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"El espíritu de Yahvé se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de Yahvé le infundía espanto. Le dijeron pues los servidores de Saúl: «Mira, un espíritu malo de Dios te infunde espanto; permítenos, señor, que tus siervos que están en tu presencia te busquen un hombre que sepa tocar la cítara, y cuando te asalte el espíritu malo de Dios tocará y te hará bien» .. Cuando el espíritu de Dios asaltaba (

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) a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl encontraba calma (

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) y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él" 1 Sam 16,14-16.23. Esta es la primera de las dos tradiciones que narran la entrada de David en la corte de Saúl. Esta venida del espíritu malo sobre Saúl es una especie de puente narrativo para posibilitar el primer encuentro de David con Saúl, cf. Schökel, Biblia 1: 555.

La idea que el AT tiene acerca de los sentimientos y las emociones, difiere mucho de la que existe en la cultura occidental moderna. En nuestro medio, se utiliza una metáfora en donde el cuerpo es visto como una especie de “recipiente” que contiene los sentimientos: una persona puede ‘estar llena’ de odio o de amor, se habla de sentimientos que están ‘en lo profundo’ de nosotros, y que es necesario ‘sacar’ para des-ahogarnos. Esto explica la idea que tenemos de auto-control, a saber: estar en la capacidad de ‘contener’ nuestros sentimientos. Debemos impedir que nuestro interés por algo/alguien ‘se nos salga’ y se haga demasiado evidente. Nada de esto existe en el AT en donde los sentimientos y las emociones no

son algo que viene de dentro, sino por el contrario algo que viene de fuera, como lo ilustra bien el texto en discusión. Una curiosa ley sobre los celos dice sobre el marido: “Si un espíritu de celos pasa sobre él y él se torna celoso ..” Num 5,14. Aquí se habla de la sospecha como algo que viene del exterior, se posa sobre el marido, se apodera de él y lo atormenta, cf. Wagner, Mensch 3.c.

Aunque la narrativa bíblica se concentra más en el análisis de la acción que en los motivos psicológicos de los personajes, en algunos casos da muestras de gran sensibilidad, como al hablar de David, de José y de Ruth; si bien, la explicación de las causas psicológicas que se da en el texto, es más bien de tipo folklórico. Distintos estados de ánimo en el AT son provocados por la acción de un agente externo: “Al día siguiente se apoderó de Saúl un espíritu malo de Dios y deliraba en medio de la casa” 1 Sam 18,10. Así, actuar con impaciencia es estar “corto de

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(ruah = espíritu) Ex 6,9 Miq 2,7. Al ignorar la idea de causas en la conducta humana (aspecto analizado por primera vez por Aristóteles De Anima ii.1, 412), el estado de ánimo personal, bueno o malo, se remite directamente a Dios. Es él quien ‘envía un espíritu bueno o malo’ y quien es -en última instancia, la causa de dicho estado anímico. No existen causas segundas, Dios es el autor de todo estado psicológico. Así, si una persona está triste se dice que está “atribulada de

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” 1 Sam 1,15. El contraste entre el ascenso de David y la caída de Saúl ilustra esto claramente. “A partir de aquel día el espíritu del Señor entró en David .. el espíritu del Señor se retiró de Saúl” 16,13s.

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a época moderna ha eliminado la creencia en los demonios en la medida en que la ha considerado ridícula y la ha incluido en la esfera de la superstición. Pero no ha logrado desterrar el temor subterráneo ante determinados fenómenos y sucesos incomprensibles que antaño, eran considerados como obra de los demonios, ni, por otra parte, ha podido eliminar del lenguaje los modismos que aluden a todo aquello que amenaza la vida humana en términos personificados: así se habla, por ejemplo, del «poder del alcohol», de la «lucha contra el cáncer», del «triunfo de una idea», como si se tratase de un ser personal. El concepto de «demonio» es, evidentemente, una «clave», un símbolo de aquellos poderes ante los cuales el ser humano, aún conociendo la amenaza que para él suponen, se muestra impotente, de tal manera que

Cilindro acadio (2200 a.C.). Se creía que la enfermedad y la curación eran causadas por fuerzas distintas. Al lado izquierdo, un demonio alado ataca a dos figuras humanas. A la derecha, un asistente divino trae frente al dios Shamash un hombre para ser curado.

