Chapter 4 The Newcastle Thousand Families Birth Cohort
4.2 Epidemiological studies performed previously
El sacramento de la penitencia es por su misma naturaleza un signo eficaz de unidad, puesto que sirve para reconciliar al penitente con la familia de Dios. Hace que uno vuelva a la caridad fraterna o que crezca en la misma al acercarse más a Dios. En la formación de la conciencia, la caridad fraterna constituye un punto central, puesto que está relacionada directamente con el mandamiento del amor de Dios. Nuestro Señor explicó el mandamiento «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» cuando, al celebrar la Nueva Alianza «en su sangre», dijo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15, 12). El amor a Dios puede distinguirse, pero no separarse del amor al prójimo. No se puede amar al Padre celestial sin amar a Cristo, ni se puede amar a Cristo sin amar al prójimo. «Si alguno dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y este mandamiento tenemos de él: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20- 21).
El mandamiento que todo lo abarca
En la formación de la conciencia tiene gran importancia para el penitente hacerse cargo de que el amor de Dios debe manifestarse en el amor del prójimo. Si ve en su prójimo la imagen de Cristo amante, debe ver también en él al Dios invisible. El que ama verdaderamente a su prójimo, puede estar seguro de poseer el amor de Cristo en su corazón. Este mandamiento de la caridad fraterna es el gran mandamiento que todo lo abarca. El confesor dejaría que se formase erróneamente una conciencia si al juzgar la idea del penitente sobre la caridad fraterna, considerara ésta como un mandamiento de tantos. Reinaría anarquía espiritual si la abstinencia del viernes, la asistencia a la misa del domingo y el pago de los diezmos se equipararan con el gran mandamiento del amor fraterno. El confesor debe ayudar al penitente a percatarse de que el doble mandamiento del amor abarca todos los aspectos de la vida; ayuda a practicar todas las virtudes. Si falta una virtud, podrá descubrirse la ausencia, o una notable debilidad, de la caridad fraterna.
La caridad fraterna está relacionada con todos los mandamientos, incluye todas las virtudes, penetra todas las potencias o facultades del alma. Comprende a todos los hombres, incluso a los mayores pecadores. La fe, la esperanza y la caridad nos hacen ver la imagen de Cristo en el prójimo, aunque esté desfigurada por el pecado. El amor, anclado en la fe y en la esperanza, lo
reconoce como uno que, con nosotros, fue redimido por la sangre del Salvador. Si no fuera por el
fruto mismo de la redención en nosotros, ¿cómo podríamos creer en nuestra vocación a la santidad, que presupone plena solidaridad con nuestros hermanos y hermanas en Cristo?
Signos de verdadero amor
Servirnos de nuestro prójimo como de ocasión para adquirir méritos no es indicio de verdadero amor. Incluso en manuales contemporáneos se pueden hallar ejemplos como éste: Uno que está en un puente ve a otro que se está ahogando. Se le ocurre que podría lanzarse al agua y salvarlo. Pero, según la ley divina, el amor de uno mismo es más fuerte que el amor al prójimo; por eso le parece que no es justo exponer su propia vida para salvar la de otro. Sin embargo, sería meritorio para él exponerse a tal riesgo. Después de detenerse a sopesar los pros y los contras, concluye que el orden de la caridad le permite exponerse a tal riesgo y se lanza al agua. Puede dejar de salvar al otro, debido a este cálculo complicado. Incluso si lograra sacarlo con vida, no habría hecho un acto de amor al prójimo. Se habría servido de su semejante como medio para aumentar sus propios méritos.
Lo mismo se puede decir del hecho de dar limosna y de otras obras que se suponen hechas en favor al prójimo. Su valor disminuye si no se tiene en cuenta la dignidad de la persona en cuestión. Puede parecer que, como otros aceptan nuestros dones, nosotros recibimos el mérito, pero en realidad la situación es diferente. Amar a alguien significa mostrarle buen corazón, reverenciarlo como persona. Es ofensivo para el beneficiario de nuestros dones considerarlo meramente como objeto de «lucro» o de méritos, y no como persona creada a imagen de Dios.
Amor redentor
El amor fraterno es esencialmente redentor si se amolda a la prescripción de Cristo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.» El nos ama como a hijos del Padre celestial. Análogamente, la caridad fraterna debe caracterizarse por una mentalidad apostólica y estar
animada por un celo misionero. Tal amor no es exclusivo de los sacerdotes y religiosos, sino que se extiende a todos los cristianos por igual. Sería un error concebir el amor fraterno como situado sólo un escalón más arriba de las disposiciones humanas de amabilidad y cortesía. Llamarlo sobrenatural sería introducir una distinción ridícula en el gran mandamiento. Un religioso decía una vez: «Mi amor a este hermano va siendo cada vez más sobrenatural», con lo cual quería decir «apártate de mí»; usaba la palabra «amor» sin el menor matiz de afecto o de cordialidad. Amar a nuestros hermanos en el Señor significa amarlos con la total cordialidad del Señor.
