En la Palabra proclamada durante la acción litúrgica resuena de manera especial la voz de Cristo: Él mismo nos habla. Lo ratifica con claridad el Concilio:
Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla (Sacrosanctum Concilium, 7). En la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio (Sacrosanctum Concilium, 33).
40 E. Manicardi, La Sagrada Escritura en la Liturgia, en La Sagrada Escritua, Palabra actual. XXV
Simposio Internacional de Teología (G. Aranda-J. L. Caballero), Universidad de Navarra, Pamplona 2005, 464.
41 Pontificia Comisión Bíblica, Interpretación de la Biblia en la Iglesia, Valencia 1993, 113. 42 Il senso teologico della liturgia. Saggio di liturgia teologica generale, Roma 41965, 455.
En estas dos afirmaciones del Concilio Vaticano II se concentra la enseñanza de la tradición eclesial. Pueden citarse algunos testimonios:
El Evangelio es la boca de Cristo. Está sentado en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra43.
Se lee el Evangelio, en el cual Cristo habla al pueblo con su misma boca para... actualizar el Evangelio en la Iglesia, como si hablara el mismo Cristo en persona44.
La Iglesia siempre ha mantenido firme fe en la presencia actual y operante de Cristo, sujeto de la Palabra en la celebración de la liturgia:
La economía de la salvación, que la Palabra de Dios no cesa de recordar y de prolongar, alcanza su más pleno significado en la acción litúrgica, de modo que la celebración liturgia se convierte en una continua, plena y eficaz exposición de la Palabra de Dios.
Así, la Palabra de Dios, expuesta continuamente en la liturgia, es siempre viva y eficaz por el poder del Espíritu Santo, y manifiesta el amor operante del Padre, amor indeficiente en su eficacia para con los hombres45.
Y asimismo:
La Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo, cuando, en la celebración litúrgica, proclama el Antiguo y el Nuevo Testamento. En efecto, en el Antiguo Testamento está latente el Nuevo, y en el Nuevo Testamento se hace patente el Antiguo. Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura y también de toda celebración litúrgica; por esto han de beber de sus fuentes los que buscan la salvación y la vida46.
La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo; obra «magnífica», pues en ella Dios es perfectamente engrandecido, glorificado, y los hombres santificados.
43 San Agustín, Sermo 85, 1; PL 38, 520.
44 Palabras del Pontificale Romanum Germanicum. Cf. V. Vogel-R. Elze, Le Ponfical Romano-germanique du
dixième siècle. Le Texte I, Ciudad del Vaticano 1963, 334.
45 Ordo lectionum Missae, nº 4. 46 Ordo lectionum Missae, nº 5.
liturgia celebra la actualización de la economía de la salvación, y realiza la vitalidad, la unidad y la plenitud del dinamismo profundo de la Palabra de Dios47.
Durante la liturgia la Palabra de Cristo resuena como un «hoy» de la Iglesia, exuberante de actualidad:
En la liturgia se lee la palabra inspirada como fuente de instrucción y como fuente de gracia. No es simplemente recordar lo que Cristo dijo en una ocasión sino que lo vuelve a decir aquí, con su autoridad y su poder, locutus est per prophetas, loquitur per
lectorem48.
En la liturgia asistimos a un cambio sustancial. El pasado que se evoca, según la frecuente formulación «en aquel tiempo», se convierte en un «aquí y ahora». Se realiza el hoy de la salvación perenne. Dios habla para nosotros, en este mismo momento, en vivo y en directo49.
En la celebración de la liturgia el adverbio que con frecuencia inusitada se destaca es el «hoy». Espigamos algunas expresiones señaladas: «Hoy un niño se nos ha dado; Hoy Cristo en el Jordán...; Hoy ha subido María al cielo...». Los misterios de la Navidad, del Bautismo, de la Asunción de la Virgen ya no son reliquias del pasado, memorias desvirtuadas, sino acontecimientos, plenos de salvación, que vive la Iglesia en el momento presente50.
Se anula la distancia entre el ayer y el hoy. La Palabra de Dios despliega poder de actualización. Ya no es la débil voz del pasado, registrada en letras, cristalizada. Es la voz del Señor, presente en la Iglesia, la que se impone, pletórica de vitalidad, vibrante de actualidad.
47 A. M. Triacca, La celebrazione della Parola di Dio, en Parola di Dio e Spiritualità (a cura di B. Secondin, T. Zecca, B. Calati), Roma 1984, 165.
48 L. Alonso Schökel, La palabra inspirada, Madrid 31986, 362.
49 La fuerza del acontecimiento de salvación celebrado se hace de nuevo viva y actual a través de la palabra y
del ritual, como garantía, a su vez, de nuevas intervenciones de Dios en favor de su pueblo (J. López Martín, El año litúrgico, Madrid 1984, 51).
50 Para valorar el rico empleo del hoy, como signo de perenne actualidad, véase J. Pinelli, L´«hodie» festivo negli
antifonari latini: Rivista liturgica 61 (1974) 579-592.
3. Dios habla a su pueblo y éste responde: diálogo litúrgico
Siempre que la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo en la celebración litúrgica, anuncia y proclama la Palabra de Dios, se reconoce a sí misma como el nuevo pueblo en donde la Alianza, sancionada antiguamente, llega ahora a su plenitud y total cumplimiento51.