Lo demoníaco ¿un vestigio superado?

no puede ponerlos ni bajo el control de su cono- cimiento ni bajo el de su voluntad, y que incluso le hacen realizar actos completamente contrarios a lo que piensa y quiere: el estar obsesionado por una idea, el tener una idea fija, es un fenómeno del que puede ser perfectamente conciente aquel a quien le afecta, e incluso puede condenarlo en vista de las consecuencias nefastas que puede tener para él y para quienes le rodean; puede incluso llegar a conocer, tanto los factores desencadenantes del proceso como el mecanismo opresor puesto en marcha por aquel fenómeno; sin embargo, continúa permaneciendo indefenso ante él.

Así pues, lo «demoníaco» no puede dominarse simplemente a partir de una toma de conciencia y de una explicación racional o, en todo caso, ello no basta. Las causas y manifestaciones físicas y psíquicas de la enfermedad han sido ampliamente «desmitizadas» hace mucho tiempo, y ya no hay necesidad de explicarlas a partir de fuerzas demoníacas, pero ¿queda aclarado sin más con ello el fenómeno de las influencias sobrehumanas, irreductibles y no manipulables, sobre la vida humana? ¿No nos encontramos más bien de nuevo con factores cambiantes, incontrolables, a los que damos nombres que en realidad son como un lenguaje cifrado que, más que aclarar la cuestión, la oscurecen?

¿Y no ocurre algo semejante en la esfera de las relaciones humanas, de la política, de la historia? Y el ser humano, que ya se creía libre y autónomo, y pensaba poder pasar por alto los motivos y las consecuencias de su obrar ¿no se encuentra de nuevo como un esclavo, como un juguete a merced de ciertas fuerzas? (Coenen, Diccionario I: 406).

Biblia de Oriente 2

Carta al dios personal

“Al dios, mi padre, así dice Apiladad, tu siervo: ¿Por qué me has abandonado?

¿Quién te va a dar otro que ocupe mi lugar? Escríbele al dios Marduk, que es tu amigo,

Para que él me libere de este cautiverio. ¡Yo podré ver de nuevo tu rostro y besar tus pies!

Piensa en los de mi familia, en los pequeños y en los grandes. Ten compasión de mí por tu misericordia.

Haz que tu auxilio llegue hasta mí”.

(Jacobsen, Treasures 160)

Del mismo modo que un siervo muy raramente se relacionaba a nivel personal con el dueño de las tierras en donde vivía, la persona individual en Babilonia veía a los grandes dioses como fuerzas remotas, a quienes ella sólo podía apelar en momentos de crisis con la ayuda de intermediarios. Relaciones de tipo cercano y personal, del tipo que la persona tenía con su padre, madre o hermanos, las tenía el individuo solamente con un dios que era su dios personal. El dios personal aunque era una divinidad menor en la sociedad de los dioses babilonios, mostraba interés particular en una persona dada y en su familia. Se creía que el hecho de que las cosas resultasen bien en la vida, no dependía siempre de la persona, sino que influían en ello muchos factores. No es la habilidad de una persona la que le va a garantizar el éxito. Los seres humanos son débiles y difícilmente pueden

Documento babilonio, segundo milenio a.C.

El gran dios y el dios personal.

El interés del dios en la persona.

influir el curso de los acontecimientos en el universo, sólo un dios puede hacer eso. Por eso, para que las cosas salgan del modo deseado, se necesita que un dios logre tomar interés en el caso de uno, y haciendo a su vez uso de sus influencias con otros dioses superiores, haga prosperar nuestro proyecto.

La fraseología de esta carta pertenece al lenguaje de la oración en el antiguo Oriente:

• empleo de la pregunta retórica “¿Por qué me has abandonado?”, igual que el Sal 22,2: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.

• insinuación del orante de que si él muere “¿Quién va a ocupar su lugar alabando al dios?”; como en el Sal 6,6: “Yahvé, restablece mi vida, que después de morir nadie te recuerda, y en el Seol ¿quién te alabará?”; cf. Bar 2,17.

