4. THE EMERGENCY RESPONSE PLAN
4.2 Contents of Emergency Response Plan for Business and Industry
4.2.9 Evacuation Procedures
4.2.9.1 Evacuation Time Calculation
La primera pista de que las pretensiones de la cultura no convencen totalmente a Freud es su reconocimiento de la incompatibilidad entre cultura y felicidad. Dice por ejemplo: ‘Parece establecido que no nos sentimos bien dentro de nuestra cultura actual’ o - más rotundamente: ‘gran parte de la culpa por nuestra miseria la tiene lo que se llama nuestra cultura’.92
De hecho, Freud asocia este problema al sentimiento de culpa que – como hemos visto – considera confluente con la cultura misma. Por eso dice que: ‘el precio del progreso cultural debe pagarse con el déficit de dicha provocado por la elevación del sentimiento de la culpa’, y: ‘una desdicha que amenazaba desde afuera – pérdida de amor y castigo de parte de la autoridad externa – se ha trocado en una desdicha interior permanentemente, la tensión de la conciencia de culpa.’93
Pero, ¿cómo puede compaginarse pues esta posición con el apoyo a la cultura que – según lo explicado – también está muy presente en Freud? Freud nunca asoció cultura con felicidad. En cambio, asociaba desde el principio lo mejor de la cultura con otro tipo de experiencia humana: ‘la sublimación’ (que tiene una definición particular – aunque sea bastante vaga - en el campo psicoanalítico). No obstante, incluso el factor de la sublimación no parece mitigar el peso psicológico negativo de la cultura tal y como Freud la entiende. Seguimos sin entender, entonces, la actitud contradictoria de Freud en este sentido.
Consideremos pues el siguiente comentario suyo, que explica muy bien su visión del mecanismo de la cultura (y que por eso se cita en toda su extensión):
La sociedad de cultura, que promueve la acción buena y no hace caso de su fundamento pulsional, ha conseguido así obediencia para la cultura en un gran número de hombres que en eso no obedecen a su naturaleza. Alentada por este éxito, se vio
92 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.88 & p.85. 93 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.130 & p.123.
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llevada a imprimir la máxima tensión posible a los requerimientos éticos, y forzó en sus miembros un distanciamiento todavía mayor respecto de su disposición pulsional. Esta es sometida entonces a una continua sofocación, cuya tensión se da a conocer en los más extraordinarios fenómenos de reacción y de compensación. En el ámbito de la sexualidad, donde esa sofocación encuentra la máxima dificultad para realizarse, ello provoca los fenómenos reactivos de los diversos modos de contracción de neurosis. En lo demás la presión de la cultura no hace madurar consecuencias patológicas, pero se exterioriza en las deformaciones del carácter y en la propensión de las pulsiones inhibidas a irrumpir hasta la satisfacción cuando se presenta la oportunidad adecuada. Quien se ve precisado a reaccionar constantemente en el sentido de preceptos que no son la expresión de sus inclinaciones pulsionales, vive – entendido esto en su aplicación psicológica – por encima de sus recursos, y objetivamente merece el calificativo de hipócrita, sin que importe que haya alcanzado conciencia clara de ese déficit. Es indiscutible que nuestra cultura presenta favorece en extraordinaria medida la conformación de ese tipo de hipocresía. Podría aventurarse esta aseveración: está edificada sobre esa hipocresía y tendría que admitir profundas modificaciones en caso de que los hombres se propusieron vivir de acuerdo con la verdad psicológica. Existen, por tanto, muchísimos más hipócritas de la cultura que hombres realmente cultos. Y aun podría examinarse este punto de vista: Es posible que la aptitud para la cultura ya organizada en los hombres de hoy sea insuficiente para conservar esta, y por eso siga siendo indispensable cierto grado de hipocresía.94
La idea central, y relevante a los efectos de este trabajo, en esta larga denuncia es la de la ‘hipocresía’ de la cultura, frente a las pulsiones fundamentales de los seres humanos (siendo
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la pulsión de muerte la más fundamental de ellas). Freud reitera esa idea cuando afirma, en otro momento, que: ‘La sociedad culta se ha visto precisada a aceptar calladamente muchas trasgresiones que según sus estatutos habría debido perseguir’ y que: ‘la moral sexual ‘doble’, válida para el varón en nuestra sociedad, es la mejor confesión de que la propia sociedad que ha promulgado los preceptos no los cree viables.’95
Es además este factor el que explica la ‘actitud doble’ de Freud respecto a la cultura. Brevemente, la posición contradictoria de
Freud sobre la cultura parece reflejar su creencia de que la cultura misma es contradictoria.
Utilizando un término previamente estudiado, puede concluirse que la actitud de Freud en relación con la cultura es la de ambivalencia; estima que la cultura misma tiene un carácter ambivalente. Esa ambivalencia de Freud se muestra además en sus análisis sobre varios elementos culturales de carácter político. Se citan a continuación varios ejemplos.
