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2. MATERIALS AND METHODS

3.4. Evaluation of treatment effectiveness

3.4.3. Evaluation of the adverse effects

La teoría de la verdad como correspondencia es la única teoría viable que aspira a una concepción de la verdad que satisfaga las exigencias del realismo y del racionalismo. Ahora bien, adoptar una postura racionalista, realista y correspondentista nos lleva al siguiente problema: La teoría generativa y la teoría sistémico-funcional son, ambas, verdaderas, pero dicen cosas incompatibles sobre le lenguaje. Esto es, las dos dicen qué y cómo es el lenguaje, pero lo que dicen corre el riesgo de ser contradictorio si efectivamente una de las dos es verdadera. La hipótesis de la complementariedad tendrá que resolver esta cuestión.

1. El problema del realismo para el caso de las teorías lingüísticas

Una postura racionalista, que cree que la verdad es meta de la ciencia, necesita del realismo. En este contexto, si la lingüística es una ciencia, lo es porque sus teorías describen o aspiran a describir lo que el lenguaje es realmente. Por ejemplo, la teoría funcional dice qué es el lenguaje: un sistema de opciones que permite que los usuarios emplean las formas apropiadas en las diversas situaciones comunicativas.

La conclusión anticipada de este capítulo es que, como dice Putnam, que “el realismo es la única filosofía que no hace del éxito de la ciencia un milagro” (Comesaña 2000b: 4).

Los modelos epistemológicos reconocen que una teoría científica aspira a describir la realidad, a decirnos cómo es el mundo. Positivistas, inductivistas, falsacionistas, sociologistas pretenden que las teorías se ajusten al mundo. Estamos otra vez ante lo que Davidson llama “la metáfora de Kuhn”: diferentes esquemas conceptuales para una misma realidad. Incluso los anarquistas como Feyerabend suponen una realidad descripta por la teorías. En efecto, al sostener el principio de “todo vale” y una teoría anarquista del conocimiento, Feyerabend mantiene el supuesto de que los hechos están en la realidad. Justamente: las teorías pueden ser “inconsistentes, no ya con otras teorías, sino incluso con experimentos, hechos y observaciones, podemos empezar señalando que ninguna teoría concuerda nunca con todos los hechos

Como advierte Feyerabend, se da una tensión fundamental entre las teorías científicas y el mundo al que se las quiere aplicar. Por un lado, las teorías científicas son construcciones humanas, cambiantes. Por el otro, el mundo permanece relativamente estable1. Para caracterizar la correspondencia que se da entre la teoría y el mundo, un modelo epistemológico debe suscribir a alguna forma de realismo: la postura según la cual las teorías describen o aspiran a describir qué es en verdad el mundo. Por ejemplo, la teoría cinética de los gases dice qué son realmente los gases: composiciones de moléculas que se mueven aleatoriamente y chocan contra las paredes del recipiente que los contiene.

En nuestro caso, el de la lingüística, parece que el realismo plantea una incompatibilidad de que la tiene que ser difícil salir. La lingüística generativa dice que el lenguaje es una facultad de la mente en virtud de la cual cada ser humano, sobre la base de estímulos muy pobres, adquiere la gramática de una lengua particular. La lingüística sistémico-funcional dice que el lenguaje es un hecho cultural, una semiótica que transmite a los niños los valores del entorno en el que les toca vivir. La incompatibilidad reside en que estamos haciendo afirmaciones inconciliables: ‘el lenguaje es una facultad de la mente que no está dada por el uso’ y ‘el lenguaje es un producto de la cultura que está determinado por el uso’. Esto no sería un caso de incompatibilidad si se admitiera que una visión se sigue de la otra. Pero, como vimos en los capítulos I, II y III, se trata de visiones que manejan supuestos totalmente distintos. Esta contradicción debe resolverse con alguna idea análoga a la de la complementariedad de Bohr (cfr. XVIII). La incompatibilidad en las descripciones de las teorías lingüísticas se acentúa cuando entra en juego la noción de “verdad como correspondencia”. ¿Cómo es posible ser realista y al mismo tiempo admitir que dos teorías dicen cosas verdaderas pero incompatibles acerca de qué es el lenguaje?