En la sagrada liturgia aparece con evidencia privilegiada que el destinatario de la Palabra no es el individuo que se aísla, sino el pueblo de los redimidos que se reúne, que su voz viva no es el hombre quien la proclama para sí, sino la Iglesia que, por medio de la variedad de sus ministros, la anuncia a la asamblea; que su éxito natural no es la complacencia de la docta especulación, sino que es la energía transformadora de los sacramentos y la vida palpitante del Espíritu que habita en los corazones52.
Prolonga la actuación del Antiguo Testamento. El pueblo de Dios quedó congregado para escuchar a Dios que habla: «Escuchad hoy su voz» (Sal 94,4), y poder responsablemente contestar a su solicitud. Cuando se junta en las faldas del Sinaí, escucha la voz de Dio y asiente: «Haremos todo cuanto el Señor ha dicho» (Éx 19,8).
De la misma manera la Iglesia, reunida en asamblea litúrgica, escucha la Palabra de Dios, presente en Cristo, el Señor, y, animada por la fuerza del Espíritu Santo, responde con fidelidad y en alabanza al Padre. Esta idea la encontramos confirmada. Interesa anotar su intensidad mediante la frecuencia de voces autorizadas. Señala el Concilio:
En la liturgia Dios habla a su pueblo; Cristo sigue anunciando el Evangelio. Y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración (Sacrosanctum Concilium, 33).
La liturgia de la Palabra por su naturaleza y estructura ritual es un diálogo o conversación entre un Dios que habla y un pueblo que escucha, responde y acepta su manifestación53.
51 Ordo lectionum Missae, nº 7.
52 C. Mª Martini, En el principio la Palabra. La Palabra de Dios en la liturgia y en la vida, Santa Fe de Bogotá, 1991, 50.
53 La celebración de la Misa. Directorio litúrgico-pastoral publicado por el Secretariado Nacional de Liturgia, Madrid 1985, 17.
La liturgia es verdaderamente un diálogo ininterrumpido entre la Palabra y el hombre, llamado a ser un eco de esta misma divina Palabra. En efecto, la sagrada liturgia es el encuentro salvífico del Padre que está en los cielos y viene a conversar con sus hijos, amablemente; es el coloquio entre el Esposo, el Señor Jesús, y su amada Esposa, la Iglesia, partícipe del eterno canto de alabanza que el Verbo encarnado introdujo en nuestro destierro terrestre54.
Cristo hace posible la respuesta de la comunidad. Al ser nuestro sumo Sacerdote, es capaz de asociar a toda la Iglesia que camina en el exilio terrestre para dar una digna respuesta a Dios y unirla a la alabanza perpetua que se canta en el cielo (cf.
Sacrosanctum Concilium, 83).
El Espíritu Santo asiste a la Iglesia en su debilidad para que dé una respuesta digna. No existe mejor súplica que aquella que le susurra proféticamente, dirigida a Cristo, su esposo: «El Espíritu y la esposa dicen: Ven, Señor» (Ap 22,17):
El Espíritu no tiene rostro, pero todos entendemos su voz. Él fue quien habló por los profetas; y ahora es él quien ora en la Iglesia55.
Cuando Dios habla, pide una respuesta. Nosotros le contestamos al Dios que habla y que nos revela el acontecimiento de nuestra salvación y el misterio de su amor, con la celebración de la Eucaristía –gran oración de agradecimiento, memorial perenne de la pasión redentora, ofrecida con la Víctima inmolada de la propia vida–, con las otras celebraciones litúrgicas, íntimamente unidas con la Eucaristía, entre ellas el Oficio Divino o Liturgia de las Horas56.
Hasta cuatro pasos podemos registrar en el proceso vital de la celebración, patentes incluso en la sonora escritura de los verbos: convocar, evocar, invocar, actualizar
b) Ya convocada, evoca mediante la proclamación de la Palabra de Dios las maravillas que ha realizado en la historia de la salvación.
54 C. Mª Martini, En el principio la Palabra. La Palabra de Dios en la liturgia y en la vida..., 49.
55 J. Gelineau, La Iglesia responde a Dios, en Palabra de Dios y liturgia. Congreso de Estrasburgo, Salamanca 1966, 150.
56 C. Mª Martini, En el principio la Palabra. La Palabra de Dios en la liturgia y en la vida..., 50-51.
c) A través de la oración de alabanza y súplica, invoca la misericordia de Dios.
d) En la celebración del rito sacramental actualiza estas maravillas del amor de Dios, que culminan en el misterio de la muerte y resurrección de Jesús.
Durante la celebración, el creyente queda revestido de una dimensión corporativa: se convierte en miembro de la Iglesia, parte constitutiva de toda la asamblea; se siente y se sabe ya unido vitalmente a Cristo con la Iglesia, injertado a la gran vid. Debe participar, actuar, rezar y alabar no como individuo particular, sino como racimo, inmerso en la plenitud de la Iglesia viva.
No hay individuos aislados que rezan. Se congrega la comunidad cristiana: es el nuevo y universal pueblo de Dios, que participa en los misterios de la fe57.
4. Algunas llamadas urgentes a la comunidad,