Por un lado, Freud expresa su recelo sobre el comunismo, en forma de revolución rusa; equipara por ejemplo la última con la revolución francesa – un ‘experimento’ que, a su vez, describe como un ‘lamentable fracaso’.96
Por otro lado, afirma que el acontecimiento ruso ‘produce el efecto del evangelio de un futuro mejor.’97
Por un lado critica el feminismo, diciendo: ‘La exigencia feminista de igualdad entre los sexos no tiene aquí mucha vigencia; la diferencia morfológica tiene que exteriorarse en diversidades del desarrollo psíquico’ y: ‘Ahora bien, tras esta envidia del pene sale a la luz el encono hostil de la mujer hacia el varón, nunca ausente del todo en las relaciones entre los sexos y del cual proporcionan los más claros indicios los afanes y producciones literarias de las ‘emancipadas’.’98 Por otro lado, propone argumentos aparentemente feministas; comenta por ejemplo que: ‘la mujer se ve
95 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.102 & Sigmund Freud, Obras completas, Vol. IX, p.174. 96
Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.45.
97 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXII, p.167.
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empujada a un segundo plano por las exigencias de la cultura y entra en una relación de hostilidad con ella’, y:
se dice y se repite que las mujeres en general sufren la llamada ‘imbecilidad fisiológica’, es decir, tienen menor inteligencia que el varón. El hecho mismo es discutible, su explicación es incierta, pero he aquí un argumento que indicaría la naturaleza secundaria de esta mutilación intelectual: las mujeres están sujetas a la temprana prohibición de dirigir su pensamiento a lo que más les habría interesado, a saber, los problemas de la vida sexual. Puesto que desde muy temprana edad pesan sobre el ser humano, además de la inhibición de pensar el tema sexual, la inhibición religiosa y, derivada de esta, la de la lealtad política, de hecho nos resulta imposible decir como es él realmente.99
Por un lado, Freud se presenta como defensor de la prohibición sexual que – cree - acompaña al surgimiento de la cultura; dice así: ‘Aun quien concediera la existencia de estos efectos nocivos de la moral sexual cultural podría aducir…que probablemente la ganancia cultural de esta limitación sexual tan extremada compensa con creces tales padecimientos’.100 Por otro lado, defiende un mayor grado de liberación sexual - véase su continua defensa del uso generalizado de la contracepción (ya evidente, por ejemplo, en el ensayo temprano La
Sexualidad en la etiología de las neurosis) que, según él, precipitaría: ‘una alteración
profundísima en los estados de nuestra vida social.’101
Por un lado, Freud es muy crítico con
las masas, describiéndolas como ‘indolentes’ y ‘faltas de inteligencia’ – hasta ‘malvadas’ -, y
99 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.101 & p.47. 100
Sigmund Freud, Obras completas, Vol. IX, p.175.
101 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. III, p.269-70. Véase también Sigmund Freud, Obras completas, Vol.
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culpándolas por ello de su bajo nivel de desarrollo cultural.102 En otros momentos, sin embargo, las absuelve de esa responsabilidad, diciendo:
si una cultura no ha podido evitar que la satisfacción de cierto número de sus miembros tenga por premisa la opresión de otros, acaso de la mayoría (y es lo que sucede en todas las culturas del presente), es comprensible que los oprimidos desarrollen una intensa hostilidad hacia esa cultura que ellos posibilitan mediante su trabajo, pero de cuyos bienes participan en medida sumamente escasa. Por eso no cabe esperar en ellos una interiorización de las prohibiciones culturales.103
Y en otro momento se refiere a: ‘los perjuicios que sufren (los oprimidos)’.104
Debe añadirse que estos ejemplos ciertamente no representan simples fallos en la consistencia argumentativa de Freud, que en los demás respectos puede considerarse impecable. Más bien son, como se ha señalado, expresiones de su ambivalencia sobre la cultura.105
Decir, sin embargo, que Freud es ambivalente no es lo mismo que decir (como en la introducción de esta sección) que Freud es un pensador ‘anti-cultura’. ¿Por qué entonces estas dos descripciones diferentes pueden aplicarse al mismo tiempo? Porque la visión anti-cultura de Freud es producto de su distancia sujetiva mínima con respecto a su propia ambivalencia. ¿En qué sentido? En un momento en el que Freud reflexiona sobre la ambivalencia de la cultura concluye a la vez que la última es nefasta. Puede decirse que en este momento la ‘sujectividad intelectual’ de Freud se divide en dos partes. Puede decirse además que las dos caracterizaciones de su trabajo (ambivalente y anti-cultura) corresponden a las dos partes de
102 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.7; Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XVIII, p.71. 103 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.12.
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Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.13.
