• No results found

Chapter 6: Sociocultural Adaptation

6.4 Cultural competence

6.4.2 Ethnic identity

En los años anteriores a la guerra, el castillo de Heidelberg, morada del león palatino y de su real consorte, seguramente era objeto o de un intenso sentimiento romántico y de un gran interés religioso, o de un odio intenso y fuertes censuras. Es decir, que cualquiera que fuese el punto de vista, nadie podía dejar de tomar en cuenta a Heidelberg. Las obras de embellecimiento hechas por De Caus, que ampliaron y modernizaron el edificio, y los prodigiosos órganos de agua, estatuas mecánicas y otras joyas de la ciencia-mágica de aquel tiempo bastaban para despertar admiración. También los señores del castillo eran personas extraordinarias. Isabel Estuardo tenía una personalidad fuerte e impresionante (no olvidemos que era nieta de María Estuardo); los observadores de la época, según parece, quedaron impresionados por la ternura del afecto que la ligaba a su marido. La corte de Heidelberg era muy diferente de las demás cortes alemanas, y la vida en ella quizá parecía una novela tan romántica como el fantástico escenario en que se desenvolvía. Contemplando los grabados de Merian que representan el castillo de Heidelberg y sus jardines, sorprende la trascendencia de la influencia que tuvo en Alemania aquel matrimonio del Támesis con el Rin, y de aquellas bodas reales celebradas tan espléndidamente en la corte de Jacobo I.

En los emblemas que se reproducen aquí por primera vez, aparecen otras vistas de Heidelberg. Proceden de un pequeño libro de emblemas “ético-políticos”, obra de Julio Guillermo Zincgreff

(lám. 17) publicada en 1619 por Juan Teodoro de Bry, con grabados de Mateo Merian1 y dedicada al

Elector Palatino. Más adelante examinaremos con mayor atención este libro de emblemas, pues aquí nos interesan únicamente las vistas del castillo de Heidelberg allí contenidas, que son vistas reales y auténticas puesto que son obra de Mateo Merian, quien hizo el grabado que representa el gran panorama del castillo y los jardines incluido en la obra Hortus Palatinus, y quien por consiguiente conocía muy bien este lugar.

El primer emblema de este libro (lám. 18a) tiene al fondo una vista del castillo de Heidelberg; a la izquierda se ve la ciudad, con la aguja de la iglesia del Espíritu Santo. En primer término hay un león que “vigila mientras duerme” como explican los versos en francés que figuran bajo el emblema. Representa al príncipe (el Elector Palatino) que vela por la seguridad de sus súbditos. En otros emblemas (lám. 18b) aparecen leones palatinos en actitud belicosa, en un fondo que representa el castillo de Heidelberg; estas imágenes dan una idea bastante correcta del “ala inglesa” y sus numerosas ventanas. Otra vista, en que el castillo y la ciudad aparecen más lejos, tiene en primer término a un león que sostiene un libro donde está escrito el lema Semper apertus (lám. 18c).

Muy pronto comprenderemos la razón por la que estas vistas del castillo de Heidelberg y su dueño el león son útiles como introducción al presente capítulo.

Las bodas químicas de Cristián Rosencreutz es la traducción del título de un notable romance

alemán, o novela, o fantasía, que fue publicado en Estrasburgo en 1616.2 Fue la tercera publicación

de la serie que provocó el frenesí rosacruz; esta serie fue apareciendo anualmente durante tres años, la Fama en 1614, la Confessio en 1615 y las Bodas en 1616, y cada una de estas obras fue incrementando el interés despertado por el misterio rosacruz. La clave histórica que hemos encontrado para la Fama y la Confessio también es útil para entender el significado de las Bodas, que es un romance acerca de una pareja casada que vivía en un castillo mágico lleno de maravillas y de imágenes de leones, siendo al mismo tiempo una alegoría de ciertos procesos alquímicos

1 “Cien emblemas ético-políticos de Julio Guillermo Zincgreff, grabados por Mateo Merian”, 1619, publicados por Juan

Teodoro de Bry (Emblematum Ethico-Politicorum Centuria Iulii Gulielmi Zincgrefii, Caelo Matth, Meriani, MDCXIX,

Apud Iohann Theodor de Bry). Acerca de este libro de emblemas véase infra, p. 104.

