Essay 1: The Effect of Unobservable Learning States on Customers’ Channel Preference
3.3. Empirical Application
3.3.4. Estimation Results
¿Era sádico o cínico ese médico bávaro que ponía en la sala de espera, a la vista de sus pacientes', un cartel que decía: «Es más tarde de lo que usted cree»? En todo caso, resumía el drama del tiempo «ordinario» lineal.
Decir, en Occidente, que hay que liberarse del tiempo lineal, el de los relojes y los calendarios, es encontrar las objeciones siguientes: «Pero el tiempo es objetivo, único, evidente. Mi reloj lo mide, por tanto existe, ¡qué diablos! ¿Y qué se ganaría ampliándolo? ¿Cuáles son sus inconvenientes? ¿Es posible modificar su naturaleza?». El tiempo lineal
Sin abordar de entrada y de frente estas preguntas, desmenucemos primero el concepto usual de tiempo, que se estima evidente y autosuficiente.
Este concepto de tiempo es lineal porque se percibe como una línea recta, infinita o casi, sobre la que uno se sitúa, o más bien sobre la cual todo se desplaza: «Estamos en el 15 de mayo de 19-, a las 11 h 33 m de la mañana, hora de Greenwich». Eso nos basta, pero los científicos querrían precisar: «El 15 de mayo del año 15.223.967.492 a partir del big bang, y la entropía extinguirá el universo en el año 48.793.538.193.»
Sobre esta recta infinita, el «presente», punto infinitesimal, progresa en sentido único —¡no es cuestión de retroceder!— a velocidad constante, soberbiamente indiferente a los acontecimientos. Es tan evidente para el sentido común que ni siquiera se considera que el hombre arcaico haya podido tener otra concepción del tiempo.
El dictado del cronómetro hace olvidar que este tiempo lineal es: a) una abstracción,
b) reciente,
c) insidiosamente venenosa.
Newton, el otro aficionado a las manzanas después de Adán, tenía todavía una visión cíclica del tiempo, como el hombre natural, pero para nosotros, el tiempo corre uniformemente, como los granos del reloj de arena: el vaso superior es el porvenir, en el inferior el pasado se acumula y el cuello entre los dos, donde se desliza la arena coloreada, es el presente evanescente. El reloj de arena representa la vida: en el momento del nacimiento el vaso superior está lleno y luego, inexorablemente, se vacía hasta el final... ¿Cuánta arena me queda?
El tiempo cayó en lo lineal en el siglo XVII, cuando en la noche del 10 de noviembre de 1619 el joven Descartes vio el universo como una inmensa máquina, donde todo se explicaba y se engranaba a la perfección. ¡En resumen, un reloj cósmico! Desarrolló la idea mecanicista hasta el punto de trasladarla al plano humano y escribir, en su Tratado del hombre: «Todas estas funciones se producen naturalmente en esta máquina por la sola disposición de sus órganos, no menos que los movimientos de un reloj». Y, también en el siglo XVII, cuando el astrónomo holandés Christian Huyghens inventó el péndulo, exacto y de movimiento continuo, con sus engranajes, materializó el concepto cartesiano del universo-máquina y «midió objetivamente» el tiempo que pasa. Así, los relojes, tan baratos hoy que cualquiera puede tener uno, mientras que en el siglo pasado todavía eran un objeto raro, reservado a los ciudadanos ricos, son lo que crea esta ilusión del tiempo lineal.
Hay otro accesorio doméstico que contribuye a «linealizar» el tiempo: el calendario. Por una parte, ordena y materializa el pasado —»Era el 15 de marzo pasado...»—; por otra parte, anticipa el porvenir, que adquiere así apariencia de existencia; ¡Impresa en la agenda, la Navidad parece tan «real» como si uno se preparara ya para las fiestas!
