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El tema del desplazamiento no solamente se agota en los momentos o etapas que viven estas mujeres desde el momento del destierro, la llegada a la ciudad, la instalación y la organización de su vida en cuanto a lo material. El desplazamiento es una experiencia que se vive y se queda en el campo de la subjetividad, pues no sólo se pierde el lugar de origen o se ―cambia de plaza‖, que es el hecho que implica el desarraigo, sino que también hay una ruptura del proyecto de vida: no hay sueños, no hay esperanzas y el pasado se queda en la memoria de estas mujeres, donde la tragedia es la vida misma82.

Y si hablamos de tragedia, hablamos de drama, de teatro. La obra: Nadie nos quita lo que llevamos por dentro, es el relato del sentimiento de estas mujeres frente al desplazamiento, relato que recoge las palabras que no se podían nombrar en ningún otro lugar, pero contradictoriamente, era de lo único que podían hablar: su cuerpo hablaba de la violencia que sufrieron, sus ojos dejaban ver el terror y el miedo que genera el horror de la tragedia, su acallamiento era la huella de los culpables. Y es que en un país donde se vive el miedo generalizado y la violencia está presente en cada rincón, se calla para no exponer la vida, pero a veces, lo que las palabras callan, el cuerpo lo grita y eso era en ese momento de la llegada a la ciudad, una necesidad que imperaba en ellas.

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TOURAINE., Op, cit., p. 68.

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El teatro de mujeres se convierte entonces, en ese espacio en el que recuperaron la palabra, porque eran mujeres sin voz, les dio la posibilidad de sanar su cuerpo a través de la expresión corporal, sin el temor a ser estigmatizadas o amenazadas. Así lo recoge este testimonio de La Hermana Alba Stella Barreto, directora del la Fundación Paz y Bien:

Yo conocí a estas mujeres en una situación de tanta depresión, casi que hoy día no las reconozco […] unas mujeres sin identidad, avergonzadas, sometidas, adoloridas, aguantando todo sin ninguna privacidad […] el teatro les permitió a ellas objetivar su trauma, tomar distancia y verlo representado […] porque para ellas eso era la muerte, estaban muertas en vida. […] yo no lograba sacarlas de eso, es que es muy fuerte […] El teatro les permitió manejar su palabra porque ellas con sus palabras construyeron la obra […]

Asimismo, el testimonio de una de las mujeres adultas del grupo, deja ver la necesidad de espacios para hablar de lo que ha pasado, para hablar de ellas mismas, de la incertidumbre, y de lo cotidiano, es decir, de espacios para ―relajarse‖:

[Lucy] nos fue dando como mucha dulzura y nos subió mucho la autoestima y nos dijo: ustedes son capaces, ustedes son unas mujeres muy inteligentes y yo las necesito para que trabajen conmigo en el teatro La Máscara, además nos dijo que es un espacio muy lindo donde nos íbamos a relajar, entonces a nosotras nos gustó porque ese espacio lo estábamos buscando […]

Estos testimonios muestran la necesidad de abordar el trabajo con esta población desplazada desde la subjetividad para poder brindarles a estas mujeres la posibilidad de empoderarlas, de sanar el dolor para construir una nueva vida en la ciudad a partir de la riqueza y los saberes con los que llegan de sus zonas rurales de origen.

El trabajo desde la subjetividad en este proceso de reconstrucción de sus vidas, implica reconocerse nuevamente en un nuevo contexto, porque desde allí parte el trabajo en el teatro de mujeres, fortaleciendo su autoestima y la posibilidad de creer en ellas; encontrando otras posibilidades de sobrevivir a la experiencia sufrida, un espacio que les dio un lugar propio después de haber sido des-plazadas. En él encontraron comunidad

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construida desde la solidaridad entre mujeres, creando lazos de fraternidad y reconstruyendo el tejido social; esto cobra especial importancia porque justamente eso es lo que se pierde con la expulsión de sus territorios y la llegada a la ciudad.

Es por esto que cuando ellas hablan del teatro lo nombran como el espacio que las salvó, el lugar donde fue posible que las escucharan, construir su relato y representarlo, tal cual como ellas lo sintieron. Es decir, el teatro fue un interlocutor en este proceso, donde no sólo hablaban de su historia, sino que también proponían escenas, vestuario, a la vez que el teatro le devolvía los sueños y les enseñaba los saberes necesarios para habitar la ciudad:

Para mí, ahora la vida se divide en dos partes: el antes y el después. Saber que antes tuve un drama que fue muy fuerte, mas sin embargo, gracias al teatro La Máscara conocí cosas nuevas, como civilizarme más, por ejemplo, aprender a hablar, porque sinceramente el vocabulario de allá [en el campo] es muy pesado, es como otro mundo, la ciudad lo prepara a uno para mundos diferentes que en el campo […]

Ahora estoy como muy civilizada, muy bonita, soy una mujer ahora sí [...] es mejor ahora, antes como no conocía la ciudad me parecía rara pero ya no podría vivir en el campo, aunque lo extraño, pero es mejora vivir en la ciudad.

