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Bomba descendió a tierra y se dispuso a esperar.

Un momento más tarde los monos llegaban a su lado, dejándose caer de las ramas y rodeándolo sin dejar de aullar y chacharear ni un solo instante.

Bomba se volvió hacia un viejo mono de rostro rojizo que era el jefe de la tribu.

-¿Tatuc, ba? -le preguntó, lo cual significa en el lenguaje de los monos: "¿Qué ocurre, Tatuc?".

En su jerga monosilábica, la cual Bomba había llegado a comprender lo suficiente como para captar su sentido esencial, Tatuc le dio la noticia de que su tribu había sido atacada por una bandada de buitres mientras trataban de defender a dos de sus pequeñuelos que las aves voraces atraparon para llevarse a sus nidos.

Su resistencia enfureció a las aves de presa, las cuales llegaban ahora en gran número. Y los monos, que son muy tímidos, excepto cuando se encuentran acorralados, buscaron a Bomba en procura de socorro.

Mientras el muchacho escuchaba la noticia de labios de Tatuc, se oyó un siniestro batir de alas y una nube de aves de presa descendió hacia ellos.

Excepto al ser atacados o cuando se les roba su presa, los buitres rara vez se enfrentan a criaturas vivientes, pues prefieren alimentarse de carroña sin que nadie los moleste.

Pero cuando escasea el alimento no vacilan en caer sobre corderos u otros animales pequeños a los que se llevan en sus garras. En esa oportunidad los monitos habían sido presa fácil, y la tentativa de sus madres para defender a sus hijuelos había despertado la ferocidad de los buitres, provocando ese ataque en masa con el que querían vengar la ofensa.

Contra las aves de presa los monos estaban en inferioridad de condiciones. Sólo podían huir de ellas, pero a pesar de la rapidez de sus movimientos, los buitres los alcanzaban con facilidad.

Los pobres animales se apiñaron alrededor de Bomba, charlando y aullando, en procura de protección. Su amigo era poderoso. ¿Acaso no lo habían visto amedrentar al jaguar? ¿Por qué no habría de hacer lo mismo con los buitres?

En el momento en que la negra hueste enemiga se aproximó, Bomba echó mano a su revólver. Su expresión era ceñuda, pero en su corazón reinaba el júbilo que le producía siempre el combate.

De nuevo se sintió dueño de un poder incontenible. En todas sus batallas con aves de presa, fieras o reptiles de la jungla jamás se había enfrentado a ellos con tanta confianza en sí mismo. El revólver, regalo de los blancos, ponía de su parte toda la ventaja.

Cuando la nube de buitres se lanzó al ataque, Bomba levantó su arma y disparó contra el montón.

Los monos se sintieron al principio más asustados por la detonación que los mismos atacantes, y se alejaron del muchacho, aullando con más desesperación que antes. ¿Qué había sucedido? ¿Es que su mejor amigo se volvía contra ellos?

Pero el muchacho les gritó para tranquilizarlos, al mismo tiempo que disparaba de nuevo contra el enemigo.

Se contuvo el ataque por un momento. Aturdidos por las fuertes detonaciones y los terribles fogonazos, así como por la caída de sus compañeros, las enormes aves volaron por los alrededores presas de la incertidumbre, batiendo el aire con sus alas y atronando el espacio con sus agudos chillidos.

Empero, la tregua duró muy poco. Los asaltantes volvieron al ataque de inmediato, aprestando las garras y con los picos dispuestos a destrozar a sus víctimas.

Uno de ellos apresó a un monito pequeño, arrancándolo de los brazos de su madre, la que lanzó un aullido de dolor, dando luego un salto y esforzándose por recobrar a su hijo.

Las amplias alas de los buitres estaban tan cerca que Bomba sintió que lo rozaban. Instintivamente se protegió los ojos con un brazo para impedir que se los saltaran a picotazos. Con la otra mano levantó cuidadosamente el revólver, apuntó al buitre que tenía en sus garras al monito y oprimió el gatillo.

El proyectil no hirió al ave en ningún sitio vital, pues Bomba había temido hacer daño al cautivo. Pero logró romper una de las alas del buitre. Con un agudo chillido, el ave soltó su presa y, batiendo trabajosamente el ala herida, desapareció por sobre los árboles para ir a caer a cierta distancia.

La mona dio un salto hacia adelante, tomó a su hijo y se acurrucó sobre él para protegerlo con su cuerpo.

Los buitres volvieron al ataque con renovado vigor. La oposición con que se encontraban sólo sirvió pasa enfurecerlos más. Se echaron sobre sus víctimas como una masa negra y destructora, y sobrevino una batalla que Bomba jamás olvidaría.

Los monos, acorralados y en peligro de perder la vida, lucharon furiosamente para defenderse. Pero sin la ayuda de Bomba habrían perdido la refriega. Y aun el muchacho, armado con su nuevo revólver, tuvo que apelar a toda su fortaleza y agilidad para resistir el ataque concertado de las terribles aves.

Las rechazó lo mejor que pudo, blandiendo su machete con la mano izquierda, mientras que disparaba cuando le era posible sembrando el terreno de cadáveres y buitres heridos.

CAPÍTULO 15