eran un extraño rebaño sobre la faz de la tierra. Moisés osó hacer de este rebaño errante y ser vil un cuerpo político, un pueblo libre y, mientras erra
ba por los desiertos sin tener ni una piedra donde re posar la cabeza, le otorgó esa instalación duradera y a prueba del tiempo, de la fortuna y de los conquistadores que cinco mil años no han podido destruir ni siquiera alterar, y que subsiste todavía hoy con toda su fuerza, incluso aunque el cuerpo de la nación no exista ya 2. Al contrario que muchos de sus contemporáneos, Rous seau no intentaba extraer una prueba de la existencia de Dios de la «milagrosa» subsistencia de los judíos. Pero todavía en la actualidad el caso judío suscita in terrogantes, empezando por los judíos mismos -alg u nos aspiran a una «asimilación» integral y otros a su fusión en el Estado judío-, así como compromisos apa sionados que, en Occidente al menos, van del «filose- mitismo» posterior a la choa a un antisemitismo más o menos larvado. En el área musulmana, en agosto de 1990 se declaró una guerra santa a los «sionistas» de todos los países; de la misma forma ha sido predicada por un grupo de agitadores rusos que han encontrado recientemente émulos en Japón. A pesar de ello, los ju díos conservan amigos fieles por doquier, aunque ais lados.
Una reflexión seria sobre el caso de los samaritanos podría atemperar algo tales apasionamientos pues, a fin de cuentas, la impetuosa conclusión de Rousseau ¿no sería acaso aplicable aún mejor a los samaritanos? Asi mismo ellos podrían ser la piedra de toque desde un pun to de vista puramente intelectual, pues si las leyes de Moisés demuestran ser una institución a toda prueba, también es cierto que han perdurado en el medio judío y sólo en él, en virtud de una enseñanza antigua pero que anticipó, como hemos visto, la epistemología con temporánea. Además, el Talmud es un edificio inaca bado; como escribe uno de sus comentaristas recien tes, «es un organismo vivo, un árbol que ha llegado a un punto en el que ya no podría cambiar fundamental mente pero que sigue viviendo, creciendo y proliferando, produciendo retoños nuevos»3. Una joven filósofa atri
buye la vitalidad de este árbol de dos mil años a una especie de inversión de la flecha del tiempo: «En el Tal mud no es la palabra antigua la que amolda y determi na la palabra moderna, sino que es ésta la que da re trospectivamente todo su valor a aquélla sin deformarla jamás. Lo que significaría que no aporta tanto un sen
tido de la historia a partir de una dirección originalmente esbozada (esquema cristiano), como más bien una ca pacidad de absorción de lo nuevo a través de un diálo go abierto al mundo contemporáneo»4.
Por el contrario, la doctrina de los samaritanos está prácticamente coagulada, y hemos visto cómo la pre ocupación por su salvaguarda los conduce a excluir de su comunidad a los miembros que contravienen, aun que sólo sea mínimamente, sus tradiciones. Quizá só lo subsistan a este precio, y cabe esperar que lo consi gan. Puesto que todavía podrían enseñar algunas cosas a nuestro mundo tal como está. También cabe decir que en cierto modo han llegado a ser, pero a la inversa, un «pueblo testimonio» en la medida en que demuestran, con su sola presencia, que la supervivencia de los ju díos, tan sorprendente e incluso amenazante como es a ojos de muchos, nada tiene de única o de sobrenatu ral, ya que lo mejor de ella es debido a la incompara ble herramienta intelectual que es el pensamiento tal múdico.