Durante la colonización de nuestro propio Nuevo Mundo, en el hemisferio occidental, las comunicaciones a través del océano entre familiares adquirieron gran importancia. Las cartas de los primeros inmigrantes disiparon los temores de los parientes que habían quedado atrás, y en muchos casos les animaron a decidirse a su vez. Tras el establecimiento de L5, las comunicaciones con el «Viejo País» serán mucho más rápidas: los teléfonos con pantalla televisiva pueden operar con una demora de menos de dos segundos. Parece probable que incluso las comunidades espaciales más tempranas estén equipadas con sistemas de transmisión postal electrónicos, y pienso que las cartas que se crucen entre los miembros de una misma familia serán tan importantes para la humanización del espacio como lo fueran para la colonización de Estados Unidos. Y cuando el tiempo no apremie y se sienta la necesidad del contacto físico con el papel escrito por el remitente, el correo enviado en base al espacio de carga disponible puede resultar más satisfactorio.
He aquí cartas como las que podrían escribir personas que hubieran emigrado a L5 unos pocos años después de los pioneros. A diferencia de los emigrantes jóvenes, que podrían constituir la mayoría, nos imaginamos que la que sigue ha sido escrita por una pareja cuyos hijos han crecido, se han casado y han fundado familias en la Tierra. La experiencia laboral y una trayectoria de estabilidad y responsabilidad podrían ser factores importantes a tener en cuenta por el Comité de Selección de los primeros emigrantes a las colonias espaciales. Con el paso del tiempo, no obstante, es de esperar que eventualmente puedan viajar a ellas prácticamente todos aquellos que así lo deseen.
«Queridos Peggy y Arthur:
»15 de enero de 20...: Jenny y yo hemos pasado ya veinticuatro horas en la Estación Uno, de modo que enviaré esta nota por el videocorreo mientras nuestras impresiones siguen frescas. Nos alegró alejarnos del frío y del viento del Norte, aunque he de decir que también en Cabo Cañaveral nos hizo falta el abrigo; tanto es así que he oído decir que en Florida están preocupados por su cosecha de naranjas. Una vez en la Terminal del Espacio nos encontramos como en casa gracias a nuestro curso de seis meses en la Escuela de Entrenamiento. Además, algunos de nuestros antiguos compañeros de clase iban a encontrarse en el mismo vuelo. Después de los últimos controles médicos y de haber pesado nuestros equipajes respectivos nos dirigimos a los vestuarios para cambiarnos de ropa. Luego, ducha, lavado de cabello, y corredor adelante hasta las "dependencias estériles": ya sabéis, nadie quiere proporcionar pasaje libre a L5 a ningún chinche o animalillo que pueda comerse las plantas de la colonia. Nuestros trajes espaciales habían sido ya preparados, bien limpios y recién planchados. Claro que nos los habíamos probado ya en la Escuela, y Jenny había devuelto el suyo un par de veces para que le ajustaran la medida. No la culpo... esos materiales tan ligeros no dan mucha opción a la fantasía.
»El transbordador se hallaba ya en pista cuando llegamos a la sala de espera, y su tripulación atendía en aquel momento a la carga de combustible. Tuvimos que aguardar una hora, y si no os llamamos es porque no teníamos nada aún, realmente, que contaros. Por fin, los 150 pasajeros nos instalamos en nuestras respectivas literas; las almohadas son, por cierto, muy delgadas, pero no nos importó porque sabíamos que debíamos permanecer allí sólo una media hora. Vimos nuestro despegue en las pantallas de televisión y, ¡creedme!, se experimenta una sensación muy particular cuando uno piensa que se encuentra allá, encima de todos aquellos fuegos artificiales. La aceleración no resultó tan molesta, después de todo, especialmente en posición yacente: algo así como la centrífuga de la Escuela; al final llegamos a 3-g, y yo podía levantar aún la pierna sin demasiado esfuerzo. La ausencia de gravedad, en cambio, nos resultó muy extraña al principio, pero nos mantuvimos quietos, como indica el manual, y no hubo nadie que se mareara. La pantalla de televisión nos ofrecía el avance del transbordador de camino a Estación Uno, donde sentimos una ligera sacudida al atracar. Las azafatas de la Estación se nos acercaron al poco flotando ingrávidamente y nos ayudaron a poner pie en la misma, lo cual llevó algún tiempo: como veinte minutos, diría yo. Total, desde el momento del lanzamiento hasta Estación Uno, menos de una hora.