2. La fuga instrumentalista

Una posición alternativa la constituye el instrumentalismo, según el cual las teorías son instrumentos destinados a relacionar estados de cosas observables. Para esta postura, la teoría cinética de los gases es un modelo adecuado o cómodo que permite predecir eficazmente las manifestaciones observables de las propiedades de los gases. El

problema sobre qué son realmente los gases no es aquí pertinente. Si, para el caso de las teorías lingüísticas, adoptamos una postura instrumentalista, la meta de estas teorías se reduce a predicciones efectivas sobre lenguaje.

En este caso, podríamos aceptar que la teoría generativa predice eficazmente que un chico que crece en un entorno donde se habla castellano va a aprender a hablar castellano porque el lenguaje es una facultad de la mente/ cerebro que construye una gramática a partir de estímulos escasos y fragmentarios. También podríamos aceptar que la lingüística sistémico-funcional predice eficazmente que el chico de la villa miseria va a manejar los códigos de su grupo cultural porque desarrolla sus habilidades lingüísticas en un entorno cultural concreto. Escaparíamos etonces del problema que surge con el realismo. La salida instrumentalista mantiene una idea mucho menos fuerte de verdad. Las descripciones de la lingüística tal vez son, en estos términos, verdaderas o falsas, pero sólo son verdaderas o falsas si predicen eficazmente los hechos del mundo. Se entiende aquí que las construcciones teóricas están pensadas para obtener un control instrumental del mundo observable y se juzgan, antes que nada, por su utilidad como instrumentos. Queda claro que salimos del problema que supone el realismo, pero a un costo demasiado alto: renunciamos a la posibilidad de creer que una teoría lingüística nos diga qué es el lenguaje.

El instrumentalismo más radical mantiene una distinción muy precisa entre los conceptos aplicables a las situaciones observables y los conceptos teóricos. Por ejemplo, el instrumentalista reconoce que existen las bolas de billar y la mesa, y que las bolas pueden rodar y chocar. Pero no supone que las fuerzas implicadas en los cálculos sean entidades que realmente existan. Son creaciones del físico, como los átomos y las moléculas de la teoría cinética de los gases. En síntesis, el instrumentalismo no cree que la ciencia tenga que establecer lo que existe más allá de la observación. La ciencia no nos proporciona un medio seguro para llenar el hueco entre lo observable y lo inobservable2.

De un modo análogo, si nos convertimos al instrumentalismo radical deberemos admitir que las gramáticas construidas por los generativistas y los funcionalistas son meras invenciones bastante eficaces para describir lo que observamos. Esto es, los enunciados verbales constituyen muestras empíricas, sabemos que existen. Pero no podemos decir lo mismo de la gramática que, según Chomsky, está en la mente/cerebro

de cada hablante. Los textos a través de los cuales nos comunicamos también constituyen una evidencia empírica: según el instrumentalista duro no se puede decir que, como cree Halliday, las metafunciones del lenguaje están presentes en la cultura y aun en las oraciones que integran cada texto.

La crítica al instrumentalismo radical se basa en un supuesto generalmente aceptado por la epistemología: ‘No hay enunciados observacionales puros; los enunciados observacionales presuponen la teoría y, por ello, son falibles’. El realismo es sin duda una postura más audaz y, en consecuencia, tal vez más productiva. Asume compromisos ontológicos de mínima porque se atreve a admitir que las teorías quieren decir qué o cómo es el mundo3.