Un amor redentor significa que todas las facultades y pasiones se han despojado del egoísmo. La redención no deja de lado la creación, Dios redimió todo lo que creó, incluso nuestras pasiones. El amor redentor significa un amor plenamente humano; debe incluir todas las capacidades de amar. Debe abarcar al amado en la totalidad de su ser, de su vida. Si no nos interesamos por sus valores y por sus miserias, sino que únicamente nos preocupamos por evangelizarlo, entonces el Evangelio no significará vida para él. Debemos amarlo en serio, de veras, en todas las facetas de su vida. El amor fraterno no es amor redentor si no es amor servicial, si no es amor humano efectivo.
Si su vida diaria no nos afecta, interesándonos únicamente en predicar la vida sobrenatural y el amor de Dios, nuestros oyentes serán sordos a nuestro mensaje. Pensemos, por ejemplo, en una mujer cuya cocina consiste en abrir latas, cuyo contenido es consumido ante la televisión, que descuida la casa; es irritable, pero cada noche da a su marido una conferencia sobre la vida cristiana. Es la mejor manera de inspirar aversión a la religión. Si, en cambio, fuera amable y servicial, creara una atmósfera alegre de familia, preparara comidas deliciosas, entablara conversaciones agradables, se hallaría en una posición más favorable para tratar de la vida cristiana.
El amor redentor debe ser también un amor encarnado, un amor que penetre la vida entera. En la formación de la conciencia es necesario recordar una y otra vez al penitente la importancia de la amabilidad. La amabilidad, la delicadeza y la mutua consideración son mucho más importantes para los que viven bajo un mismo techo que cuando se trata de extraños con quienes sólo nos encontramos ocasionalmente. Estar totalmente faltos de amabilidad con nuestro prójimo más allegado, con los miembros de nuestra propia familia, es trastornar el debido orden de las cosas.
La ley del crecimiento
Debemos procurar que nuestros penitentes, como también nosotros mismos, se den perfecta cuenta de que nuestro amor al prójimo no es todavía perfecto, y que todavía estamos ciegos frente a muchos aspectos de esta virtud. Puede darse que nuestro amor sea, sí, eficaz y sincero, pero no penetre la totalidad de nuestra vida. La caridad fraterna debe ser el elemento integrador de nuestra vida cristiana. Siempre se puede crecer en generosidad y en calor de amor. Si un penitente está satisfecho de sí mismo y cree que todo está en regla tocante a su amor al prójimo, no podemos llamarlo mentiroso, pero sí podemos rogar a Dios que le cure la ceguera y le otorgue la gracia de conocer que su amor es todavía muy imperfecto. Su actitud se asemeja a la de los fariseos. Si una persona no tiene nunca nada que confesar contra la caridad fraterna, es evidente que o no se da plena cuenta de la importancia del mandamiento del amor fraterno, o no se examina la conciencia a la luz de la nueva ley. Si confiesa que come carne los viernes de cuaresma, o que falta a misa los domingos, pero no tiene nada que decir sobre la caridad fraterna,
hay razones de creer que el amor al prójimo no desempeña gran papel en su vida. Es buena señal cuando una persona confiesa humilde y sinceramente pecados contra la caridad fraterna. El confesor puede asegurarle que va progresando y que tiene los ojos abiertos a las grandes realidades de la vida.
Nuestro Señor mismo trató de arrancar la venda de los ojos de los fariseos y de los doctores de la ley y con respecto al precepto de la caridad. No eran misericordiosos ni amables; descuidaban el mandamiento principal del amor, mientras eran inflexibles tocante a la observancia de bagatelas como el diezmo sobre las cosas más pequeñas.
