2.5 OPERATIONALISATION AND CODING OF THE CLASSIFICATION VARIABLES
2.5.1 Environmental perception
(CA. 1000-961) (26)
1. Subida de David al poder. El desastre de Gelboé dejó a Israel a merced de los filisteos que, según parece, aprovecharon su ven- taja y ocuparon, cuando menos, la mayor parte del país que habían poseído antes de que Saúl apareciera en escena. Aunque no se aven- turaron en Transjordania, y quizá tampoco muy al interior de Gali- lea, establecieron una vez más sus guarniciones en la región central
(25) Probablemente Bet-san (I S 31, 10) estaba controlada por los pueblos del mar: cf. A. Alt, KS, I, pp. 246-255.
(26) Las fechas del reinado de David son aproximadas. II S 5, 4 y I R 11, 42, conceden 40 años a David y otros 40 a Salomón, pero esto, por supuesto, es una cantidad redondeada. Con todo, ambos tuvieron largos reinados y 40 años para cada uno no está muy lejos de lo exacto. Si colocamos la muerte de Salomón en 922 (cf. infra, nota 61), y tomamos al pie de la letra los 40 años, tenemos ca. 961-922 para Salomón, y 1000-961 para David. Cf. Albright, ARI, p. 130; ídem en Mélanges
Isidoro, Lévy (Bruselas, 1955 [Annuaire de i'Instituí de Philologie et d'Historie Orientales etSlaves, X I I I , 1953]), pp. 7 ss.
(II S 23, 14) (27). El caso de Israel parecía desesperado. Sin em- bargo se levantó de nuevo con increíble rapidez y al cabo de pocos años se había convertido en la primera nación de Palestina y Siria. Esta fue la obra de David.
a. David e Isbaal: reyes rivales. Los derechos de la casa de Saúl se continuaban en su hijo superviviente Isbaal (28), que había sido llevado por su pariente Abner —que de algún modo había escapado a la matanza de Gelboé— a Majanaim de Transjordania y allí pro- clamado rey (II S 2, 8 ss.) Fue un Gobierno en el exilio, si Gobierno puede llamarse, como lo indica su ubicación fuera del alcance de los filisteos. Aunque reclamaba gobernar sobre Israel, carecía de verdadera autoridad. Aún no era reconocido el principio de herencia. Aunque muchos israelitas pudieran haber aceptado tácitamente a Isbaal el hecho de que fuera hijo de Saúl no significaba que po- día contar con su lealtad. Sus exigencias, sin base real en la men- talidad de los clanes, se fundamentaban únicamente en Abner y algunos otros, leales a la casa de Saúl por razones personales.
David, mientras tanto, se había convertido en rey de J u d á en Hebrón (II S 2, 1-4). Q u e hiciera esto con consentimiento filisteo es evidente, ya que él era su vasallo y difícilmente hubiera podido dar tal paso sin su aprobación. Por otra parte, los filisteos, cuya polí- tica era «divide y gobernarás», lo deseaban. Al mismo tiempo es in- dudable que el pueblo de J u d á recibió bien a David. Después de todo, era uno de ellos, un jefe fuerte que podía cuidar de su defensa, y que estaba en situación de poder mediar entre ellos y sus opresores filisteos. Fue, pues, aclamado rey por consentimiento popular y ungido en el antiguo santuario de Hebrón.
David era, de este modo, como Saúl, un héroe militar proclama- do rey. Pero este encumbramiento al poder llevaba consigo algunos aspectos nuevos. David era un soldado curtido, que debía gran parte de su reputación a sus tropas personales, era ya un señor feudal con posesiones privadas, y había tomado el trono como vasallo de una potencia extranjera. Además, al aclamarle, J u d á ejecutaba un acto independientemente del resto de las tribus. ¡Un paso, verda- deramente, muy alejado del esquema antiguo! Aunque rey de J u d á , David no era un gobernante tribal. Su autoridad se extendía sobre un área que incluía varios elementos tribales, además de J u d á : si- meonitas, calebitas, otnielitas, yerajmeelitas y kenitas (I S 27, 10;
(27) Este incidente ocurrió, casi con seguridad, durante la guerra final de David contra los filisteos. Cf. infra, p. 199.
