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La tía Luisa, entre otras cosas porque nació en París en el corazón del Faubourg Saint-Honoré, vivió toda su vida con la hora de Francia. A las doce de la noche hora de México, cuando en París apenas comenzaba a amanecer y pájaros de librea roja anunciaban en el Boulevard Sébastopol el principio del mundo, la tía Luisa abría los ojos —casi siempre unos segundos antes de que el despertador sonara para recordarle que estaba viva—, se ponía la bata y las pantuflas y rezaba sus oraciones matinales. La danza de las horas continuaba a la una de la mañana, cuando la tía Luisa recorría la casa caminando de puntas, llegaba a la cocina y desayunaba café con leche y croissants. Y naturalmente, a las siete de la mañana hora de México, cuando en el verano de París era la una de la tarde, la temperatura se almendraba y la incandescencia bajo el Puente de Alejandro III se volvía nauseabunda, la tía Luisa almorzaba en forma, con vinos de Burdeos y manteles largos. A las tres de la tarde, hora del Paseo de la Reforma, la Plaza de la Constitución y la Casa de los Azulejos, la tía Luisa cenaba sola en su habitación mientras al otro lado del Atlántico, seis meridianos más allá, se abalanzaba la noche, los mendigos remendaban los periódicos del día y los cabarets de Montmartre se iluminaban, como en otro siglo, al compás de los ajusticiados y los corpiños de holanda roja. Y varias horas después la tía Luisa se encerraba en su habitación, corría las cortinas negras y espesas de sus balcones, rezaba sus oraciones de la noche con una voz quebrada por las linternas y se dormía minutos más, minutos menos, a las cinco de la tarde hora de México: once de la noche hora de París, cuando la bohemia inicia el jubileo y las mariposas se desprenden de los alféizares y van a dar, con sus sombras, a las picardías del Sena.

En el año de 1900, el padre de la tía Luisa recibió el encargo de administrar el Pabellón Mexicano de la Exposición Internacional de París: un edificio neogreco, con nueve arcadas, situado a la orilla izquierda del Sena a unos pasos del Pont de l’Alma y en seguida de la Casa de Serbia, que exhibía en dieciocho nichos —tantos como años tenía la tía Luisa—, los tabacos, las telas y los metales preciosos mexicanos. De manera que el bisabuelo, de regalo de cumpleaños, decidió llevar a la tía Luisa para que conociera la ciudad natal que abandonó a los tres meses de nacida y con la que tanto había soñado: París sin aguaceros. París bautizado con risa y orina. París el de las láminas estereoscópicas y las chimeneas que leyeron a Eugenio Sué. «París el de los cuatrocientos quesos», hubiera dicho Walter.

«París —dijo el bisabuelo— el de los cuatrocientos quesos y las champañas viudas.»

El bisabuelo, enredado en números y correspondencia, dedicó sus pocos ratos de ocio a aplicar el principio cartesiano de la duda metódica a la existencia altiva de los dos fenómenos de la exposición que más lo cautivaron: uno, era la Torre Eiffel; el otro, el Gigante Hugo, que si bien no tenía los pies verdes ni los ojos fulminantes como el basilisco, al bisabuelo le pareció más una encarnación de Armilius el Anticristo, que la representación de Gargantúa en la reconstrucción de Le

Vieux Paris. Entre el gigante Hugo, que medía dos metros veinticinco centímetros y era capaz de cubrir una moneda de cinco francos con el dedo pulgar, y la Torre Eiffel que medía trescientos metros, estaba pintada del naranja oscuro en la base al amarillo pálido en la cúspide y resplandecía en las noches iluminada por nueve mil lámparas, el bisabuelo nunca pudo elegir. Por lo demás, le tuvieron sin cuidado el Palacio del Genio Civil o el Pabellón de la Caza y la Pesca, y se negó rotundamente a visitar la Huerta Japonesa cuando supo que los jardineros nipones habían logrado cultivar, a través de siglos de paciencia, abetos y sauces enanos. Nada le molestaba tanto al bisabuelo como oír hablar de esos experimentos que le recordaban la alpinización degenerativa de las plantas.