La prueba de la caridad
El distintivo de la caridad es el amor de los propios enemigos, de los que nos son causa de pena y de aflicción. No podemos contentarnos con el aspecto negativo de no hacerles mal; el amor de los enemigos entraña un amor típicamente redentor. Debemos ayudarles a superar sus dificultades tocante a nosotros mismos Supongamos que sufren por causa nuestra, aunque nosotros no hayamos hecho nada que pueda provocar tal actitud. Culpable o no, tenemos la obligación de vencer su animosidad. «Si llevas tu ofrenda al altar y te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda sobre el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23). ¿Se nos prescribe esto sólo en el caso de que nosotros mismos hayamos ofendido a nuestro hermano, a nuestro prójimo? De ninguna manera. Cuando quiera que lo hallemos en tal clase de dificultad espiritual debida a nuestro modo de proceder o a falta de amor por nuestra parte, debemos procurar ayudarle. Si nosotros hemos causado positivamente la molestia, debemos ayudar doblemente y pedir perdón. El Señor nos enseña en el sermón de la montaña que la nueva alianza nos llama a ser todo bondad, como el Padre celestial es todo bondad, y que su misericordia se extiende tanto a los justos como a los pecadores (Mt 5, 48). «Vuestro Padre celestial es bueno aun con los desagradecidos y malvados. Sed misericordiosos, como misericordioso es vuestro Padre» (Le 6, 36). Como san Pablo lo acentúa enérgicamente, el Señor murió por nosotros, aunque éramos pecadores, sin mérito alguno por nuestra parte. Así nuestro Redentor nos dejó el ejemplo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»
Nuestra caridad se prueba de veras cuando debemos extender una mano amorosa a los que realmente nos odian y pecan contra nosotros. No es raro que los confesores se encuentren en el
confesonario con penitentes que abrigan ideas erróneas en esta materia. Tratan de justificarse
fijándose únicamente en las injusticias de su prójimo. ¿Cómo debe proceder el confesor en tales circunstancias? Debe comenzar por el mandamiento de amar a los enemigos. Aunque nuestro enemigo proceda mal, debemos amarlo en verdad; esta es una oportunidad que Dios nos ofrece para dar prueba de nuestro amor. Sin embargo, será prudente que el confesor tome precauciones para no confirmar el juicio negativo de su penitente sobre su «enemigo» sin pruebas suficientes. Supongamos el caso de la buena mujer que se imagina que su marido la tiraniza. Se veía confirmada en su creencia por confesores que le aseguraban que su papel consistía en sufrir como «víctima» en manos de su esposo. Ahora bien, se dio el caso de que su último confesor conocía a su marido. Le dijo que nunca daría bastantes gracias a Dios por haberle dado un esposo tan bueno; Dios lo había hecho amable y paciente con sus excentricidades. Naturalmente, esto le causó como un choque, pues venía a destruir la espléndida imagen que se había formado de sí misma como de una mujer perseguida. El marido agradeció, naturalmente, lo que el confesor
había dicho. En el caso de aquella mujer, los confesores no la ayudaban al confirmar sus ideas paranoicas y haciéndola creer que era muy paciente. Al fin acabó por confesar que no había vuelto ya a molestar a su marido y que, además, éste era una buena persona. A veces es provechoso indicar a esta clase de personas que también los otros pueden sufrir considerablemente por su causa.
Si el penitente se queja de que se ve tratado injustamente por su enemigo, el confesor puede comenzar diciéndole que Dios le ofrece esta situación de prueba para que demuestre su amor al prójimo. Puede señalar al penitente el ejemplo del Padre celestial, que es bondadoso con todos. Podrá tratar de convencer a la persona que se cree justa, de que su actitud se parece a la de los fariseos. El confesor hará bien en no pasar al extremo opuesto de decir a tal persona que sólo ella tiene la culpa de la situación. Podrá comunicar al penitente que la experiencia enseña que por lo regular la culpa está en las dos partes. La experiencia enseña además que quien descuida la oportunidad de hacer bien a su prójimo porque ha sido anteriormente ofendido por él, suele ser también culpable. El enfrentamiento con estas verdades puede con frecuencia enderezar al individuo y volverlo al camino de la caridad fraterna.
Violación de la caridad fraterna
Parece ser que muchos penitentes no perciben la relación que tienen con la práctica de la caridad fraterna los pensamientos poco amables, a juzgar por lo raro que es oírlos acusarse en esta materia. A los penitentes les aprovechará traerles a la memoria que el Señor dijo que de la abundancia del corazón habla la boca. Si el corazón es puro, también lo serán las palabras y las obras, y viceversa. Porque, repitámoslo, si una persona fomenta sospechas poco caritativas, no tardará en manifestar también con palabras los pensamientos poco amables. Los malos pensamientos no son del dominio exclusivo de la impureza, y a los penitentes hay que convencerlos de la necesidad de controlar sus pensamientos en relación con la caridad fraterna. La práctica de ésta resultará así más fácil y menos penosa.