»Hay una rampa que "desciende" al borde externo, de modo que uno al caminar vuelve paulatinamente desde gravedad cero a la normal. El vestíbulo y restaurante del lugar han aparecido tantas veces en televisión que me ahorraré la tarea de describirlos; te hablaré, en cambio, de las gentes. Tuvimos mucha suerte, nos quedaban sólo veinticuatro horas del ciclo de tres días que media entre una nave y otra, y la estación estaba muy llena. Los siete vuelos del transbordador anteriores al nuestro habían transportado grupos procedentes de lugares muy diversos: había chinos, rusos, algunos nigerianos y no pocos hindúes. Puedo ver a Jenny desde donde escribo: se encuentra en uno de los
jardines interiores y parece haber trabado conversación con una muchacha que, por su aspecto, diría que proviene de algún punto del Sureste asiático. Me imagino que también se pirra por las flores.
»17 de enero: Para cuando los 2.000 de nuestro contingente estuvimos instalados, el hotel estaba a rebosar. Sin embargo, está bien eso de que haya tantas ventanas para la observación; nosotros, concretamente, nos pasamos las horas muertas contemplando la Tierra. Y yo incluso tomé un montón de diapositivas, pues es posible que no gocemos otra vez de esta vista en los próximos dos o tres años. Las habitaciones del hotel están bien, la verdad, pero no paramos en ellas más de lo indispensable. ¡Hay demasiado por ver: la Tierra, las películas que pasan ininterrumpidamente en los numerosos cines, las personas...!
»Por fin volvimos a nuestra habitación para contemplar la entrada del Konstantin Tsiolkowsky... ¡Se veía mejor en la pantalla de televisión! Fue un gran espectáculo: primero apareció el extremo del dispositivo de propulsión, con sus brillantes faros iluminando las nubes de vapor desprendidas. Casi podíamos contarlas, de lo despacio que discurrían. Llevó bastante tiempo la aparición completa de la nave. Primero fue su alto y erguido palo; luego las vergas con las centelleantes luces rojas de navegación. No logramos ver los vientos u obenques que mantienen tensa toda la estructura. Por fin apareció la nave en sí: una gran esfera desprovista totalmente de ventanas, y por detrás de ella un enorme reflector discoidal para la captación de la energía solar. Unas tres horas costó el acomodarnos a todos con nuestro equipaje. La verdad es que aún no estamos acostumbrados a la ingravidez.
»El capitán nos ofreció un hermoso discurso a través de las pantallas de vídeo. Habló de los tres turnos establecidos tanto para la tripulación como para los pasajeros, conforme a las tres zonas horarias prevalentes en la Tierra y separadas entre sí por períodos de ocho horas: Moscú, Cabo Cañaveral y el Pacífico Occidental. Los restaurantes trabajan, pues, ininterrumpidamente y a pleno ritmo. No hay ventanas, claro, debido a la coraza protectora contra la radiación cósmica, pero las grandes pantallas de vídeo instaladas en cada habitación nos proporcionan buenas vistas, y además han sido dispuestas de tal manera que nadie diría que el Tsiolkowsky se encuentra en rotación.
»18 de enero: Realmente a uno le tienen ocupado aquí. Comprendo ahora perfectamente por qué llama el capitán "escuelas volantes" al Tsiolkowsky y al Gaddard. Jenny y yo asistimos a un curso para practicar nuestros Ruso y Japonés Básicos. Y nos damos cuenta ahora de que, no sin intención, han dispuesto las comidas de un modo muy particular: mientras uno de los turnos desayuna, el otro cena, y al efecto han colocado tarjetas nominales en cada mesa. Y está bien claro lo que pretenden: disponer mesas de cuatro, con una pareja de Rusia o China o del Japón, de manera que es prácticamente imposible no entrar en contacto con gentes de esas nacionalidades. La pareja japonesa que hemos conocido esta mañana van destinados a la construcción de la planta energética, igual que nosotros: él es un experto en la fundición de palas de turbina hechas de titanio, y como quiera que Jenny ha sido preparada desde hace medio año para inspeccionar precisamente esos productos, su conversación versó en principio sobre esa materia. La chica japonesa, en cambio, es especialista en agricultura, de modo que he aprendido un montón de cosas acerca del sistema de que se valen para conseguir tantísimos alimentos en las colonias japonesas a partir de terreno más bien escaso. Tengo que admitir, sin embargo, que su inglés es mucho mejor que mi "Japonés Básico" y, además, creo que me han mentido descaradamente: ¡usan mucho más que 800 palabras!
»Ha habido una enorme excitación hoy cuando nos hemos cruzado con el Robert H. Goddard de camino a Estación Uno. Ha estado a la vista durante más de una hora, y nuestra tripulación ha proporcionado, además, unos magníficos telescopios y avisó con suficiente antelación para que el clic de las cámaras fotográficas se llegara a hacer casi ensordecedor. Me temo que el número de aparatos supera con mucho al de pasajeros.