De modo que la tía Luisa quedó en libertad de recorrer, sola, París y la Exposición. Y la vieron, en efecto, soltarse el cabello en los Jardines de Luxemburgo para sobrenadar en las cerámicas y las jurisdicciones de las rosas. Caminar de café en café y de rima en rima por los desfiladeros de Saint- Germain des Prés. Llegar al Campo de Marte para visitar la Sala de las Fiestas o bajar de un coche, en el Trocadéro, para conocer el Castillo del Agua y el Panorama del Congo. O hacer mil cosas más como comprarle a la fortuna una docena de peras melba en la Rue Mouffetard, pasarse mañanas enteras en la Maison Artistide Boucicaut en la Rue de Bac y confirmar, a la vista de los vitrales de la Santa Capilla y la luz del sol que se descomponía en los siete colores del espectro bajo la cúpula del Palacio de la Óptica, que ella, Luisa, había nacido en un momento propicio a las estrellas puesto que le era dado contemplar ese feroz inventario de luces y sorpresas y asomarse desde su ventana en los Campos Elíseos para admirar los suspiros rodantes, los ríos de tolvas y quitasoles, los franceses de pan largo y las turistas de tul y especias que no se cansaban de pasar, todo el día, toda la noche, así fuera la hora de México, la hora del Café de Paix, la hora del Pabellón de Bosnia-Herzegovina, o la hora de acostarse a dormir para levantarse temprano y visitar al día siguiente Le Jardín des Plantes. Y como en aquel entonces algo tenía la piel de la na Luisa de la porcelana inteligente y su cintura fue., por puro azar, francesa hasta el aborrecimiento, dejó a su paso por Montparnasse, la Plaza Vendôme y la de Rue des Écoles, admiradores y enamorados que después de conocerla se quedaban cuatro días sin dormir y sin pegar las alas. Pero antes la seguían por la Corte de los Milagros, por el Palacio Luminoso Ponsin y por la calle de El Cairo donde los árabes vendían espadas damasquinadas y brocados y muebles con incrustaciones de nácar, averiguaban el nombre de su hotel, el número de su cuarto, el cometa de su nombre, y le escribían cartas de amor que la tía Luisa no entendió jamás porque apenas pespunteaba algunas sílabas de francés.

Nadie sabe por qué a la tía Luisa se le ocurrió, conociendo ya tanto de los misterios de Paris y teniendo varias semanas más para recorrerlo, seguir un sábado el itinerario que la Guía Ilustrada Bon Marché recomendaba para conocer la ciudad en tres días, «a vol d’oiseau», o en otras palabras, a vuelo de pájaro. Pero el caso es que así fue y que gracias a ello llegó al Jardin des Plantes después de hacer el recorrido Place de la Concorde-Jardin des Tuileries-Rue Royal-La Madeleine-La Bastille, y de allí tomar el tranvía Bastille-Alma, en el Boulevard Henri IV y el Pont Sully, en el momento en que Jean Paul tenía diez minutos de haber entrado al pabellón de las plantas tropicales. En otras palabras, sólo los separaban las casas de las plantas acuáticas, las plantas alimenticias e industriales, las plantas medicinales, las plantas anuales y las plantas vivaces de ornamentación, pabellones todos que la tía Luisa recorrió a vuelo de pájaro, como lo recomendaba Bon Marché.

Jean Paul era un botánico francés que hablaba español y que por una coincidencia se especializaba en opuncias y otras cactáceas de las altiplanicies desérticas mexicanas, y sentía una debilidad especial por la flor del látigo de tallos colgantes y por las flores de carmesí satinado del nopalillo. Pero tal vez no fue una coincidencia, porque la tía Luisa fue a París a sentir nostalgia de México, y regresó a México para sentir nostalgia de París, como en cierta forma le sucedió a Jean Paul, que cuando vino a América lo hizo no sólo para alcanzar a la tía Luisa sino también con el propósito de seguirle las huellas a las plantas y árboles que le debían su nombre, o su descubrimiento, a botánicos y aventureros franceses y otros personajes europeos. Entre ellos figuraban, según sus noticias, la buganvilla, llamada así —como una de las islas Salomón—, en honor del navegante francés Luis Antonio de Bougainville, y el flamboyán, llamado por Tourneforte «Poinciana» en homenaje a Monsieur de Poinci, patrón de la botánica y gobernador de Las Antillas, y por otros llamado árbol del fuego. Aunque dicha sea la verdad, a Jean Paul también le interesaba conocer los jardines mexicanos que Bernal Díaz del Castillo comparó a los encantos descritos en Amadís de Gaula, estudiar la aristoloquia con cara de pelícano y olor nauseabundo que sirve para la mordedura de serpientes tropicales y admirar las humildes flores del cacahuanantli que le dan su sombra perfumada a las plantas del cacao. Hay quien dice, sin embargo, que la tía Luisa se enamoró de Jean Paul fascinada por el lenguaje y la sabiduría del joven botánico. Nunca antes había conocido a nadie que hablara de vegetales altoceánicos, de la multiplicación por esquizogénesis y de la savia ascendente que se dirige a la sumidad de las plantas, con tanta naturalidad como cualquier otra persona habla del estado del tiempo, la obra de teatro que vio el domingo o la última epidemia de gripe asiática. Y nunca se imaginó que hubiera alguien capaz de darle el nombre de emergencias a las espinas de las rosas, llamar capítulos a las inflorescencias o designar con la palabra alas a las membranas de los frutos de los arces. Con Jean Paul la tía Luisa aprendió la existencia del Calendario de Flora, supo que los hongos tienen enfermedades holandesas y que un exsiccatum es un vegetal seco y preparado, acompañado por una etiqueta donde va su nombre genérico, específico y vulgar, además de la localidad, el nombre del colector y la fecha en que fue coleccionado. Jean Paul le regaló a la tía Luisa un ramo de exsiccata de la flor más modesta, la violeta —o viola odorata, como dijo Jean Paul que se llamaba en el lenguaje científico— formado con las violetas más bellas que había recogido a lo largo de los años: una en el Alto Loira, otra en la Normandía, una más en las bocas del Ródano y así por el estilo.