Los lingüistas no estarían dispuestos a replegarse al instrumentalismo. No aceptarían que los modelos teóricos son nada más que instrumentos apropiados para hacer buenas predicciones. Según Chomsky, la lingüística generativa se encuadra en el realismo epistemológico: nos dice como ninguna otra qué es el lenguaje (cfr. II, 3.2.2.). Para Halliday, la perspectiva sociosemiótica que desarrolla es realista: “trata de explicar el proceso lingüístico mediante el cual se conforma, se limita y se modifica la realidad social” (1978: 165). La decisión de permanecer en el realismo nos obliga a sostener que las teorías lingüísticas afirman cosas verdaderas sobre el lenguaje. Quedará, para el final, resolver el problema de la incompatibilidad que genera el realismo en lingüística. Ahora, dediquémonos a justificar qué significa “verdadero” para un realista.

3. La teoría de la verdad como correspondencia, traducibilidad y expresabilidad

En general se admite que la teoría de la verdad como correspondencia es la única teoría viable que aspira a una concepción de la verdad que satisfaga las exigencias del realismo. Un enunciado es verdadero si corresponde a los hechos. El enunciado ‘la pelota pegó en el palo’ es verdadero si corresponde a los hechos, es decir, si de verdad la pelota pegó en el palo, mientras que es falso si la pelota no pegó en el palo. En síntesis, un enunciado es verdadero si las cosas son como el enunciado dice que son, mientras que el enunciado es falso si las cosas no son como el enunciado dice que son.

Como se sabe, un problema de la idea de verdad es que lleva a paradojas. Por ejemplo, la célebre paradoja de Epiménides, el cretense mentiroso que dice: ‘Nunca

digo la verdad’. Si lo que digo (‘Nunca digo la verdad’) es verdadero, entonces lo que digo es falso.

Otro ejemplo famoso es el de la carta en cuyas caras tiene escritas estas frases:

Frase de la cara 1: “La frase escrita en la otra cara de esta carta es verdadera” Frase de la cara 2: “La frase escrita en la otra cara de esta carta es falsa”

Se puede llegar a la conclusión paradójica de que cualquiera de las frases es a la vez verdadera y falsa.

Tarski (1944) demostró cómo se pueden evitar las paradojas en un determinado sistema de lenguaje a través de los conceptos de “lenguaje-objeto” (object-language) y “meta-lenguaje” (meta-language). La distinción es fundamental para la semántica y para la teoría de la verdad. “El primero (el lenguaje-objeto) … es el lenguaje sobre el que se habla (which is “talked about”) y que constituye el tema de la discusión global”. La “verdad” entendida como lo que dicen las teorías lingüísticas se aplica a las oraciones en este lenguaje-objeto. “El segundo (el meta-lenguaje) es el lenguaje en el que hablamos sobre el lenguaje-objeto (in which we “talk about”)”4. En términos de una analogía lingüística, puede decirse que el “lenguaje objeto” equivale en algún sentido a la función referencial de Jakobson (1968), mientras que el “metalenguaje” se corresponde con la función metalingüística del mismo Jakobson.

Gracias a Tarski, las paradojas se resuelven. En el caso de la paradoja del mentiroso, debemos decidir si el enunciado pertenece al lenguaje-objeto o si pertenece al meta-lenguaje. Si pertenece al “lenguaje objeto”, el enunciado ‘Nunca digo la verdad’ es verdadero si el hablante nunca ha dicho la verdad y es falso si el hablante ha dicho al menos alguna vez la verdad. No se plantea la paradoja de que la verdad o la falsedad del enunciado contradiga el contenido proposicional del enunciado. Como el enunciado ‘Nunca digo la verdad’ pertenece al “lenguaje objeto” la paradoja no se plantea. No puede pertenecer al “lenguaje objeto” y al “metalenguaje” simultáneamente. La paradoja surge de tomar al enunciado ‘Nunca digo la verdad’ como perteneciente

simultáneo al “lenguaje objeto” y al “metalenguaje”.

Algo similar ocurre con el ejemplo de la carta. La paradoja se desvanece si consideramos que los dos enunciados pertenecen al “lenguaje objeto”: No se puede pensar que se refieran una a la otra.

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