• No results found

CHAPTER 6: CONTEXTS

2) Euripides

El punto de vista coherentista más fructífero puede encontrarse en la obra de F. H. Bradley. Bradley es un empirista, que se expresa a este respecto con toda la claridad que pudiera desear el empirista más fer- voroso:

Estoy de acuerdo en que dependemos vitalmente del mundo sensorial, en que nuestros materiales provienen de él, y en que sin él no podría comenzar el conocimiento. Estoy de acuerdo en que siempre tenemos que volver a este mundo, no sólo para acceder a cosas nuevas, sino para confirmar e incrementar las viejas [Bradley (1914), p. 209].

Vemos aquí que Bradley adjudica a los «datos de la percepción» o al «mundo sensorial» un papel asimétrico en la epistemología del indi- viduo. De hecho, se trata de una asimetría compleja. En parte es gené- tica, el material proviene del mundo sensorial, y sin ese mundo no podría comenzar el conocimiento. También tiene un papel continuo, tanto por nuestra necesidad de volver constantemente a los «datos de la percepción» previos, como por nuestra necesidad da dotar de senti- do al flujo constante de nueva vida sensorial. Esta asimetría compleja refleja (si fuera posible alterar el orden temporal) los argumentos de Quine en favor de la teoría verificacionista del significado; éstos eran o bien sobre requesitos genéticos, como cuando escribe sobre el tipo de significado que es básico para el aprendizaje del propio lenguaje, o

bien sobre requisitos continuos, como cuando escribe sobre el tipo de significado básico para la traducción (7.2).

Bradley aceptaría que el mundo sensorial desempeña un papel especial en epistemología, pero no que ese papel equivalga al tipo de asimetría que caracteriza el fundamentalismo (ibíd, p. 210).

Para comenzar mi construcción, considero como absoluto el fundamento [...]. Pero no se sigue de ello que mi construcción descanse continuamente en los comienzos de mi conocimiento. Puesto que es otro el sentido en el que mi mundo descansa sobre los datos de la percepción.

Bradley mantiene que la experiencia proporciona datos (asimetría genética) pero que la cuestión de si algo que parece un dato debe per- manecer como un hecho aceptado es una que no está determinada, ni siquiera parcialmente, por su origen como dato. La aceptación de los datos en nuestro mundo se produce del mismo modo y por los mismos criterios que la de cualquier otra proposición. En cada caso, la prueba crucial es lo que él denomina «sistema», o, en otras palabras, el que la coherencia de nuestro mundo se incremente o no por su admisión como un hecho. En este respecto, no hay ninguna asimetría; todas las proposiciones (en el sentido, por decirlo de algún modo, de propues- tas) que están justificadas reciben exactamente el mismo tipo de justi- ficación.

¿Es consistente la posición de Bradley al aceptar una asimetría mientras que rechaza otra? Podría argumentarse en su contra que, incluso si estamos de acuerdo en que tanto las proposiciones que tratan de datos como las demás se justifican por su contribución al sistema, todavía queda una asimetría crucial que no es genética. Recordemos que el primer objetivo del sistema era la necesidad de dotar de sentido al mundo sensorial; incluso aunque en la ejecución de esa finalidad rechazáramos algunos de los elementos de ese mundo, todavía existiría una asimetría en el propósito de la sistematización. La asimetría se revela en la exigencia de aceptar por lo general los elementos que sean datos. Sería una objeción contra cualquier sistema el que requiriera un rechazo sustancial de los «datos de la percepción», independientemen- te de si con ello se incrementa la coherencia del sistema.

Por supuesto, sería posible la escapatoria fácil de argumentar que la objeción es sólo válida contra el coherentismo puro, que sostiene que todas las creencias tienen la misma seguridad antecedente; y que no afecta al coherentismo débil, que acepta que algunas creencias tie- nen mayor seguridad antecedente que otras y puede, por tanto, ofrecer un análisis de la necesidad de que, en general, los elementos conside-

rados como datos hayan de sobrevivir al escrutinio epistemológico. Pero no sería ésta una estrategia adecuada, dado que la cuestión rele- vante es otra. Lo realmente importante es si ese tipo de seguridad antecedente, si estamos obligados a aceptarla, equivale o no a una asi- metría en el análisis que demos de la justificación y, por tanto, a una teoría bipolar de la justificación del tipo que sólo puede proporcionar un fundamentalista. Si es equivalente, tenemos un argumento tan efec- tivo contra el coherentismo débil como contra el puro. De modo que hay dos cuestiones distintas aquí: ¿es necesaria alguna forma de segu- ridad antecedente para las creencias sensoriales?, y, si eso es así, ¿introduce la seguridad antecedente una asimetría que nos obligue a admitir una teoría bipolar de la justificación?