El quid de la historia es que el reloj, de pulsera o de arena, nos come la vida: ¿de qué se muere si no de tiempo? «Contamos los minutos que nos quedan de vida, y sacudimos nuestro reloj de arena para adelantarlo», escribía. De Vigny, y pensamos otra vez en el galeno bávaro con su cínico «Es más tarde de lo que usted cree». El cronómetro implacable materializa el tiempo que, como una rata, roe mi vida sin cesar.
Reacción «lógica»: huir hacia adelante. ¿Es limitado el tiempo? Llenémoslo al máximo. Para ello, hay que producir más, gozar más, adquirirlo todo, inmediatamente, y apresurarse más y más.
Reloj y calendario se convierten en importantes factores de estrés: este trabajo debe estar terminado antes de... Para vivir más, se vive más rápido, se corre más rápido, se rueda más rápido, se vuela más rápido. Sufrimos
de «recorditis» aguda. Resultado: se muere también más rápido, porque la prisa nos presiona, nos enloquece y desarregla nuestros ritmos biológicos en relación con los del universo.
El tiempo lineal, con la impresión de que la vida se nos desliza entre los dedos, nos vuelve «time-sick», enfermos del tiempo, según los doctores Friedman y Roseman. Las personas ansiosas sufren del síndrome del tiempo: fabrican adrenalina, insulina e hidrocortisona en exceso, su estómago segrega demasiado ácido, respiran demasiado rápido, tienen contracturas musculares y una alta tasa de colesterol. La prisa hace morir más pronto, de infarto, por ejemplo.
El corolario del tiempo lineal es el mito del progreso lineal continuo, irresistible. Ciertamente que el or- denador es un «progreso» en relación con la calculadora mecánica. De acuerdo, los productos nuevos son un «progreso» en relación con los antiguos: hoy se lava más blanco que ayer (pero menos blanco que mañana...). Los coches del año son un «progreso» en relación con los modelos del año pasado, etc. La ciencia no deja de «progresar». Para nosotros, todo lo nuevo es necesariamente mejor. Todo cambia, todo se mueve, por lo tanto todo progresa y mejora. Esta noción de progreso, en tanto valor absoluto, es tan perniciosa y abstracta como el tiempo lineal. Y un factor suplementario de estrés.
Consideramos retrógrados todos los modos de vida fijos, como una aldea india, por ejemplo. Sin embargo, este inmovilismo —que nos produce horror— borra el tiempo lineal y casi el tiempo a secas. El viejo que se pasea por su poblado revive allí su infancia. El pozo no ha cambiado desde que era pequeño y es el mismo que conocieron su padre y su abuelo. Las mujeres llevan los mismos saris, los mismos cántaros de cobre sobre la cabeza; los niños juegan a los mismos juegos. Las casas son idénticas, igual que los campos. Hoy es como ayer y semejante a mañana. (Obsérvese que la India ya está contaminada por nuestro tiempo de los relojes y nuestra ilusión del progreso lineal.)
Sin embargo, cuando nosotros, occidentales, volvemos al pueblo de nuestra infancia, encontramos allí sin duda la iglesia sin modificar, pero todo el resto está trastocado, derribado, «modernizado». Nos queda la nostalgia. Las únicas huellas de nuestra juventud las encontramos en algún objeto familiar olvidado en un cajón, en un álbum de fotos envejecidas... (Paréntesis: no estoy furiosamente en contra del «progreso», sólo mido su relatividad.)
¿Existe el «progreso» en la naturaleza y en la vida? ¿Progresa físicamente la humanidad porque cada año se batan récords deportivos que parecían imbatibles?
La vida evoluciona, ciertamente, ¿pero está en progreso perpetuo? ¿Es lineal la evolución? ¿La encina de hoy, ha progresado en relación con la de hace un millón de años? ¿Las especies de hoy han progresado en relación con las de las épocas geológicas? Se han adaptado al medio cambiante, eso es todo. ¿Es un progreso el conejo en relación con el dinosaurio, la hormiga en relación con el elefante?