Ahora bien, a partir de esto podríamos preguntarnos ¿cuáles son los desplazamientos que sufren estas mujeres, a través del teatro de mujeres? Ellas han desplazado sus subjetividades a unas nuevas nociones de mujer, sienten que se han transformado y que el teatro les ha permitido ―civilizarse‖, que es el término que usan para referirse a la construcción de su identidad como mujeres de ciudad. Las jóvenes ya dicen ser otras, con otros saberes que les permite identificarse con las mujeres citadinas, la vida en la ciudad las seduce cada vez más, los sueños de estudiar, de salir del país cada vez cobra más fuerza, sienten que el campo no les hubiera brindado las posibilidades que han tenido en la ciudad a través del teatro.

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Es necesario anotar que los dos testimonios anteriores fueron de mujeres jóvenes del grupo, quienes han crecido prácticamente en la ciudad porque llegaron de tres y cuatro años. Sus recuerdos sobre el suceso del desplazamiento son muy vagos y al verse de nuevo en un video, hace cinco años atrás, ven claramente las transformaciones sufridas, al pasar de niña campesina a adolescente citadina.

Cuando se contempla el proceso del desplazamiento como una experiencia subjetiva, se puede ver que es un hecho que impacta de manera diferente la vida de las personas, especialmente frente a las rupturas que se dan. En este caso se puede apreciar en el grupo, donde las mujeres adultas viven un proceso distinto al que han vivido las jóvenes —niñas aún en el momento de montaje de la obra—. Como se ve, en sus relatos no está presente la tragedia, ni el horror del suceso, ni hay una mirada nostálgica cuando hablan del campo y de la vida de antes, como aparece en el relato de las mujeres adultas. Desde su perspectiva, el desplazamiento es mirado como un suceso ocurrido, sobre todo, a ―las mamás‖ o las personas adultas de la familia y lo que recuerdan de este suceso es muy poco.

Esa mirada quizás tenga que ver con el hecho de que durante la niñez no se habla de un proyecto de vida, ese apenas empieza ahora cuando están adolescentes y lo han ido construyendo en la ciudad, de allí el hecho de que sientan que es más lo ganado que lo perdido al llegar a la ciudad; contrario a las adultas a quienes el desplazamiento les destruyó el proyecto de vida, las formas culturales de habitar, las estructuras familiares y económicas.

Pero si bien, en principio no hay conciencia de este desgarramiento sufrido por el desplazamiento, es en el teatro de mujeres donde toman conciencia, al reconocer a la madre como aquella mujer que cuidó de sus hijas(os) en una etapa de suprema adversidad. Esa conciencia ha sido posible a través de la representación del relato de la obra, contado por las mayores, donde las niñas escuchaban, mientras veían a su madre, a su abuela, deshacerse en llanto:

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Cuando estábamos niñas, lo que les pasó a ellas, nosotras no lo sentimos, pero ahora que hicimos el papel de nuevo en Roldanillo, como que nos ponemos en los zapatos de la mamá y decimos: no, eso le pasó a mi mamá, es duro y siempre que uno escucha un disparo uno dice: no, eso le pasó a mi mamá.

A partir de la traducción de su mundo, donde se encuentran los miedos, las ansiedades, las fantasías, la construcción de sí mismas y de los otros (as) es posible la creación del lenguaje teatral, donde son actoras de su propia historia, desde la representación teatral hasta la construcción de un lugar propio dentro del orden social, un lugar diferente que no sea el de la violencia, el de la muerte, el del desprecio, y el de la exclusión. El impulso de querer convertir ese dolor y denunciarlo hace que el relato cumpla su papel transformador y político, cuando las actoras de este proceso se hacen Sujetos y actoras sociales a través de la participación activa en el montaje de la obra, de la presentación de la misma ante un público que se sensibiliza frente a su situación y cuando ellas entienden este suceso desde un lugar político que les permite transformar su vida y su contexto, tal como lo dice Touraine:

El mundo no es. El mundo está siendo. Como subjetividad curiosa, inteligente, interferente en la objetividad con la que me relaciono dialécticamente, mi papel en el mundo no es sólo el de quien constata lo que ocurre, sino también el de quien interviene como sujeto de acaecimientos.83

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