La tercera teoría es que a la tía Luisa le gustó Jean Paul por otra sencilla razón: entre todas sus manías, siempre le tuvo horror a la vejez y bastaba que descubriera en el rostro transparente de un enamorado al viejo que tarde o temprano se abriría paso a través de las arrugas y los pensamientos libidinosos, para que se negara a volver a verlo jamás. Y esta póliza contra la senectud, contra la artritis deformante y la tentación de pintarse las mejillas de verde que buscaba la tía Luisa, sólo pudo encontrarla en un hombre destinado a morir joven: Jean Paul. Pero el abuelo Francisco, que era un buen lector de Cicerón y había seguido de cerca los pasos del alejandrinismo y de la escuela filosófica de Cousin en el reinado de Luis Felipe, siempre opinó que la coexistencia pacífica sólo se lograría a través de soluciones eclécticas: la tía Luisa, dijo él, se enamoró de Jean Paul por las tres razones: porque era un botánico francés que hablaba español y amaba las plantas mexicanas, porque deslumbró a la tía Luisa con su lenguaje y sus conocimientos, y porque era un hombre destinado a

morir joven. Además, ¿no decía él siempre que uno puede enamorarse de una persona por muchas causas? «Nunca se casen por dinero, cásense por amor —les decía a sus hijas—. Pero enamórense de un hombre rico y serán más felices.»

Nadie pensó, entonces, en la más poderosa y profunda de todas las razones que tuvo la tía Luisa para enamorarse de Jean Paul, y que fue, simplemente, el haberlo confundido con su deslumbramiento por París.

Un año antes de morir, Jean Paul se enamoró de la tía Luisa y le declaró su amor entre las malezas tropicales, a la vista de aduaneros espías que visitaban el pabellón para copiarle al mangle sus raíces aéreas, mientras afuera, en París, hacía calor o hacía frío, daba lo mismo, o incluso podía caer nieve como en las novelas de Zola, sobre el vientre de París, el Gran Guiñol, el Hôtel-Dieu y el Palacio de Siberia de la exposición, también llamado, por sus murallas, El Kremlin Efímero. La tía Luisa le dijo que no. Dos días más tarde, en la exposición de escultura del Grand Palais, la tía Luisa, temerosa de que el día de su muerte se abrieran para recibirla las Puertas del Infierno de Rodin que tenía frente a ella, repitió su negativa. Ocho días después y once meses y dos semanas antes de morir, cuando se encontraban en el interior del inmenso Globo Celeste, contemplando el movimiento de los astros y escuchando la música de las esferas dirigida por monsieur Saint-Saëns, Jean Paul señaló las siete estrellas de la Cabellera de Berenice, las comparó a la constelación que la tía Luisa tenía bajo el sombrero y después, en una velada alusión a todos los hombres distintos en los que podría transformarse si la tía Luisa le decía que sí, Jean Paul le habló del dios romano Vertumno que para hacerle la corte a Pomona, la ninfa de los jardines, se transformó en campesino, soldado, pescado y mujer vjeja. Le habló también de Júpiter. Júpiter se transformó en cuclillo para amar a Hera, en toro para amar a Ceres, en cisne para amar a Leda, en paloma para amar a Pitia y en delfín para amar a Melanto. Júpiter, en fin, que se volvió sátiro para amar a Antiope, que se envolvió en una llama para visitar a la ninfa Egina y que descendió sobre Dánae convertido en una lluvia de oro. La tía Luisa le dijo que no.

