5.4 Summing Up
6.1.1.0 Ellen—“You do not want to fail”
Además de establecer los conceptos que conforman la perspectiva del curso de vida, Elder proporciona una serie de principios que se recogen en la tesis. El primer principio al que Elder et al. (2003) hacen referencia es el principio de la agency o capacidad de
actuación. A pesar de que este término ha ganado protagonismo en las últimas décadas,
tiene sus orígenes en la psicología del desarrollo y la sociología del curso de vida, siendo entendido como la producción de una vida donde el agente es el productor mientras que el desarrollo humano, las vidas, las narrativas son los productos de esa capacidad de actuación (Marshall, 2000).
Sin embargo, en el contexto de la tesis la capacidad de actuación se define de manera más compleja. Recogiendo a Elder et al. (2003) y Crokett (2002), la capacidad de actuación se basa en que los individuos construyen sus vidas a través de elecciones, acciones y decisiones que se llevan a cabo en el conjunto de oportunidades y constricciones de las circunstancias históricas y sociales. Así, los adultos no actúan de forma pasiva como respuesta a las influencias sociales y las constricciones estructurales, sino que toman decisiones y se comprometen, en base a las alternativas que perciben tener. De esta manera, la planificación y las elecciones de los individuos, dentro de las limitaciones particulares de sus universos, pueden tener importantes consecuencias sobre las futuras trayectorias.
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Si en esta definición, la capacidad de actuación parece estar implícita en todas las acciones de la vida cotidiana, la definición proporcionada por Shanahan y Elder (2002) concreta la capacidad de actuación como la habilidad de formular planes y conseguir objetivos a lo largo de la vida. La idea central de esta definición subraya que la capacidad de actuación se extiende a través de las fases de la vida, conectando experiencias anteriores y posteriores motivadas por estrategias y comportamientos que están orientados hacia el cumplimiento de unos objetivos. Llegados a esta punto, merece la pena hacer tres incisos.
En primer lugar, la capacidad de actuación emerge en el proceso a través del cual se consigue el objetivo (Crokett, 2002). Por consiguiente, resulta evidente el significado implícito de la transición (o punto de inflexión) en esta manera de concebir la capacidad de actuación. Respecto a esta idea, la siguiente cita es reveladora:
“ninguna idea ilustra mejor el vínculo entre el contexto social y la capacidad de actuación de los individuos que el concepto de transición, que define el problema como cambio en el estatus. Los adultos interpretan las nuevas circunstancias y se adaptan, de tal manera que pueden alterar sus trayectorias. Cuando las transiciones interrumpen los patrones habituales de comportamiento, ellas proporcionan nuevas opciones para nuevas direcciones en la vida, que son los puntos de inflexión” (Elder y O’Rand, 1995:456).
En segundo lugar, ese cambio en el estatus del que hablamos en el párrafo anterior se debe, principalmente, al deseo de perseguir unos objetivos. En este sentido, según Crokett (2002), el hecho de perseguir un objetivo es una expresión de la capacidad de actuación ya que implica la creencia de que uno tiene la habilidad de llevar a cabo acciones efectivas para conseguir un resultado deseado. Una de las características de los objetivos es que son cambiantes y estos cambios pueden estar estimulados durante las transiciones, cuando se demanda hacer frente a nuevos roles y nuevos contextos (Higgins y Eccles-Parsons, 1983).
Por último, para conseguir un objetivo se necesita desarrollar una serie de procesos y entre ellos destaca, la selección de estrategias. Por consiguiente, la selección de
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que cabe especificar que no todas las acciones de los individuos se realizan en base a estrategias. No obstante, las estrategias sí son necesarias cuando el individuo establece unos objetivos que quiere conseguir. Una exhaustiva revisión bibliográfica pone de manifiesto que el uso del concepto de estrategia en las ciencias sociales es muy frecuente. No obstante, esta frecuencia viene acompañada, en la mayoría de las ocasiones, de cierta ambigüedad ya que en pocas ocasiones se define y se operativiza. Si tradicionalmente el concepto suele estar vinculado a la sociología de las organizaciones y, en un sentido más amplio, a las ciencias políticas, en el contexto de la tesis las estrategias se entienden como aquellos dispositivos de acción que los individuos utilizan para hacer frente a los retos de la vida y para conseguir objetivos, superando los obstáculos estructurales (Moen y Wethington, 1992).
Pero el principio de la capacidad de actuación, que implica el establecimiento de objetivos a cumplir y la planificación de estrategias para conseguir dichos objetivos, depende en gran medida del contexto y de sus constricciones. Por ello, Elder et al. (2003) proponen el principio del tiempo y espacio, ya que las trayectorias de los individuos están marcadas por el tiempo histórico y los sitios que las personas recorren a lo largo de sus vidas. En este sentido, los espacios pueden tener significados diferentes en relación al tiempo al que nos referimos. Como sugiere Gieryn (2000), un lugar posee tres características esenciales: una localización geográfica, una forma material o cultural y la inversión en el significado y valores. Al mismo tiempo, un mismo acontecimiento histórico puede cambiar de significado dependiendo del espacio, con lo que el espacio y el tiempo se convierten en elementos imprescindibles a la hora de entender las trayectorias y sus dinámicas.
