Cada época tiene su intelligentsia. La palabra designa aquí no a la gente instruida, sino a aquellos cuya instrucción excede su inteligencia. Una esponja puede contener cierta cantidad de agua, y una persona absorbe cierta instrucción. Cuando la esponja ha llegado a un punto de saturación gotea, y la persona fastidia.
Los intelectuales son orgullosos por la pretendida superioridad que el saber les ha dado. Juzgan a los otros más por lo que saben que por su conciencia.
Juzgan a la religión según sus propias normas y, siempre que escriben sobre este hecho, sus artículos podrían titularse: «La idea que tengo de la religión». Jamás buscan conocer la idea que Dios tiene. La regla de enjuiciamiento la constituyen sus propios prejuicios.
En el siglo XVII, los intelectuales encontraban aceptable toda religión que satisfaciese su interpretación individual; en el siglo XVIII encontraban aceptable toda religión que se acomodase a los principios racionalistas que ellos mismos habían establecido; en el siglo XIX juzgaban buena toda religión que estuviese de acuerdo con sus miras políticas.
Hoy pretenden que ninguna persona instruida puede dar crédito a la religión, pues pertenece ésta a la misma categoría que el folklore, la superstición, los tabús primitivos y las fobias; se burlan de la simplicidad de la fe y la ridiculizan. Voltaire siempre gritó que la burla era el medio mejor para destruir el cristianismo, esta infamia.
Para los intelectuales, el sello distintivo del hombre culto es ser irreligioso o antirreligioso. Antes ponían en duda la existencia de Dios; ahora dudan, no solamente de sí mismos, sino del valor de la naturaleza humana.
¿Qué impacto produjo en ellos la Cruz? Basta remontarnos a sus antecesores para estudiar su reacción.
Da cuarta palabra, dirigida a la Cruz, fue proferida por los intelectuales del momento, los Príncipes de los Sacerdotes, los escribas y fariseos: «Salvó a otros y a sí mismo no puede salvarse. Si es el Rey de Israel, que baje ahora de la Cruz y creeremos en El. Ha puesto su confianza en Dios, que Él le libre ahora, si es que le quiere, puesto que ha dicho: soy el Hijo de Dios» (Mt 27, 42-43).
Los intelectuales saben lo suficiente acerca de la religión para falsearla; por eso ponderan, para ridiculizarlos, cada uno de los tres títulos que había reclamado Cristo.
«Salvador.» Así le habían llamado los samaritanos. Sus enemigos admitían ahora que había salvado a otros: a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y a Lázaro. Podían, también, admitir que ahora el mismo Salvador experimentaba la necesidad de salvación. El milagro decisivo había fallado.
¡Pobres necios! No puede salvarse a sí mismo, naturalmente. La lluvia no puede salvarse a sí misma, si debe hacer crecer la hierba. El sol no puede salvarse a sí mismo, si debe iluminar el mundo; el soldado no puede salvarse a sí mismo, si debe salvar su patria. Y Cristo no puede salvarse a sí mismo, si debe salvar a sus criaturas.
«Rey de Israel.» Este título se lo puso la muchedumbre, después que
hubo alimentado a la multitud, cuando huyó solo a las montañas. La multitud lo había repetido el Domingo de Ramos, esparciendo el ramaje bajo sus pies. Ahora se lo atribuyen como burla. «Si es el Rey de los Judíos, que baje de la Cruz».
¿Es necesario que todos los reyes de la tierra se sienten sobre tronos dorados? ¿Y si el Rey de Israel ha decidido reinar sobre una cruz, ser Rey, no de los cuerpos por la fuerza, sino de los corazones por amor? Lo escrito sobre el Mesías está repleto de ideas de un rey que por la humillación había de llegar a la exaltación.
¡Qué necedad la de burlarse de un rey porque rehúse bajar de su trono! Si bajase, serían los primeros en decir, como lo habían dicho otra vez, que lo hacía con el poder de Belcebú.
«Hijo de Dios.» «Ha puesto su confianza en Dios.» «Que Dios le
libre, si le ama, pues él ha dicho: Yo soy el Hijo de Dios.» Las fuerzas antirreligiosas se alegran en el momento de las grandes catástrofes. En tiempo de guerra preguntan: «¿Dónde está Dios?» ¿Por qué en épocas tumultuosas es siempre Dios el acusado y no el hombre? ¿Por qué durante
la guerra el juez y el culpable intercambian sus asientos, cuando el hombre pregunta: «Por qué Dios no se alista para la guerra»?
Nuestro Señor fue privado del privilegio de obrar libremente cuando fue atado con cuerdas y clavado en la Cruz. Fue privado del privilegio de
hablar libremente cuando, en el patio de Caifás, el soldado le abofetea con
guante de hierro. Ahora se le priva del privilegio de pensar libremente, mientras los intelectuales le escarnecen con risa de desprecio.