Hay gentes que gastan un tiempo considerable en excogitar medios para vengarse de su prójimo. Están obsesionados por hallar observaciones punzantes y palabras duras. Cuando se presenta la ocasión fracasan miserablemente. Sin embargo, el hecho de abrigar tales pensamientos es verdaderamente reprobable. También sacerdotes, religiosos y religiosas abrigan a veces tales pensamientos y deseos, y hasta puede darse que el tiempo de la meditación se preste como ninguno a tales cavilaciones.
No faltan tampoco penitentes que dicen que perdonarán, pero que no olvidarán. Un caso significativo es el de un sacerdote ordenado hace cincuenta años y al que su obispo ofendió cuarenta años atrás. No se cansaba de relatar aquel incidente. A un colega que le preguntaba: «¿Le ha perdonado usted?», contestó: «Naturalmente le he perdonado, pero no lo olvidaré.» Lo cierto es que esto no puede llamarse perdón.
Una buena confesión puede ayudar a desarraigar malos hábitos, pero el hombre no actúa en el vacío; los malos hábitos deben ser reemplazados por otros buenos. El capítulo trece de la primera carta de san Pablo a los Corintios puede servirnos para guiar nuestros esfuerzos en este sentido. Proclama las características de la verdadera caridad, las «señales de discernimiento». «El amor, todo lo espera» (13, 7). El cristiano no debe perder nunca la esperanza. Tampoco la paciencia
debe tener límites; la caridad puede siempre hacer y sufrir algo por la eterna salvación de los otros. El pensar positivamente engendra esperanza de lo mejor y aprovecha mucho cuando se quiere aportar alegría, consuelo y alientos a los que se ven frustrados. Un cristiano, al examinarse la conciencia, puede preguntarse: «¿Siento yo por los otros y con los otros? ¿Me doy cuenta de los sufrimientos y dificultades de los otros? ¿Me esfuerzo por iluminar la existencia de alguien que está abrumado por las vicisitudes de la vida?»
Escándalo y medio social
La eficacia de un sacerdote que predique sobre la confesión o que oiga confesiones se verá muy realzada si de antemano procura él adquirir buen conocimiento del clima moral de la zona en cuestión. ¿Cuáles son las tentaciones predominantes? ¿Qué actitud adoptan frente a los problemas sociales las llamadas personas piadosas? Por ejemplo, se descubren actitudes torcidas en una encuesta sociológica, en la que, entre otras cosas, se pregunta: «¿Cuál es su actitud frente a las madres solteras?» El resultado bastante unánime era que tales madres eran despreciadas por los que consideraban el aborto como una solución normal; eran también desdeñadas por su ignorancia crasa de los anticonceptivos. El hecho más sorprendente era que las llamadas almas buenas, con su falta de caridad y su desprecio de dichas madres, hacían la presión todavía más intolerable. Tal actitud manifestada por personas mojigatas inducían muy a menudo a muchachas embarazadas a procurar el aborto.
En otra encuesta, un sacerdote (párroco) bien intencionado decía que él observaba una práctica útil. «A ninguna madre soltera se le permite ir a la boda vestida de blanco.» Ocurrió que dos hermanas se casaron en una misma ceremonia. Una de ellas iba vestida de blanco; a la otra la obligó el párroco a vestirse de color porque estaba embarazada. Sin embargo, era un secreto a voces que la muchacha vestida de blanco había tenido por lo menos tres abortos. La hermana vestida de color se hallaba en mucha mejor condición. Pese a las ideas conservadoras y estrechas, los excesivamente devotos escandalizan y son causa de que se cometan crímenes. El confesor hará bien en sacudir a tales personas si se le presenta la oportunidad de hacerlo, exactamente como algunas gentes se han sentido sacudidas al darse cuenta de que comparten la responsabilidad de la renovación preconizada por el concilio Vaticano II. Por ejemplo, ¿cómo pueden tales gentes pretender ser hijos e hijas obedientes de la Iglesia si se oponen a sus enseñanzas?
Uno de los peores escándalos de nuestro tiempo es la mediocridad de muchos católicos, particularmente sacerdotes y religiosos.
Por ejemplo, a veces se oye alabar al padre X porque puede decir en quince minutos una misa de día de labor, y en veinte la misa del domingo; no es como esos otros curas que no tienen reparo en alargar las ceremonias en lugar de preocuparse de despejar la iglesia los domingos.
Un serio examen de conciencia se impone tocante al culto público. Muchas de nuestras parroquias son un escándalo para protestantes piadosos que hace tiempo tienen aprendido el significado del culto público.