Veinte días después, una tarde del año 79 de la Era Cristiana, o sea mil ochocientos veintidós años antes de morir, cuando visitaron El Vesubio en París, Jean Paul, vestido con la toga romana y rodeado de esclavos con las cabezas afeitadas, le declaró su amor a la tía Luisa en el momento que el volcán comenzó a rugir y a lanzar las cenizas ardientes que sepultaron al pueblo de Pompeya, y la tía Luisa, aterrorizada, le dijo que no. Jean Paul repitió su declaración por teléfono y por telégrafo en el Palacio de la Electricidad, transformado en ciudadano del Siglo Veinte. Y entre Venecia y Constantinopla, cuando navegaban en el Mareorama de París, transformada ella en una joven viajera que por primera vez conocía el mar, y él en un vicio lobo que conocía todas las islas habidas y por haber: las Célebes, las Hébridas, las Malvinas y la Isla de Más a Tierra, Jean Paul le declaró su amor a la tía Luisa. Y nuevamente, y a voces, en el Jardín de Aclimatación del bosque de Boloña cuando viajaba disfrazado de explorador escocés a lomo de un dromedario tras el elefante en el que iba la tía Luisa vestida de cazadora inglesa. Y la tía Luisa le dijo que no, sonriendo, cuando salían de la Casa de la Risa, donde Jean Paul, para seducirla, se transformó frente a un espejo en el botánico francés que hablaba español más gordo del mundo.

Un día visitaron La Tour du Merveilleux, que era, para asombro de la tía Luisa, una casa al revés: se entraba por el desván, y se subía después al tercer piso y luego al segundo y al primero, y así hasta

llegar a la planta baja y al sótano. Las alfombras y los muebles estaban clavados en los techos, las lámparas se levantaban en medio del piso como fuentes de cristal, y a través de las ventanas y gracias a un juego ingenioso de espejos y cristales, se veía todo París al revés. En el desván, la tía Luisa le dijo que no a Jean Paul. En el tercer piso, le dijo que lo iba a pensar. En el segundo, le dijo que tal vez sí. En el primero Jean Paul, de un brinco, arrancó un Narcissus poeticus que descendía del techo colgado de un florero al revés y en la planta baja se lo entregó a la tía Luisa, que se lo agradeció en silencio. En el sótano, la tía Luisa, dándose cuenta que no sólo París y el mundo estaban de cabeza por la Exposición, sino también ella, y su corazón, por Jean Paul, le dijo por fin que sí, con todas sus letras. Y luego cogidos de la mano bajaron corriendo hasta la mansarda y salieron rumbo al cielo, volando, por la chimenea.

Ocho meses antes de morir, cuando todavía en México florecen los cabellos de ángel, Jean Paul comenzó a preparar un viaje largo, en barco, en el que de verdad aprendería a resolver los crucigramas del viento y conocería el espesor de las marinas. Seis meses más tarde y dos antes de morir, cuando tanto en México como en París florecen todavía las nochebuenas púrpuras, Jean Paul, con tres baúles filipinos llenos de ropa y manuscritos, sus cartas de dispersión y su bastón Raunkjaer para medir la frecuencia de las especies vegetales, además de libros y más libros entre los que no faltaban las obras del barón de Humboldt, la Biología Centrali Americana de W. B. Helmsley y las Memorias de los Gabinetes de Historia Natural de Lamarck, cruzó el océano Atlántico y comprobó, entre otras cosas, que no sólo el mar es eterno sino también que la fosforescencia nocturna de las aguas, producida por millones de organismos microscópicos, tenía el mismo color verde chartreuse que los ojos de la tía Luisa. Las calles de Veracruz recibieron a Jean Paul en abril con la eclosión amarilla de las flores del cojón de oro mes y medio antes de morir, menos las seis horas que perdió al cruzar el océano y que nunca volvería a recuperar. Y dos días después, y quince antes de pedir la mano de la tía Luisa, las jacarandás de la ciudad de México alfombraron los parques con pétalos morados en honor de Jean Paul y Luisa. Tres semanas después los bisabuelos, para anunciar el compromiso, dieron un banquete en el que todo el menú era una serie de delicias cocinadas con flores: los invitados comieron entre otras cosas sopa de flor de calabaza, ensalada de flor de colorín, guisado de flor de garambullo, postre de Alejandría o flor de templo con rosas azucaradas, y se brindó a la salud de los novios con agua de flores de Jamaica. Diecinueve días después, y seis meses antes de la fecha fijada para la boda, Jean Paul viajó a la ciudad de Guadalajara para estudiar la flora de sus jardines y llegó dos días antes de su muerte, cuando la ciudad estaba cubierta de flamboyanes en flor. Un día y medio después, y ocho horas antes de morir, Jean Paul caminó por las calles de Guadalajara, consultó en la biblioteca la Historia Plantarum Novae Hispaniae del doctor Hernández, compró unas camisas y regresó al hotel para escribir, con tinta morada de la amapa rosa, una carta para la tía Luisa y otra para su madre, en Francia.

Dos horas después, ya de noche, salió a caminar y se dirigió a un parque público al que llegó

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