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El 11 de noviembre de 1918, la Gran Guerra que desde cuatro años antes llenaba Europa de sangre y destrucción llegó a su fin. Y lo hizo con la victoria del bando aliado, integrado, entre otros, por democra­ cias como Francia y Gran Bretaña, que impusieron unas draconianas condiciones a los vencidos Imperio alemán e Imperio austrohúngaro. A tal extremo, que la firma en 1919 delTratado de Versalles trajo consi­ go un nuevo mapa del continente. Para el Imperio austrohúngaro fue el fin: la derrota favoreció que las tensiones entre las comunidades na­ cionales que lo componían estallaran y dieran lugar a Estados nuevos, como Hungría o Checoslovaquia, donde, con el nombre de Príbor, quedó integrada la Freiberg in Máhren

en la que Freud había venido al mundo en 1856. Otras regiones fueron absorbi­ das por Polonia, Rumania y Yugoslavia. Por su parte, la imperial y orgullosa Viena quedó reducida a capital de una nueva república, Austria, después de que los Habsburgo, la dinastía que había regido el país desde 1278, fueran expulsados por una revolución.

Revoluciones y crisis

La monarquía también fue derrocada en el Imperio alemán. Surgió así la llamada República de Weimar, cuya crónica crisis social, política y económica fue una de las causas del surgimiento y triunfo del nazismo. Pero los cambios no solo afec­ taban al bando de los derrotados: en el de los aliados, antes incluso de que aca­ bara la guerra, en 1917, una revolución acabó con el gobierno de los zares. Ha­ bía nacido la Unión de Repúblicas Socia­ listas Soviéticas. Pocos años después, en 1922 y en Italia, Benito Mussolini se hizo

Union Soviética Al I-MANIA Polonia Ucrania Rumania MAR NEGRO Yugoslavia Armenia Persia Turquía

MAR MEDITERRÁNEO Palestii

Arabia

Eg ipto

con el poder e impuso un régimen fascista. Freud, quien hasta enton­ ces apenas habla mostrado interés por saber qué pasaba fuera de Vie- na, ahora asistía a todos estos cambios con preocupación, tanto por la suerte de sus amigos y colaboradores como por el propio futuro del psicoanálisis. Podía estar tranquilo al respecto: a pesar de descalifica­ ciones como las del médico alemán Alfred Hoche, que lo tildaba de «inadmisible esfuerzo místico oculto bajo un velo científico», el psi­ coanálisis se abría camino con fuerza en esta nueva Europa, incluso en países hasta hacía muy poco «enemigos» como Gran Bretaña, donde en 1919 se fundó la Sociedad Psicoanalítica Británica.

Un punto interesante en esta reflexión de I;reud es el que señala que el carácter patológico de la melancolía radica en que el yo, en ese estado melancólico no «normal», se escinde: una parte del yo «arroja su furia» contra la otra; hay desa­ grado moral de la parte castigadora de la conciencia hacia la parte castigada (afectada por la introyección). El melancó­ lico produce una identificación inconsciente con el objeto perdido y es a él a quien hace reproches. Freud recuerda que cuando se pierde a alguien, no siempre se sabe lo que se ha perdido en esa persona, de modo que cuando uno ex­ perimenta una pérdida, también se enfrenta con algo enig­ mático. Con esto tal vez se puede empezar a abordar la di­ ferencia entre el duelo y la melancolía con más precisión. Una vez que se reconoce que algo enigmático se esconde en la pérdida, si el duelo supone saber qué es lo que uno ha perdido, la melancolía originalmente significa, en cierta medida, no saberlo. En la melancolía, por tanto, el luto se mantiene, en su dimensión enigmática, por una experiencia de no saber incitada por la pérdida de lo que uno no puede conocer completamente.

Freud habla del «total descalabro» cuando se pierde a una de esas personas que nos son próximas: «Sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces; no nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos. Nos portamos entonces como una suerte de Asra, de esos que “mueren cuando mueren aquellos a quienes aman”». El hecho de que Freud haga alusión en otras partes de su obra al poema E l Asra de Heinrich Heine (1797-1856) no es baladí: en él se trata de una tribu árabe cuyos miembros no podían menos de extinguirse de inmediato o languidecer hasta la muerte cuando desaparecía aquello que amaban o daba sentido a sus vidas. El «descalabro» del duelo, según Freud, radica en que, para el inconsciente, se presenta un

caso en que dos actitudes contrapuestas frente a la muerte chocan y entran en conflicto: una que la admite como ani­ quilación de la vida y otra que la desmiente como irreal. E s­ tos seres queridos son, por un lado, una propiedad interior, componentes del propio yo, pero por el otro, también son en parte extraños y aun enemigos. D e ahí que no haya pérdida que no suscite conflicto y ambivalencia afectiva.

