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ios es soberano. A veces, es soberano de maneras inescrutables. Dicho esto, ¿en qué sentido podemos decir que toma sus deci- siones el Señor soberano, aquel que trasciende todo límite imaginable, aquel que conoce todas las cosas? En su plan eterno y atemporal Dios ha concebido ya todos los escenarios posibles, ha pensado en todas las con- tingencias. Jamás ha habido un suceso que tomara a Dios por sorpresa, y nunca lo habrá.En esto hay gran consuelo para nosotros porque podemos ver que como criaturas imperfectas que vivimos en un mundo imperfecto, nun- ca podríamos desilusionar a Dios. Podemos apenarlo, pero no frustrar- lo. A pesar de lo que nos parezca nuestro mundo, a causa de la suprema soberanía y sabiduría de Dios el mundo es tal cual él supo que sería, y nosotros estamos aquí y ahora justamente en el momento y lugar en que su plan nos ubicó de manera de obrar para bien y hacer de este mundo el mejor que sea posible. Dios hasta incorpora las decisiones necias y peca- minosas de las personas en su divino plan. Las cosas pergeñadas con mal- dad y propósitos dañinos son entretejidas por Dios en su divina voluntad para cumplir su programa en nuestro mundo (Génesis 50:20). Como Dios es omnisciente su plan se basa no en las apariencias sino en las consecuencias. Y porque es omnipotente es plenamente capaz de cum- plir sus propósitos. Porque es omnipresente su dominio abarca siempre el orden creado. Y como no está limitado por el espacio y el tiempo ve todas las cosas desde la perspectiva de un eterno ahora. Un momento en particular para nosotros puede ser una eternidad para Dios, y aun así la vida entera del cosmos desde su creación puede ser apenas un instante para él (2 Pedro 3:8).
Aunque el Señor nuestro Dios está sentado en su trono en lo alto, «se digna contemplar los cielos y la tierra» (Salmo 113:6). Dios es tras- cendente y majestuoso, pero también inmanente, atento y compa- sivo. Aunque Dios es todopoderoso, omnisciente y omnipresente, las Escrituras muestran su interacción muy real con su pueblo en tiempo y espacio terrenal, y afirman que nuestras oraciones marcan una diferen- cia en el cumplimiento de los propósitos de Dios. Como dicen las pági- nas escritas por Philip Yancey:
E L L Í D E R P E R F E C T O
Dios no es una fuerza borrosa que vive en algún lugar del cielo, ni una abstracción como proponían los griegos, ni un sobrehu- mano sensual como los que adoraban los romanos, y definitiva- mente no es el relojero ausente de los deístas. Dios es personal. Él entra en la vida de las personas, se involucra con las fami- lias, se aparece en lugares imprevistos, elige líderes poco pro- bables, le pide a las personas que justifiquen su conducta. Más que todo, Dios ama.2
Dios no es un hombre, y tampoco cambia de idea (1 Samuel 15:29). Sin embargo, la Biblia no disputa que sienta emociones. Nadie lo ha expresado con mayor elocuencia que el teólogo judío Abraham Heschel:
Ante el profeta Dios no se revela a sí mismo como abstracto absoluto, sino en una relación personal e íntima con el mun- do. No se limita a emitir órdenes esperando obediencia. Dios se siente conmovido y afectado por lo que sucede en el mundo, y reacciona en respuesta a ello. Los sucesos y las acciones huma- nas le causan gozo o pena, placer o ira ... Las acciones del hom- bre pueden conmoverle, afectarle, apenarle o por el contrario, agradarle y alegrarle.
El Dios de Israel es un Dios que ama, un Dios que se da a cono- cer y que se interesa por el hombre. No solo gobierna el mun- do en la majestad de su poder y sabiduría, sino que reacciona de manera íntima ante los eventos de la historia.3
Por supuesto que antes de ser el Dios de Israel, Dios era el Dios de Abraham. La historia de las oraciones de Abraham por las pocas personas justas de Sodoma ilustra la verdad bíblica de que Dios de manera miste- riosa incorpora nuestras oraciones a su plan eterno. Abraham fundó su intercesión en la invariable justicia del Amo y Rey del mundo:
LA TOMA DE DECISIONES
Entonces el SEÑOR le dijo a Abraham:
—El clamor contra Sodoma y Gomorra resulta ya inso- portable, y su pecado es gravísimo. Por eso bajaré, a ver si real- mente sus acciones son tan malas como el clamor contra ellas me lo indica; y si no, he de saberlo.
Dos de los visitantes partieron de allí y se encaminaron a Sodoma, pero Abraham se quedó de pie frente al SEÑOR. Entonces se acercó al SEÑOR y le dijo:
—¿De veras vas a exterminar al justo junto con el malva- do? Quizá haya cincuenta justos en la ciudad. ¿Exterminarás a todos, y no perdonarás a ese lugar por amor a los cincuenta justos que allí hay? ¡Lejos de ti el hacer tal cosa! ¿Matar al jus- to junto con el malvado, y que ambos sean tratados de la mis- ma manera? ¡Jamás hagas tal cosa! Tú, que eres el Juez de toda la tierra, ¿no harás justicia?
El SEÑOR le respondió:
—Si encuentro cincuenta justos en Sodoma, por ellos per- donaré a toda la ciudad.
Abraham le dijo:
—Reconozco que he sido muy atrevido al dirigirme a mi SEÑOR, yo, que apenas soy polvo y ceniza. Pero tal vez falten cinco justos para completar los cincuenta. ¿Destruirás a toda la ciudad si faltan esos cinco?
—Si encuentro cuarenta y cinco justos no la destruiré —contestó el SEÑOR.
Pero Abraham insistió:
—Tal vez se encuentren sólo cuarenta.
—Por esos cuarenta justos, no destruiré la ciudad —res- pondió el SEÑOR.
Abraham volvió a insistir:
—No se enoje mi SEÑOR, pero permítame seguir hablan- do. Tal vez se encuentren sólo treinta.
—No lo haré si encuentro allí a esos treinta —contestó el
S E Ñ O R .