MANAGERIAL PERCEPTIONS • Perceptions regarding exporting
3. Export Performance under the Microscope: A Glance through Spanish Lenses
3.4 Empirical Methodology 1 Data collection
El amor «sobrenatural» es, como todo amor, un sí que se me ha dado. Sin embargo, es un sí que viene de un tú mayor que el tú humano. Es el sí de Dios, que penetra en mi vida mediante el sí de Jesús en su encarnación, cruz y resurrección. Un sí proferido por Cristo en nuestro favor, cuando nos encontrábamos alejados del sí de Dios. El «ágape» supone que el amor de Cristo crucificado se me ha hecho perceptible, me ha alcanzado, gracias a la fe. Esto puede parecer un tanto difícil, si lo miramos desde el punto de vista meramente humano-psicológico, pues estamos ante el famoso problema de la «actualización». ¿Cómo puede la cruz del Señor llegar hasta mí a través de la historia, de forma que me haga experimentar lo que Pascal percibió con gran agudeza en su meditación sobre el Señor en el Huerto de los olivos: la sangre que he derramado por ti16? La
16
Pensées 736: Le mystère de Jésus, Bibliothèque de la Pléiade (v. no- ta 4 p. 16), p. 1313.
«actualización» es posible porque el Señor, aún hoy, vive en sus santos y porque, en el amor que viene desde su fe, me puede alcanzar su amor inmediatamente. Recordemos lo que se ha dicho en el capítulo sobre la fe, acerca de nuestro camino desde una fe de «segunda mano» a una fe de «primera mano»: en todo encuentro con el amor de los «santos», de aquellos que realmente creen y aman, yo encuentro siempre algo más que un hombre determinado. Yo encuentro lo nuevo que sólo mediante el otro —mediante Él— podía formarse en ellos, y así se abre también en mí la vía de la inmediatez con él.
Pero esto es solamente el primer paso. Si este sí del Señor penetra realmente en mí, de forma que regenere mi alma, entonces mi propio yo está en él, participa de él: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Es entonces cuando se realiza el misterio del Cuerpo de Cristo, como lo expuso San Juan Eudes en su tratado sobre el Corazón de Jesús: «Te ruego que pienses que Jesucristo es tu verdadera cabeza y que tú eres uno de sus miembros. Él es para ti lo que la cabeza para sus miembros; todo lo que es suyo es tuyo: espíritu, corazón, cuerpo, alma, todo. Lo puedes utilizar como si fuera tuyo... Tú eres para él como un miembro para la cabeza, que desea intensamente adoptar todas tus capacidades como si fuesen suyas...»17. En el encuentro con Cristo se instaura, como diría la teología, una «comunicación de idiomas», un intercambio interno y recíproco en el gran nuevo Yo, en el que me introduce la transformación de la fe. Entonces el otro ya deja de ser un extraño para mí, también él es un miembro. Cristo quiere utilizar mis capacidades para él,
17
Traktat Über das Harz Jesu 1, 5: lectura del breviario 19, 8;
cfr. a este respecto H. Bremond, Histoire littéraire du
sentiment religieux en France, III. La conquête mystique,
Paris 1923, pp. 583-671; F. Cayré, Patrologie et histoire de la
incluso si no está presente una atracción humana natural. En ese momento yo puedo transferirle a él el sí de Cristo que me vivifica, como un sí mío personal y al mismo tiempo suyo, incluso y precisamente si no existe simpatía natural. En lugar de las simpatías y antipatías particulares aparece la simpatía de Cristo, su sufrir y amar con nosotros.
De esta simpatía de Cristo, de la que yo participo, que es mía en la vida de la fe, yo puedo transmitir una simpatía, un sí mayor que el mío propio, que haga sentir al otro aquel profundo sí que es el único que puede dar sentido y valor a todo sí humano.
Desgraciadamente aquí no podemos considerar más de cerca la modalidad humana de este ágape. Este está exigiendo iniciación, paciencia e incluso la previsión de recaídas continuas. Presupone que yo, en la vida de la fe, llegue a un intercambio interno de mi yo con Cristo de modo que su sí penetre realmente en mí y se convierta en mi sí. Presupone también el ejercicio: al valor concreto de este sí que viene de él y que pasa al otro y que para ello tiene necesidad de mi. Puesto que únicamente en este valor, al principio no habitual y un poco ingrato, crece la fuerza y se reconoce cada vez más el acontecer pascual: esta cruz que me atraviesa («auto-negación») conduce a una gran e íntima alegría: a la «resurrección». Cuanto más tenga el valor de perderme a mí mismo, tanto más experimentaré que precisamente es en ese momento, cuando me reencuentro. Y de esa forma, mediante el encuentro con Jesús, crece para mí un nuevo realismo que me ratifica en mi actuar como un miembro suyo. Igual que existe un circulus vitiosus, un encadenamiento en lo negativo, cuando un no condiciona a otro, aislándose cada vez más, lo mismo existe un circulus salutis, un anillo de salvación, en el que un sí genera a otro. En ese caso es importante garantizar la relación justa entre naturaleza y gracia. Un ágape que no lleve consigo y afirme
en uno su propia «naturaleza», que intente rechazar y combatir al yo, se hace amargo y obstinado. Asusta al otro y nutre una íntima ruptura en mí mismo.
La exigencia de la cruz es algo completamente distinto. Llega más en profundidad; exige que ponga en manos de Jesús mi propio yo, no para que los destruya, sino para que en él se haga libre y abierto. El sí de Jesucristo que yo transmito, es realmente suyo sólo si es totalmente mío. Por eso esta vía requiere mucha paciencia y humildad, como el mismo Señor tiene paciencia con nosotros: no es un salto mortal en el heroísmo lo que hace santo al hombre, sino el humilde y paciente camino con Jesús, paso a paso. La santidad no consiste en aventurados actos de virtud, sino en amar junto a él. Por eso los santos verdaderos son hombres completamente humanos y naturales, seres en quienes lo humano, mediante la transformación y purificación pascual, llega la luz en toda su original belleza.