Creemos que con lo expuesto, afirmamos que el arte tiene algo que decir a los filósofos, en la medida en que, como ellos, por medio de sus artificios, objetos y reflexiones, responde a las preguntas básicas de la filosofía: ¿Qué hay?, ¿qué es lo que hay? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo real? Aunque paradójicamente la respuesta del surrealismo haya sido: lo surreal es lo verdaderamente real. Al mismo tiempo, hemos mostrado en qué sentido el arte es experiencia pensante del mundo. Naturalmente, para ello hemos tenido que mostrar que el surrealismo como movimiento histórico es mucho más que un movimiento artístico, pues abarca la totalidad de la experiencia, tanto en su “carácter sensible” como en su “carácter pensante”, y por ello es que creemos que, dada su peculiar naturaleza, también el interés filosófico hace parte de ciertos movimientos “artísticos”, razón por la cual el arte actual no puede desconocer la reflexión filosófica y quizá no puede escapar a esta tarea para realizar la propia. En síntesis, hemos querido mostrar en qué sentido el surrealismo alcanza la unidad de la experiencia del mun- do y de la vida. Por último, consideraremos algunas reflexiones finales que nos suscita la realización de este trabajo.
Nos hemos ocupado del surrealismo como experiencia de mundo, que reflexiona acerca de su propia experiencia. Y así, como todo conocimiento y toda experien- cia concreta de vida se escapa de sí mismo y se expone a la fuerza de la vida, en donde se constituye en experiencia transformadora, que al mismo tiempo se transforrna a sí misma. Esa experiencia reduplicada, experiencia de la experiencia –que entrelaza los órdenes teórico y práctico– se desarrolla y en su desarrollo admite y provoca interrupciones que en cierto modo, en cuanto experiencia de vida, son experiencia del pensamiento. En el surrealismo el pensamiento es expe- riencia, movimiento de escritura o realización de su objeto como un hacer (ex-
periencia) que, al ser movimiento, viene al pensamiento y vuelve a las cosas. De ese modo, el pensamiento constantemente se actualiza, se problematiza y reafir- ma a la vez como interrogación y como movimiento.
Siendo así, el surrealismo en cuanto experiencia, se afirma como posibilidad y riesgo, como obra, y como ausencia de obra –que frecuentemente convoca la obra a sus límites y la insta a transgredirlos– siempre en busca del juego de los discursos, como elaboración del espacio del juego, al cual acceden por azar, por gusto o por necesidad los “personajes” representantes de toda pluralidad, que se aproximan, accediendo a las extrañas relaciones que producen el chispazo de la imagen, el mismo que finalmente termina produciendo el objeto.
Es mérito del surrealismo haber dado un giro en el modo de asumir o tratar una crisis. Generalmente, ante un estado de crisis moral, cognoscitiva o de cualquier orden, se asume como estados de la mente que afectan o desencadenan altera- ciones en las relaciones del hombre con el hombre, olvidando así una relación importante: la relación del hombre con el objeto. El surrealismo asume la crisis como crisis del objeto, y emprende su tarea liberadora de los objetos, liberando la sensibilidad y la capacidad de significación, considerándolos como seres vivos y activos en los que se encarna la vida misma del hombre. Esa reacción es con- tra el capitalismo que, con la categoría de lo útil que pretende mostrar su valor, realmente lo oculta, lo desvaloriza. El surrealismo, en cambio, libera el objeto, en su potencialidad significativa y enigmática, permitiéndole así que se nos muestre más allá de lo útil en su reverberante capacidad vital.
En consecuencia, el surrealismo, como liberador del objeto, es búsqueda de medios de significación del mundo, viaje al interior, exploración de las posibilida- des de la sensibilidad, reivindicación de sus potencias y salida al mundo de la vida para experimentar la efectividad de dichos medios. Es experiencia de su potencia transformadora y, a la vez, evaluación crítica de su efectividad; es co- rrección permanente, en la medida en que todo medio de significación es apto sólo si es eficiente en el mundo de la vida. De esta manera, la provisionalidad tiene un amplio corredor en ese castillo del arte. Ese carácter inacabado de la obra, que es el surrealismo, es quizá algo que pertenece a su carácter más pro- pio. De ahí se desprende que en cierto sentido podamos aludir a una obra, a toda experiencia de la experiencia como un acto fallido, que demanda un nuevo intento de dar en el blanco. Eso es precisamente lo que ocurre con el surrealis- mo y con la experiencia que de él hemos tenido.