T ras la P rim e ra G u e r r a M u n d ial, F re u d cen tró su interés en el p ro b le m a d e la p u jan za e in te n sid a d de los afa n e s ag re siv o s y a u to d e stru c tiv o s d e l h o m b re. F u e ro n a ñ o s d e rep lan team ien to s d e alg u n as d e su s teorías, en tre ellas la del in co n scien te, lo q u e d io lu ­ gar a u n a n u ev a to p o lo g ía d e la p siq u e h u m an a.

Cuando en el año 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, Freud no mantuvo, en un principio, una posición explícita en contra del conflicto. Aunque, por supuesto, le preocupa­ ba el desenlace del mismo por la suerte que pudieran correr sus familiares — sus tres hijos varones fueron alistados en el ejército austríaco— , por el deterioro de sus propias condi­ ciones de vida y no menos por el futuro del movimiento psi- coanalítico en este escenario convulso, su ánimo no fue el de un hombre pacifista, sino el de alguien más bien compren­ sivo ante los acontecimientos. Solo el inédito despliegue de devastadoras fuerzas y avances técnicos contra hombres y patrimonio cultural le llevó a modificar esa posición inicial. Ya en 1915, en el artículo La guerra y la muerte, escribió:

La guerra, en la que no queríamos creer, estalló y trajo con­ sigo una terrible decepción. No es tan solo más sangrienta y más mortífera que ninguna de las pasadas, a causa del per­ feccionamiento de las armas de ataque y defensa, sino tam­ bién tan cruel, tan enconada y tan sin cuartel, por lo menos,

como cualquiera de ellas. Infringe todas las limitaciones a las que los pueblos se obligaron en tiempos de paz (el llamado derecho internacional) y no reconoce ni los privilegios del herido y del médico, ni la diferencia entre los núcleos com­ batientes y pacíficos de la población, ni la propiedad priva­ da. Derriba, con ciega cólera, cuanto le sale al paso, como si después de ella no hubiera ya de existir futuro alguno ni paz entre los hombres.

Su decepción era palpable, y no menos su encono ante un Estado que «se permite todas las injusticias y todas las violencias». En mayo de 1919, una vez acabada la contienda, Freud rememoró aquel tiempo en una carta a su discípulo y primer biógrafo Ernest Jones:

No recuerdo época de mi vida en que mi horizonte se mos­ trara tan negro, o en todo caso si lo hubo, yo era más joven y no me sentía oprimido por los achaques del comienzo de la vejez [...] Cuando nos encontremos, usted verá que me siento inconmovible aún y listo para cualquier emergencia, pero esto solo en el plano del sentimiento, porque mi razo­ namiento se inclina más bien al pesimismo [...] Estamos pa­ sando una mala época, pero la ciencia tiene el ingente deber de enderezamos la nuca.

Si los años de guerra fueron difíciles para Freud, no lo fue­ ron menos los de la posguerra, sobre todo en lo personal. El año 1920 le asestó dos duros golpes. El primero fue la muer­ te de Antón von Freund, un rico industrial húngaro que, después de haber sido paciente suyo, se convirtió en su ami­ go y en una figura particularmente importante en la difusión internacional del psicoanálisis, pues suyo fue el dinero que permitió fundar la revista Internationale Psychoanalytische

Vcreinigung («Asociación I nternacional Psicoanalítica»). Von

Freund murió el 20 de enero. Apenas enterrado su amigo, Freud recibió la noticia del fallecimiento de su hija Sophie, víctima de la epidemia de gripe española que asolaba Euro­ pa. Tenía veintiséis años. Inevitablemente, las ideas del padre del psicoanálisis acerca de la «pulsión de muerte» fueron en buena medida fruto de su dolor personal por el duelo de su hija, y consecuencia del nuevo clima surgido tras la guerra.

En los comienzos de la teoría psicoanalítica Freud partía de la hipótesis de que la orientación de los procesos menta­ les era automáticamente regulada por el principio del placer, esto es, una función del aparato mental cuya finalidad, en la medida de lo posible, es la de evitar el displacer y procurar el placer a través de una suerte de armonía energética. Sin em­ bargo, a la luz de determinadas experiencias como, por ejem­ plo, las de los soldados que, a su regreso del frente, repetían sus traumas como si estuvieran «fijados» a ellos, o las de los pacientes que volvían insistentemente a reproducir situacio­ nes molestas y desagradables, el médico modificó su punto de vista. A partir de estos casos, Freud concluyó que el do­ minio del principio del placer, entendido como principio de constancia, no se halla en la base de todo el funcionamiento mental. L o que hay en el aparato psíquico es una tendencia, muy fuerte pero tendencia al fin y al cabo, hacia el principio del placer. El dominio, pues, cede su plaza a la tendencia. Pero Freud no se quedó aquí, sino que llamó la atención tam­ bién sobre algo que se encuentra más allá del principio del placer y que es también muy relevante: es lo que denominó «pulsión de muerte». Freud se vio obligado a plantear este

más allá a partir de hechos clínicos regidos por una compul­

sión inconsciente a la repetición, por la que el individuo tien­ de a reproducir experiencias antiguas de displacer y dolor, sin conciencia de estar sometido a tal repetición.

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