(28) La forma correcta («Baal existe»: cf. Albright, ARI, p. 207, nota 62) está conservada en I Cr. 8, 33; 9, 39. Is-bóset («hombre de vergüenza») es una corrección intencional de los escribas; cf. MefibóSet (II S 4, 4; etc.), y Merib-baal
D E L A C O N F E D E R A C I Ó N T R I B A L A L E S T A D O D I N Á S T I C O 199
30, 14; Jc. 1, 1-21) (29).Esta área surgió como una formación po- lítica consistente. El Estado de J u d á apareció como una entidad se- p a r a d a dentro de aquel Israel sobre el que Isbaal hacía reclamacio- nes. Ambos, «Israel» y «Judá», comenzaron desde entonces a asu- mir nuevas connotaciones.
b. Fin de Isbaal. La carrera de Isbaal finalizó al cabo de dos años (II S 2, 10). Durante este tiempo las relaciones entre los reyes rivales, aun siendo hostiles, no llegaron nunca a guerra abierta. El único encuentro de que tenemos noticia (II S 2, 12-32) fue una especie de escaramuza que tuvo importancia sólo porque en ella murió, a manos de Abner, un hermano de J o a b , pariente y general de David, y esto tuvo serias repercusiones. Isbaal era claramente in- capaz de mantener una guerra, mientras que David, no queriendo am- pliar irreparablemente la brecha en Israel, prefirió obtener su pro- pósito por vía diplomática. Con este fin, hizo ofrecimientos a los hombres de Yabés-galaad, cuya lealtad para con Saúl conocía (II S 4b-7); se casó también (II S 3, 3) con la hija del rey de Gesur, Es- tado arameo al noroeste del M a r de Galilea, probablemente para ga- narse un aliado a espaldas de Isbaal. Asimismo —y acaso por este mismo tiempo— entró en relaciones amistosas con Ammón (II S
10, 2) con el mismo propósito sin duda.
Isbaal, por otra parte, era débil e ineficaz. Es indudable que sus seguidores comenzaron a darse cada vez más cuenta de ello y pusieron sus esperanzas en David (cf. II S 3, 17). Finalmente, Is- baal se querelló contra Abner, acusándole de haber tenido relaciones con una antigua concubina de Saúl (3, 6-11), cargo que, de ser cierto, pudo haber significado que Abner tenía intenciones de apoderarse del trono. El incidente muestra quién tenía el poder. Abner, airado, dio pasos para transferir su obediencia a David y urgió a los an- cianos de Israel a hacer lo mismo (3, 12-21). David recibió con agra- do estas iniciativas, pidiendo solamente que le fuese devuelta Mikal, la hija de Saúl. Aun cuando Abner fue asesinado por J o a b (3, 22-39), no se desmoronó la candidatura de David. El pueblo comprendió que esto era un ajuste personal de cuentas y al parecer creyó en las protestas de inocencia de David, después de todo, él no ganaba nada con el crimen. Isbaal, perdido todo apoyo, fue pronto asesi- nado por dos de sus oficiales (cap. 4), quienes trajeron la cabeza a David, esperando una recompensa. Pero David, ansioso de apartar de sí toda sospecha de complicidad en este para él afortunado su- ceso, les hizo ejecutar sumariamente. Y, una vez más, la mayor parte del pueblo le creyó, según parece.
(29) La teoría (cf. Noth, H I , p. 181, Alt, KS, I I , p. 41) de que existió —junto a la liga de los doce— otra liga de seis clanes formada por los grupos antes mencio- nados, y con el santuario en Mambré (Hebrón), y que fue ésta la liga que aclamó a David, es acaso plausible pero no demostrada.