«Durante la cena hemos conocido a una pareja hindú. El trabaja en la construcción, lo cual tiene sentido, desde luego, pues el gobierno de su país se ha volcado en el establecimiento de hábitats más que en la instalación de plantas de energía, como hacen los demás. ¡Ah!, creo que me olvidé de deciros que pasamos la órbita de las plantas de energía el primer día. Ahora, a medida que describimos nuestra espiral de salida, vemos de vez en cuando una de ellas, luminosa en la distancia y en dirección a la Tierra.
»Las comunidades de L5 se están aproximando a pasos agigantados y todo el mundo se muestra visiblemente excitado. Debo admitir que me asaltan las dudas en algún que otro momento. Todos los que nos rodean son en su mayoría jóvenes, y yo me pregunto si Jenny y yo, con cincuenta años cumplidos, estamos aún en situación de aprender nuevas cosas y costumbres. De momento nos gusta todo lo que tenemos a nuestro alrededor, y el capitán se muestra muy ocurrente cada día con ocasión de su discurso habitual. Supongo que le resulta fácil después de haberlo repetido cada doce días durante los dos años
que lleva prestando este servicio. Pero no comprendo por qué sigue excusándose por la comida: es mucho mejor que la que te dan algunas líneas aéreas. Hoy, Jenny ha pedido un plato de curry de los incluidos en el menú hindú. Yo no me he atrevido; me he inclinado más bien por el socorrido bistec con patatas; pero he probado algo de lo suyo y era en verdad excelente.
»20 de enero: Ha sido estupenda nuestra larga comunicación con vosotros esta mañana por el vídeo. Esta media hora gratis semanal va a significar mucho para nosotros. Nos ha parecido que nuestros nietos han crecido incluso desde que nos ausentamos. Evidentemente nos hemos olvidado de la mayoría de las cosas que queríamos deciros, pero han ocurrido tantas que no habría habido manera de contároslo todo.
»Ya os dijimos que atracamos en Isla Uno; parece que ahora se usa parcialmente como hotel receptor, lugar donde pueden atracar el Tsiolkowsky y el Goddard, y donde los pasajeros son clasificados y redistribuidos conforme a sus comunidades de destino específicas. Hemos cambiado ya algunas direcciones con conocidos, y nuestra lista de invitaciones para cuando nos hayamos instalado del todo es ya notable.
»Isla Uno es pequeña, desde luego, de unos quinientos metros tan sólo de diámetro. Se rige por el tiempo de Cañaveral, en tanto que otras dos comunidades próximas han sido incluidas en otras dos zonas horarias. Muchos de los pasajeros desembarcaron en las otras para no tener que alterar su turno de trabajo.
»Me pregunto cómo sería al principio, quiero decir para las personas que vivieron en ese primer hábitat durante varios años antes de la construcción de la primera de las Islas Dos. Quizá no lo pasaran mal. A Jenny y a mí nos dieron uno de los apartamentos más pequeños: dos grandes habitaciones, cocina y baño, y un agradable jardín. Esta primera Isla Uno cuenta con un clima constantemente "hawaiano", debido a que no estaban muy seguros al principio de poder dominar perfectamente los cambios climáticos y, por tanto, no se atrevieron a imponerle muchos esfuerzos a las estructuras. Los viejos aquí dicen que el clima de Uno es aburrido, pero después de los inviernos de Michigan celebramos poder tomar baños de sol en todo momento. En el jardín hay algunas grandes plantas tropicales, y es evidente que los primeros habitantes del lugar gustaban de los aguacates; hay varios de esos árboles, y los frutos de uno de ellos estaban justo en su punto para ofrecernos un sabroso complemento de nuestro almuerzo.
»La verdad es que parece como si estuviéramos de vacaciones: un tiempo tan bueno, y ¡tantas cosas nuevas que ver! Además, excuso deciros que no íbamos a perdernos las primeras posibilidades inéditas de Isla Uno: el vuelo a propulsión muscular y la natación y el buceo, digamos, a "cámara lenta".
«Desde nuestra tumbona en el jardín, poco después de habernos instalado (no diré después de haber deshecho las maletas, pues ya me diréis, con un límite de peso de 50 kg, ¡no es mucho ciertamente lo que hay por desempaquetar!) podíamos elevar la vista a través del gran corredor que conduce a las llamadas áreas-ag o zonas donde se practica la agricultura con todos esos medios mecánicos. La superficie curva del hábitat está toda ella escalonada y plantada: hierba brillante y fresca por doquier. El Sol se encuentra en un ángulo más o menos correspondiente al de las 11 de la mañana, y eso en todo momento, es decir, salvo de noche, cuando corren una especie de pantallas para el descanso nocturno. Cada mañana, alrededor de las siete, hay algo de "lluvia", de modo que al despertarnos todo se presenta fresco y limpio, aromado por la fragancia de flores que flota en el aire. Isla Uno es demasiado pequeña para contar realmente con clima propio, de modo que la "lluvia" nos llega desde unos conductos que, afinando mucho la vista, alcanzamos incluso a ver a unos doscientos cincuenta metros de altura.