El hombre moderno no es necesariamente, ni en todos los sentidos, superior al hombre arcaico. Frente a los pigmeos, condenados por lo demás a desaparecer con el bosque ecuatorial superexplotado, el ciudadano moderno no ha progresado ni desde el punto de vista de la fuerza y de la salud, ni desde el punto de vista de la alegría de vivir, a pesar de su modo de vida «primitivo». En todo caso, para el pigmeo, la noción «siglo XX» no existe, como tampoco para el resto de la naturaleza —pero tal vez debería utilizar el imperfecto...
El tiempo cíclico
Objeción: ¿qué cambiaría viendo el tiempo de otra forma? De todos modos, debemos morir, nuestro tiempo está contado y cada día pasado reduce nuestro crédito en tiempo...
Antes de ver «lo» que cambiaría, tomemos conciencia de que el tiempo lineal de los humanos es una pura abstracción utilitaria. ¿Sabe el perro que vive en el siglo XX y que hoy es 15 de mayo? Una fecha no significa estrictamente nada para él, le es totalmente incomprensible, incomunicable. ¿Y el gato, o los pájaros, sin hablar de los árboles? Se dirá: los animales tal vez, pero los humanos, es otra cosa. No, el hombre arcaico no vivía en el tiempo lineal. No intentaba saber si vivía en el año 12.322, por ejemplo, porque su concepto del tiempo era cíclico, sin principio, pero también sin final.
Un ciclo se cierra perpetuamente sobre sí mismo. La rueda gira. Incluso hoy, en el ancho mundo, muchos humanos viven todavía en el tiempo cíclico. Ven cómo el Sol sale, recorre el cielo, se pone y vuelve a salir el día siguiente. La Luna crece, se hace llena, luego desaparece, pero siempre vuelve". Después del invierno viene la primavera, luego el verano, seguidamente el otoño, y después un nuevo invierno recomienza el ciclo. Esto lo saben también los animales.
Para el hombre arcaico, la naturaleza es un perpetuo recomenzar cuyos ciclos rigen su vida. El lenguaje de los indios hopi no tiene ninguna palabra para expresar el tiempo lineal y sus verbos no se conjugan. El hopi no se refiere ni al pasado ni al futuro. Vive en un eterno presente que incluye todo aquello que llamamos «pasado». Aunque le demos un reloj continúa viviendo en el tiempo cíclico. Sin embargo, sin referencia explícita al pasado, al presente ni al futuro, la vida de los hopis se organiza muy eficazmente, para nuestra sorpresa.
Es verdad que el hombre inventó hace mucho tiempo el cuadrante solar, que no se llama, por otra parte, reloj solar. La sombra permite seguir y delimitar el ciclo solar. Los relojes modernos tienen también un ritmo, el de las vibraciones del cristal de cuarzo, pero para nosotros está oculto: sólo las cifras y las agujas se mueven.
Dicho sea de paso, el tiempo lineal, en tanto entidad absoluta, no goza del favor de los físicos. Mejor aún —o peor—, nadie puede definir exactamente esas nociones «evidentes» que son el tiempo, el presente, el pasado y el porvenir. Tema de reflexión: si mañana por la mañana todo el universo marchara dos veces más rápido —o más lento—, ¿quién lo advertiría? De hecho, nada cambiaría. Lo mismo para el espacio: si mañana por la mañana todo en el universo se hubiera reducido a la mitad, nadie se daría cuenta. Es posible, pues, en un sistema cerrado (nuestro universo) comparar el desarrollo de un fenómeno con otro (evaluar su tiempo) o las dimensiones de un objeto en relación con otro (la Tierra comparada con el Sol, y éste con la galaxia, etc.), pero no determinar si nuestro universo es fundamentalmente grande o pequeño. Para ello habría que compararlo con otro universo, lo que daría un nuevo sistema, del cual no sabríamos si es grande o pequeño, etc. ¡La relatividad es eso también! El tiempo sagrado
Por fin ya podemos dejar de lado estas sutilezas y abordar el tiempo sagrado. Una precisión: sagrado no es sinónimo de religioso, a pesar de que tengan algunos puntos en común. Además, estas nociones de tiempo lineal, cíclico o sagrado no están explicitadas, ni siquiera citadas, en el tantra, en la India. Es sencillo: el tiempo lineal es una abstracción occidental, moderna, y la ignoran. Por otro lado, gracias al rito tántrico, los adeptos indios entran sin ninguna dificultad en el tiempo sagrado: es incluso uno de los objetivos del tantra. Pero por ser —y seguir siendo— un occidental confrontado al tiempo lineal, del que he debido liberarme, he creído conveniente hablar de él.