2 Chymische Hochzeit christiani Rosencreutz, Anno 1459, Estrasburgo, 1616 (Lazarus Zetzner). Este libro no lleva el

nombre del autor, que se supone es el mismo Cristián Rosencreutz. El texto alemán fue publicado nuevamente en Berlín en 1913, editado por F. Maack. En 1690 se editó una traducción al inglés hecha por Ezechiel Foxcroft, con el siguiente título: The Hermetic Romance, or The Chymical Wedding, griten in High Dutch by C.R., translated E. Foxcroft, Londres, 1690. Esta traducción de Foxcroft fue incluida en A.E. Waite, The Real History of the Rosicrucians, Londres, 1887, pp. 99 ss. Y en A Christian Rosencreutz Anthology, ed. De Paul M. Allen, Rudolf Steiner Publications, Nueva Cork, 1968, pp. 67 ss.

interpretados simbólicamente como experiencia del matrimonio místico del alma; Cristián Rosencreuz pasa por esta experiencia por medio de las visiones que tiene en el castillo, de las representaciones teatrales que ve, de las ceremonias de iniciación a varias órdenes caballerescas y del contacto social con la corte que reside allí.

La narración se divide en Siete Días, como el Génesis. El Primer Día se inicia con una escena en la que el autor, la víspera de Pascua, se está preparando para la comunión pascual; sentado a una mesa, ha conversado con su Creador en una humilde oración y meditado sobre muchos grandes misterios, “de los cuales el Padre de las Luces me había mostrado no pocos”. De repente empieza una espantosa tempestad, y en medio de ella aparece una gloriosa visión cuyas vestiduras color celeste están tachonadas de estrellas. En la mano derecha lleva una trompeta de oro en la que está grabado un nombre, que el narrador (Cristián Rosencreutz) lee pero no se atreve a revelar, y en la izquierda tiene un bulto de cartas en todos los idiomas, que entregará en todos los países. Sus grandes alas están cubiertas de ojos, y al irse elevando hace sonar poderosamente su trompeta.

Esta figura tiene los atributos convencionales de la alegoría de la fama, o sean la trompeta y las

alas cubiertas de ojos,3 los cuales la relacionan con los toques de trompeta del primer manifiesto

rosacruz, o sea la Fama.

Cuando Rosencreutz abre la carta que le entregó la visión de la trompeta, encuentra en ella unos versos que comienzan así:

Este día, este día, sí, éste, éste, se celebra la boda real.

¿Estás tú inclinado a ella por tu nacimiento, y destinado a la alegría de Dios?

Entonces puedes ascender a la montaña, Donde se levantan tres majestuosos templos, Y desde allí ver todo de un extremo a otro.

Al margen de este poema hay un símbolo (lám. 19a), y al final figuran las palabras “sponsus” y

“sponsa”, el novio y la novia. En la carátula del libro aparece el mismo signo, pero invertido.

Se trata de una versión burdamente dibujada de la “monas hieroglyphica” de John Dee, como ha

observado C.H. Josten.4 Su aparición aquí hermana las Bodas químicas con el segundo manifiesto

rosacruz, la Confessio, publicado el año anterior acompañado de una obra basada en la Monas

hieroglyphica. El hecho de que las Bodas se inicien con el símbolo de Dee en el margen es un nuevo

y fortísimo indicio de que la “filosofía más secreta” en que se apoyan las publicaciones rosacruces era precisamente la de John Dee.