Pero no solamente habría que tener en cuenta el tiempo, el espacio y el hecho de que los individuos son agentes activos de sus propias trayectorias, sino que es importante tener en cuenta también el momento vital de las personas ya que los antecedentes y las consecuencias de los acontecimientos, al igual que los patrones de comportamiento, varían a lo largo de la vida. Los mismos acontecimientos y experiencias pueden afectar a los individuos de manera diferente, dependiendo de cuando esos acontecimientos tienen lugar (George, 1993). Incluso el significado del acontecimiento puede cambiar en función de las diferentes etapas del desarrollo (Wheaton, 1990). De hecho, estudiar el
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dinámica muy frecuente en los estudios realizados a principios del siglo XX. Sin embargo, estudios posteriores revelan que no solo el efecto de la edad debe tomarse en cuenta sino también el efecto de la cohorte ya que hay acontecimientos que son compartidos por una generación independientemente de la edad que tienen los miembros que la conforman. Pero además del efecto de la edad y de la cohorte, hay un tercer efecto del momento vital; el efecto del periodo según el cual, el cambio en las características de las personas puede ser el resultado de los cambios producidos por el contexto, y no solamente de los cambios en relación a la edad (Glenn, 2003).
Por último, para entender las trayectorias, cabe subrayar el papel del principio de las
vidas vinculadas a través de las redes sociales. En este sentido, la iniciación de nuevas
relaciones puede influir en la vida de uno, creando puntos de inflexión que llevan a un cambio en el comportamiento. Por otro lado, precisamente porque las vidas se viven en interdependencia, las transiciones en la vida de una persona, a menudo, conllevan transiciones en la vida de otras personas.
Llegados a este punto, considero relevante dedicar los próximos párrafos al concepto de
redes sociales. Una primera aproximación teórica a las redes sociales nos vincula
rápidamente al concepto de capital social, un concepto con un amplio margen de dispersión en su conceptualización, lo que sin duda refleja la multiplicidad de perspectivas y disciplinas desde las que se aborda (Ocampo, 2003; Flores y Rello, 2003; Atria, 2003). De hecho, es precisamente la reciente proliferación del uso del capital social en contextos y áreas tan diversos, lo que hace que a veces sea utilizado como
concepto comodín, la cual cosa podría llegar a poner en peligro su utilidad (Portes,
1998).
Si nos remontamos a sus orígenes, el término capital social empieza a ser utilizado en los círculos académicos en el año 1916 por Hanifan (Robinson et. al., 2003). Sin embargo, son Bourdieu (1986) y Coleman (1988) los autores que lo incorporan en el léxico de las ciencias sociales. Si para Bourdieu el capital social está intrínseco en las relaciones sociales, permitiendo a los individuos estar mutuamente conectados, para Coleman, el capital social no radica en las relaciones sociales sino en la estructura de la red en la que los individuos están inmersos. Así, en términos de Coleman (1990), el capital social se crea en la estructura social, facilita acciones tanto individuales como
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colectivas para los individuos que pertenecen a esa estructura y se rige por una serie de normas y conductas. A pesar de ser estos dos autores los que desarrollan las primeras conceptualizaciones del capital social, es a partir de los trabajos de Putnam (1993) cuando empieza a proliferar el uso del concepto (Lopez et al., 2007). Para este autor el capital social es una característica de los grupos y se refiere a aspectos de la organización social tales como la confianza, las normas y las redes sociales.
Sin embargo, en el contexto de la tesis el concepto de capital social se aborda desde la perspectiva de las redes sociales, siendo definido el capital social como los recursos incorporados en la red social del individuo, recursos a los que se accede o son movilizados a través de las relaciones en la red (Lin, 2005; Atria, 2003). Concretamente las redes sociales son aquellas estructuras de sociabilidad a través de las cuales circulan bienes materiales y simbólicos entre personas más o menos distantes (Sunkel, 2003). Así, la existencia de redes sociales brinda ventajas adicionales a los individuos que tienen acceso a ellas, en comparación con las que obtendrían si actuaran individualmente y sin el apoyo de las mismas.
En este sentido, Lin (1999) destaca cuatro aportaciones de las redes. Por un lado, las redes sociales facilitan el flujo de información. De esta manera, las relaciones sociales localizadas en puntos estratégicos pueden proveer a los individuos con información útil sobre las oportunidades y las opciones que en otras circunstancias desconocerían. Si nos referimos concretamente a los procesos de reclutamiento, estas relaciones sociales también benefician la organización, ya que alertan de la disponibilidad y el interés de individuos por determinadas empresas. De esta manera, el acceso a esta información reduce el coste de transacción para la organización, que recluta individuos mejores (con mejores competencias o conocimientos técnicos y culturales), y también para los individuos, que encuentran mejores organizaciones donde desplegar y desarrollar sus habilidades y competencias. Además, basarse en evaluaciones personales obtenidas mediante la red social, resulta útil para aquellas personas que deben escoger entre empleados o empleadores con características similares. Eso se debe a que el uso de canales informales de evaluación, resulta ser más rápido, eficiente y conlleva menores costes (Murray et al., 1981; Calvó, 2006).