No olvidamos tampoco que, junto con la reivindicación que desde un comienzo hace el surrealismo de la capacidad imaginativa del hombre, eleva el estatuto de
su correlato, la imagen. De ahí que muchas veces se mida la capacidad del espí- ritu en cuanto fuerza de captación, apertura de la sensibilidad a todo lo que puede producir imagen, y al mismo tiempo como productor de relaciones y potencia productora de imágenes como elementos constitutivos de la mente humana.
Así, en este acercamiento, que en cuanto teoría es experiencia del pensar, he- mos recorrido la zigzagueante línea de su desarrollo hasta llegar a un punto en el que nos hemos sentido involucrados con su forma de pensar y hasta de actuar de los surrealistas, de tal modo que su experiencia se contagia y se repotencia como nuestra experiencia. Para ello, a veces hemos hecho abstracción del esta- do actual del arte y del conocimiento del desenlace, de los proyectos de van- guardia en general. Más bien, nos hemos despojado del conocimiento de causa y, para ser sinceros, hemos dejado que el desarrollo mismo de la experiencia, tal y como la asume el surrealismo, sea nuestra guía.
De esta manera, hemos soslayado algunos elementos del surrealismo que perte- necen a la historia y que sólo pueden sernos útiles como referentes en la elabo- ración de los discursos que pertenecen a nuestra memoria colectiva, en tanto acontecimientos y acciones válidas en un momento determinado, como la polé- mica del surrealismo con el marxismo. Sin embargo, creemos haber atisbado que, en el fondo, el proyecto del surrealismo está vigente y, si bien muchas obras pertenecen a la vida, a la cultura, a los museos, la lección del surrealismo (su obra, que es el mismo surrealismo) es una lección para jóvenes que, como sus miembros, no se conforman con el estado de cosas del mundo y emprenden búsquedas en las que (en un sentido de la experiencia distinto al suyo), en su origen tienen mucho que ver entre sí, de modo que pueden encontrar en la experiencia surrealista no sólo un ejemplo sino algunas armas para su empresa. Además, llama la atención la escasa acogida del surrealismo hacia la música, y la aparentemente poca influencia en su posterior desarrollo, a pesar de admitir, si- guiendo a Hegel, que ella, al lado de la pintura y la poesía, constituye el arte romántico por excelencia, el que mejor expresa la acción del espíritu libre. El surrealismo, aprovechando y haciendo uso “instrumental” de la filosofía y de la psicología moderna, se convirtió en un particular modo de producción o experi- mentación con el sujeto, en tanto el artista es explorador de sí mismo y accedió a una concepción de sujeto abierta, descentrada y, como tal, inacabada, en cons- tante ir y venir, en constante producirse, que finalmente, antes que soluciones, plantea una serie de problemas que afirman al hombre como interrogación que se devela en la medida en que entra en contacto con los objetos.
Con todo lo anterior quiero decir que, así como el surrealismo nunca agotó la investigación acerca del sujeto ni del objeto, tampoco en nuestro caso pretende- mos haber agotado el descubrimiento de aquello que el surrealismo entiende por su objeto en un sentido amplio. Sin embargo, en este recorrido hemos podido acercarnos a la presa, y por momentos tocar su piel muy de cerca, a sabiendas de que la presa que se persigue, lo mismo que la del surrealismo, es inatrapable: encontrar el promontorio en el que se encuentra la clave de todas las claves, la misma que permite desaparecer todas las contradicciones y oposiciones; un lu- gar en el espíritu donde la unidad es dueña y señora. Nos damos por bien servi- dos, al igual que el mismo Breton, con haber acariciado el suave plumaje del “ave lira”, aunque hubiera sido únicamente para darnos cuenta de que sólo se trataba de su sombra.