• No results found

Phase II: (Axial coding or reflective coding)

Phase 3 (Selective coding)

2.26. Ethical considerations for this study

¿La transmutación metálica propiamente dicha, es realizable? Tan sólo la experiencia podría decidir la cuestión.

En la historia, encontramos documentos desfavorables para la afirmativa (alquimistas impostores o impotentes) y otros favorables. Entre los últimos hay uno que posee gran valor debido a la jerarquía moral de su autor. Es un relato de San Vicente de Paul, quien, prisionero de los Moros en África, estuvo como esclavo al servicio de un alquimista árabe que fabricaba oro. La lealtad de este testimonio es incontestable. Mas pudo ilusionarse -y también el alquimista- en el caso de que la operación hubiera consistido simplemente en la extracción del oro de una plata cargada de moléculas áuricas. Sabemos que existen platas de esta especie, aparte la de México.

Un documento más moderno y sumamente curioso afirmaría una transmutación que parecería mejor verificada, en el sentido de que se habría constatado, no obstante haber descuidado de conservar la nota de las pesadas, un aumento del peso. Citaremos a continuación lo esencial de este testimonio:

"Uno de mis confidentes, relata el Dr. Frestier, me hizo partícipe de su intención de ensayar la operación del huevo filosófico... Con tal fin, consultó al abate L. (probablemente Lacuria) muy versado en el hermetismo y la espagírica. Magnin (tal era el nombre del aspirante a alquimista) se puso a trabajar bajo la dirección del abate; y desde el 24 de Junio de 1846 hasta el 24 de Junio de 1847 mantuvo, sin interrupción, un fuego de lámpara bajo la mixtura cabalística, la cual se hallaba encerrada en dos ampolletas, llamadas de medicina, que se hallaban unidas interiormente por el cuello.

Al cabo del año, el paciente investigador había obtenido una materia grisácea, semejante a barro desecado.

Y pretendía que, para obtener el polvo de proyección capaz de transformar los metales inferiores en oro, sería necesario mezclar las sustancias contenidas en los vasos, con otras sustancias, y que repitiera esta operación durante dos años, seguida todavía de una tercera operación continuada durante tres años más. Pero su paciencia se hallaba agotada; y no queriendo terminar estas operaciones, me rogó que hiciera fundir el contenido de estas ampolletas. El Dr. Lambert, profesor entonces de química en la escuela de medicina, quedó encargado de esta misión, y tuvo la gentileza de practicar la operación en mi presencia.

Obtuvo un pequeño lingote de oro, en la superficie del cual se observaban una especie de cristalización imitando hojas de he-lechos entrelazadas. Dicho fenómeno no había sido jamás observado en otras fusiones. El Sr. Puy, ensayista, al cual fue sometido el lingote, declara que el oro era puro al 1000/1000 sin mezcla alguna, y que era seguramente producto de un alquimista. No se formuló entonces ninguna observación al Sr. Puy referente al oro alquímico; y más tarde, cuando se quisieron pedir explicaciones al respecto, el Sr. Puy había muerto. En cuanto al Sr. Magnin, se hallaba descontento, pues creía que el lingote debía ser mayor, y no volvió a referirse a la obra hasta el año 1854. Entonces, obligado a retirarse a la campaña, me propuso venderme los residuos de sus experiencias y todo su instrumental; es así como me convertí en el propietario del lingote alquímico, que muy pronto debía serme tan útil en la composición del agua de oro.

Hasta entonces, electrizaba el agua durante la sesión, mientras la enfermera se hallaba sobre el aislador. Pero observé que esta acción era demasiado fugitiva... resolví entonces darla a beber a los enfermos en sus domicilios y con la frecuencia que estimaran necesaria. Al efecto, utilizaba frascos de vidrio armados exteriormente de una hoja de estaño, como si se hubiera tratada de la construcción de una botella de Leyden, y que electrizaba mediante una varilla de oro introducida en el agua del frasco; sobre esta varilla se descargaban las chispas. Más tarde, pensé que sería interesante tomar una botella de grandes dimensiones (damajuana) de unos 2 litros de capacidad, en la cual introduje, mediante una superficie mayor, cerca de 1000 francos de oro por damajuana.

