Cuando el parto se presenta antes de la semana 37 se le considera pretérmino. Cuando se pasa de la fecha, postérmino. El parto esperado es aquél que se da entre la semana 37 y 42. Sister Lilian (2008) considera varias etapas en el proceso del parto:
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La primera etapa va hasta la dilatación del cérvix hasta los 10 cms, las contracciones uterinas varían según la mujer. Antes de pasar a la segunda etapa hay una fase de transición en la que el cérvix debe ocultarse, con la finalidad de evitar desgarramientos.
En la segunda, hay una alteración fisiológica en la zona del perineo, con el fin de permitir que la cabeza del bebé se ubique bien en la vagina. En esta etapa, se hace viable la episiotomía, con el fin de evitar complicaciones, como el desgarramiento. En este momento deviene el nacimiento; es de anotar, que el bebé puede venir en diferentes posiciones, lo cual determinará la facilidad o dificultad del parto. En cuanto a la madre, lo ideal sería que cada mujer encuentre su posición para parir.
Tercera etapa; se caracteriza por el corte del cordón umbilical. Lo ideal sería hacerlo después de que deje de pulsar, que el bebé haya llorado, y haya ocurrido el alumbramiento de la placenta.
En el momento del parto, se activan unas hormonas que hacen posible este proceso, por ejemplo, la adrenalina, que se relaciona con el miedo experimentado por la madre, y actúa como un inhibidor del parto, pero a su vez, es la responsable para desencadenar el reflejo de eyección del feto. La oxitocina, la hormona del amor, es clave para todo el trabajo del parto, y para una lactancia exitosa que asegure la relación diádica madre-bebé. El miedo en el proceso es clave para el desencadenamiento de las endorfinas que, a su vez, va a dar cuenta de la activación de la prolactina, fundamental para la producción de leche y para el desarrollo de los pulmones. Es de anotar, que una emoción intensa, anula el neo córtex en la parturienta y la predispone para que el parto sea pleno, con disminución de posibilidad de complicación.
En cuanto a la atención, debe ser en sitios seguros y acogedores para la mujer, de acuerdo a sus necesidades, como lo afirma Sister Lilian (2005): “No existe una única manera de tener un bebé; los mejores embarazos y partos son aquellos que se han acomodado a las necesidades particulares de cada mujer y su bebé” (Lilian, 2005 11p).
Del mismo modo, Michael Odent (2008), refiere, que la actitud del médico juega un papel importante, a favor o en contra, en el transcurrir de este proceso en particular.
Un parto se puede complicar, y cuando ocurre, se opta por intervenciones varias, como la inducción con la ayuda de medicamentos, la utilización de instrumentos -fórceps- o llevar a cabo una cesárea: El tipo de complicación determinará la forma de intervención. También, la mujer puede elegir parir en casa, obviamente si no se esperan complicaciones médicas tanto en la madre como en el bebé, es decir, con todos los cuidados y protección requeridos para ello. Esta modalidad no es del todo aceptada por la medicina tradicional, que se reafirma en el medio hospitalario para evitar cualquier riesgo.
Michael Odent plantea la necesidad de volver al parto tradicional, de recuperar su humanidad, de permitir que la mujer se encuentre plenamente con su instinto. Este médico obstetra ha estudiado, por ejemplo, que el parto en el agua hace más posible un proceso de nacimiento con disminución de riesgos de complicación y, dice, es más saludable para la madre.
Aquellas cesáreas que se practican sin que se realice un trabajo de parto, predisponen al bebé a riesgos de padecer dificultades respiratorias, como el asma, que pueden continuar en el trascurso de su vida, debido a que la criatura, en el trabajo de parto, participa de una interacción hormonal con la madre que favorece la maduración de sus pulmones (Odent, 2008).
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Por otra parte, a nivel psíquico, Soifer (Ib.), Langer (1951) y Deutsch (Ibíd.) afirman, que en el transcurso del parto se despiertan en la mujer diversas ansiedades, relacionadas con la activación del trauma del nacimiento: “La reviviscencia de la angustia más antigua y arcaica que conocemos, la de la separación de la madre” (Langer, 1951, P: 331).
Ya Freud en 1926 anota, que la primera ansiedad en el Ser humano tiene lugar con la separación del bebé de su madre y Rank (1923) le confiere gran significación al momento del parto considerándolo traumático y el más relevante en la vida psíquica de una persona, lo consideró más importante, en términos teóricos, que el complejo de Edipo.
En esta etapa, la parturienta vivencia una identificación con el feto. En palabras de Deutsch: “Debido a la identificación con el hijo, que tiene lugar durante la preñez, el temor a la separación no es únicamente el de “estoy perdiendo a mi hijo” sino también el de “el niño me está perdiendo a mí” (Ibíd., p. 203).
Esta autora plantea también, que el temor a la separación se disminuye por la alegría de un hijo, pero se afectará esta alegría cuando aparecen emociones desagradables, a partir de sucesos no gratos problemas de pareja, dificultades económicas, entro otros (Deutsch, Ibíd.).
Según Soifer (Ib.), la mujer que ya se había adaptado a su estado de gravidez deberá pasar por un nuevo cambio, lo que da lugar a ansiedades relacionadas, además, con el trauma del nacimiento, con la pérdida y con el miedo al ataque del desconocido; para la parturienta y sus allegados, esto último se convierte en la incógnita del proceso de nacimiento: El bebé, que al fin va a ser visto y tocado.