4.5 Methodologies not selected
4.5.1 Ethnomethodology
manos no fueran capaces de defenderse por lo exiguo de sus fuerzas.
19 Masínissa, cuando se enteró de estos proyectos, ya de noche, por unos númidas, se lo comunicó a Esci- pión. Y éste tuvo miedo y estaba indeciso ante el hecho de que su ejército, dividido en muchas partes, resul tara débil en todas ellas. Por tanto, llamó a consejo esa misma noche a sus oficiales y, como ninguno sabía qué hacer, después de meditarlo largo tiempo consigo mismo, dijo: «Necesitamos, amigos, audacia y rapidez y luchar animados por la falta de esperanzas. Debemos anticiparnos en atacar al enemigo. Las ventajas que ob tendremos con ello las vais a saber ahora. Nuestro ata que inesperado y lo extraño del hecho de que tropas inferiores en número se anticipen a atacar les causará terror. Y, además, no vamos a utilizar nuestro ejército dividido en muchas fracciones, sino todo junto, ni ata caremos a todo el enemigo, sino sólo a aquellos que elijamos en primer lugar. Ellos acampan por separado, y estamos en igualdad de fuerzas si les atacamos por separado, pero les aventajamos en audacia y buena for tuna. Si la divinidad nos concede la victoria sobre los primeros, al resto lo despreciaremos. Sobre a quiénes hay que atacar primero, en qué momento y de qué forma hay que hacerlo, si os parece, os daré mi opi nión.»
20 Y, como todos estuvieran de acuerdo, continuó di ciendo: «El momento de atacar es inmediatamente des pués de esta reunión, mientras es aún de noche, cuando la acción provoca más miedo, el enemigo no se encuen tra preparado y ninguno de sus aliados puede socorrer les en medio de la oscuridad. De esta forma, sólo nos anticiparemos a la decisión que tienen ya tomada de atacarnos mañana. Ellos tienen tres campamentos; el de las naves queda lejos y no es posible atacar a las naves durante la noche; Asdrúbal y Sifax están acampa-
dos no lejos uno del otro y, de ellos dos, Asdrúbal es el alma de la guerra, en tanto que Sifax no se atrevería a ninguna empresa durante la noche, pues es un hom bre bárbaro, mezcla de molicie y cobardía. Ataquemos, pues, nosotros con todo el ejército a Asdrúbal y apos temos a Masinissa aquí para vigilar a Sifax por si, contra lo que esperamos, sale de su campamento. Vaya mos con la infantería contra las defensas de Asdrúbal y, después de rodearlas, ataquemos desde todas partes, llenos de una esperanza que nos será provechosa y de una gran osadía. Éstas son, en efecto, las medidas que exige primordialmente nuestra situación actual. En viaré a la caballería más lejos —pues no la podemos utilizar mientras sea aún de noche— para rodear el campamento de los enemigos, a fin de que, si somos superados, tengamos amigos que nos reciban y prote jan nuestra retirada y, si vencemos, persigan a los fugi tivos y los maten.»
Tras haber dicho esto, envió a sus oficiales a que 21 armaran al ejército y él mismo hizo sacrificios a lá Audacia y al Miedo para que en la noche ningún pánico hiciera presa en ellos, sino que su ejército se mostrara con el máximo arrojo. A la hora de la tercera guardia, se dio la señal con la trompeta en tono quedo y el gran ejército se puso en movimiento en profundo silencio, hasta que la caballería rodeó por completo el campa mento y la infantería llegó hasta las trincheras. En ese momento, con una profusión de gritos y el sonido al unísono de trompetas y bocinas con vista a provocar el terror, arrojaron a los guardias fuera de sus puestos de vigilancia, rellenaron las trincheras y destrozaron las empalizadas. Los más audaces, adelantándose a la carrera, prendieron fuego a algunas tiendas. Los afri canos, de otro lado, despertaron de su sueño con terror, empuñaron las armas e intentaron colocarse en forma ción de manera desordenada, pero no podían oír a sus
oficiales a causa del tumulto, ni siquiera su propio general sabía con exactitud lo sucedido. Por consiguien te, los romanos los cogieron cuando estaban levantán dose del lecho, a medio armar y llenos de confusión, también prendieron fuego a muchas tiendas y mataron a los que les salieron al paso. A los africanos les llenaba de terror el griterío del enemigo, su presencia y su actuación, dado que era de noche y desconocían la na turaleza del desastre. En la idea de que había sido tomado el campamento y, temerosos del fuego de las tiendas incendiadas, salían voluntariamente de ellas y se lanzaban hacia la llanura como un lugar más seguro. Por lo cual, corrían formando grupos en desorden en cualquier dirección y, yendo a caer en manos de la caba llería romana, que los había encerrado en un círculo completo, morían.
22 Cuando todavía era de noche, Sifax, al oír los gritos y ver el fuego, no salió de su campamento, sino que envió a un destacamento de caballería en socorro de Asdrúbal. Masinissa cayó de improviso sobre ellos y llevó a cabo una gran matanza. Al hacerse de día, ente rado Sifax de que Asdrúbal había huido ya, y de que una parte de su ejército había sido aniquilada y la otra hecha prisionera por el enemigo o se encontraba dis persa, y de que los romanos se habían apoderado de su campamento y de los almacenes, levantó el campo y huyó precipitadamente hacia el interior, abandonan do tras de sí todo, por creer que Escipión retornaría de inmediato de su persecución a los cartagineses y lo atacaría. Por esta razón, Masinissa se apoderó también de su campamento y de todo lo que en él estaba alma cenado.
23 Fue así como los romanos, gracias a un golpe de audacia y en una pequeña parte de la noche, vencieron a dos campamentos y dos ejércitos mucho mayores que ellos. Los romanos perdieron unos cien hombres,
y los enemigos, poco menos de treinta mil. Asimismo, los prisioneros llegaron a ser dos mil cuatrocientos. Unos seiscientos soldados de caballería se entregaron a Escipión cuando regresaba. En cuanto a los elefan tes, unos fueron muertos y otros heridos. Escipión, tras haber obtenido gran cantidad de armas, oro, plata y marfil, caballos númidas y de otras razas y haber do blegado el poderío cartaginés mediante una única pero espléndida victoria, repartió entre su ejército trofeos como premio a su valor y envió a Roma los despojos más ricos. A continuación se puso a entrenar con afán a su ejército, a la espera del regreso inmediato de Aní bal, desde Italia, y de Magón, desde Liguria.
Mientras Escipión estaba ocupado en estos menes- 24 teres, Asdrúbal, el general cartaginés, que había sido herido durante la batalla nocturna, huyó con quinien tos jinetes a la ciudad de Anda9. Allí reunió a algunos mercenarios númidas que habían escapado del com bate y alistó a los esclavos concediéndoles la libertad. Pero, enterado de que los cartagineses habían decre tado contra él la pena de muerte por su mal generalato y que habían elegido a Annón, el hijo de Bomílcar, como general, se apropió del ejército, reclutó malhe chores, se dedicó al pillaje para obtener provisiones y ejercitó a las tropas que tenía, unos tres mil jinetes y ochocientos soldados de a pie, pues pensaba que su única esperanza estaba en la lucha. Sus acciones fue ron desconocidas durante mucho tiempo para romanos y cartagineses. Escipión condujo a su ejército en armas contra la misma Cartago y ofreció batalla con jactan cia, pero nadie respondió. A su vez, Amílcar, el almi rante, se apresuró con cien naves contra el fondeadero de Escipión, confiando en adelantarse a su regreso y