Cristián Rosencreutz se apresura a aceptar la invitación a la boda real. Se pone un manto de lino blanco, se amarra una cinta color rojo sangre atravesada en el hombro, y adorna su sombrero con cuatro rosas rojas. Éste es su vestido de boda, un uniforme blanco y rojo con rosas rojas en el sombrero, que distingue a Cristián Rosencreutz durante todo el relato.

En el Segundo Día el protagonista hace el viaje hacia el lugar donde se celebrará el matrimonio, en medio del júbilo de la naturaleza. Cuando llega a una entrada real, que está en una colina, el portero le pide la invitación, la cual por fortuna el viajero no ha olvidado traer consigo. El portero le pregunta entonces quien es, a lo que Cristián responde que es “un hermano de la Cruz Rósea Roja”. La siguiente puerta es guardada por un león encadenado, pero el héroe pasa porque el portero lo hace retroceder. Entre tanto en el castillo comienzan a sonar campanas, señal del inicio de la ceremonia, por lo que el portero lo exhorta a darse prisa para no llegar tarde; Cristián, ansioso, se apresura, siguiendo a una virgen que enciende los faroles, y entra un instante antes de que la puerta se cierre de un golpe.

3 Cf. Cesare Ripa, Iconologia, ed. Roma. 1603, pp. 142 ss.

4 Cf. C.H. Josten, “A Translation of John Dee ‘Monas Hieroglyphica’ with an introduction”, Ambix, XII (1964), p. 98. en

la traducción inglesa de las Bodas hecha por Foxcroft, en el margen, junto al poema, aparece una representación del signo de Dee. (lám. 19b).

El castillo es sumamente espléndido, tiene muchos salones y escaleras, y parece estar lleno de gente.

Algunos de los otros invitados son presuntuosos y bastante aburridos: uno dice haber oído los movimientos de las esferas, otro, que ha visto las Ideas de Platón, un tercero declara ser capaz de contar los átomos de Demócrito. El comportamiento de todos ellos es pendenciero, pero se calman cuando en el salón empieza a oírse una música muy bella y solemne. “Eran todos instrumentos de cuerda que sonaban al mismo tiempo con tal armonía, que me olvidé de mí mismo”, dice de esta música el protagonista. Al cesar la música, suenan unas trompetas y entra una virgen que anuncia que los novios no están lejos.

Al Tercer Día sale un sol brillante y glorioso, suenan las trompetas que dan a los invitados la señal de reunirse, y otra vez aparece una virgen. Se hace básculas para pesar a todos los presentes, entre los que se encuentran varios emperadores. Algunos quedan muy mal al ser pesados, pero cuando le toca su turno a Cristián Rosencreutz, que se ha comportado con gran humildad y parece ser menos importante que los demás, uno de los pajes grita: “¡Es él!”. Entonces la virgen ve las rosas en su sombrero y se las pide.

En un suntuoso banquete celebrado ese mismo día, se asigna un lugar de gran importancia a Rosencreutz, quien se sienta a una mesa cubierta de terciopelo rojo y sobre la cual se encuentran costosas copas de oro y plata. Los pajes regalan a los invitados un toisón de oro y un león volante, y les piden que se los pongan. Estos emblemas representan la orden que el novio les ha concedido y que “ratificará con las ceremonias adecuadas”.

Más tarde, los invitados pasan el tiempo viendo las curiosidades del castillo, la fuente del león que hay en los jardines, los numerosos cuadros, la noble biblioteca, el valioso reloj que muestra los movimientos del cielo y el gran globo donde aparecen todas las partes del mundo. Hacia el atardecer, la virgen los conduce a un salón donde no hay nada de valor, excepto unos pequeños y curiosos libros de oraciones. Allí se encuentra la reina, y todos se arrodillan a rezar por que esta boda dé honor a Dios y beneficie a los contrayentes.