En lenguaje siniestro, diabólico, hay dejos de burla infernal. Esta burla es un hálito del infierno, pues, revolviéndose contra Dios, las almas se vuelven unas contra otras y el hombre se convierte en lobo para el hombre. Cada uno devora, literalmente, al otro; un alma perdida, demoníaca, hace presa en el alma de su prójimo. El más cercano es, por consiguiente, el que más se descarta. Es ley del infierno odiar a aquel que está más cerca. De la misma manera que los criminales cogidos en la red de la justicia se vuelven unos contra otros, así los que penetran, trope- zando, en el reino de las tinieblas eternas, se llenan de la maldad de todas las otras almas, en esta región de la muerte.
De esta forma oyó Cristo que se burlaban de Él. Estas gentes le juzgan perdido. Ignoran que su suerte ya está echada. Por esto, los condenados se befan de quien creen que está predestinado a la condenación. El infierno triunfa en los humanos. Ciertamente, es la hora del poder de los demonios.
¡Vosotros los virtuosos, que en la tierra sois escarnecidos por causa de vuestra fe en Dios!, tenéis ahí un ejemplo. La burla de que habéis sido objeto en la oficina porque ayunáis los viernes por amor a la Pasión sufrida por vuestro Salvador el Viernes Santo; ese plegarse de unos labios desdeñosos, esa sonrisa irónica que os aguarda porque rezáis o porque sois sumiso, a la Iglesia; los sarcasmos de vuestros compañeros porque os arrodilláis en el cuartel junto a vuestra cama; todo eso no es sino el eco de los ultrajes que recibió el Salvador en el Calvario.
¡Pero no bajéis de vuestra cruz! «Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa» (Mt 5, 12).
«Si sufrimos con él, con él reinaremos. Si le negamos, también él nos negará» (2 Tim. 2, 12).
¿Por qué Aquel que es la estrella de la mañana no ha de disipar las tinieblas de esta hora? Porque es el momento en que quiere reparar por los pecados de los hombres. El movimiento del pecado es doble: separarse de Dios para volverse a las criaturas.
El que no tiene pecado quiere ahora experimentar ese doble efecto del pecado. Puesto que el pecar es volverse hacia las criaturas, sufre de parte de los hombres; puesto que pecar es desviarse de Dios, no se sustrae al abandono divino; en medio de las burlas y las sarcásticas sonrisas clama con voz potente: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
Es su respuesta a los intelectuales. Que desvíen en este momento su pensamiento del saber y que mediten en la conciencia del pecado. El pecado es la separación de Dios, es la suprema soledad. ¡El pecado aparta al hombre de Dios, aparta al hombre del hombre!
Jesús permite ahora que ese poder de ruptura del pecado, permanente en el infierno, devaste lo más íntimo de su alma a fin de sufrir lo que han merecido nuestros pecados.
He aquí la razón por la que deja sin respuesta las burlas de infierno y el desprecio de los intelectuales. Dice la Sagrada Escritura: «Nadie se burla de Dios» ¡Dios permitirá la burla a los comienzos! ¡Pero, al fin, no!
Esta amistad entre Dios y el hombre que el pecado ha roto, la siente como suya. Su clamor revela que la esencia del pecado no es un acercamiento, sino una separación. Es todo lo que el pecado merece: la burla por parte del hombre, la repulsa por parte de Dios. En esto consiste el gusano y el fuego del infierno.
No vayáis a creer que este grito de congoja significa que quien tomó sobre sí los pecados del mundo no es el Hijo de Dios. Dios no podía ser abandonado de Dios. Pero Dios, bajo forma de hombre, podía conocer el abandono, pues según la fuerte expresión de San Pablo: «¡Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose por nosotros maldición, pues escrito está: maldito todo el que es colgado del madero!» (Gal. 3, 13). i Las palabras que citaba estaban tomadas de un salmo escrito mil años antes, y que profetizaban los sarcasmos lanzados contra la Cruz!
El Hijo de David cita los cantos de David. El Hijo de Dios por su propio Espíritu hacía brotar las fuentes de agua viva en el Hijo del Hombre. El Verbo hecho carne se servía de las palabras que estaban inspiradas. El Poeta recitaba su propio poema. Era el poema de la Redención. Los tribunales, el populacho, los pecadores empedernidos, los intelectuales, hicieron cuanto pudieron para destruirlo, rechazándole a la cara su amor, pero este noble, este regio amor permanecía intacto. En la hora de las tinieblas, cuando experimentaba el abandono y la soledad, me- recidos por el pecado, en su naturaleza humana, llama a Dios.