105 Y sus partes subversivas – la revolución rusa, el feminismo, la liberación sexual y las masas como
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esa subjetividad. Lo importante ahora es cómo ordenar esas dos caracterizaciones. El primer paso en esta dirección requiere examinar con mayor detalle los reproches específicos que hace Freud, cuando adopta una actitud anti-cultura. Pero, en la medida en que Freud es igualmente ambivalente en relación con la cultura, tales reproches también pueden dividirse en dos - reflejando así, de nuevo, la subjetividad dividida de Freud. A continuación, veremos pues los reproches directos que hace Freud contra la cultura por un lado, y, por otro, los reproches que hace Freud contra él mismo, por identificarse con esa cultura, reacción que en el campo psicoanalítico se describiría como melancólica. Esta última posición además corresponde a la cuarta visión de la política que se pretende encontrar en Freud: la ‘comunista’.
Se observan reproches melancólicos en ‘El malestar en la cultura’ – un ensayo que tiene un tono casi incansablemente sombrío, y que en el mismo sentido muestra una cierta ‘rendición egoica’ por parte de Freud. Respondiendo – en ese ensayo – a una pregunta hipotética sobre la solución psicoanalítica a la crisis cultural contemporánea, Freud comenta: ‘el bolchevismo nos acaso nos pidiera cortésmente que le dijésemos cómo sería posible obrar de otro modo. Entonces no daríamos por vencidos. Yo no sabría dar ningún consejo.’106
Luego añade: ‘se me va el ánimo de presentarme ante mis prójimos como un profeta, y me someto a su reproche de que no sé aportarles ningún consuelo – pues eso es lo que en el fondo piden todos, el revolucionario más cerril con no menor pasión que el más cabal beato-.’107 Incluso hay momentos en los que el agotamiento que siente el ego de Freud parece convertirle en una persona religiosa, a pesar de su ateismo ideológico firme. Dice por ejemplo: ‘se diría que el propósito de que el hombre sea ‘dichoso’ no está contenido en el plan de la ‘Creación’’ y, aún más dramáticamente, sostiene: ‘cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que
106 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXII, p.167. 107 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.140.
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puede alcanzar la bienaventuranza.’108
Aunque éstas son afirmaciones retóricas, por supuesto, revelan, no obstante, la actitud melancólica de Freud.
A pesar de (o – tal vez – a causa de) el carácter negativo de esta melancolía, sin embargo, Freud sigue ofreciendo (en ciertos momentos) una aceptación psicológica del carácter ambivalente de la cultura (o de la imposibilidad de completarse que ésta encuentra) como
programa político. Dice, por ejemplo:
El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices, es irrealizable; empero, no es lícito – más bien: no es posible – resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento. Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos, anteponer el contenido positivo de la meta, la ganancia de placer, o su contenido negativo, la evitación de displacer. Por ninguno de ellos podemos alcanzar todo lo que anhelamos.109
Según esa posición el hombre tiene entonces la obligación de actuar políticamente, pero con el conocimiento de que está destinado a fracasar y sufrir por este proceso. Esto podría definirse como el programa freudiano del fracaso heroico. Por reformularlo ligeramente, tal programa implica la asunción del destino trágico del hombre.110 Éste además encaja con el
gradualismo político que a veces se percibe en Freud - es decir, con el hecho de que en
ocasiones Freud manifieste que las intervenciones (incluso las radicales) son un tipo de
suplemento al sistema cultural existente. El siguiente comentario representa tal punto de
vista:
108 Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.76 & p.83. 109
Sigmund Freud, Obras completas, Vol. XXI, p.83.
110 Algo que en otro momento Freud encapsularía en su teoría del complejo de Edipo – una idea inspirada,
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Cuando, con razón, objetamos al estado actual de nuestra cultura lo poco que satisface nuestras demandas de un régimen de vida que propicie la dicha; cuando, mediante una crítica despiadada, nos empeñamos en descubrir las raíces de su imperfección, ejercemos nuestro legítimo derecho y no por ello nos mostramos enemigos de la cultura. Nos es lícito esperar que poco a poco le introduciremos variantes que satisfagan mejor nuestras necesidades y tomen en cuenta aquella crítica.111
Independientemente de su aparente desconfianza subyacente por la cultura – estas ideas no representan ningún tipo de avance político en comparación con la visión del Freud liberal- democrático ya discutida; es decir, tratan precisamente de una asunción resignada de la responsabilidad por la imposible plenitud de la sociedad. Por ponerlo en los términos empleados en la sección anterior, tales ideas proponen hacernos a todos culpables (de la ausencia del padre, en última instancia). No obstante, su aspecto crítico los separa de la democracia liberal. El otro tipo de reproche de Freud mencionado anteriormente que hace Freud ataca directamente a la cultura. En tales momentos Freud consigue finalmente desidentificarse en relación con esa última, abandonando a la vez el programa limitado y trágico que se acaba de describir; es además en estos momentos cuando Freud por fin se distancia de la posición liberal-democrática y se deshace decisivamente de su melancolía general (en asuntos culturales). Esto es lo que se propone llamar: el Freud comunista.
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