Al Cuarto Día, Rosencreutz sale temprano para ir a refrescarse en una fuente al jardín; allí advierte que el león, en lugar de su espada, tiene junto a él una tablilla con una inscripción que comienza con las palabras Hermes princeps. El acontecimiento más importante de ese día es una representación teatral a la que asisten el rey y la reina y todos los invitados y sirvientes.

Esta “alegre comedia” es representada por “artistas y estudiantes” sobre un “tablado ricamente adornado”; a algunas personas del público se les asignan “lugares especiales de pie, arriba de todos”, mientras los demás permanecen de pie abajo, “entre las columnas”. El argumento de la obra se desarrolla en siete actos, y es el siguiente: en una playa, un viejo rey se encuentra un cofre arrojado a tierra por las olas, donde está una niña acompañada por una carta en que se explica que el rey de los moros se ha apoderado del país del cual procede la niña. En los siguientes actos, el moro aparece y captura a la niña, que mientras tanto ha crecido y se ha convertido en una joven; ésta es rescatada por el hijo del viejo rey y queda prometida en matrimonio con él, pero cae de nuevo en manos del moro. Vuelve a ser rescatada por última vez, pero “un sacerdote muy malvado” tiene que ser eliminado. Cuando el poder de éste es aniquilado, entonces puede celebrarse el matrimonio; aparecen en gran esplendor los novios y todos los aclaman diciendo “vivat sponsus, vivat sponsa”, felicitando así con esta comedia a “nuestros reyes”. Al final de la representación todos cantan una canción de amor que dice:

Nuestra felicidad aprueba con entusiasmo Esta época llena de amor,

lo cual es una profecía de que esta unión beneficiará a mucha gente.

El argumento extremadamente simple de esta comedia es acentuado presentando emblemas bíblicos, “las cuatro fieras de Daniel” o la “imagen de Nabucodonosor”, que aparecen y sugieren que el público debe ver en la representación alusiones proféticas.

Después, todos regresan al castillo, donde tiene lugar un extraño episodio descrito con impresionantes detalles. En medio del silencio y en una atmósfera de profundo luto, se traen al salón seis ataúdes, en los que se hallan los cadáveres de seis personas decapitadas.

Al día siguiente, estos muertos resucitan.

El Quinto Día lo pasa el narrador explorando las partes subterráneas del castillo; lega a una puerta en la que hay una misteriosa leyenda. Cuando la abre, descubre una cripta a la que la luz del Sol no puede penetrar, por lo que está alumbrada por enormes brasas ardientes. En medio de ella hay un sepulcro adornado con numerosas imágenes e inscripciones extrañas.

El Sexto Día se pasa en arduos trabajos para construir hornos y otras instalaciones alquímicas. Los alquimistas habían logrado crear la vida en forma del Ave Alquímica. Los procesos relativos a la creación y a los cuidados del ave son descritos de manera humorística y animada.

Durante el Séptimo y último Día, el grupo reunido en la playa se prepara a zarpar en sus doce barcos, que enarbolan banderas con los signos del Zodíaco. La virgen les informa que están convertidos en “Caballeros de la Piedra Dorada”. En la suntuosa procesión que sigue, Cristián Rosencreutz cabalga con el rey, “llevando cada uno de nosotros un estandarte blanquísimo con una cruz roja”. Rosencreutz, de nuevo, se caracteriza por su distintivo, que son las rosas en el sombrero. Un paje lee en un libro las reglas de la Orden de la Piedra Dorada, que son las siguientes:

I. Vosotros, mis señores y caballeros, debéis jurar que nunca pondréis vuestra orden al servicio de algún demonio o espíritu, sino sólo al de Dios, vuestro creador, y de la naturaleza que hizo con Su propia mano.

II. Que abominaréis de la putería, de la incontinencia y de la suciedad, y que no contaminaréis vuestra orden con tales vicios.

III. Que vosotros, con vuestros talentos, estaréis listos para ayudar a todos los que valgan y que os necesiten.

IV. Que vosotros no queréis emplear este honor para satisfacer el orgullo y la alta autoridad del mundo. V. Que no estaréis dispuestos a vivir más de lo que Dios os permita.