Ahí queda indicado para los intelectuales el camino que les llevará a Dios por parte del hombre y por parte de Dios.
a) Por parte del hombre, este grito: «¡Dios mío!», es la antítesis del orgullo de los intelectuales. Es un grito de humildad y de profunda obediencia. Habiendo el hombre alcanzado los más profundos abismos de la soledad, reclama todavía el derecho de ser humano. Es la confesión del deber filial, es una plegaria tan sumisa que el hombre continúa buscando a Dios incluso en las tinieblas del abandono.
Cristo, tomando sobre sí el pecado del hombre, reclama a Dios que se porte justamente con la criatura predestinada a ser su hijo, y abra de nuevo la puerta al pródigo. ¡El pecador llama! Adán, después de su pecado, se escondió. Dios pregunta: ¿Dónde estás?» El nuevo Adán, ahora, se adueña de la soledad de alma de Adán y pregunta a Dios: «¿Dónde estás Tú?»
Tal es el fundamento de la religión, tal el camino de la salvación para todos los intelectuales; hacerse obedientes, abandonarse totalmente a Dios, reconocerse criaturas, implorar la recuperación de la amistad.
Un hombre puede experimentar también los dolores del infierno, la burla y la soledad y preguntar todavía a Dios por qué no es digno de entrar en el cielo. La palabra de Jesús no quiere decir que no crea en la miseria y en los castigos merecidos por el pecado: ¡no habla de «un Dios», ni aun de «Dios», sino que dice: «¡Dios mío, Dios mío!»
Al presentarse desnudo como un niño que nada tiene y que no puede vivir en la soledad del pecado, el hombre prueba que no hay alegría sino en Dios: «¿A quién tengo yo en los cielos? Fuera de ti, nada deseo sobre la tierra» (Sal. 72, 25). El grito del Salvador expresaba la esperanza del hombre. Era la negación de lo caótico en medio del caos. Nosotros, por consiguiente, podemos traer a Dios nuestro «porqué».
Entonces entendemos la maravilla: no es Dios en verdad quien nos abandona, sino nosotros los que abandonamos a Dios. Adán, después de su pecado, se oculta de Dios; esto es lo que el hombre hace. ¡Nunca Dios nos abandona realmente! Cristo, en su naturaleza humana, nunca se separó de su naturaleza divina.
Porque el hombre está hecho para Dios, siente el pecado como un abandono. Se parece a quien, rehusando comer, dice: «alimento, me has abandonado», o a los labios resecos del que se apartaba desdeñoso de una fuente diciendo: «agua, ¿por qué me has abandonado?» De la misma manera que el estómago tiene necesidad de alimento y los labios resecos tienen necesidad de agua, el espíritu tiene necesidad de la verdad y el
hombre tiene necesidad de Dios. Rehusamos beber y nos asombra tener sed; rehusamos amar a Dios y nos asombramos de ser desgraciados.
b) Si, por parle del hombre, el retorno a Dios se verifica al reconocer su estado de criatura, por parte de Dios la reconciliación se efectúa por el amor. Las criaturas demasiado a menudo traicionadas y ridiculizadas cesan de amar. Tocan el fondo del mal y dicen: «ya no quiero saber nada con él».
Pero el amor divino rehúsa apartarse del pecador aun en el pecado. Lejos del Señor el apartarse de nosotros. «El Señor ha cargado sobre sí todas nuestras iniquidades» (Is. 53, 6).
Llevar el pecado era continuar amando, aun durante la crucifixión. A pesar de tanto amor, puedo continuar en el pecado, pues soy libre. Y aunque veo a Cristo amarme, a pesar de eso, le crucifico; y, aunque le oigo pedir por mí al Padre, le abandono; y al saber que nunca perderá la fe en mí, a pesar de que yo me convierta en impenitente, ¿cómo podré continuar pecando frente a un tal amor?
Puede ser que no esté al término de mí camino, pero sí al fin de mi rebeldía. Veo la naturaleza del pecado y exclamo: ¿Por qué estoy abandonado? Veo la naturaleza de Dios y grito: ¡Dios mío, Dios mío!
Un chiquillo ha pecado gravemente. La madre sufre por este pecado. Y este sufrimiento está en relación directa con la fuerza de su amor y con la gravedad del pecado. Porque la madre ama al niño, no puede ella dejarle soportar solo las consecuencias de la falta. Ella las divide y las hace suyas. Si el niño ve sufrir a la madre, se sentirá impulsado a penitencia. La madre entonces podrá perdonar.
Cristo nos ha amado hasta tal punto que ha tomado sobre sí nuestros pecados como si fuera culpable. Nos atrae al arrepentimiento con el precio que ha pagado por nuestro rescate. El perdón, por consiguiente, no es algo que se nos deba. La Cruz fue la suprema expresión de la rectitud de Dios.