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En segundo lugar, las relaciones sociales pueden influir en los agentes (empleadores) que juegan un papel crucial en la decisión (de contratar). Algunas relaciones sociales, gracias a su localización estratégica y su posición, vienen acompañadas por valiosos recursos y poder. En tercer lugar, las relaciones sociales pueden ser concebidas por las organizaciones como certificaciones de las credenciales sociales de los individuos, lo que, en definitiva, refleja la accesibilidad de los individuos a los recursos a través de las redes sociales. La existencia de estas relaciones que avalan a los individuos garantiza que, la persona contratada, puede proveer recursos adicionales útiles para la organización. Por último, se espera que las relaciones sociales refuercen la identidad y
el reconocimiento. El hecho de ser reconocido como miembro de un grupo, compartir
intereses y recursos, no solo aporta apoyo emocional, sino también representa el reconocimiento público de que uno tiene acceso a determinados recursos.
No obstante, estos cuatro atributos de las redes sociales no se plasman con la misma intensidad y tampoco se distribuyen de la misma manera en las diferentes redes de los individuos. Para entender uno de los factores de variabilidad que distinguen unas redes de otras, incluyo en el debate el concepto que alude a la fuerza de los lazos. Concretamente, la fuerza de los lazos se define como la combinación entre la cantidad de tiempo, la intensidad emocional, la confianza mutua y los servicios recíprocos que caracterizan un lazo (Granovetter, 1973). Desde esta perspectiva, destacan las redes de
parentesco, como parte de la reserva de recursos sociales que, conjuntamente con las redes de amigos, encarnan las relaciones de reciprocidad más estables y fuertes con las
que cuentan los individuos (Durston, 2003). Este tipo de relaciones, constituyen lazos fuertes, aquellos fácilmente accesibles y con gran capacidad de movilización por parte de los individuos que los requieren. Además, cuando el individuo necesita información, primero acude a las redes de parentesco y amigos, antes de recurrir a conocidos y eso se debe, principalmente, a una cuestión de confianza (Murray et al., 1981).
Pero aparte de las redes de parentesco y las redes de amigos, cabe mencionar la red de
los conocidos que configuran los lazos débiles. Así, estos lazos débiles juegan un papel
especial en las oportunidades de movilidad de las personas. Eso se debe a la tendencia, según la cual, aquellos que poseen lazos débiles tienen un mejor acceso a informaciones, por ejemplo, sobre oportunidades de trabajo (Granovetter, 1983). En este sentido, es más probable que los conocidos, a diferencia de los amigos cercanos, se
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muevan en una amplia gama de redes, diferentes a las que el individuo suele tener acceso. Por otro lado, es más probable que aquellos a los que somos muy cercanos, se muevan en las mismas redes que nosotros y por lo tanto la información a los que ellos tienen acceso, sea muy parecida a la que nosotros poseamos. En resumen, los lazos débiles fomentan una difusión extensa de la información, mientras que los lazos fuertes perpetúan una diseminación local.
Además, en el caso de los individuos que quieren conseguir puestos de trabajo de mayor estatus, que tienen mayor nivel de estudios y mayores salarios, los lazos débiles son más ventajosos que los fuertes (Lin et al., 1981; Granovetter, 1983). Al contrario, para aquellos que persiguen puestos de trabajo de menor estatus, que tienen menor nivel de estudios y menores salarios, los lazos débiles no son especialmente útiles y cobran relevancia los lazos fuertes. Por otro lado, los lazos débiles no son ventajosos solamente para los individuos, sino también para las organizaciones, ya que, en los procesos de selección, las recomendaciones reducen la incertidumbre de los empresarios sobre la productividad esperada de los trabajadores (Calvó, 2006). Así, gracias a las redes de contactos, tanto candidatos como empresarios, obtienen beneficios informacionales a través de recomendaciones y siempre a un bajo coste de búsqueda.
En el caso concreto de los inmigrantes cualificados, diferentes investigaciones ponen de manifiesto que no suelen mantener fuertes lazos con otros connacionales en el país de destino. Eso se debe a que las redes étnicas no ofrecen el tipo de vínculos que los inmigrantes cualificados necesitan, ya que en pocas ocasiones brindan oportunidades para mejores empleos (Iredale, 2001; Meyer, 2001). De esta manera, organizar la vida en torno a los enclaves étnicos es raramente positivo para los inmigrantes que quieren progresar en su profesión, debido a la diversidad de perfiles dentro de una misma comunidad étnica (Csedo, 2009).