Luego, “con las ceremonias acostumbradas, son armados caballeros”, lo cual es ratificado en una pequeña capilla. Y allí el héroe del relato cuelga su toisón de oro y su sombrero (con todo y rosas) y los deja allí como eterno recuerdo escribiendo su lema y su nombre: summa Scientia nihil Scire, Fr. Christianus Rosencreutz.

Las Bodas químicas son demasiado largas para incluirlas como apéndice, y el breve resumen anterior servirá para dar una idea de esta obra.

Básicamente, se trata de una fantasía alquímica que emplea la imagen fundamental de la fusión elemental, el matrimonio, o sea la unión del sponsus y la sponsa, aludiendo también al tema de la muerte, el nigredo por el que tienen que pasar los elementos en el proceso de transmutación. Los

emblemas alquímicos contemporáneos de la escuela de Michael Maier5 pueden servir de

ilustraciones gráficas de las bodas alquímicas (lám. 26a), de la muerte alquímica y de los leones y vírgenes que representan u ocultan las operaciones de los “químicos”. La base alquímica de este relato es acentuada por el hecho de que todo un “día” se dedicaba a la alquimia.

Naturalmente, la alegoría también es espiritual, y representa los procesos de regeneración y cambio que tienen lugar dentro del alma. La alquimia siempre tuvo estos significados dobles, pero en este caso el tema de la alquimia espiritual introducido por el símbolo “monas” de Dee tiene un carácter especialmente sutil. Hasta puede haber, quizás, en la precisión casi matemática de los movimientos de las figuras, un eco sumamente exacto de la teoría de la Monas hieroglyphica, que posiblemente podría ser claramente identificado por estudios más profundos.

Después del examen de los manifiestos que hicimos en el capítulo anterior, será evidente que las

Bodas no son más que otra versión de las alegorías de la Fama y la Confessio. En los manifiestos,

Cristián Rosencreutz forma parte de una hermandad de beneficencia, mientras que en la novela es admitido en una orden de caballería.

Los hermanos R.C. eran alquimistas espirituales, y los caballeros de la Piedra Dorada también lo son. Las actividades de los hermanos R.C. están representadas por los tesoros que contiene su cripta, y los tesoros del castillo simbolizan actividades semejantes.

En realidad, en las Bodas se presenta también el tema de una cripta que contiene una tumba, lo cual seguramente es una alusión a la famosa tumba de que habla la Fama; además, las Bodas se inician con una personificación de la fama que toca su trompeta.

Aunque es posible que la Fama y la Confessio no hayan sido escritas por el autor de las Bodas, la concepción alegórica de las tres obras lleva el sello de tres mentes que, trabajando de acuerdo, quisieron expresar una sola versión del mito de Cristián Rosencreutz, personaje bondadoso y centro de hermandades y órdenes.

Pero ¿cómo se originó el nombre? ¿Por qué se llamó “Cristián Rosencreutz”? Se han sugerido muchas respuestas a estas preguntas. La rosa es un símbolo alquímico, y muchos tratados de alquimia se llaman Rosarium, es decir rosaleda; también es un símbolo de la Virgen, y más generalmente un símbolo religioso místico, tanto en la visión de Dante como en el Roman de la rose de Jean de Meung. También se han explorado otras fuentes más inmediatas y personales, de las que ha resultado que Lucero tenía por emblema una rosa, y el escudo de armas de Juan Valentín Andreas

era una cruz de San Andrés con rosas.6

Por su misma naturaleza, los símbolos son ambivalentes, y todas estas sugerencias pueden tomarse en cuenta y guardarse para más tarde. Pero pongamos nuestra atención en la época en que Juan Valentín Andreas era joven y estudiaba en Tubinga cuando escribió la primera versión de las

Bodas químicas bajo la estimulante influencia de la investidura del duque de Würtemberg con la