• petición de salvación basada en el amor y la compasión del dios, como en el Sal 6,5: “Vuélvete, Yahvé, restablece mi vida, ponme a salvo por tu misericordia” y Sal 27,7-10: “Escucha, Yahvé, el clamor de mi voz, ¡ten piedad de mí, respóndeme!”; cf. Sal 90,13.

¿Por qué escribir una carta al dios? Durante el enfrentamiento de Elías con los profetas de Baal, ellos claman a su dios pero éste no parece oír. Elías les dice: “¡Griten más fuerte! Baal es dios, pero quizás esté ocupado con negocios o tal vez ande de viaje, tal vez esté dormido y se despertará” (1 Re 18,27). Aunque Elías dice estas palabras en tono burlesco, lo cierto es que (de modo particular en los textos fenicios de Ugarit), se concebía a los dioses como teniendo

Si muero ¿Quién te alabará?

¿Por qué escribir al dios personal?

este tipo de ocupaciones. Uno no podía estar del todo seguro de encontrar al dios personal siempre en su casa, por ello, era mejor escribirle una carta. Lo que sí era seguro era que él revisaría su correo. En otros casos, la razón para estas cartas consistía en que la persona estaba tan enferma, que no podía ir en per- sona al templo y debía por lo tanto, enviarle una carta a su dios personal.

Como es común en las oraciones del antiguo Oriente, la persona enferma se siente herida debido al desinterés del dios en su enfermedad, y sugiere que es poco prudente de parte del dios actuar así ya que siervos fieles son difíciles de encontrar y sustituir (Cf. Sal 30,9-10; 6,6). Una oración babilonia dice: “Marduk presta atención, piensa en ello, no destruyas a tu siervo, criatura de tus manos. El que se ha vuelto polvo ¿Qué ganancia hay en él? Un siervo vivo respeta a su amo; el polvo muerto ¿Qué proporciona de más a un dios?” (Cahiers, Oraciones 22). Pero si el dios accede a su petición, él estará inmediatamente allí de nuevo para servirle y adorarle como antes. Quien ora hace un recordatorio: el dios debe considerar que la persona enferma no está sola. El tiene familia y hay niños pequeños que están sufriendo también por causa de su enfermedad. La enfermedad, como era común en el antiguo Oriente, era vista como un demonio que lo había atrapado y lo mantenía cautivo, cf. 1 Sam 16,14-16 y sección 8.

La enfermedad del que ora se ha complicado y va más allá de los poderes del dios personal que se ve impotente frente a la acción de este poderoso demonio. El dios personal no tiene poder para librarlo

El buen siervo es difícil de encontrar.

Las influencias del dios personal.

en este caso. El consuelo radica en que él tiene amigos influyentes, se mueve en el círculo de los grandes dioses y los conoce bien. Si él quisiera, podría emplear sus influencias en este caso, escribir al dios Marduk y mover las influencias necesarias para lograr que se haga justicia en este caso, de allí la petición “Escríbele al dios Marduk, que es tu amigo, para que él me libere de este cautiverio”.

El vínculo de la persona común con los dioses del nivel superior era distante, como sucedía también en la vida cotidiana con las figuras de poder. Es cierto que la persona común servía a estos dioses, pero no en tanto que individuo sino como miembro de una colectividad. Él junto a sus vecinos y otros compatriotas formaban parte de una comunidad de devotos. Estos dioses daban leyes que la persona obedecía. Ella participaba junto a otros en las festividades y celebraciones, pero sólo como espectador.

El dios personal es por lo tanto, el vínculo de la per- sona con las fuerzas del universo, él es el motor que puede moverlo todo. No es una figura imponente y remota como ‘los grandes dioses’, sino alguien cercano y familiar que se preocupa realmente por uno. Cualquier persona podía recibir favores a cambio de los servicios y la obediencia rendida al dios personal. Pero cuando un demonio logra su propósito (la per- sona enferma, una cosecha se pierde, el granero se incendia, el ganado no pare, se produce una sequía), esto significa que el dios personal está enojado (cf. pág. 61) y ha abandonado a su protegido a su propia suerte. (Frankfort, Philosophy 217-221).

La persona común: un mero espectador.

El dios personal como mediador.

4. Pentateuco: Legislación