En cuanto al tiempo sagrado, esto es lo que dice de él Mircea Eliade en El mito del eterno retomo: «Todos los sacrificios son efectuados en el mismo momento mítico que en el origen: por la paradoja del rito, el tiempo profano y la duración quedan suspendidos.
»[…] Cuando un acto (o un objeto) adquiere cierta realidad por la repetición de determinados gestos pa- radigmáticos —realidad que sólo obtiene de este modo—, hay abolición implícita del tiempo profano, de la duración, de la historia...» De paso, subrayo la palabra clave: repetición, gestos y de este modo.
Para el tantra, sólo el tiempo sagrado es «real» y es este tiempo el que —paradoja— suprime las otras formas del tiempo. En efecto, el pasado, porque es el pasado, no existe más. El porvenir, porque es por venir, no existe todavía. En cuanto al presente, ¿es un año, un día, un segundo, una millonésima de segundo? Imposible definirlo en el tiempo lineal o incluso cíclico. (¡Ay, mi cabeza!)
Vayamos más lejos. Para el tantra, la creación no es un acontecimiento único que se produjo hace x miles de millones de años, sino un proceso continuo. ¡La creación actúa aquí y ahora¡ El universo manifiesto emerge permanentemente de lo no manifiesto, fuera del tiempo, que es una categoría mental. Sólo subsiste un eterno ahora. (He preferido decir ahora más que presente, que se sitúa inconscientemente entre el pasado y el porvenir.)
La expresión «al fin del tiempo» debe tomarse al pie de la letra. Cuando se produzca la reabsorción del universo en el seno de la Causa primera, cuando se produzca lo que llamamos fin del mundo, también el espacio- tiempo desaparecerá y será la «noche de Brahma», a la que seguirá un nuevo día, es decir, un nuevo universo, y así sucesivamente en una ronda infinita de universos sucediéndose los unos a los otros...
Desembocamos así en un concepto esencial, el de «proceso». Para los sentidos y la razón, un roble es un conjunto autónomo, distinto de los demás, situado en el espacio-tiempo. Se sabe cuándo fue planteado, se lo podría sacar del bosque y replantarlo, solo, en medio de un prado. Pero tal cual, aquí y ahora, contiene todo su «pasado». Cada primavera, cada aguacero, están inscritos en ella. Su presente es pasado condensado, su presente condiciona el futuro, pero sólo el presente existe. El tan trico percibe el roble globalmente, en tanto proceso, desde la bellota hasta el huracán que la abatirá e incluso más allá. Pues este roble no comenzó con la bellota, simple eslabón en el proceso global «Roble» que, mientras tanto, produce otras bellotas, etc. El roble real es el
proceso «Roble» integral, desde el primero al último de la especie, y es inseparable —salvo artificial o intelectualmente—del bosque, él mismo un proceso complejo, continuo, englobado en el proceso total de la vida en el planeta. Incluso derribado, el roble forma parte siempre del proceso «roble-bosque-vida», que por lo demás lo recupera inmediatamente.
Pasemos del roble al ser humano, a esa seductora jovencita. El tántrico siente la incidencia de su belleza, para él ella encarna la Feminidad cósmica, pero, simultáneamente, la percibe en tanto proceso. El tántrico visualiza, como en sobreimpresión, el bebé que ella fue y la viejecita arrugada que será. La ve también acoplada a un hombre, apoderándose de su esperma y perpetuando así el proceso. Infecunda, eso no cambiaría gran cosa, pues, pase lo que pase, ella forma parte del proceso llamado «humanidad», él mismo incluido en el proceso eterno de la vida planetaria y cósmica. Lo mismo pasa ante esa mujer vieja e impotente que el tántrico visualiza joven y bella, pero que también se representa como embrión, incluso óvulo fecundado en el útero materno. En tanto proceso, su vida no ha comenzado en la concepción y se sobrevivirá a sí misma en el proceso.