c. David rey de todo Israel. No quedando nadie que pudiera man- tener las reclamaciones de la casa de Saúl, el pueblo consagró a David en Hebrón y allí, en solemne alianza, le proclamó rey de todo Israel (II S 5, 1-3). El incidente, en su conjunto, ilustra la tenacidad de la tradición carismática. Lo que decidió el triunfo en favor de David fue el hecho de que el pueblo viera en él al hombre sobre el que descansaba el espíritu de Yahvéh. Isbaal había perdido la par- tida precisamente porque, no siendo reconocido el principio de su- cesión, no había dado pruebas de cualidades carismáticas. Aunque David no había aparecido en escena a la manera de Saúl o de los jueces, era no obstante un hombre de tipo carismático. Es decir, un hombre capaz de un caudillaje inspirado, cuyos continuos éxitos evidenciaban que Yahvéh le había designado (30). David fue, de este modo, lo mismo que Saúl, un jefe (naguid), por designación di- vina, que había sido hecho rey (melek) en una alianza personal con el pueblo (como probablemente lo había sido Saúl) y por aclamación. Lo mismo que Saúl, fue ungido en un santuario de antiguo renombre. No obstante, el nuevo reino estaba muy alejado del orden anti- guo. No solamente la ascensión de David no se produjo según la forma clásica; la base de su poder no era, en absoluto, la de la an- fictonía, que no aparece como tal. Al contrario, se constituía ahora como rey, por aclamación, también sobre las tribus del norte, a un jefe militar ya rey de J u d á con el consentimiento filisteo. En otras palabras, quedaban unidos en la persona de David el reino ya go- bernado por él en el sur, y el área reclamada por Isbaal en el norte. La unidad del nuevo Estado fue, por tanto, bastante frágil. Los cla- nes del sur, aunque formaban parte de la anfictionía y del reino de Saúl, habían estado relativamente aislados y habían seguido muchas veces sus propios caminos. La rivalidad entre la casa de Saúl y David debió conducir a las dos secciones a un mayor distancia- miento. David lo advirtió, sin duda alguna, e hizo grandes esfuerzos para no aumentar la brecha. Probablemente fue por esto por lo que no rompió las hostilidades con Isbaal y por lo que en público, y po- demos suponer que con sinceridad, se lavó las manos de toda com- plicidad en las muertes de Saúl, Abner e Isbaal. Y la razón para exi- gir el retorno de Mikal fue de seguro la esperanza de un hijo varón que pudiera unificar las pretensiones de su casa y la de Saúl, u n a
(30) No estamos en este punto de acuerdo con la opinión de A. Alt (cf. KS, I I , pp. 37-42, 129) de que el carisma no desempeñó ningún papel efectivo en la elección de David, y de que II S 5, 2, al presentarle como naguid de Yahvéh acude a una ficción destinada a presentar la realeza de David de acuerdo con los antiguos esquemas. Aunque David no era una carismático a la manera de Gedeón o de Saúl (¡tampoco Jefté lo fue!), fue, sin duda, elegido precisamente porque sus éxitos convencieron al pueblo de que él era el «designado» por Yahvéh. El demostró, de hecho—cosa que Saúl no hizo— cualidades carismáticas durante un largo período de tiempo. .-
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esperanza que quedó fallida. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de David, continuaron sobreviviendo tanto las reclamaciones de la casa de Saúl como los celos regionales, por no decir nada de otras molestias. Fueron éstos, problemas que la monarquía nunca logró solucionar.
2. Aseguramiento y consolidación del Estado. El nuevo Estado tuvo que luchar muy pronto por su existencia. Los filisteos compren- dieron perfectamente que la proclamación de David constituía una declaración de independencia por parte del reunificado Israel. Y esto no lo podían tolerar. Sabían que tenían que desbaratar a David, y desbaratarle pronto.
a. Lucha final con los filisteos. La primera fase de la lucha fue decidida cerca de Jerusalén (II S 5, 17-25). El grueso de las fuerzas filisteas se dirigió hacia las montañas y tomó posiciones cerca de esta ciudad, que estaba aún en manos cananeas, y probablemente bajo dependencia filistea (31). Tenían la clara intención de separar a David de las tribus del norte por su punto más vulnerable y, al mismo tiempo, socorrer a sus guarniciones de J u d á , amenazadas ahora por David desde su base, establecida en la fortaleza de Adul- lam (23, 13-17; cf. 5, 17). El acierto de la estrategia filistea se evi- dencia por el hecho de que aun a pesar de una derrota a manos del pequeño pero fuerte ejército de David, volvieron a plantear la ba- talla en el mismo lugar. Pero una vez más, se encontraron con una aplastante derrota y fueron completamente arrojados de las monta- ñas (II S 5, 2 5 ; I Cr. 14, 16), según parece p a r a no volver ya nunca.
El curso ulterior de la guerra no aparece claro. Podemos sospe- char que David, dándose cuenta de que la amenaza sobre Israel no terminaría permaneciendo siempre a la defensiva, aprovechó su ven- taja y llevó la guerra a territorio filisteo; en realidad así lo afirma II S 5, 25 y los incidentes de 21, 15-22 que en parte pueden pertene- cer a este contexto. Mientras tanto, reforzó sus defensas contra pos- teriores agresiones (32), como parecen indicar las murallas acasa- matadas de Bet-Semes y Debir. Qué victoria final se obtuvo, no po- demos saberlo. Sólo poseemos el enigmático texto de II S 8, 1, que
(31) Los sucesos de II S c a p . 5 no están en o r d e n cronológico. El a t a q u e filisteo tuvo l u g a r casi i n m e d i a t a m e n t e (v. 17), antes de que D a v i d se h u b i e r a a p o d e r a d o de J e r u s a l é n . Nótese t a m b i é n q u e D a v i d reinó siete años y m e d i o en H e b r ó n ( I I S 5, 5), es decir, p o r m á s de cinco años después de su aclamación, q u e tuvo lugar i n m e d i a t a m e n t e después de la m u e r t e de Isbaal (cf. c a p . 2, 10).