La seguridad antecedente de la que gozan las creencias sensoriales parece equivaler al hecho de que debemos aceptarlas como verdaderas si nada cuenta en su contra. Pero ¿no hacemos lo mismo, sensatamen- te, con todo aquello que aceptamos como creencia? Nos quedamos con cualquier creencia a menos que haya alguna razón para rechazar- la. De modo que, en este sentido, todas las creencias tienen seguridad antecedente. Y ello no introduce dos formas de justificación. No hay ninguna asimetría originada en la aceptación de que todas las creen- cias tienen algún grado de seguridad antecedente, siempre que la seguridad antecedente de la que gocen sea del mismo tipo en todos los casos.

Pero es posible que el problema sea que creencias diferentes tienen grados diferentes de seguridad antecedente, y que es típico del empi- rismo el mantener que las creencias sensoriales tienen un grado mayor

que otras. ¿Puede el coherentista dotar de sentido a esta idea en sus propios términos? El problema parece ser que el hecho de que una cre- encia pueda ser así más segura que otra es un hecho previo e indepen- diente de cualquier consideración sobre la coherencia con otras creen- cias, introduciendo de nuevo una asimetría para la que no puede exis- tir una explicación coherentista.

El problema, por tanto, es si el coherentista puede ser empirista, no el de si debe serlo. Y el empirista se caracteriza por la actitud que adopta hacia sus creencias sensoriales; exige más de lo que exigiría otro para estar dispuesto a rechazarlas. Pero, si esta actitud es extrínse- ca a las creencias sensoriales mismas y si puede ser considerada legíti- mamente como una creencia adicional, se trata de una creencia que podría compartir el coherentista. Y, si la comparte de hecho, se obten- drá el resultado apetecido. La eliminación de la creencia sensorial cre- aría una distorsión mayor y requeriría más justificación, por el mero

hecho de que la creencia típicamente empirista es también parte del conjunto de creencias. Por ello, las creencias sensoriales del coheren- tista tendrán un grado mayor de seguridad, pero será una seguridad subsiguiente, no antecedente; dado que, normalmente, será considera- da de un modo compatible con el coherentismo, es decir, en términos de la coherencia interna del conjunto de creencias.

Si esto es correcto, el coherentismo puro es más fuerte que el débil. Si el coherentismo débil ha de caracterizarse por su disposición a admitir grados diferentes de seguridad antecedente, su posición es genuina e innecesariamente débil.

Por todo ello, debemos concluir que el coherentismo es compatible con el empirismo. Una cuestión diferente es la de si el coherentista

debe ser empirista. Se hablará de ello en el capítulo 11. Pero el cohe- rentista parece tener perspectivas halagüeñas en este punto. Para él, es una cuestión empírica el que, al final de la jornada, la adopción de la actitud empirista hacia las creencias sensoriales dé como resultado un conjunto más coherente. Es una cuestión empírica el que esta especie de tozudez empirista produzca o no dividendos en último término. Y ésta es la manera en la que el coherentista debe tratar de justificar el empirismo.

LECTURAS COMPLEMENTARIAS

«On truth and coherence», cap. 7 de Bradley (1914).

Rescher (1973, cap. 2) distingue entre teorías «criteriales» y «definicionales» de la verdad, y rechaza la pretensión de la teoría de la coherencia de ser definicional. No está claro que una teoría «criterial» de la verdad sea reconociblemente distinta a una teoria definicional de la justificación.

Firth (1964) discute la cuestión de si una explicación coherentista del conocimien- to puede dotar de sentido a la idea de que el conocimiento empírico se basa en la expe- riencia; la defensa que ofrece parece ser una forma de coherentismo débil.

Seilars (1979) responde a Firth de un modo más consistente con el puro coheren- tismo.

Ewing (1934, cap. 5) es un critico de las teorías de la coherencia que simpatiza con ellas. Está de acuerdo con Rescher en que la teoría de la coherencia de la verdad debe considerarse criterial más que definicional.

Blanshard (1939, caps. 25-27) ofrece la formulación autorizada más reciente de una posición descaradamente coherentista.

La idea de lo coherente como lo mutuamente explicativo parece que se deriva de Sellars( 1936, pp. 321-358).

Una extensión del argumento de 8.4-5 se encuentra en Dancy (1984a).

Cornman (1977) sugiere que una mezcla de fundamentalismo y coherentismo resultará ser «la teoría de la justificación empírica más razonable».

9. COHERENCIA, JUSTIFICACIÓN