Cada ser viviente es así un proceso, englobado en otro, más amplio, y así sucesivamente hasta el cosmos. ¿No nos encontramos con el universo-reloj de Descartes? Ni del todo ni en absoluto. Cada individuo-proceso encierra su propio dinamismo evolutivo, no es un engranaje en un mecanismo y eso lo cambia todo.
Esta visión del tiempo-fuera-del-tiempo se aplica también al maithuna tántrico, la unión sexual ritual, que deja de ser profana por la toma de conciencia de que la creación se perpetúa aquí y ahora. El maithuna reproduce en tiempo real el primer acoplamiento humano, él mismo réplica del acto creador último donde el principio femenino cósmico (Shakti), unido a su homólogo masculino (Shiva), suscita el universo y lo engendra permanentemente. Así, el maithuna reproduce concretamente, en tiempo sagrado, por tanto real, el acto creador original situado no en un pasado inexistente, sino en lo inmediato, que es lo único que existe.
Desde que realizo, en el sentido más amplio del término,3 que estoy englobado en y llevado por el proceso
«humanidad», inmediatamente estoy libre del tiempo de los relojes en primer lugar, y del tiempo a secas a continuación. Esta experiencia liberadora disuelve toda tensión interior, aporta seguridad y serenidad. Percibo también que la desaparición de mi ego no altera el proceso del que soy parte y que proseguirá indefinidamente: la calma de una ola no altera el océano, pues la ola es océano.
Así, el ritual tántrico traslada la conciencia del adepto a otro plano de existencia donde capta y vive concretamente estas verdades últimas. Accede entonces a lo divino, al tiempo sagrado que suprime a la vez el tiempo cíclico y el tiempo lineal.
Es verdaderamente una experiencia liberadora, aunque no traducible en palabras, acceder al tiempo sagrado que suprime el tiempo profano, el que roe nuestra vida. Entonces ya nada nos presiona verdaderamente en la vida, e incluso si es preciso apresurarse, será sin angustia, sin estrés. Que algo se haga hoy, o dentro de diez años, o no se haga, ¿es verdaderamente importante? Como parte del proceso, no, nada puede sucederme.
El acceso al proceso, al tiempo sagrado, más allá del tiempo cíclico, no implica tirar el reloj a la basura: yo conservo el mío. Me dice además que es tarde y que es hora de ir a dormir. Mañana, el Sol saldrá de nuevo, aunque esté oculto por las nubes. No he tirado mi agenda: mañana también tengo citas. Pero lo relativizo. Ya no me dejo atrapar por el juego.
Tiempo lineal, tiempo cíclico, tiempo sagrado. Repito, tomar conciencia de que soy un proceso continuo, que no ha comenzado con la concepción y que no terminará con la muerte del yo, estructura utilitaria, me permite superar mi ego. Si, en un relámpago psíquico, percibo el universo mismo en tanto proceso continuo —y del que formo parte— en estado de emergencia perpetua, el tiempo se borra, sea cíclico o lineal. Entro así en lo intemporal. Por esta experiencia exultante, todo se vuelve simple, luminoso, y yo me siento liberado. El reloj no corroe ya mi vida a cada segundo que pasa...
El Overmind
En el tantra, la noción de overmind es esencial y, aunque soy alérgico a los superlativos, me gustaría encontrar uno para, calificar el overmind: ni «vertiginosa» ni «fantástica» me convencen. A propósito, ¿por qué una palabra inglesa? ¿Es tan pobre el francés? Lamentablemente, en el opulento vocabulario francés no encuentro ningún término que exprese la idea incluida en «overmind», ni siquiera «supramente», que sin embargo se le