Si la redención se hubiera realizado sin costo alguno, sería para nosotros un insulto, pues ningún hombre que posea el sentimiento de la justicia quiere ser soltado sin motivo. Sería un insulto a Dios, pues, todo el orden moral fundado en la justicia estaría en peligro. La Cruz es la prueba eterna de que ningún pecado es perdonado gratuitamente.
Dios salvaguarda su justicia aun en el mismo momento en que perdona: «Todos errábamos como ovejas, cada uno seguíamos nuestro propio camino mientras que Yahvé hizo que le alcanzara la culpa de todos
nosotros» (Ts. 53, 6). «A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que en El fuéramos justicia de Dios» (2 Cor. 5, 27).
Que consideremos al hombre o consideremos a Dios, nosotros nos ponemos en relación con Dios, principalmente en condición de hijos desobedientes que vuelven a un Padre amante y santo.
Intelectuales, sois vosotros en el mundo el estamento más difícil de conducir a Dios, no porque seáis sabios, pues nadie es sabio a menos que haya descubierto la verdad. A aquellos que se tenían por sabios a sus propios ojos y rechazaban la verdad, Nuestro Señor les decía: «Los publícanos y las meretrices os precederán en el Reino de los Cielos» (Mt 21, 31).
¿Tendría razón San Pablo cuando decía a los intelectuales de Corinto que la sabiduría del mundo era locura a los ojos de Dios? ¿El carácter reside sólo en el intelecto, como creéis vosotros, o en la voluntad que se adhiere a Dios en las tinieblas, como este mundo le revela?
¿Son todos los intelectuales felices? ¿Los ignorantes, todos desgraciados? ¿Tenéis razón cuando pensáis que, si un hombre conserva la rectitud intelectual, su moralidad privada no importa a nadie?
¿No estará determinado en gran parte entre los modernos el odio contra la religión por su modo de vivir? Después de todo, ¿no se ilusionan al adaptar sus creencias a sus costumbres más bien que al acomodar las costumbres a unas creencias?
¿Por qué los intelectuales ponen más interés en destruir la fe en los demás que en comunicarles sus propias incertidumbres? Decís a los otros que creer en Dios es una puerilidad, pero ¿qué prudencia les dais a cambio? ¿Por qué nunca pensáis hacer a los demás mejores, sino solamente en hacerlos «más prudentes» según vuestro propio juicio?
Hace algunos años que, en uno de los grandes colegios del Este de Norteamérica, instruía a un joven a quien sus camaradas ponían en ridículo. Compraban rosarios y los agitaban ante sus ojos cuando se le cruzaban en el Campus.11 Este colegio, sin embargo, fue fundado para que
se enseñara allí la religión. ¿Por qué es necesario que los intelectuales se mofen? ¿Saber es verdaderamente comprender?
Tomaos una hora esta noche para meditar acerca de la respuesta dada por Nuestro Señor a los intelectuales de su tiempo. Ha tenido una respuesta para todas sus burlas: el abandono completo y total en Dios; la
11 Este nombre designa una extensión de campo o parque donde se levantan las
humillación del orgullo hasta la nada. «Destruyendo consejos y toda altanería que se levante contra la ciencia de Dios y doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo» (2 Cor. 10, 5). Examinando vuestra conciencia, preguntaos: ¿Eres tú tu propio creador? ¿No debes a ningún otro lo que hay en ti de más profundo? ¿Tienes más derecho que una rosa para pretender que no hay vida que exceda a la tuya? ¿La libertad de tu alma tiene su origen en sí misma? ¿Nunca en tu vida has hecho mal y nunca has experimentado el deseo de reparar?
¿No ha dicho Nuestro Señor: «En verdad os digo: si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos»? (Mt 18, 3). Con esto quería decir que os es necesario revestiros de un nuevo espíritu. No nos exige ser muchachuelos. Nos pide que nos parezcamos a los niños, es decir, que nos mostremos dóciles, que nos dejemos enseñar.
Por consiguiente, cuando en las tinieblas sintáis vuestra alma inquieta y vuestra conciencia torturada, no creáis que esto es efecto de irrupciones sicológicas, llegadas del inconsciente. Más bien en la llamada de Dios.
Cuando permanecéis desvelados en la noche, apesadumbrados por vuestros pecados, porque en la oscuridad vuelven vuestras propias faltas; cuando lloráis la pérdida de vuestros padres o amigos, reflexionando en aquel momento sobre el problema de la muerte; cuando estáis emocionados por la pureza, el sacrificio y la fe de los otros; incluso cuando los ponéis en ridículo; cuando ensayáis mil veces al día descebar las inquietudes de vuestra conciencia, ¡preguntaos qué son estas solicitudes!