(32) P r o b a b l e m e n t e estas construcciones pertenecen a este p e r í o d o ; cf. Albright, A P , p. 122. P a r a u n a opinión diferente, cf. Y. A h a r o n i , B A S O R , 154
(1959), p p . 35-39.
no puede ser puesto en claro (33). Pero no hay razón para dudar que la pentápolis filistea sucumbió al fin, haciéndose tributaria de David (cf. II S 8, 12; I R 4, 24). La amenaza filistea había desapare- cido. Contingentes de soldados profesionales filisteos aparecen más tarde como mercenarios al servicio de David (II S 8, 18; 15, 18, etc.).
La nueva capital Jerusalén. Libre del peligro exterior, pudo David
dedicarse a la consolidación interna de su poder. Con este fin, des- pués de algunos años de gobierno en Hebrón, conquistó la ciudad j e - busea de Jerusalén, y trasladó allí su residencia permanente. Con esta maniobra no sólo eliminaba David un enclave cananeo en el centro del país, sino que obtenía también una capital desde la que podría gobernar un Estado de alcance nacional. Hebrón, ubicado muy al sur y en tierra de J u d á , no hubiera sido aceptada permanen- temente como capital por las tribus del norte. Pero una capital en el norte difícilmente hubiera sido aceptada por J u d á . Jerusalén, co- locada céntricamente entre las dos secciones, no perteneciendo terri- torialmente a ninguna tribu, ofrecía una excelente solución.
No está claro cómo conquistó David la ciudad, ya que el texto (II S 5, 6-10) está extraordinariamente corrompido (34). Pero cier- tamente lo hizo con sus tropas personales (v. 6), no con elementos tribales. Jerusalén pasó a ser posesión personal de David («la ciu- dad de David»). La población jebusea no fue ni sacrificada ni deste- rrada (cf. II S 24, 18-25), lo que significa que la ciudad difícilmente pudo haber recibido en seguida una gran afluencia de israelitas. Aunque los israelitas afluyeron a la capital en número creciente con el transcurso de los años, es probable que al principio fueron pocos los que se trasladaron allí, aparte la propia familia de David y su séquito (ya en sí u n a masa considerable). La nueva capital sirvió indudablemente p a r a poner el Gobierno por encima de los recelos tribales. Pero para Israel, ser gobernado desde una capital de at- mósfera y pasado no israelita, que era posesión personal del rey, representaba ciertamente un nuevo distanciamiento de la antigua estructura.
c. Traslado del arca a Jerusalén. Cualesquiera que fueran los cambios por él introducidos, David comprendió perfectamente la
(33) Sobre este texto, cf. A. Alt, ZAW, 54 (1936), pp. 149-152. Según I Cr. 18, 1, David se apoderó de Gat. Aunque no debe preferirse este texto, establece los hechos de un modo correcto; Gat quedó sometido a Israel, como lo demuestran las subsiguientes fortificaciones de Roboam (II Cr. 11, 8). Las tropas guittitas formaban un contingente especial entre los mercenarios de David —II S 15, 18). (34) De EVV se podría deducir que los hombres de David entraron en la ciudad a través de su conducto subterráneo de agua. Acaso lo hicieron así. Pero la palabra sinnor (v. 8) es oscura; I. Cr. 11, 4-9, que presenta un texto preferible, no la menciona. Para la topografía de Jerusalén, cf. L. H. Vincent, Jerusalem de
VAnden 'l'estament (París, Librairie Lecoffre, I, 1954, I I - I I I , 1956; J. Simons, Jirusalem in Ihe Oíd Testament (Leiden, E. J. Brill, 1952). -
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fuerza espiritual de las antiguas instituciones de Israel. Se ve esto claramente en la decisión tomada, no mucho después de haberse establecido en Jerusalén, de trasladar el arca de la alianza desde Kiryat-yearim, donde yacía abandonada desde hacía más de una ge- neración, a la capital de la nación. Con este fin se levantó una tienda- santuario y el arca fue llevada con gran pompa y regocijo —aunque no sin contratiempo— e instalada en Jerusalén (II S 6). Como sacer- dotes del nuevo santuario señaló David a Abiatar, de la familia sa- cerdotal de Silo (cf. I S 22, 20; 14, 3) y a Sadoq, de origen desco- nocido (35). La trascendencia de esta acción nunca será demasiado ponderada. Fue una maniobra de David para hacer de Jerusalén la capital no sólo política sino también religiosa del reino. Por medio del arca trató de ligar el antiguo orden de Israel al Estado recien- temente creado, como su legítimo sucesor y de hacer del Estado el patrono y protector de las instituciones sagradas del pasado. David demostró ser más avisado que Saúl. Mientras Saúl había abandonado el arca y arrojado de sí a sus sacerdotes, David estableció arca y sacerdocio en el santuario nacional oficial. Fue un golpe maestro. Para ligar los sentimientos de las tribus a Jerusalén debió hacer más de lo que nosotros podemos imaginar.