«Exactamente en la vertical, por encima de nuestras propias cabezas, podemos vislumbrar los jardines de los apartamentos del otro extremo de la esfera, y luego la curvatura de ésta. Por alguna razón no nos resultan tan extraño ver árboles que crecen de arriba abajo corno el verlos, a un cuarto de círculo de nosotros, haciéndolo horizontalmente.
«Muchos de los jardines son abiertos, pero alguien nos dijo que los colonos que prefieren el pequeño tamaño de Isla Uno a las nuevas posibilidades que actualmente se ofrecen en muchos sitios diferentes y que, por consiguiente, han optado por quedarse aquí, han instalado una especie de gasas en parte de su césped, donde pueden tomar el sol desnudos sin el riesgo de ser vistos desde el "cielo". Por cierto que, mirando ahora hacia él, podemos ver las figuras de numerosas personas dedicadas a la práctica del vuelo a propulsión muscular a unos doscientos cincuenta o trescientos metros por encima de nuestras cabezas.
»Los apartamentos aparecen reunidos en edificios de estructura escalonada, de modo que cada uno de ellos cuenta con su propio jardín; los edificios, a su vez, se agrupan en pequeños pueblos separados entre sí por bosques y parques. Resulta muy grato el explorar por los alrededores, además de una sana ocasión de hacer algo de ejercicio físico, pues no hay carreteras sino pintorescas sendas que ascienden a partir del "ecuador".
»Al parecer aquí gustan mucho las flores, y no hay vereda ni parque que no aparezca rodeado de ellas. Me imagino que debe de ser en parte por la facilidad de su cultivo: no hay malas hierbas, ni bichos de ninguna clase que haya que pulverizar, y siempre la cantidad justa de sol y lluvia. Según tengo entendido, el llamado Club de Jardinería es una de las organizaciones más importantes en cada comunidad, donde muchos de los residentes se ofrecen voluntarios para cuidar de pequeñas zonas de los parques y jardines públicos.
»Cerca del río se encuentra la "Quinta Avenida", es decir, la zona comercial donde están casi todas las tiendas. Se halla dividida en dos niveles, con áreas peatonales que discurren entre coloridos arriates. Yo diría que la mitad de la zona ha sido tomada por los restaurantes, y ello se debe, al parecer, a que en los comienzos de Isla Uno ni hombres ni mujeres tenían mucho tiempo que dedicar a la cocina, ¡tanto era lo que había que hacer! Todos los restaurantes son pequeños, y muchos de ellos ofrecen sólo tentempiés o platos combinados. Hemos visto numerosas librerías, una importante biblioteca y no pocos cines.
»Más abajo, pasado el cinturón de árboles, hemos descubierto numerosas pistas de tenis y campos de deportes. Y, claro, junto al ecuador se encuentra el parque y las playas ribereñas del río.
»Con ocasión de nuestra primera exploración no parábamos de mirar hacia arriba para contemplar a las numerosas personas dedicadas a la práctica del vuelo; la verdad es que la cosa nos maravilló, de modo que empezamos a ascender más allá de uno de los pueblecillos por donde las colinas se hacen cada vez más empinadas. La sensación era realmente extraña, pues a medida que íbamos ganando altura nos sentíamos más ligeros. Pasada la zona verde del parque nos encontramos junto a uno de los puentes tendidos por encima de las ventanas, caminando con un ángulo de 45°, pero con creciente facilidad dada nuestra pérdida relativa de peso. Más allá de las ventanas dimos con una vereda de gran pendiente que discurría sinuosa entre yedra y arbustos, como si se tratara de una senda hawaiana. En la cumbre encontramos a un montón de gente (se ve que todos los recién llegados nos habíamos puesto a explorar a la vez y, por lo visto, sin revelar una gran originalidad de ideas). Confieso que cuando probé de flotar por primera vez en las instalaciones agravitatorias del club (donde no hay rotación) me sentí algo mal. A Jenny, en cambio, le encantó, y tan pronto como quedó libre uno de los pedaloplanos se avalanzó en pos de él. Yo la observaba desde la dependencia de gravedad cero. El pedaloplano te sitúa en un ángulo semejante al que adoptarías de estar echado; no hay realmente asiento alguno y tan sólo una barra de mando a la altura de la cadera. Las alas son pequeñas, pero dispuestas en tres niveles: se trata de un triplano. Las dos hélices son casi tan grandes como las alas, y se mueven al pedalear en sentido contrario.
»Jenny tuvo algunos problemas justo junto al eje porque allí no existe "peso" alguno y el aparato ha sido diseñado para operar donde se sienta por lo menos un mínimo de gravedad. Una vez hubo bajado