Con tal motivo, hice preparar hojas de oro laminado y bolas de plata confeccionadas en dos partes a fin de poderlas dorar al interior y al exterior, aumentando de este modo las superficies, y dediqué una parte del lingote alquímico para dorar las bolas de plata. Fue entonces que se produjo un hecho

curioso que demuestra por sí mismo la sutilidad de estos preparados alquímicos, considerados como cuentos de hadas en nuestros días.

Quedó convenido que las bolas serían doradas al mercurio y que se depositarían varias capas de oro.

Cada bola de plata fue pesada cuidadosamente y numerada, a fin de poder hallar fácilmente el peso de los dos valores simétricos; lo mismo se hizo con la masa de oro que debía depositarse.

Como sabemos, en el dorado al mercurio se produce siempre una pérdida de oro; y fue con la finalidad de estimar esta pérdida que las bolas fueron pesadas con cuidado, lo mismo que el oro. Pero, en contra de lo que ocurre ordinariamente, se encontró un exceso de peso; la cantidad de oro reservada para cada bola se había duplicado o casi. Para que el peso total quedara aumentado de este modo, era necesario que una parte de la plata de las bolas se hubiera convertido en oro, o que el mercurio empleado en el dorado no se hubiera evaporado totalmente. Las bolas doradas fueron sometidas a una temperatura suficiente como para que se produjera la evaporación del mercurio, pero no por ello varió el peso.

Y aunque hasta entonces me había mostrado escéptico por cuanto se refiere a los fenómenos alquímicos, no pude menos que inclinarme ante los hechos. Lo único que lamento, es no haber conservado la nota de las pesadas a fin de poder darme cuenta exactamente de la operación del dorado de las bolas de plata, que todavía conservo.

De cualquier manera, el hecho no es menos cierto, si bien menos riguroso. Una circunstancia reciente viene a ofrecer una nueva prueba de la realidad de esta transmutación. Hace algunos meses, una placa de plata dorada con oro ordinario que había sido introducida en una de las damajuanas, fue retirada casi privada de su oro por el transporte eléctrico, mientras que las bolas, cuya historia acabamos de referir, se mantienen tan amarillas como el primer día. Y las utilizo desde hace doce años." Termina aquí el relato del Dr. Frestier.

La alquimia no es solamente una tentativa de perfeccionamiento metálico sino también un ensayo de medicina trascendente humana. Y, en este último sentido, la Piedra Filosofal no difiere fundamentalmente del Elixir de Vida.

Añadiré todavía que el equilibrio vital sano que se trataría de perpetuar lo más posible no se asemejaría al oro sino en su tenacidad inalterable. Más, no debería caracterizarse, como el oro, por un exceso negativo, una polaridad ódica izquierda o gueburática. Por el contrario, sería necesario luchar contra la tendencia del cuerpo declinando a la polaridad negativa, ódica izquierda, gueburática. Habría que buscar un equilibrio con predominio de la fuerza sobre la materia, un Aour viviente y no un oro pesadamente atractivo y muerto. Es por alusión a la calidad de los fluidos de los dos metales y al género de fluido preferible, al menos para la confección anhelada del Elixir medicinal, que un alquimista ha podido escribir: La Naturaleza ha perfeccionado su obra sobre todo en la plata.

La Alquimia supone, pues, una antítesis: La piedra filosofal metálica se obtendría mediante la plata. Gueburah. La piedra filosofal vital se obtendría mediante el positivo, Chesed.

Por último, tenemos una Alquimia mística que se ocupa de la regeneración del hombre por el Hombre-Dios.

Ya no nos esforzamos de producir la plata aurificada sino el hombre cristificado. Semejante esfuerzo nos lleva a la Cábala nueva y a la Cábala cristiana.