Podría uno, en verdad, maravillarse de que David, que pronto construyó para sí un palacio en Jerusalén (II S 5, 11; 7, 1), nunca construyera un templo apropiado para albergar el arca. La Biblia (II S 7) nos da una explicación: David fue disuadido por un oráculo profe- t i c e Aunque parece que el arca estuvo albergada en Silo en un edi- ficio permanentemente (I SI, 9;3,3), persistía a ú n , especialmente entre los círculos proféticos, un tenaz recuerdo de los orígenes del yah- vismo en el desierto, j u n t o con el sentimiento de que las casas de cedro y piedra eran impropias p a r a el Dios que «habita en tienda» en medio de su pueblo. David simpatizaba con este sentimiento, o más probablemente, le parecía prudente condescencer con él. El proyecto fue, por tanto, diferido (36).
d. Consolidación ulterior del Estado. Aunque la Biblia n a r r a so- lamente la conquista de Jerusalén, David obtuvo también el control de las demás ciudades-Estado cananeas que aún existían en Palestina.
(35) Naturalmente, las genealogías de I Cr. 6, 4-8; 24, 1-3, etc., dan a Sadoq una ascendencia levítica (aaronítica). Algunos han sugerido que había sido sacer- dote del santuario jebuseo de Jerusalén: cf. H. H. Rowley «Zadok ant Nehustan» (JBL, L V I I I [1939], pp. 113-141); ídem, «Melchizedek and Zadok» (Festschrift
Átfred Bertholet [Tubinga, J. C. B. Mohr, 1950], pp. 461-472, donde hay una bi-
bliografía completa). Es, desde luego, admisible, pero incierto. La cuestión que- da abierta.
(36) Pero no fue abandonado. Más tarde David se procuró el emplazamiento donde debía alzarse el Templo (II S cap. 24). Aunque las elaboradas descripciones de I Cr. caps. 22 al 29 están enteramente dentro del estilo y la mentalidad del cronista, se debe admitir que también David hizo planes y preparativos. Cf. Rudolph
Eran éstas muy numerosas, a lo largo de la llanura costera, tanto al norte como al sur del Monte Carmelo, en Esdrelón y también en Galilea (cf. Jc. 1, 27-35). Aunque algunas de ellas tenían ya sin d u d a alguna población israelita, ninguna había estado nunca bajo control israelita, al menos de modo permanente. Cómo cayeron estas ciu- dades-Estado bajo Israel, no lo sabemos. Pero es cierto que fueron to- madas por David y es igualmente cierto que esto sucedió al principio de su reinado, ya que difícilmente se hubiera podido embarcar en guerras exteriores mientras le quedase terreno propio por conquis- tar. Probablemente la mayoría eran vasallos o aliados de los filis- teos y, cuando el poder filisteo fue quebrantado, traspasaron su alianza a David, con poca o ninguna resistencia (37).
Con esto, el territorio israelita quedaba plenamente redondea- do. Fue, en realidad, el término de la conquista de Canaán. El nombre «Israel», que propiamente había designado una confedera- ción tribal, cuyos miembros ocupaban una parte del área de Pales- tina, significaba ahora una entidad geográfica que abarcaba vir- tualmente todo el país. Numerosos cananeos entraron dentro de la estructura de Israel. Pero no fueron integrados, a excepción quizá de casos aislados, dentro del sistema tribal. Sus ciudades-Estado fueron anexionadas, más bien, en bloque a Israel, pasando los seño- res de las ciudades y la población a ser súbditos de la corona. Es evi-